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EL REY DEL MANTEL DE PAPEL Y LA TORTILLA DE PATATAS

PARTE 1: EL REY DEL MANTEL DE PAPEL Y LA TORTILLA DE PATATAS

La atmósfera en el piso de Sergio, situado en una de esas calles de Chamberí donde el alquiler cuesta un riñón y medio y el portal huele a una mezcla entre cera para muebles y rancio abolengo, estaba cargada de esa electricidad estática que solo generan las fiestas de cumpleaños de adultos que no quieren envejecer. El aire acondicionado, un aparato que bufaba como un asmático subiendo el Tourmalet, luchaba valientemente contra el calor húmedo de un junio madrileño que se negaba a dar tregua.

Sergio, el protagonista de la velada, se paseaba por el salón con esa pose de “aquí mando yo” que tanto le gustaba ensayar frente al espejo. Llevaba una camisa de lino azul claro, estratégicamente desabrochada hasta el segundo botón para que se viera el principio de un bronceado de fin de semana en Benidorm que él intentaba vender como “una escapadita rápida a la Costa Azul”. Sergio era, en esencia, lo que en España llamamos un “sobrado”. Tenía treinta y ocho años, una cuenta de Instagram llena de fotos de platos de diseño que no siempre se comía y una capacidad innata para hablar de sí mismo en tercera persona cuando se sentía especialmente inspirado.

— No, si yo os lo digo, tío —le comentaba Sergio a Paco, su amigo de la infancia, que estaba más ocupado intentando pescar el último trozo de tortilla de patatas con un palillo que escuchando las hazañas logísticas de su colega—. El secreto del éxito no es trabajar más, es saber a quién le debes el favor y cuándo cobrártelo. Este año ha sido clave. El ascenso, el piso, Carla… joder, Paco, si es que me miro al espejo y a veces me pido un autógrafo.

Paco, un tipo cuya máxima aspiración en la vida era que el Rayo Vallecano no bajara a Segunda y que su jefe no se diera cuenta de que se pasaba las tardes mirando ofertas de herramientas en Amazon, asintió con la boca llena de huevo y cebolla.

— Ya, Sergio, ya. Eres el puto amo de la barraca. Pero cuida un poco a Carla, ¿no? Que la tienes hoy de aquí para allá sirviendo cervezas como si esto fuera el chiringuito de la playa de Gandía y ella fuera la becaria.

Sergio soltó una carcajada que pretendía ser contagiosa pero que sonó a motor de coche viejo arrancando en frío.

— Carla está encantada, hombre. Le encanta organizar estas cosas. Es muy de “el hogar es lo primero”. Además, con lo que me gasto yo en los regalitos que le traigo de los viajes de empresa, como para quejarse. El mes pasado le traje un perfume de esos que cuestan lo que tú ganas en una semana, Paco. Un detalle de los míos.

Al otro lado del salón, Carla observaba la escena con una calma que resultaba casi antinatural. Llevaba un vestido negro sencillo, el pelo recogido en una coleta perfecta y una sonrisa gélida que ninguno de los presentes, obnubilados por la ginebra premium y los canapés del Mercadona dispuestos con pretensiones de catering de lujo, se había molestado en analizar. Carla no estaba cansada. No estaba enfadada. Estaba concentrada.

— ¡Venga, esa música, que esto parece un funeral de los de antes! —gritó Marta, una de las invitadas que ya iba por su tercer gin-tonic y que empezaba a considerar que bailar reggaetón sobre la alfombra persa de la madre de Sergio era una idea magnífica—. ¡Sergio, cumpleañero, dinos algo que nos motive!

Sergio se subió a una de las sillas de diseño nórdico que, sospechosamente, empezaron a crujir bajo sus pies. Levantó su copa de cristal tallado.

— ¡Amigos! ¡Familia! ¡Gente que ha venido por la comida gratis! —la broma fue recibida con risas forzadas y algún que otro aplauso—. Gracias por estar aquí. Treinta y ocho castañas y me siento como si tuviera veinte, pero con mejor peluquero y una tarjeta de crédito con más fondo. Este año ha sido intenso. Muchos viajes, muchas reuniones, mucha “negociación estratégica” en Barcelona y Valencia… pero todo sea por construir un futuro. ¡Porque el éxito, señores, es como la tortilla: o le echas huevos o se te queda en nada!

— ¡Qué grande eres, cabrón! —gritó alguien desde el fondo mientras Sergio bajaba de la silla con la agilidad de quien se cree un atleta pero tiene las rodillas pidiendo la jubilación anticipada.

Carla se acercó a él, rodeándole la cintura con un brazo. Su tacto era suave, pero Sergio sintió un escalofrío que atribuyó a la corriente del aire acondicionado.

— Todo bien, amor? —preguntó ella, con una voz dulce que escondía un filo de acero.

— De puta madre, cari. Te has lucido con la organización. Aunque te dije que la ginebra mejor la de la etiqueta negra, esta está un poco pasable —respondió él, dándole un beso rápido en la mejilla que ella esquivó con la pericia de un torero veterano, simulando que iba a recoger una copa vacía de la mesa.

— No te preocupes. Lo mejor está por llegar. He preparado algo especial —dijo Carla, mirando de reojo la enorme televisión de sesenta y cinco pulgadas que presidía la estancia como un monolito tecnológico—. Un repaso a tus “logros” de este año. Para que todos vean lo mucho que te has esforzado en esos viajes de empresa.

Sergio se hinchó como un pavo real en plena época de celo.

— ¿Un vídeo? Jo, Carla, no hacía falta. Sabes que no me gusta ser el centro de atención —mintió descaradamente mientras se colocaba el pelo frente al reflejo de una ventana—. Pero bueno, si los chicos insisten… Paco! ¡Marta! ¡Venid aquí, que mi mujer me ha hecho un homenaje!

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