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El actor más temido y admirado de Hollywood

La mayoría de los estudiantes cacareó, agitó los brazos y corrió en círculos por la sala. Un joven de 19 años se sentó en el suelo con calma, recogió las piernas y simuló poner un huevo. Cuando Estela Adler le preguntó por qué había elegido esa reacción, él respondió sin dudar. Soy una gallina. ¿Qué s yo de bombas? La sala quedó en silencio. Atler sonrió.

Acababa de encontrar lo que llevaba años buscando. Nueva York en 1943 era una ciudad en ebullición. La guerra vaciaba los barrios de hombres jóvenes, pero Greenwich Village seguía siendo un territorio aparte, poblado de dramaturgos, actores, activistas de izquierda y mujeres que no encajaban en ningún molde convencional.

Para el chico llegado de Libertyville, con una rodilla dañada y sin ningún título, la ciudad fue un choque físico y una liberación simultánea. Por primera vez en su vida, nadie lo conocía. Nadie sabía nada de su padre ni de su madre. podía hacer cualquier cosa. Al principio no tenía dónde dormir. Durmió en el sofá de amigos, en habitaciones prestadas, en pisos compartidos con actores y músicos que vivían con lo justo.

Durante un tiempo vivió con Roy Somlio, que años después se convertiría en uno de los productores más respetados de Broadway y ganaría cuatro premios semi. En aquellos primeros meses, Somlio era simplemente otro joven sin dinero que compartía espacio y conversación con ese muchacho del medio oeste que nunca parecía estar del todo quieto.

Brando encontró trabajo como ascensorista en un hotel del village. El edificio de enfrente albergaba una escuela de teatro. La historia de cómo cruzó la calle y entró en aquella sala es uno de esos momentos bisagra que definen una vida entera. Según quienes lo conocieron, entonces, no fue una decisión planificada.

vio entrar y salir a chicas, siguió la corriente y de repente estaba sentado en una clase de interpretación sin saber muy bien qué hacía allí. Lo que sí sabía era que por primera vez en mucho tiempo nadie le decía que era un inútil. Eso fue lo que recordó Brando con más claridad de aquellos primeros meses, el silencio de las críticas negativas.

En casa, la voz de su padre había sido constante y demoledora. En Nueva York, en esa sala, la gente lo miraba con otra cosa en los ojos. Sus compañeros lo escuchaban, los profesores lo tomaban en serio. Era la primera vez que oía cosas buenas sobre sí mismo y eso, más que cualquier técnica o ejercicio, fue lo que lo mantuvo en la escuela.

Se matriculó en la Dramatic Workshop de la New School for Social Research, dirigida por el influyente director alemán Erwin Piscator, que había llegado a Estados Unidos huyendo del nazismo y traía consigo una concepción del teatro como herramienta política y social. El ambiente era estimulante e inconformista, exactamente lo que Brando necesitaba.

Pero la figura que cambiaría su manera de entender la actuación no fue Piscator, sino una mujer que impartía clases en aquella misma institución, Estela Adler. Adler era hija de Jacob Adler, una leyenda del teatro en lengua yidis y había estudiado directamente con Stanislavlski en París en 1934. De ese encuentro había extraído una conclusión que la distanciaba radicalmente del método que Lee Strasberg enseñaba en el Actors Studio.

La verdad en escena no viene del dolor personal del actor, sino de la imaginación aplicada a las circunstancias del personaje. No se trataba de recordar el sufrimiento propio y canalizarlo, sino de entender con precisión qué siente el personaje en esa situación concreta y habitarla desde dentro. Para Brando, aquello era exactamente lo que había estado haciendo toda su vida sin saberlo.

Desde que imitaba a los animales de la granja para su madre, lo que hacía era meterse la lógica interna de otro ser y actuar desde allí, no desde fuera. Adler le dio el vocabulario, le enseñó que eso que hacía instintivamente era una disciplina que podía desarrollarse, refinarse, aplicarse con intención y sobre todo lo trató como alguien con algo valioso que ofrecer, en lugar de como a un problema que resolver.

La relación entre ambos fue de una intensidad que iba más allá de lo estrictamente pedagógico. Quienes estuvieron cerca de Brando en aquellos años coinciden en que Adler ocupó en su vida el lugar de una figura materna que Dodi no había podido ser. Era exigente, inteligente, apasionada y reconocía el talento cuando lo tenía delante.

Brando, que había pasado la infancia buscando la mirada de su madre, encontró en Adler una atención que no venía acompañada de decepción. Eso lo liberó de una manera que ningún método técnico habría podido lograr. Hubo otro anclaje importante en aquellos años de Nueva York. Wally Cox, un amigo de la infancia de Illinois, que también había llegado a la ciudad.

Cox era físicamente lo opuesto a Brando, menudo, de aspecto frágil, con una voz suave y un sentido del humor finísimo. Pero entre los dos existía una comprensión que no necesitaba explicaciones. Ambos venían de familias rotas. Ambos habían crecido sintiéndose fuera de lugar. Ambos habían encontrado en la actuación y en la comedia una manera de procesar lo que no podían decir de otro modo.

Su amistad duraría hasta la muerte de Cox. décadas después y Brando nunca se recuperaría del todo de esa pérdida. El Nueva York de aquellos años también le abrió puertas hacia mundos que Libertyville ni siquiera existían. Brando se acercó a la compañía de danza de Ctherine Dham, coreógrafa y etnóloga que había estudiado los ritmos africanos y caribeños y los había llevado al escenario de una manera que nadie había visto antes.

Brando aprendió a tocar las congas, participó en ensayos, se empapó de esa fisicalidad distinta, primitiva y espiritual al mismo tiempo. Soñaba con ser bailarín. Esa dimensión corporal, esa conciencia del cuerpo como instrumento expresivo, quedaría incorporada para siempre a su manera de actuar. Mientras tanto, las clases con Adler avanzaban.

Brando era un estudiante irregular en cuanto disciplina, pero cuando algo le interesaba, su concentración era absoluta. Una anécdota que sus compañeros contaron repetidamente ilustra bien lo que lo hacía diferente. Adler pidió al grupo que improvisaran un número de cabaret. La mayoría preparó algo genérico. Brando volvió a casa, consiguió un disco de Judy Garland cantando, se vistió con un traje que evocaba el de la cantante y sincronizó los labios con una precisión y una convicción que dejaron a todos sin palabras. No había ninguna distancia

irónica, ningún guiño al público. Lo habitó por completo. Eso era exactamente lo que Adler le había enseñado. Y lo que Brando, había entendido de una manera que la mayoría de sus compañeros no alcanzaría nunca. La actuación no es demostración, es presencia. No se trata de mostrar que uno siente algo, sino de sentirlo de verdad dentro de las coordenadas del personaje.

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