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Tratada como ESCLAVA desde su boda, la NUERA brilla de ÉXITO mientras la SUEGRA EGOÍSTA paga sus MALTRATOS con LÁGRIMAS amargas

Tratada como ESCLAVA desde su boda, la NUERA brilla de ÉXITO mientras la SUEGRA EGOÍSTA paga sus MALTRATOS con LÁGRIMAS amargas

PARTE 1: El terrazo, la lejía y la señora del Albaicín

Si uno se pasea por el Albaicín, con sus callejuelas empedradas, sus cármenes perfumados de jazmín y ese aire milenario que parece suspirarle secretos a la Alhambra al otro lado del río Darro, podría pensar que allí solo habitan el romanticismo y la poesía. Pero las paredes encaladas también esconden historias de terror doméstico, de esas que no llevan sangre, sino litros de lejía y mucha mala leche. Esta es la historia de doña Carmen, una mujer de las de luto riguroso en el alma aunque vistiera de colores, y de Lucía, su nuera, que entró en la familia pensando que se casaba con Javier, el hijo, y descubrió muy pronto que había firmado un contrato de servidumbre no remunerada.

Carmen era una institución en su calle. Viuda desde hacía quince años, había convertido su pena en una especie de título nobiliario. Tenía la habilidad innata de hacer sentir culpable a cualquiera que pasara por su lado respirando más fuerte de la cuenta. Cuando su único hijo, Javier, un muchacho apocado pero de buen corazón que trabajaba en una gestoría cerca de Plaza Nueva, le anunció que se casaba con Lucía, a Carmen le dio lo que ella llamó “un amago de infarto con preaviso de ictus”.

Lucía era una chica de un pueblo de la Alpujarra, sencilla, con los ojos grandes, las manos ágiles para la costura y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. A cualquiera menos a Carmen, claro. Para la suegra, Lucía no era más que “una advenediza que viene a quitarme a mi niño y a vivir a mesa puesta”. Las cosas se torcieron desde el minuto uno. Como la economía de los recién casados no daba para comprar un piso en condiciones, y Carmen vivía en un caserón enorme de dos plantas con un patio central precioso, la solución pareció obvia: vivirían con ella hasta ahorrar un poco.

Ese fue el primer error. El segundo fue que Javier trabajaba diez horas al día, dejando a Lucía sola en la jaula de la leona.

—A ver, niña —le dijo Carmen la primera mañana después de la luna de miel, plantándose en el patio con una bata de guata y los rulos puestos como si fueran una corona de espinas—. Aquí en esta casa no somos señoritos, pero nos gusta la limpieza. El suelo del patio no se friega con el mocho, que eso es de vagas. El mocho solo mueve la roña de un lado a otro. Aquí se friega de rodillas, con el paño, un chorrito de amoniaco y frotando las juntas hasta que se pueda comer una sopa de fideos encima del terrazo.

Lucía, que por no discutir habría sido capaz de pintar la Alhambra con un cepillo de dientes, asintió. —Claro, doña Carmen. Yo me ocupo.

Y vaya si se ocupó. Aquello no fue una petición, fue el inicio de un régimen militar. Mientras Lucía se dejaba las rodillas y las yemas de los dedos en el suelo helado de aquel patio granadino, Carmen se sentaba en su mecedora de mimbre, con una taza de café solo y un abanico, dictando sentencia.

—¡Ahí, en esa esquina, que parece que le tienes miedo a la junta! —gritaba la suegra, dándole un sorbo al café—. ¡Fuerte, chiquilla, que tienes menos sangre que una horchata! Mi difunto marido, que en gloria esté, siempre decía que la limpieza de una casa se nota en los rodapiés. Y tú los estás dejando que dan pena.

Las vecinas de Carmen, un aquelarre de señoras ociosas lideradas por Encarni y Pili, solían asomarse por el muro del patio interior para presenciar el espectáculo.

—Ay, Carmela, qué suerte has tenido con la nuera —decía Encarni, con una sonrisa cargada de veneno, apoyando los codos en la tapia—. Mírala, si parece una Cenicienta. Ya no se ven muchachas tan hacendosas. Las de hoy en día solo quieren estar con el maquinita del teléfono.

—Qué suerte ni qué suerte, Encarni —replicaba Carmen, alzando la voz para asegurarse de que Lucía la oyera bien mientras escurría el trapo—. Lo que me está costando meterla en vereda. Que esta muchacha viene de la sierra y allí están acostumbrados a vivir con las cabras. Le estoy enseñando civilización, pero me cuesta la misma vida.

Lucía tragaba saliva. Las lágrimas de impotencia se le mezclaban con el sudor, pero nunca decía nada. Quería a Javier con locura, y cuando él llegaba por la noche, cansado, oliendo a tinta de impresora y a tabaco barato, ella le ponía la cena y le sonreía. Javier, que era más ciego que un topo para las dinámicas de poder femeninas, veía la casa reluciente y a su madre tranquila, y pensaba que vivían en el mismísimo paraíso terrenal.

Lo que ni Carmen, ni las vecinas, ni siquiera Javier en su total magnitud sabían, era que Lucía tenía un refugio. Por las noches, cuando el caserón por fin se sumía en el silencio, Lucía sacaba una vieja máquina de coser Singer que había heredado de su abuela. Con retales que compraba en los mercadillos y telas sobrantes, diseñaba vestidos. Cortaba, hilvanaba y cosía con una furia silenciosa. Cada puntada era una respuesta a un insulto de su suegra; cada patrón perfecto era una victoria sobre la humillación diaria.

El colmo de la paranoia de Carmen llegó un verano. Se corrió el rumor por el Albaicín de que había unos raterillos saltando las tapias de los patios para llevarse macetas, sillas de mimbre o cualquier cosa que pillaran. Carmen, montando un drama digno de Federico García Lorca, le exigió a Javier que pusiera remedio.

—¡Que me van a asesinar en mi propia casa! —gritaba, abanicándose con frenesí—. ¡Que cualquier día entra un morisco de esos y me rebana el pescuezo mientras duermo! ¡Haz algo, inútil, que parece que no te importa que tu madre perezca!

Javier, para calmarla, contrató a un amigo suyo que instalaba alarmas. Le pusieron un sistema básico, pero además, el chico, que era muy apañado, le regaló a Javier un par de cámaras de seguridad pequeñitas, de esas que graban en una tarjeta de memoria y tienen un piloto rojo diminuto. Colocaron una en el zaguán y otra en el rincón del patio, apuntando directamente a la puerta principal y abarcando casi toda la zona de estar.

—Madre, mire, ese puntito rojo significa que está grabando. Nadie va a entrar sin que nos enteremos —le explicó Javier.

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