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JOAQUÍN CAPILLA: 4 OROS olímpicos a la BASURA… La BARRANCA del MUERTO y 9 MESES sin BAÑARSE

 

 

  Lo que ese regreso significó para Joaquín Capilla en términos de reconocimiento público fue el primer encuentro de su vida con algo que no estaba preparado para manejar, la fama. No la fama pequeña de un atleta local que todos conocen en su colonia, la fama nacional. El muchacho de 19 años que había puesto a México en el podio olímpico en una ciudad extranjera era de repente un nombre que la gente reconocía en la calle. Escucha esto.

 En el México de finales de los 40, el deporte era uno de los pocos espacios donde el país podía construir orgullo colectivo en el escenario internacional no había todavía los medios masivos que después definirían la cultura popular. El cine nacional estaba en su época de oro, sí, pero el deporte olímpico tenía una dimensión distinta, casi sagrada, porque representaba México compitiendo en igualdad de condiciones con los países más poderosos del mundo.

 Y Joaquín Capilla, en ese contexto no era solo un atleta, era una bandera. Grábate este dato. En 1948, en el México que recibió de vuelta en capilla con su bronce, los cuatro grandes del deporte nacional eran el clavadista Joaquín Capilla, el jinete Humberto Mariles, el beisbolista Beto Ávila y el boxeador Raúl Ratón Macías.

El mismo Capilla lo recordó así en 2009 con una mezcla de orgullo y melancolía que solo da el tiempo. Éramos los cuatro ases del deporte, cuatro hombres que representaban lo mejor que México podía ofrecer al mundo en su disciplina. y Capilla con 19 años y una medalla de bronce ya formaba parte de ese grupo.

Pero el bronce no era suficiente para lo que Capilla quería hacer  y lo siguiente en su agenda era Gelsinki 1952. En los Juegos Panamericanos de Buenos Aires 1951, el año antes de Helsinki, Capilla llegó como la figura central del equipo mexicano de Clavados. Ganó el oro en trampolín de 3 m.

 ganó el oro en plataforma de 10 m, dos oros panamericanos en una sola edición y regresó a México no como una promesa que había confirmado su potencial,  sino como el mejor clavadista del hemisferio occidental en ese momento. Helsinki, 1952, fue diferente a Londres. No era el debut emocionante del muchacho novato que nadie esperaba que ganara.

 Era Joaquín Capilla llegando a los juegos como uno de los favoritos, como el hombre al que los demás seguían en los entrenamientos previos para ver qué estaba haciendo y eso trajo una presión que Londres no había tenido. En los días previos a la prueba de trampolín de 3 m en Helsinki, Capilla se lesionó la mano izquierda.

 No fue un accidente dramático. Fue el tipo de lesión que ocurre en los entrenamientos cuando el cuerpo está bajo tensión y el nivel de exigencia es máximo. Y a pesar de la lesión, a pesar del dolor,  compitió en trampolín. Quedó cuarto. Fue el mejor resultado posible en esas condiciones. Después llegó la plataforma de 10 m y Capilla se enfrentó al estadounidense Samuel Lee en lo que las fuentes describen como un mano a mano de los que definen  épocas.

 LED terminó primero con 156,28 puntos. Capilla terminó segundo con 145,21 puntos. La Plata a poco más de 11 puntos de Lee, el primer mexicano en ganar medallas en más de una edición olímpica. Eso es lo que Helsinki le dio a Joaquín Capilla, además de la plata. Un récord de constancia que en 1952 nadie más en la historia del deporte mexicano tenía.

 Y en Helsinki también fue algo más. Fue el abanderado de la delegación  mexicana, el atleta seleccionado para llevar la bandera de su país en el desfile inaugural de los Juegos Olímpicos. Es el honor más alto que un Comité Olímpico Nacional puede darle a uno de sus atletas. Y se lo dieron a Capilla con 23 años con dos medallas olímpicas en su vitrina como reconocimiento de que era la mejor representación de lo que el deporte mexicano era capaz de ser.

Piensa en la imagen. Un muchacho de 23 años, hijo de un padre que le pagaba tostones por saltar desde más alto, marchando al frente de la delegación mexicana Angelsinki con la bandera de su país en las manos. Esa imagen tiene todo el peso simbólico de lo que el deporte puede ofrecer a una nación que necesita héroes.

 Pero lo mejor estaba por llegar y llegó en Melbourne en 1956. Escucha esto con atención porque es el momento más importante de la carrera de Joaquín Capilla y merece el espacio que le corresponde. Melbourne, 1956, los 16os Juegos Olímpicos de la era moderna. Capilla tenía 27 años y llegaba a Australia como el clavadista  con más experiencia olímpica de su generación no estadounidense.

 Había sido bronce en Londres, plata en Helsinki. Faltaba el oro y el único país que se interponía entre capilla y ese oro era el mismo que se había interpuesto siempre, Estados Unidos. Los estadounidenses habían dominado los clavados olímpicos durante décadas. Era su disciplina, su territorio, su monopolio casi absoluto sobre los podios.

 En los 45  años de historia olímpica moderna que precedían a Melbourne, ningún no estadounidense había ganado el oro en clavados de plataforma. Ninguno. La noche de la final de plataforma de 10 m en Melbourne, Capilla competía contra el estadounidense Gary Tobian y en la última ronda de la final, Tobian llevaba la ventaja.

 Capilla necesitaba ejecutar el mejor clavado de su vida en el último intento de la competencia para ganar. Lo ejecutó. La puntuación de los jueces fue  suficiente. Gary Tobian había mantenido la delantera durante casi toda la  competencia y en el último clavado, en el momento donde toda la presión se concentra en un segundo y medio de vuelo desde 10 m de altura, Joaquín Capilla Pérez hizo lo que le había enseñado a nacer la plataforma del balneario Olímpico de la Calzada Zaragoza 20 años antes.

 voló y aterrizó en el agua con la precisión suficiente para que los jueces levantaran las tarjetas que lo convirtieron en campeón olímpico.  El primer mexicano en vencer a los estadounidenses enclavados de plataforma en la historia de los Juegos Olímpicos. El primer mexicano en ganar el oro en esa disciplina. El primer no estadounidense en hacerlo en 45 años de historia olímpica en los clavados de plataforma.

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