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SONIA Furió: su CUERPO hallado tras varios DÍAS… El MACABRO final de la DIVA entre sus PERROS

local con la convicción de los que creen en la democracia como un valor que merece defenderse y de María Flores Guillén, su esposa. El año del nacimiento de Sonia fue también el año en que Alicante vivió algunos de los episodios más brutales de la guerra. La ciudad que había apoyado a la República desde el principio, fue bombardeada en varias ocasiones.

El mercado central de Alicante sufrió uno de los ataques aéreos más mortíferos de toda la guerra en 1938,  cuando la aviación fascista italiana lo destruyó con una precisión que buscaba no la derrota militar, sino el terror civil. Alicante fue también en las últimas semanas del conflicto el lugar donde miles de republicanos esperaban desesperadamente los barcos que deberían haberlos rescatado y que llegaron demasiado tarde o no llegaron.

El exilio para las familias que pudieron salir antes de ese punto de no retorno fue una solución, el único camino disponible. La familia Furio optó por irse antes del colapso definitivo. En 1940, cuando Sonia tenía dos o tr años y la República Española había sido  aplastada por el régimen de Franco, Nicolás Furio tomó la decisión de llevar a su familia a México.

La decisión fue posible  gracias a la política del presidente Lázaro Cárdenas, que en aquellos años tomó la resolución de recibir a los exiliados republicanos españoles con una generosidad que no tiene parangón en la historia diplomática latinoamericana. Cárdenas no solo abrió las fronteras, facilitó los recursos, estableció instituciones específicas para los exiliados, les permitió naturalizarse con relativa facilidad, lo que el régimen de Franco llamaba rojos y expulsaba.

México los llamaba ciudadanos y les daba una segunda oportunidad. México fue para el exilio republicano español un país que se convirtió en hogar de una manera que pocas migraciones forzadas consiguen. Los intelectuales, escritores, artistas, científicos y políticos que llegaron en esas soleadas del final de los 30 y los 40 se integraron a la vida cultural y académica mexicana con una profundidad que transformó a los dos países, a México que recibió un capital humano de enorme calidad y a los exiliados que encontraron un espacio donde seguir

siendo quiénes eran, aunque lejos de casa. El Colegio de Madrid establecido en México, las publicaciones del exilio, los teatros donde las compañías republicanas siguieron actuando, las familias que construyeron vidas completas en la Ciudad de México o en Guadalajara o en Veracruz, mientras mantenían el recuerdo de los lugares de los que venían como una herencia que se transmitía en la mesa y en las conversaciones de los domingos.

Todo eso formó parte del mundo en que Sonia  Furio creció. Para una niña de dos o tres años como Sonia Furio, esa historia de exilio y guerra era todavía demasiado grande para ser procesada de otra manera que no fuera como el simple hecho de que México era su mundo. La ciudad de México era la ciudad donde crecía.

El español que hablaba en casa tenía un acento que sus amigos notaban, pero que a ella le parecía simplemente el acento de su familia. Creció siendo mexicana de adopción antes de serlo oficialmente, con esa doble pertenencia que los hijos del exilio llevan como una segunda piel, un poco de aquí, un poco de allá, completamente de ninguno de los dos lugares y perfectamente cómoda en los dos.

El 2 de mayo de 1952 con 14 años, Sonia Furio se naturalizó como ciudadana mexicana. El trámite legal formalizaba lo que ya era un hecho vivido. México era su país.  España era el lugar de donde venía la historia de su familia, el lugar de los relatos de su padre sobre la guerra y la derrota y los amigos que se quedaron atrás, pero no el lugar donde ella había crecido, ni el que sentía como propio.

En esa adolescencia ya había una inclinación clara hacia las artes. Su deseo principal, según las fuentes que recogen su historia temprana, era ser bailarina de ballet. La danza clásica tiene sus propias exigencias físicas implacables, entre ellas la estatura. Hay medidas que la técnica del ballet impone sobre el cuerpo que quiere practicarlo con seriedad y el cuerpo de Sonia no cumplió exactamente los requisitos.

Lo que en el lenguaje de las biografías oficiales se describe como centímetros de más fue la razón práctica por la que el ballet profesional se cerró como destino. Sonia redirectó esa energía artística hacia el teatro y la actuación, que eran también lo que quería, pero que admitían una mayor diversidad de físicos y de formas de existir en el escenario.

También hubo quien señaló que tenía interés en estudiar química, lo cual dice algo sobre la amplitud de su curiosidad intelectual y sobre el tipo de persona que era. Alguien que no se limitaba una sola forma de entender el mundo, que tenía múltiples registros de aproximación a la realidad y que eligió el arte no porque fuera lo único que podía hacer, sino porque era lo que más quería hacer.

Aunque al final la vocación artística ganó la disputa interna. Estudió arte dramático en la escuela de actuación de la Asociación Nacional de Actores, que era el punto de formación de referencia para los actores del cine mexicano de la época. También tomó cursos en bellas  artes, donde la formación artística tenía otra dimensión más cercana a la tradición teatral europea  y trabajó como bailarina del coro en algunos centros nocturnos mientras estudiaba con esa practicidad de quien sabe que el arte no paga las cuentas mientras se está

aprendiendo el oficio. En 1954,  con 17 años hizo su debut en el cine. La película se llamaba Y mañana serán mujeres y la dirigió Alejandro Galindo, uno de los cineastas  más respetados del cine mexicano de la época de oro. Conocido por su capacidad de hacer películas con conciencia social sin sacrificar el entretenimiento.

Sonia tenía un papel secundario. La película le dio lo que cualquier primer papel da cuando el talento está ahí. la prueba de que la cámara funcionaba con ella, de que había algo entre su presencia y el lente que producía lo que la industria necesitaba.  Los papeles siguientes también fueron de reparto.

El médico de las locas en 1956,  Los amantes ese mismo año, La faraona en 1957, películas que le daban visibilidad pero que no la convertían todavía en protagonista  hasta que llegó el campeón ciclista. El cine mexicano de los años 50 era un universo específico con sus propias reglas, sus propios géneros y sus propias  constelaciones de estrellas.

Las chanchadas, las comedias populares, los melodramas  familiares, las películas de charros, los filmes de cabareteras, cada género tenía sus figuras, sus productores, sus directores.  Y Sonia Furio encontró el suyo de una manera que no había estado completamente planeada. Germán Valdés Tintan era en 1957 una de las figuras más populares del cine cómico mexicano.

El Pachuco de Oro, como se le apodaba, había construido una carrera basada en un personaje que mezclaba el habla de la frontera norte con el de los barrios populares de la Ciudad de México, con un ritmo verbal y físico que generaba en el público una complicidad inmediata. Sus películas no eran solo comedias, eran comentarios sobre la modernización de México, sobre la migración interna, sobre la relación entre los que tienen y los que no tienen.

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