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DERRIBAN AVION PRIVADO de MARU CAMPOS EN CHIHUAHUA; HARFUCH CONFIRMA VENGANZA de los SICARIOS

Allá se metió, eh. Para adentro, métete para dentro. Allá tra un no sé si lo ves que se está metiendo a la cárcelera. Lunes 11 de mayo de 2026, madrugada en Chihuahua, cuando la mayoría de los mexicanos dormía sin saber que en algún punto del cielo del norte del país un jet privado ganaba altura a toda velocidad, desde una pista clandestina en las afueras de la capital del estado y que esa misma aeronave, minutos después iba a ser derribada por fuerzas federales y a precipitarse en una zona despoblada sin dejar un solo

sobreviviente a bordo. El avión privado vinculado a Maru Campos fue derribado esta madrugada en Chihuahua y Omar García Harfuch confirmó pocas horas después que se trató de un acto de venganza de sicarios residuales de la red que está siendo desmantelada. Detente un momento en eso porque lo que ocurrió en las próximas horas no es un episodio aislado ni una operación improvisada.

Es la continuación lógica, brutal y acelerada de una ofensiva que lleva semanas, demostrando que nadie dentro de ese entramado de poder tiene ya un lugar seguro desde donde operar. Ni tierra firme bajo los pies, ni cielo libre sobre su cabeza. Para entender el peso real de lo que ocurrió esta madrugada en Chihuahua, hay que retroceder apenas unas horas y situarse en Culiacán, porque lo que pasó en el cielo del norte del país no puede leerse de manera independiente de lo que ocurrió esa misma noche en la mansión de Rocha Moya. El enfrentamiento con los 22

hombres disfrazados que atacaron esa residencia en Culiacán fue la señal de que la red de protección que sostenía algunos de los actores más relevantes de esta historia estaba dispuesta a actuar con violencia directa antes de desaparecer. 22 hombres equipados, coordinados y con suficiente información sobre la ubicación del objetivo como para organizar un ataque de esa magnitud.

Eso no es la reacción de una organización que está pensando con claridad, eso es la reacción de una estructura que ya no tiene opciones estratégicas disponibles y que decide apostar todo a una acción desesperada que la inteligencia federal ya había anticipado como posibilidad. Y mientras ese enfrentamiento se desarrollaba en Sinaloa, mientras las fuerzas federales contenían y neutralizaban esa amenaza en tierra, los sistemas de monitoreo de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana detectaron algo que cambió la dirección de la operación hacia el norte

del país. Alguien intentaba salir. La inteligencia federal llevaba horas rastreando movimientos dentro de la red de protección vinculada a Rocha Moya y Amaru Campos. No es que el monitoreo comenzara con el ataque en Culiacán. El monitoreo ya estaba en curso desde días antes, cruzando patrones de comunicación, movimientos de vehículos, actividad en aeródromos privados y pistas clandestinas distribuidas en el territorio del estado de Chihuahua.

Lo que el ataque en Culiacán hizo fue acelerar una decisión que ya se venía procesando dentro de esa red. Si el golpe de fuerza en Sinaloa no producía el efecto de distracción o depresión suficiente para abrir una ventana de escape, había que moverse antes de que esa ventana se cerrara del todo. Y esa decisión de moverse, de activar el plan de salida, de encender los motores de un jet privado en una pista que no aparece ningún registro oficial de operación aeronáutica en las afueras de Chihuahua capital, fue exactamente lo que la

inteligencia federal estaba esperando detectar. ¿Cuántas pistas clandestinas crees que existen en México que nunca han sido registradas por ninguna autoridad aeronáutica? Escríbelo en los comentarios porque la respuesta que dé la mayoría va a decir mucho sobre qué tan profundo entiende la gente el nivel de infraestructura paralela que estas redes construyeron durante décadas.

El Jet despegó en la madrugada desde esa pista clandestina. Las condiciones de visibilidad eran bajas. El horario estaba elegido para maximizar la dificultad de detección visual desde tierra y para minimizar el tráfico aéreo civil que pudiera interferir con la ruta de escape planeada. La aeronave ganó altura con rapidez, lo cual es consistente con un piloto que sabe que cada segundo en tierra es un segundo de exposición y que el único objetivo en ese momento es poner distancia entre el avión y el operativo que se está

desarrollando en el norte del país. Lo que el piloto no sabía o lo que quien tomó la decisión de activar ese plan de escape no calculó correctamente es que la detección ya se había producido antes del despegue. Los sistemas de monitoreo federales no necesitaron esperar a que el avión estuviera en el aire para saber que iba a despegar.

La actividad previa en la zona de la pista, el movimiento de vehículos en las horas previas, los patrones de comunicación interceptados dentro de la red, todo apuntaba hacia la misma dirección con suficiente anticipación como para que las fuerzas federales ya estuvieran en posición cuando los motores del jet se encendieron.

Lo que ocurrió a continuación es lo que Harfot describe en su declaración urgente de las primeras horas de la mañana, con la misma sobriedad y la misma precisión que han definido cada comunicación pública de esta ofensiva. Según el reporte oficial, el avión evadió las instrucciones de aterrizaje que le fueron transmitidas una vez que fue interceptado en el aire.

No fue una situación en la que el piloto no escuchara o no entendiera lo que se le estaba solicitando. Fue una decisión activa de no acatar, de continuar la maniobra de escape, de realizar movimientos evasivos que en el lenguaje aeronáutico operativo representan una amenaza que activa protocolos específicos de respuesta.

Cuando una aeronave civil evade instrucciones de aterrizaje de las autoridades y realiza maniobras evasivas, el marco jurídico y operativo que regula esa situación es claro. La escala de respuestas se activa en función del nivel de amenaza evaluado y de la autorización que en cada escalón de esa cadena de mando se va otorgando.

La autorización superior para neutralizar la aeronave se produjo. El avión fue interceptado, fue neutralizado en el aire y se precipitó en una zona despoblada del territorio chihuahüense. Los restos del jet quedaron esparcidos en un radio amplio, lo cual es consistente con la velocidad y la altitud que se desarrolló el impacto.

No hubo sobrevivientes a bordo. Piensa en esto un momento y lo digo con toda la seriedad que el dato merece. Alguien tomó la decisión de subir a ese avión en la madrugada del lunes 11 de mayo, sabiendo que el operativo federal estaba en curso, sabiendo que el ataque en Culiacán había fracasado, sabiendo que la red estaba siendo desmantelada pieza por pieza desde semanas atrás, tomó esa decisión de todas formas.

Eso dice algo sobre el nivel de desesperación que ya existía dentro de esa estructura en las horas previas al despegue. Y dice también algo sobre la calidad de la inteligencia que esa red tenía disponible sobre la posición real de las fuerzas federales, porque quien tomó esa decisión claramente no estaba operando con información precisa sobre lo que estaba sucediendo en el cielo sobre Chihuahua.

Suscríbete si te gusta el video. La declaración de Harf llega en las primeras horas de la mañana del lunes con la puntualidad que ha caracterizado cada comunicación pública de esta ofensiva. Cuando hay algo que el Estado considera necesario decirle a la ciudadanía sin demora. No hay producción elaborada, no hay dramatismo construido para la cámara.

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