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La Cenicienta de Valencia: De no tener para comer a esposa de un aristócrata millonario, y la increíble lección de humildad que dio a los parientes que la despreciaron

La Cenicienta de Valencia: De no tener para comer a esposa de un aristócrata millonario, y la increíble lección de humildad que dio a los parientes que la despreciaron


Parte 1: El poniente, la lejía y el morro de la tía Amparo

Julio en Valencia no es un mes, es un estado de ebullición. El viento de poniente bajaba por las calles del barrio del Cabanyal como si alguien hubiera dejado abierta la puerta de un horno industrial en el que se estuviera asando un tiranosaurio. En el segundo piso del número 42 de la calle de la Reina, el calor era denso, pegajoso y olía a ambientador de pino barato mezclado con sudor y laca Nelly.

En el centro del salón, con las rodillas apoyadas sobre una toalla raída que alguna vez fue blanca, estaba Carmen. Tenía veinticinco años, un mechón de pelo castaño pegado a la frente por la transpiración y un cepillo de cerdas duras en la mano derecha. Llevaba frotando la misma junta de la baldosa de terrazo desde hacía quince minutos.

—Chica, dale con más brío, que parece que acaricias el suelo en vez de limpiarlo —graznó una voz desde el rincón más fresco del salón.

Era la tía Amparo. Estaba desparramada en un sillón orejero forrado de escay, estratégicamente situado a medio metro del único ventilador de pie que funcionaba en toda la casa. El aparato giraba con un chirrido asmático, moviendo el aire caliente de un lado a otro y levantando ligeramente el dobladillo de la bata de guata de Amparo, una prenda que se negaba a quitarse “por si refrescaba”, a pesar de los treinta y ocho grados a la sombra.

—Tía, si le doy con más brío, perforo el forjado y le limpiamos el techo al vecino de abajo —respondió Carmen, enderezándose un poco y frotándose la zona lumbar con el dorso de la mano enfundada en un guante de goma amarillo lleno de agujeros.

—Pues no me contestes, que tienes la lengua muy larga para lo poco que aportas en esta casa —replicó Amparo, cogiendo un abanico de publicidad de una funeraria y agitándolo con indignación—. Te recogí cuando tus padres nos dejaron, que en paz descansen, y fíjate cómo me lo pagas. Con insolencias. ¡Vanesa, niña! ¡Baja el volumen de la tele, que con el ruido de esta fregando no me entero de lo que dice Jorge Javier!

Desde el sofá de tres plazas, que ocupaba ella sola en posición horizontal, Vanesa bufó. Vanesa era la prima mayor de Carmen. Tenía veintisiete años, unas uñas acrílicas de gel con incrustaciones de strass que la incapacitaban para cualquier tarea que implicara psicomotricidad fina, y un carácter que mezclaba la apatía de un perezoso con la agresividad de un chihuahua de bolso.

—Jo, mamá, es que justo están contando con quién le puso los cuernos el torero a la colaboradora —se quejó Vanesa, pulsando el mando a distancia con el nudillo para no arruinarse la manicura—. Y dile a Carmen que no respire tan fuerte, que me desconcentra.

Carmen apretó los dientes, sumergió el cepillo en el cubo de agua con un chorro generoso de lejía y volvió a frotar. Su estómago emitió un rugido sordo que compitió en decibelios con el chirrido del ventilador. No había desayunado. De hecho, su cena de la noche anterior había consistido en los bordes de la pizza que sus primas y su tía habían dejado en la caja, argumentando que “la masa engorda mucho y ellas estaban en fase de definición”. Carmen no sabía qué estaban definiendo exactamente, salvo quizá un nuevo nivel de egoísmo, pero el hambre era una compañera constante en su vida desde que, a los dieciocho años, quedó huérfana y bajo la “caritativa” tutela de la hermana de su padre.

—Oye, Carmen —intervino entonces Lorena, la hermana menor de Vanesa, apareciendo por el pasillo con una mascarilla facial de arcilla verde que le daba el aspecto de un reptil enfadado—. Cuando termines de sacar brillo a las juntas, me planchas el vestido de lino crudo. Pero con cuidado, ¿eh? Que la última vez me dejaste una arruga en la pinza de la espalda y pasé una vergüenza en la discoteca de la playa que no veas. La gente de bien se fija en esas cosas.

“La gente de bien”. Esa era la coletilla favorita de la familia. La tía Amparo regentaba una pequeña tienda de telas e hilos en el barrio que llevaba años en declive, pero ella se comportaba como si fuera la heredera de la Casa de Alba. Vivían al día, ahogadas en microcréditos para pagar los caprichos de las niñas (bolsos de marca de dudosa procedencia, retoques estéticos financiados a tres años y escapadas a Ibiza durmiendo en hostales con chinches pero subiendo fotos en yates de desconocidos), mientras Carmen era tratada como la criada interna que no cobraba.

—Lorena, el vestido de lino crudo es de poliéster al ochenta por ciento, si le pongo la plancha fuerte se va a derretir y te vas a tener que ir a la discoteca envuelta en papel film —dijo Carmen, levantándose por fin y quitándose los guantes, que dejaron en sus manos un olor persistente a químico.

—¡Mamá! ¡Mira qué contestona! —chilló Lorena, haciendo que la mascarilla de arcilla se le cuarteara alrededor de la boca.

—¡Carmen, por el amor de Dios! —bramó Amparo, incorporándose a medias—. ¡Estás amargada! Como no tienes gracia ni para arreglarte un poco, te dedicas a criticar a tus primas que son unas flores. Venga, vete a comprar el pan, y pasa por la tienda a traerme la recaudación de la mañana, que Paqui me ha dicho que hoy se han vendido tres metros de vichy. Y no te gastes las vueltas en tonterías, que te conozco.

Carmen suspiró. Tonterías. La última “tontería” en la que había gastado dinero fue en una caja de tiritas porque los zapatos heredados de Vanesa (dos tallas más pequeños que su pie) le habían hecho llagas sangrantes en los talones.

Cogió el monedero de polipiel gastado que descansaba sobre la entrada, se puso unas zapatillas de lona que pedían la jubilación a gritos y salió a la calle. El bofetón de calor al abrir el portal fue casi físico, pero a Carmen le pareció el aliento de la libertad. Prefería asarse a fuego lento en las calles de Valencia que respirar el mismo aire tóxico que su familia.

Caminó hacia el Mercado Central. La ciudad bullía con esa mezcla caótica de turistas rojos como gambas buscando paella a las doce del mediodía y locales arrastrando carros de la compra y quejándose del gobierno, del ayuntamiento, del clima y del precio del tomate de El Perelló.

Carmen no iba a comprar nada para ella. Su misión era recoger el poco dinero de la mercería y comprar una barra de pan de cuarto. Sin embargo, su destino, que llevaba veinticinco años dándole la espalda de forma sistemática y reiterada, había decidido que aquel martes de julio iba a cambiar el guion.

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