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Evangelio de Hoy – Día de las Madres

 

 

de Pedro y Juan desde Jerusalén para comunicar el Espíritu Santo a los samaritanos bautizados. San Lucas narra la secuencia con una claridad que ha sido fundamental para la teología sacramental de la Iglesia. Primero, el bautismo en nombre de Jesús. Luego la imposición de manos de los apóstoles que comunica el Espíritu Santo.

 La primera parte del texto repite los datos que ya conocemos. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba a Cristo.  La gente escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo. De muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos y muchos paralíticos y cojos quedaban curados.

 Y hubo una gran alegría en aquella ciudad. La predicación eficaz, los signos visibles y la alegría desbordante son las marcas de una evangelización auténtica que el Espíritu Santo avala con su poder. Entonces llega la novedad. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y Juan, que bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, solo estaban bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían

las manos y recibían el Espíritu Santo. La distinción entre el  bautismo y la recepción del Espíritu por la imposición de manos  es la base bíblica del sacramento de la confirmación. La presencia de Pedro y Juan en Samaría tiene también un significado eclesiológico importante. La evangelización de Felipe, por exitosa que sea, necesita la confirmación y la comunión de los apóstoles.

 La Iglesia no es una colección de comunidades independientes, sino un cuerpo unido bajo la autoridad apostólica. Felipe bautiza, pero Pedro y Juan confirman. El misionero local siembra, pero la Iglesia Universal verifica y completa. Esta estructura de comunión entre la iniciativa misionera local y la autoridad apostólica universal se mantendrá a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

 La imposición de manos, gesto que los apóstoles realizan sobre los samaritanos, es uno de los gestos sacramentales más antiguos y más ricos de la tradición cristiana. Las manos de Pedro, que fueron lavadas por Jesús en el cenáculo y que sostuvieron las redes de la pesca milagrosa, ahora se extienden sobre los samaritanos para comunicarles el espíritu  que habita en ellos.

 Es la cadena ininterrumpida de la transmisión apostólica. De las manos de Cristo a las manos de Pedro, de las manos de Pedro a las manos de los obispos, de generación en generación hasta hoy. Capítulo 3. Aclamad a Dios, tierra entera. Salmo responsorial, Salmo 66. El salmo 66, que ya nos ha acompañado varias veces durante el tiempo pascual, regresa hoy con su invitación universal a la alabanza. Aclamen a Dios, tierra entera.

Canten la gloria de su nombre. Den gloria con la alabanza. La repetición de este salmo a lo largo de las semanas pascuales subraya la progresiva universalización del evangelio que estamos contemplando de Jerusalén a Judea, de Judea a Samaría, de Samaria a los confines de la tierra. Cada vez que el evangelio llega a un nuevo pueblo, la aclamación del Salmo 66 amplía un poco más.

 Los versículos seleccionados para este domingo incluyen una invitación a contemplar las obras de Dios. Vengan y vean las obras de Dios, sus proezas en favor de los hombres. Las obras de Dios que los samaritanos han visto, los exorcismos, las curaciones, la predicación de Felipe, son las mismas que los discípulos vieron durante el ministerio de Jesús.

 La continuidad entre las obras de Cristo y las obras de la Iglesia es la prueba de que el Espíritu de Cristo sigue actuando a través de sus  testigos. Un versículo del salmo conecta con la segunda lectura de hoy. Vengan y escuchen los que temen a Dios y les contaré lo que ha hecho conmigo. San Pedro en su carta exhorta a los creyentes a dar razón de su esperanza a todo el que la pida.

 El salmo y la carta coinciden en la misma convicción. La experiencia de Dios no es para guardarla en privado, sino para compartirla con todo el que quiera escuchar. La evangelización nace del testimonio personal. El que ha experimentado las obras de Dios en su vida no puede callarlas. La antífona responsorial de hoy resume toda la espiritualidad del tiempo pascual con una sola frase: Aclamen a Dios, tierra entera.

 Es el programa de la iglesia. hasta el fin de los tiempos. Que toda la tierra, cada nación, cada cultura, cada lengua, cada generación aclame al Dios que ha resucitado a su hijo de entre los muertos. Y cada domingo de Pascua, cada Eucaristía dominical  es un paso más en la realización de este programa, un anticipo de la aclamación universal que resonará cuando el reino de Dios alcance su plenitud.

 En este día de las madres, el salmo adquiere un matiz de gratitud  que incluye el agradecimiento por las madres que han transmitido la fe a sus hijos. Muchas de las obras de Dios que podemos narrar incluyen la fe recibida de una madre, la oración aprendida de rodillas junto a ella, el primer contacto con la escritura a través de su voz.

 La tierra entera que aclama a Dios incluye a millones de madres que, como la Virgen María, han guardado la palabra de Dios en su corazón y la han transmitido a sus hijos con amor, con paciencia y con ejemplo. Capítulo 4. Den razón de su esperanza. Segunda lectura. Primera carta de San Pedro, capítulo 3, versículos 15 al 18.

 La segunda lectura de este domingo es una de las exhortaciones más citadas y más exigentes de todo el Nuevo Testamento. Veneren al Señor Cristo en sus corazones y estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida una explicación, pero háganlo con dulzura y respeto. En una sola frase, San Pedro define la identidad del cristiano en el mundo.

 un creyente que venera a Cristo en su corazón, que tiene una esperanza que lo distingue de los demás y que es capaz de explicar esa esperanza con inteligencia, con dulzura y con respeto. La expresión dar razón en griego apología es la misma de la que deriva la palabra apologética, la defensa razonada de la fe.

 San Pedro no pide una fe ciega que se niegue a pensar, sino una fe pensante que se atreve a dialogar. El cristiano debe ser capaz de explicar por qué cree,  qué espera, en quién confía. No necesita tener todas las respuestas, pero sí debe tener la disposición de buscarlas y de compartirlas con dulzura y respeto, no con arrogancia intelectual ni con fanatismo combativo.

 La referencia a la esperanza, como el contenido principal del testimonio cristiano es significativa. Pedro no dice, “Den razón de su doctrina ni den razón de su moral.” Dice, “Den razón de su esperanza.  Lo que distingue al cristiano del no creyente no es principalmente un sistema de ideas ni un código de conducta, sino una esperanza.

 La esperanza de que la muerte no tiene la última palabra, de que el sufrimiento no es absurdo, de que la vida tiene un sentido que trasciende la existencia terrena, de que Cristo resucitado  nos espera al final del camino. San Pedro añade una motivación para el sufrimiento que conecta con el evangelio de hoy.

 Es mejor padecer por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal. Porque Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para conducirlos a Dios. La referencia a Cristo, que padeció el justo por los injustos, evoca la cruz como acto supremo de amor maternal. Como la madre que sufre por sus hijos, Cristo sufrió por nosotros para conducirnos al Padre.

 Su sufrimiento no fue un castigo impuesto,  sino un amor asumido. La exhortación de Pedro es especialmente actual en un mundo donde la fe cristiana es frecuentemente cuestionada, ridiculizada o ignorada. Los cristianos de hoy no siempre son perseguidos con violencia física, pero sí son desafiados constantemente a dar razón de su esperanza en un ambiente cultural que considera la fe como una reliquia del pasado.

 La respuesta de Pedro sigue siendo válida. No con agresividad, sino con dulzura. No con prepotencia, sino con respeto, no con argumentos aplastantes, sino con el testimonio humilde de una vida transformada por la esperanza. Capítulo 5. No los dejaré huérfanos. Evangelio según San Juan, capítulo 14, versículos 15 al 21. El evangelio del sexto domingo de Pascua nos devuelve al cenáculo, a la noche de la última cena, donde Jesús pronuncia los discursos de despedida que constituyen el testamento espiritual que deja a su iglesia. El texto de hoy

contiene tres revelaciones entrelazadas que forman la estructura trinitaria de la vida cristiana. La relación del discípulo con Cristo a través del amor y la obediencia. La promesa del Espíritu Santo como Paráclito permanente y la inhabitación del Padre y del Hijo en el creyente que ama.

 Jesús comienza con una ecuación que define el amor cristiano. Si me aman, guardarán mis mandamientos. El amor a Cristo no es un sentimiento vago ni una emoción pasajera. Es una decisión que se traduce en obediencia. No una obediencia servil que cumple por miedo, sino una obediencia filial que  cumple por amor.

 Guardar los mandamientos de Cristo no es una carga impuesta desde fuera,  sino la expresión natural de un amor que busca agradar al amado. Como el niño que obedece a su madre, no por temor al castigo, sino por amor a ella. El discípulo guarda los mandamientos de Cristo porque lo ama. Entonces viene la promesa que da nombre al tiempo pascual que vivimos.

 Yo le pediré al Padre y les dará otro Paráclito que  estará con ustedes para siempre. El espíritu de la verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo  conocen porque vive con ustedes y está en ustedes. La palabra Paráclito, en griego Parácletos, puede traducirse como consolador, abogado defensor,  intercesor o el que es llamado al lado de alguien para ayudarlo.

 Jesús ha sido el primer paráclito de sus discípulos durante su ministerio terreno. Ahora promete otro, ayon en griego  que significa otro de la misma clase, que continuará su obra de consolación y defensa de un modo permanente e interior. Y entonces pronuncia las palabras que en este día de las madres adquieren una resonancia que conmueve el corazón. No los dejaré huérfanos.

Volveré a ustedes. La orfandad es la imagen más desgarradora de la soledad humana. El niño que ha perdido a sus padres, que no tiene quien lo proteja, que está solo en un mundo hostil. Jesús promete a sus discípulos y a cada creyente de todas las generaciones que nunca serán huérfanos. No porque no tendrán que enfrentar la separación y el sufrimiento, sino porque él volverá a ellos en la persona del Espíritu Santo, que habitará en ellos con una presencia más íntima que la presencia física.

 El evangelio concluye con una revelación trinitaria de una profundidad abismal. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama. Y al que me ama, mi Padre lo amará y yo también lo amaré y me manifestaré a él. La cadena de inhabitación mutua, yo en el Padre, ustedes  en mí, yo en ustedes.

Describe una comunión de amor que envuelve al creyente en la vida misma de la Trinidad. No somos huérfanos porque habitamos en Cristo. Cristo habita en nosotros y el Padre nos ama como ama a su Hijo. Es la familia más perfecta que pueda existir. La familia trinitaria donde nadie está solo, donde nadie es abandonado, donde el amor fluye eternamente entre el Padre, el Hijo, el Espíritu y cada creyente que ama y obedece. Capítulo 6.

 El Paráclito,  consolador y madre. La promesa del Paráclito revela una dimensión del amor divino que la tradición cristiana ha asociado frecuentemente con la ternura maternal. Si el Padre es la fuente del amor y el Hijo es la expresión visible de ese amor, el Espíritu Santo es la presencia interior que consuela, que acompaña, que no abandona.

 En la teología bíblica, el espíritu  en hebreo, ruaj, palabra femenina, es descrito con imágenes que evocan la maternidad. El aliento que da vida, el viento que acaricia, el agua que fecunda, la paloma que cubre con sus alas, el fuego que calienta en la noche. La Virgen María, cuya presencia materna la Iglesia celebra de manera especial en este día de las madres, es la mujer que más plenamente ha vivido la experiencia del Paráclito.

 Fue el Espíritu Santo quien la cubrió con su sombra en la anunciación. Fue el Espíritu  quien la llenó de gozo en la visitación. Fue el Espíritu quien la sostuvo al pie de la cruz cuando su hijo moría.  Y fue el Espíritu quien descendió sobre ella en Pentecostés junto con los apóstoles.

  María es la primera consolada por el Paráclito y al mismo tiempo la primera consoladora de la Iglesia, la madre que Jesús entregó a Juan y a todos nosotros desde la cruz con las palabras mujer, ahí tienes a tu hijo. La conexión entre el evangelio de hoy y el día de las madres no es una coincidencia artificial, sino una convergencia providencial.

 Jesús, al prometer que no nos dejará huérfanos, nos revela un Dios cuyo amor tiene las cualidades que asociamos con las mejores madres. La presencia constante, el consuelo en el dolor, la protección en el peligro, la paciencia ante nuestras debilidades, la alegría. ante nuestros logros. Y al entregarnos a María como madre desde la cruz, Jesús aseguró que la Iglesia tendría siempre una presencia materna visible que complementara la presencia invisible del Espíritu.

 San Pedro en la segunda lectura exhorta a los creyentes a dar razón de su esperanza con dulzura y respeto. Las dos cualidades que Pedro pide, dulzura y respeto, son cualidades eminentemente maternales. La madre enseña con dulzura, corrige con respeto, guía con paciencia. El cristiano que da testimonio de su fe con estas cualidades maternales refleja el rostro del Dios que no deja huérfanos.

 del Espíritu que consuela, de María que acompaña. La evangelización cuando es auténtica tiene siempre algo de maternal. No impone, sino que propone. No grita, sino que susurra. No condena, sino que abraza. Para las madres que celebran hoy su día,  las lecturas ofrecen un reconocimiento profundo de su vocación. La madre que transmite la fe a sus hijos está realizando la misma misión que Pedro y Juan cuando impusieron las manos sobre los samaritanos, comunicando el Espíritu, transmitiendo la gracia, abriendo las puertas de la vida eterna.

La madre que reza por sus hijos está haciendo lo que Jesús prometió hacer por sus discípulos, pedir al Padre que les envíe el Paráclito. La madre que acompaña a sus hijos en el dolor está viviendo lo que María vivió al pie de la cruz. La presencia silenciosa que no tiene respuestas,  pero que tiene amor y cuyo amor es más fuerte que todas las respuestas. Capítulo 7.

 hacia la ascensión y Pentecostés. El sexto domingo de Pascua nos sitúa en la recta final del tiempo pascual. La próxima semana celebraremos la ascensión del Señor y la semana siguiente Pentecostés. Las lecturas de hoy funcionan como un puente entre ambas solemnidades. La partida de Jesús, no los dejaré huérfanos.

 volveré  y la venida del Espírituá Paráclito que estará con ustedes para siempre. El tiempo pascual no termina con la ascensión, sino con Pentecostés, porque la obra de la resurrección no se completa con la glorificación de Cristo, sino con la efusión del Espíritu sobre la Iglesia. La evangelización de Samaría, narrada en la primera lectura, ilustra lo que sucede cuando la promesa del Paráclito se cumple en la vida de la iglesia. Felipe predica con poder.

 Los enfermos son curados. Los demonios huyen. La ciudad se llena de alegría. Todo esto es obra del Espíritu Santo que actúa a través de los creyentes. Y cuando Pedro y Juan imponen las manos, el Espíritu se comunica visiblemente, confirmando que los samaritanos han sido plenamente incorporados a la familia de Dios. Ya no son huérfanos.

 Tienen un padre en el cielo, un hermano mayor en Cristo, una madre en María y un consolador en el Espíritu Santo. La inhabitación trinitaria que Jesús describe en el Evangelio, yo estoy en mi Padre, ustedes en mí, yo en ustedes, es la experiencia más profunda que la vida cristiana puede ofrecer. No es una experiencia reservada a los místicos ni a los santos extraordinarios.

Es la experiencia de todo bautizado que ama a Cristo y guarda sus mandamientos. El Espíritu Santo que habita en cada creyente desde el bautismo es el vínculo que nos une al Hijo y a través del Hijo al Padre. La Trinidad no es un dogma abstracto para memorizar en el catecismo. Es la familia en la que vivimos, el hogar donde habitamos, la comunión de amor que nos envuelve.

 Al contemplar el arco completo del tiempo pascual que hemos recorrido, desde el sepulcro vacío del domingo de Pascua hasta la promesa del Paráclito de este sexto domingo, podemos ver como cada texto ha sido un paso en un camino de profundización creciente. La resurrección nos mostró que Cristo vive. Las apariciones nos mostraron cómo vive.

Los Hechos de los Apóstoles nos mostraron dónde vive, en la Iglesia que predica, cura y comparte. Y ahora los discursos de despedida nos revelan dónde vivirá para siempre. Dentro de nosotros, en la presencia del Espíritu que no se va. En este día de las madres, la Iglesia da gracias por todas las madres que, como María han dicho sí a Dios y han acogido la vida con generosidad.

 Da gracias por las madres que han transmitido la fe a sus hijos, que han rezado el rosario junto a sus cunas, que han llevado a sus hijos al bautismo y a la primera comunión, que han consolado sus lágrimas y celebrado sus alegrías, y da gracias por la madre de todas las madres, la Virgen María, que al pie de la cruz recibió como hijos a todos los discípulos de Jesús y que desde el cielo sigue intercediendo por nosotros.

 con el amor inagotable de una madre que nunca abandona a sus hijos. No somos huérfanos, nunca lo seremos, porque tenemos un padre que nos ama, un hermano que nos salva, un espíritu que nos consuela y una madre que nos acompaña. Aleluya. Capítulo 8o. Oración para el sexto domingo de Pascua y día de las madres.

 Señor Jesucristo, que prometiste no dejarnos huérfanos y que enviaste al Espíritu Santo como consolador, que permanece con nosotros para siempre. Te damos gracias en este día de las madres por el amor maternal que has derramado sobre la Iglesia a través de tu espíritu  y a través de María, tu madre y nuestra madre.

 Tú que conoces la ternura de una madre, porque fuiste acunado por María en Belén. amamantado en Nazaret, acompañado hasta la cruz, derrama esa misma ternura sobre cada familia que hoy celebra a sus madres.  Santísima Virgen María, madre de Dios y madre de la Iglesia, a ti acudimos en este día que el mundo dedica a honrar a las madres.

 Tú que dijiste sí al ángel y acogiste en tu vientre al Verbo eterno, intercede por todas las madres que hoy llevan a sus hijos en el vientre. o en el corazón,  por las que están esperando un hijo con ilusión, por las que lo crían con sacrificio, por las que lo buscan con angustia, por las que lo lloran con dolor.

 Cubre a todas las madres con tu manto, protégelas con tu intercesión y enséñales con tu ejemplo a guardar la palabra de Dios en el corazón y a meditar todas estas cosas. Padre celestial, que enviaste a tu hijo para que nadie quedara huérfano y que derramas tu espíritu  para que todos sean consolados, bendice hoy de manera especial a las madres de nuestras familias y de nuestras comunidades.

 bendice a las madres presentes  y a las madres ausentes, a las madres vivas y a las madres que ya descansan en tu presencia, a las madres biológicas y a las madres del corazón, abuelas, tías, madrinas, hermanas mayores, que con su amor han llenado el vacío que dejó la orfandad. Que ningún hijo se sienta huérfano mientras tenga una madre que reza por él y que ninguna madre se sienta sola mientras tenga un Dios que la sostiene.

Espíritu Santo, Paráclito prometido, consolador, que habitas en nosotros y que permaneces para siempre, desciende sobre nuestras familias y renueva en ellas el amor que es fuente de toda vida. Consuela a las madres que sufren por sus hijos alejados de la fe. Fortalece a las madres que luchan solas para sacar adelante a sus familias.

Alegra a las madres que hoy reciben el abrazo y la gratitud de los hijos que las aman  y enséñanos a todos a vivir la ternura maternal de Dios en nuestras relaciones. Dulzura y respeto, como pidió San Pedro, amor y obediencia como pidió Jesús, presencia y consuelo, como prometió el Paráclito.

 Te lo pedimos, Señor, en este sexto domingo de Pascua que nos acerca a la ascensión y a Pentecostés y que la providencia ha querido que coincida con el día de las madres. Te lo pedimos por intercesión de la santísima Virgen María, madre del resucitado y madre de los creyentes, que estuvo presente en el cenáculo cuando el espíritu descendió sobre los apóstoles  y que sigue presente en cada comunidad cristiana como signo visible de tu amor maternal.

 Te lo pedimos por intercesión de todas las santas madres de la historia de la salvación. Sara, que creyó contra toda esperanza. Ana, que consagró a su hijo Samuel. Isabel que saltó de alegría al recibir a María, Mónica, que lloró durante años hasta ver la conversión de Agustín. Y te lo pedimos por nuestras propias madres, a quienes honramos hoy con el agradecimiento de los hijos, que saben que no son huérfanos.

 Porque tú nos has dado una madre en el cielo y una madre en la tierra. No somos huérfanos, tenemos padre, madre y espíritu. Aleluya, aleluya, aleluya. Amén. M.

 

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