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Jorge Rivero: El Hombre mas Guapo de México Termino Solo y Esto es lo que Nadie Conto

Jorge Rivero no era el tipo de actor  que llega al set y espera que todo funcione solo. Se preparaba, estudiaba sus personajes, aunque los personajes que le daban no siempre eran los más complejos  en términos dramáticos. Hacía sus escenas de acción con una entrega que asombraba a los equipos  técnicos que trabajaban con él, que no estaban acostumbrados a un actor que se metiera de esa manera en lo que hacía.

Y ese compromiso, esa manera de tomarse en serio el trabajo, aunque los críticos no siempre le devolvieran ese reconocimiento, era parte de lo que lo hacía diferente. No era solo la cara, no era solo el cuerpo, era también la actitud. ¿Usted qué cree que es lo más difícil de ser el hombre más guapo de un país entero? Escríbeme en los comentarios porque estoy seguro de que tienes una opinión sobre esto y me gustaría mucho leerla.

Lo más curioso de Jorge Rivero era la contradicción que habitaba dentro de él de manera permanente. Por fuera era exactamente lo que todos esperaban de un galán de cine. Imponente,  seguro, con esa manera de entrar a un lugar y hacer que todos voltearan a mirarlo. Esa presencia que no necesita anunciarse porque se anuncia sola, esa manera de  llenar el espacio simplemente con existir.

Pero quienes lo conocían de cerca,  quienes compartieron set con él en aquellos años, quienes lo trataron más allá de los eventos y de las entrevistas y de las situaciones controladas donde todos están actuando de alguna manera, decían que detrás de esa fachada había un hombre mucho más reservado de lo que parecía, alguien que no era tan fácil de conocer de verdad,  alguien que guardaba cosas, alguien que tenía una vida interior que no mostraba con facilidad y que quizás no sabía muy bien cómo mostrar aunque hubiera era querido

hacerlo.  Y esa dualidad, esa diferencia entre el personaje público que el mundo veía y el hombre privado que pocas personas alcanzaban a conocer  sería una de las claves para entender todo lo que pasaría después en su vida. Durante la segunda mitad de los años 60, su carrera fue una escalada constante  y vertiginosa que parecía no tener techo.

Película tras película, Jorge Rivero se fue convirtiendo en algo más que un actor.  Se convirtió en un símbolo. La prensa mexicana empezó a llamarlo el hombre más guapo de México  y ese título, que a primera vista parece solo un elogio exagerado de periodistas entusiastas  que buscan un gancho para sus notas, se quedó pegado a su nombre para siempre.

Pasó de ser una descripción  a ser parte de su identidad pública, parte de la manera en que el mundo lo procesaba y lo ubicaba en su imaginario. Y hay algo importante  que entender sobre los títulos, sobre los apodos, sobre las etiquetas que el mundo le pone a las personas  públicas.

son una bendición y una condena al mismo tiempo. Te abren puertas que sin ese título estarían cerradas,  pero también te encierran en una expectativa que con el tiempo se vuelve imposible de sostener. Te definen de una manera tan contundente que cualquier cosa que hagas que no encaje con esa definición genera confusión, resistencia, rechazo en el público que construyó su relación contigo alrededor de esa imagen.

el día en que Jorge Rivero dejara de ser el hombre más guapo de México que iba a quedar. Esa era la pregunta que nadie hacía en voz alta,  pero que estaba ahí flotando en el ambiente, esperando pacientemente su momento.  Pero en ese momento, a finales de los 60, esa pregunta parecía ridícula y lejana, porque la carrera de Jorge Rivero no solo no daba señales de desaceleración,  sino que estaba a punto de dar el salto más grande que un actor mexicano podía dar en aquella época, el salto a Hollywood. Y fíjate

que lo que pasó a principios de los años 70 con Jorge Rivero es algo que merece que nos detengamos un momento y que lo veamos con la atención que merece, porque hay que entender el contexto para entender la magnitud real de lo que ocurrió. Hollywood en ese periodo era todavía la fábrica de sueños más poderosa del mundo.

No había internet, no había plataformas de streaming, no había esa democracia relativa que da la tecnología actual, donde cualquier película de cualquier parte del mundo puede encontrar a su público en cualquier rincón del planeta. Hollywood era el centro, era el punto de referencia absoluto, era el lugar donde se decidía qué era  una estrella de alcance global y qué no lo era.

Llegar a Hollywood siendo  mexicano, siendo latinoamericano, siendo de un país cuyo cine, por grande y rico que  fuera, seguía siendo visto como algo regional y periférico desde Los Ángeles y Nueva York. Era un logro que muy pocos podían presumir y Jorge Rivero lo logró de una manera que hay que reconocer.

En 1970 apareció junto a John Wayne en la película Ríol Lobo, dirigida por Howard Hawks, uno de  los directores más importantes e influyentes de toda la historia del cine norteamericano.  Un hombre cuya carrera abarcaba décadas y géneros distintos y que sabía reconocer el talento cuando lo veía.

Hay que dejar que eso se quede un momento en el aire porque lo merece. John Wayne, Howard Hawks, una producción de Hollywood de primer nivel con todos los recursos y todo  el peso de una industria que era la más poderosa del mundo del entretenimiento. Y ahí estaba Jorge Rivero, el muchacho que había empezado sin nada especial, salvo su propia persona, con su cara y su cuerpo y su presencia, compartiendo pantalla con el cowboy más famoso del mundo.

No en un papel pequeño, no en una aparición de segundos, sino en un papel de peso real,  con escenas que le permitían mostrar lo que era capaz de hacer más allá de la imagen. Quienes estuvieron en ese rodaje comentaban cosas interesantes sobre la dinámica entre los dos actores. Se decía que la relación fue cordial, pero también marcada por una energía particular, no por enemistad ni por mala voluntad entre los dos hombres, sino por esa tensión que se genera de manera natural cuando dos personas con mucha presencia y mucha

seguridad en sí mismos  tienen que compartir el mismo espacio frente a las cámaras y negociar quién ocupa cuánto del encuadre sin que nadie  lo diga en voz alta. Nunca se pudo confirmar con certeza qué pensaba John Wayne exactamente de su compañero mexicano en términos personales y profundos.

Pero hay quienes aseguran que el duque reconocía en Rivero algo genuino, algo que no se podía fingir ni aprender en clases de actuación, algo que las cámaras  capturaban de una manera muy particular y que el público respondía de manera inmediata e instintiva. Lo que sí es documentado,  lo que quedó registrado de manera objetiva en las crónicas de la época,  es que Rivero salió bien librado de ese encuentro con el sistema más exigente del mundo del cine.

Sus actuaciones recibieron atención. Su físico generó comentarios en la prensa especializada  y de pronto el nombre de Jorge Rivero empezaba a pronunciarse en conversaciones que antes habrían sido absolutamente imposibles de imaginar.  Pero aquí viene algo que no todo el mundo sabe.

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