La atmósfera en el piso de Sergio, situado en una de esas calles de Chamberí donde el alquiler cuesta un riñón y medio y el portal huele a una mezcla entre cera para muebles y rancio abolengo, estaba cargada de esa electricidad estática que solo generan las fiestas de cumpleaños de adultos que no quieren envejecer. El aire acondicionado, un aparato que bufaba como un asmático subiendo el Tourmalet, luchaba valientemente contra el calor húmedo de un junio madrileño que se negaba a dar tregua.
Sergio, el protagonista de la velada, se paseaba por el salón con esa pose de “aquí mando yo” que tanto le gustaba ensayar frente al espejo. Llevaba una camisa de lino azul claro, estratégicamente desabrochada hasta el segundo botón para que se viera el principio de un bronceado de fin de semana en Benidorm que él intentaba vender como “una escapadita rápida a la Costa Azul”. Sergio era, en esencia, lo que en España llamamos un “sobrado”. Tenía treinta y ocho años, una cuenta de Instagram llena de fotos de platos de diseño que no siempre se comía y una capacidad innata para hablar de sí mismo en tercera persona cuando se sentía especialmente inspirado.
— No, si yo os lo digo, tío —le comentaba Sergio a Paco, su amigo de la infancia, que estaba más ocupado intentando pescar el último trozo de tortilla de patatas con un palillo que escuchando las hazañas logísticas de su colega—. El secreto del éxito no es trabajar más, es saber a quién le debes el favor y cuándo cobrártelo. Este año ha sido clave. El ascenso, el piso, Carla… joder, Paco, si es que me miro al espejo y a veces me pido un autógrafo.
Paco, un tipo cuya máxima aspiración en la vida era que el Rayo Vallecano no bajara a Segunda y que su jefe no se diera cuenta de que se pasaba las tardes mirando ofertas de herramientas en Amazon, asintió con la boca llena de huevo y cebolla.
— Ya, Sergio, ya. Eres el puto amo de la barraca. Pero cuida un poco a Carla, ¿no? Que la tienes hoy de aquí para allá sirviendo cervezas como si esto fuera el chiringuito de la playa de Gandía y ella fuera la becaria.
Sergio soltó una carcajada que pretendía ser contagiosa pero que sonó a motor de coche viejo arrancando en frío.
— Carla está encantada, hombre. Le encanta organizar estas cosas. Es muy de “el hogar es lo primero”. Además, con lo que me gasto yo en los regalitos que le traigo de los viajes de empresa, como para quejarse. El mes pasado le traje un perfume de esos que cuestan lo que tú ganas en una semana, Paco. Un detalle de los míos.
Al otro lado del salón, Carla observaba la escena con una calma que resultaba casi antinatural. Llevaba un vestido negro sencillo, el pelo recogido en una coleta perfecta y una sonrisa gélida que ninguno de los presentes, obnubilados por la ginebra premium y los canapés del Mercadona dispuestos con pretensiones de catering de lujo, se había molestado en analizar. Carla no estaba cansada. No estaba enfadada. Estaba concentrada.
— ¡Venga, esa música, que esto parece un funeral de los de antes! —gritó Marta, una de las invitadas que ya iba por su tercer gin-tonic y que empezaba a considerar que bailar reggaetón sobre la alfombra persa de la madre de Sergio era una idea magnífica—. ¡Sergio, cumpleañero, dinos algo que nos motive!
Sergio se subió a una de las sillas de diseño nórdico que, sospechosamente, empezaron a crujir bajo sus pies. Levantó su copa de cristal tallado.
— ¡Amigos! ¡Familia! ¡Gente que ha venido por la comida gratis! —la broma fue recibida con risas forzadas y algún que otro aplauso—. Gracias por estar aquí. Treinta y ocho castañas y me siento como si tuviera veinte, pero con mejor peluquero y una tarjeta de crédito con más fondo. Este año ha sido intenso. Muchos viajes, muchas reuniones, mucha “negociación estratégica” en Barcelona y Valencia… pero todo sea por construir un futuro. ¡Porque el éxito, señores, es como la tortilla: o le echas huevos o se te queda en nada!
— ¡Qué grande eres, cabrón! —gritó alguien desde el fondo mientras Sergio bajaba de la silla con la agilidad de quien se cree un atleta pero tiene las rodillas pidiendo la jubilación anticipada.
Carla se acercó a él, rodeándole la cintura con un brazo. Su tacto era suave, pero Sergio sintió un escalofrío que atribuyó a la corriente del aire acondicionado.
— Todo bien, amor? —preguntó ella, con una voz dulce que escondía un filo de acero.
— De puta madre, cari. Te has lucido con la organización. Aunque te dije que la ginebra mejor la de la etiqueta negra, esta está un poco pasable —respondió él, dándole un beso rápido en la mejilla que ella esquivó con la pericia de un torero veterano, simulando que iba a recoger una copa vacía de la mesa.
— No te preocupes. Lo mejor está por llegar. He preparado algo especial —dijo Carla, mirando de reojo la enorme televisión de sesenta y cinco pulgadas que presidía la estancia como un monolito tecnológico—. Un repaso a tus “logros” de este año. Para que todos vean lo mucho que te has esforzado en esos viajes de empresa.
Sergio se hinchó como un pavo real en plena época de celo.
— ¿Un vídeo? Jo, Carla, no hacía falta. Sabes que no me gusta ser el centro de atención —mintió descaradamente mientras se colocaba el pelo frente al reflejo de una ventana—. Pero bueno, si los chicos insisten… Paco! ¡Marta! ¡Venid aquí, que mi mujer me ha hecho un homenaje!
Los invitados se fueron agrupando frente al sofá. La luz del salón se atenuó. El brillo de la pantalla empezó a iluminar las caras de los presentes, algunos con interés real, otros con la desidia de quien sabe que le toca aguantar diez minutos de fotos de Sergio posando en aeropuertos o en cenas con clientes aburridos.
— Me he tomado la libertad de editarlo yo misma —comentó Carla, situándose al lado del televisor, con el mando a distancia en la mano como si fuera un detonador—. Quería que fuera fiel a la realidad. A toda la realidad.
— Seguro que sale aquella foto en el Camp Nou, la que me sacó el director regional —le susurró Sergio a Paco—. Estaba yo ahí, en el palco, con una cara de ejecutivo agresivo que tiraba para atrás.
— Shhh, que empieza —dijo Paco, dando un trago largo a su bebida.
La pantalla se encendió con un título en letras doradas sobre fondo negro: “SERGIO: UN AÑO DE ÉXITOS Y NEGOCIOS”. La música de fondo era un hilo musical épico, algo que recordaba a las bandas sonoras de las películas de superhéroes cuando están a punto de salvar el mundo o de comprar una multinacional.
Aparecieron las primeras fotos. Sergio en una feria de logística en IFEMA, estrechando la mano a un señor con corbata. Sergio frente al ordenador, con cara de estar resolviendo el teorema de Fermat cuando en realidad estaba mirando billetes para el próximo partido del Real Madrid. Sergio en el ave, con los auriculares puestos y pose de pensador profundo.
— Mira, ahí estaba en Valencia —comentó Sergio en voz alta para que todos le oyeran—. Aquella reunión duró catorce horas. No sabéis lo que es negociar con los proveedores de levante, son durísimos, tío. Pero al final me los llevé al huerto.
Carla, desde la sombra, asintió con la cabeza.
— Sí, Valencia. Un viaje inolvidable, ¿verdad? Recuerdo que me dijiste que el hotel era una cueva y que apenas tenías cobertura para llamarme porque estabas encerrado en la sala de juntas.
— Tal cual, cari. Un infierno de hormigón —corroboró Sergio, sintiéndose el mártir de la eficiencia empresarial.
La música cambió. Dejó de ser épica para volverse más lenta, con un ritmo que recordaba a las películas de suspense. Las fotos de reuniones empezaron a alternarse con otras que Sergio no recordaba haber subido a la nube compartida.
— Anda —dijo Marta, inclinándose hacia delante—, ¿y esa playa? ¿Eso es Valencia? No sabía que había palmeras tan altas en la Malvarrosa.
Sergio frunció el ceño. En la pantalla aparecía una foto suya, de espaldas, caminando por una arena blanca finísima, con un daiquiri en la mano y un bañador que Carla le había dicho que “era demasiado llamativo para su edad”.
— Eso… eso debió de ser un descanso, una tarde libre que nos dieron —balbuceó Sergio, sintiendo que el nudo de la corbata imaginaria empezaba a apretarle de verdad.
— Claro, un descanso —dijo Carla, con una sonrisa que ya no era gélida, sino que empezaba a arder—. De esos que se toman con “proveedores especiales”.
Los invitados empezaron a intercambiar miradas. El cuchicheo en el salón subió de tono. Paco dejó de comer. Sergio sintió que una gota de sudor frío le bajaba por la espalda, recorriendo exactamente el mismo camino que el aceite de la tortilla de patatas minutos antes, pero con un efecto mucho menos placentero.
La pantalla se volvió negra por un segundo.
PARTE 2: EL ZOOM DE LA TRAICIÓN Y LOS DETALLES EN 4K
El silencio que siguió al fundido a negro en la pantalla fue tan espeso que se podría haber cortado con el mismo cuchillo con el que Sergio pensaba trocear su tarta de tres chocolates. En la sala, el único sonido era el zumbido del aire acondicionado y el rítmico “clic, clic, clic” de Carla golpeando el mando contra la palma de su mano. Los invitados estaban en esa fase de la embriaguez en la que la curiosidad vence a la educación; nadie quería preguntar, pero todos estaban pegados al televisor como si fuera la final de la Copa del Mundo.
— Sergio, amor —la voz de Carla rompió la tensión, sonando casi como un arrumaco—, ¿no vas a explicarles a tus amigos qué tipo de “estrategia de mercado” estabas aplicando en esa playa? Porque yo, que soy una ignorante de los negocios, pensaba que las reuniones de logística se hacían en salas con pizarras y proyectores, no debajo de una sombrilla de paja con un tipo que te está untando crema solar.
Sergio abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Se parecía a un pez fuera del agua, uno de esos que se encuentran en el mercado de San Miguel por veinte euros el kilo, pero con menos dignidad.
— Eso… eso es un montaje, Carla. Te han hackeado el ordenador —logró articular finalmente, con una voz que había subido dos octavas—. ¡Paco, dile algo! ¡Tú sabes cómo están los hackers hoy en día! ¡Te meten un virus y te ponen fotos de las vacaciones de otro!
Paco, que no era precisamente el más listo de la clase pero sabía reconocer un desastre inminente cuando lo tenía delante, dio un paso atrás.
— Yo de ordenadores no entiendo, Sergio. Pero ese bañador de piñas te lo vi yo en el probador del Zara el mes pasado. Y esas piernas peludas no son de un hacker ruso, tío. Son tuyas.
La pantalla volvió a iluminarse. Esta vez no eran fotos estáticas. Era un vídeo. Y no era un vídeo cualquiera; estaba grabado en una resolución tan alta que se podía ver hasta el último poro de la piel de Sergio, que en ese momento estaba disfrutando de una cena en una terraza frente al mar. Pero no estaba solo. A su lado, una mujer joven, con un vestido rojo que gritaba “estoy aquí para arruinar matrimonios”, le reía las gracias mientras Sergio le servía una copa de vino.
— ¡Mira, Sergio! ¡Es la famosa reunión con los proveedores de Valencia! —exclamó Marta, con esa mala uva tan característica de quien ha sido “la amiga soltera” a la que Sergio siempre intentaba emparejar con sus amigos más raros—. No sabía que el jefe de suministros se había hecho la depilación láser y se había puesto extensiones. ¡Qué modernos están en el Levante, oye!
El vídeo continuaba. Sergio, en la pantalla, se acercaba a la mujer y le susurraba algo al oído. Ella soltaba una carcajada y le daba un mordisco juguetón a una gamba. Sergio, el Sergio real, el que estaba en el salón de Chamberí, sentía que sus piernas estaban hechas de gelatina caducada.
— Carla, te lo puedo explicar —dijo él, intentando acercarse a ella con las manos extendidas, en ese gesto universal de “culpable pillado con las manos en la masa”—. Fue una cena de compromiso. Ella es la hija del dueño de la empresa de transporte. Estaba intentando cerrar el contrato del siglo. Lo hice por nosotros, por nuestro futuro. ¡Si no soy simpático con los clientes, no nos dan las comisiones!
Carla no se movió. Ni siquiera parpadeó.
— Ah, el contrato del siglo. Entiendo. Supongo que por eso, en la siguiente escena, el contrato se firma en la cama de la suite presidencial —dijo ella, con una calma que hacía que a los invitados se les pusiera el vello de punta—. Porque, amigos, lo que viene ahora es lo que yo llamo “la cláusula de fidelidad”.
— ¡Carla, no! ¡Para esto! —gritó Sergio, lanzándose hacia la televisión en un intento desesperado por apagarla. Pero tropezó con la alfombra y cayó de bruces, aterrizando justo a los pies de su suegra, que hasta ese momento había permanecido en una esquina, observándolo todo con la expresión de quien está viendo un documental sobre hienas.
— Déjale, Sergio. Que termine —dijo la suegra, una mujer de armas tomar llamada Doña Virtudes que siempre había sospechado que su yerno era “un poquito fantasma”—. Queremos ver cómo termina el negocio. ¿A cuánto va el kilo de traición este año?
En la pantalla, el vídeo cambió de escenario. Ahora era el interior de un hotel. Sergio aparecía saliendo de la ducha con una toalla blanca impecable, mirándose al espejo con esa cara de satisfacción que pone el que cree que ha engañado a todo el mundo y que, además, ha desayunado bien. De fondo, se oía la voz de la mujer del vestido rojo.
— “Oye, Sergio, ¿qué le vas a decir a tu mujer cuando vuelvas mañana?” —preguntaba la voz, con un tono burlón.
El Sergio de la pantalla se giraba, sonriendo con suficiencia.
— “Lo de siempre, cariño. Que he tenido mucho estrés, que me duele la cabeza de tanto mirar balances y que necesito que me dé un masaje en los pies mientras vemos una serie aburrida de esas que le gustan a ella. Se lo traga todo. Es un sol, pero de luces va cortita”.
Un “¡Oh!” colectivo recorrió el salón. Algunos invitados se taparon la boca con la mano. Otros, como Marta, sacaron el móvil para grabar la pantalla, porque aquello era mejor que cualquier programa de cotilleos de la tarde. Paco, sintiendo una mezcla de lástima y vergüenza ajena, se acercó a Sergio y le puso una mano en el hombro.
— Tío… te has pasado tres pueblos. Lo de “cortita de luces” ha sido un golpe bajo, incluso para ti.
Sergio, que seguía en el suelo, levantó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos y la cara roja de una mezcla de rabia y humillación.
— ¡Es mentira! ¡Esa no es mi voz! ¡Es un deepfake! ¡Han usado inteligencia artificial para imitarme! —gritó, señalando la pantalla—. ¡Carla, no te creas nada! ¡Me quieren hundir! ¡La competencia me tiene envidia!
Carla soltó una carcajada sonora, una risa que llenó cada rincón del ático y que hizo que los vasos de cristal vibraran.
— ¿Inteligencia artificial, Sergio? No me hagas reír más, que me va a dar un parraque. La única inteligencia que falta aquí es la tuya, que no te diste cuenta de que el “regalito” que me hiciste el mes pasado, ese reloj inteligente tan moderno que me pusiste en la muñeca, tenía vinculada la cuenta de fotos y vídeos de tu móvil. No tuve que hackear nada, amor. Solo tuve que sentarme en el sofá, abrir la aplicación y disfrutar de tu “creatividad” empresarial.
Se acercó a la mesa donde reposaba la tarta de cumpleaños. Cogió una cerilla, la encendió con un movimiento seco y prendió las velas que formaban el número treinta y ocho.
— ¡Venga, todos! —gritó Carla a los invitados, que estaban paralizados—. ¡Que no se diga que no celebramos el cumpleaños de este genio de las finanzas! ¡Sergio, levántate! Sopla las velas, amor. Sopla bien fuerte, porque es lo último que vas a soplar en esta casa.
Sergio se puso en pie, tambaleándose. Miró a los invitados, que le devolvieron miradas de desprecio, burla o absoluta indiferencia. Miró a su suegra, que ya estaba llamando a un cerrajero con el móvil. Miró la tarta, donde las velas empezaban a derretirse sobre el chocolate.
— ¿Qué es esto, Carla? —preguntó él, con un hilo de voz—. ¿Es este mi regalo de cumpleaños? ¿Arruinarme la vida delante de todo el mundo?
Carla se cruzó de brazos, apoyándose en el mueble de la televisión, donde en ese momento aparecía un primer plano de Sergio durmiendo la siesta en el hotel, roncando con la boca abierta y un hilo de saliva asomando por la comisura.
— No, Sergio. Tu regalo es la libertad. La libertad de irte ahora mismo con lo puesto a buscar a la hija del transportista de Valencia. Y mi regalo es este vídeo en alta definición. Porque la verdad, cuando se ve en 4K, es mucho más difícil de ignorar, ¿no crees?
— ¡No puedes echarme! —intentó él, recuperando un ápice de su arrogancia—. ¡Este piso está a nombre de los dos!
— Error de nuevo, ejecutivo —dijo Carla, sacando un documento del cajón—. El piso es una herencia de mi abuela. Tú solo estás en el contrato del gas. Y por cierto, mañana vienen a cortarlo. ¡Venga, sopla! ¡Pide un deseo! Aunque yo que tú pediría una buena habitación de hostal, porque tus maletas ya están en el rellano.
Sergio miró las velas. Sus amigos habían empezado a retirarse discretamente, algunos llevándose un puñado de ganchitos por el camino, porque el drama da mucha hambre. Paco fue el último en salir, dándole una palmadita de “lo siento, tío, pero te la has buscado” antes de cerrar la puerta del salón tras de sí.
— Sopla —repitió Carla, con una voz que ya no era dulce, sino gélida como el invierno en la sierra—. Sopla y vete.
PARTE 3: EL ÉXODO DE LOS GANCHITOS Y LA SOLEDAD DEL EJECUTIVO
El salón, que hacía apenas media hora era el epicentro de la sofisticación de Chamberí, parecía ahora el escenario de un naufragio de lujo. Trozos de tortilla reseca, vasos con restos de ginebra barata y el olor a cera de vela quemada impregnaban el aire. Sergio se encontraba de pie frente a la televisión, que seguía encendida, mostrando ahora una foto suya posando frente a un escaparate de relojes caros con el pie de foto: “Próximamente… para mi reina”. Solo que la reina no era Carla.
— ¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Sergio? —dijo Carla, sentándose en el sofá con una elegancia que contrastaba con la miseria moral que flotaba en la habitación—. Que mientras tú te creías el lobo de Wall Street de la calle Ponzano, yo estaba aquí, pagando las facturas con mi sueldo de “la que va cortita de luces”.
Sergio no respondía. Estaba mirando sus propios pies, calzados con unos mocasines de piel italiana que ahora le parecían el uniforme de un payaso. La realidad le estaba golpeando con la fuerza de un camión de dieciocho ruedas, de esos que él supuestamente gestionaba en sus reuniones de logística.
— Carla, por favor… fue un desliz. Un error momentáneo. Todos tenemos momentos de debilidad —intentó él, usando ese tono de voz de político pillado en un renuncio—. La presión del trabajo, el estrés de querer darte lo mejor… me nubló el juicio. Pero ella no significa nada. Es solo… es solo un contrato.
— Un contrato con lengua, por lo que he visto en el minuto doce del vídeo —replicó Carla, sirviéndose la última copa de vino blanco que quedaba en la cubitera—. Deja de mentir, Sergio. Te sale fatal cuando no tienes una presentación de PowerPoint delante para distraer al personal. Lo tuyo no es un desliz. Lo tuyo es un estilo de vida. Te creíste que eras intocable porque yo te sonreía cada noche y te ponía la cena. Pensaste que mi silencio era ignorancia, cuando en realidad era paciencia.
Doña Virtudes, la suegra, apareció de nuevo desde el pasillo, arrastrando una maleta de color chillón que pertenecía a Sergio. La lanzó al centro del salón con un ruido metálico que hizo que Sergio diera un respingo.
— Ahí tienes tus calzoncillos de seda y tus cremas de cara —dijo la anciana con una sonrisa de oreja a oreja—. He tenido el detalle de no mezclar la ropa blanca con la de color, para que veas que en esta familia somos decentes hasta para echar a la basura.
— ¡Mamá, tú no te metas! —gritó Sergio, perdiendo los papeles—. ¡Esto es entre Carla y yo!
— ¡A mí no me grites, que te arreo con el paraguas! —le espetó Virtudes, señalándole con un dedo arrugado pero firme—. Te hemos aguantado tus aires de grandeza desde que entraste por esa puerta. “Que si mi empresa aquí, que si mi sueldo allá”. Y resulta que eres un pobre diablo que se gasta el dinero de la cuenta común en invitar a niñas de veinticuatro años a cenar percebes. ¡Si tu padre levantara la cabeza, te desheredaba por tonto antes que por infiel!
Carla se levantó y se acercó a la televisión. Con un gesto pausado, apagó la pantalla. La habitación se sumió en una penumbra azulada.
— Se acabó el espectáculo, Sergio. Ya no hay público. Tus amigos ya han puesto el grito en el cielo en el grupo de WhatsApp de “Los Fieras”, por cierto. He tenido la cortesía de enviárselo también a ellos, para que no tengan que esperar a que tú les cuentes tu versión de “misión imposible”.
Sergio sintió que el mundo se hacía pequeño, muy pequeño. El grupo de “Los Fieras”. Sus contactos profesionales. Sus amigos de toda la vida. Todos habían visto su humillación. Todos sabían que era un farsante.
— ¿Por qué? —preguntó él, con los hombros caídos—. ¿Por qué hacerlo así? Podrías haberlo dicho en privado. Podríamos haber hablado como adultos.
— ¿Como adultos? —Carla soltó una risita seca—. ¿Como el adulto que me decía que estaba en una conferencia en Albacete mientras se grababa haciendo el tonto en un jacuzzi? No, Sergio. Tú no entiendes de conversaciones privadas. Tú entiendes de imagen. De fachada. De lo que la gente piensa de ti. Por eso he querido que tu caída sea igual de pública que tu supuesta gloria. Quería que tu regalo fuera la verdad. Y la verdad, para alguien como tú, es el peor de los castigos.
Sergio se acercó a la maleta y la agarró por el asa. Se sentía como un extraño en su propia casa. O en la que creía que era su casa. Miró el cuadro del salón, una lámina cara que él mismo había elegido para “darle un toque internacional” al piso.
— Me voy —dijo, intentando recuperar un resto de orgullo—. Me voy y no me vas a volver a ver. Pero que sepas que me vas a echar de menos. Cuando tengas que pagar el alquiler sola, cuando no tengas a nadie que te lleve a cenar a sitios elegantes… entonces te acordarás de Sergio.
— Sergio —dijo Carla, mirándole directamente a los ojos con una compasión que dolía más que un insulto—, lo único que voy a echar de menos es el espacio que ocupaban tus cremas en el baño. Y respecto a las cenas elegantes… prefiero mil veces un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor sola que una langosta con un mentiroso en 4K.
— ¡Venga, aire! ¡Que se va el fresco! —gritó Doña Virtudes, abriendo la puerta de entrada de par en par.
Sergio salió al rellano. El pasillo estaba en silencio. Se oyó el sonido metálico del ascensor subiendo. Se quedó allí parado, con su maleta de marca y su camisa de lino arrugada, mientras la puerta de su vida anterior se cerraba con un “clack” definitivo.
Desde dentro, oyó la voz de Carla, clara y tranquila.
— Mamá, ¿te queda algo de tortilla? Es que con tanto drama me ha entrado un hambre…
Sergio bajó en el ascensor mirándose en el espejo. Ya no veía al ejecutivo agresivo. Ya no veía al triunfador. Veía a un tipo de treinta y ocho años que tenía que buscarse la vida, probablemente en casa de Paco, si es que Paco no le bloqueaba antes del WhatsApp. Al salir al portal, el calor de Madrid le golpeó en la cara. La calle estaba llena de gente que iba y venía, ajena a su tragedia.
Sacó el móvil. Cien mensajes sin leer. “Tío, qué fuerte”, “Vaya tela, Sergio”, “¿Es verdad lo de la gamba?”. Lo apagó y lo metió en el bolsillo. Caminó hacia la parada de taxis, pero se detuvo. Miró su cartera. Había gastado casi todo el efectivo en las copas premium para la fiesta.
— Joder —susurró—. Ni para el taxi tengo.
Caminó hacia el metro, arrastrando su maleta por las aceras de Chamberí. El ruido de las ruedas contra las baldosas sonaba como una burla rítmica: traidor-tonto, traidor-tonto, traidor-tonto.
PARTE 4: EL DESPERTAR EN EL SOFÁ Y EL ÚLTIMO CRÉDITO
La estación de metro de Iglesia, a las doce de la noche, tiene ese aire de purgatorio urbano donde coinciden los que vuelven de una juerga épica y los que arrastran las cenizas de un desastre personal. Sergio bajó las escaleras con la maleta a cuestas, sintiendo que cada peldaño era un golpe a su ya maltrecho ego. El traje de lino, que por la tarde era el epítome de la elegancia estival, ahora parecía un saco de patatas mal cortado. Al llegar al andén, se sentó en un banco metálico, rodeado de restos de periódicos gratuitos y el eco lejano de un músico callejero que desafinaba una canción de Joaquín Sabina.
Sacó el móvil de nuevo. No pudo evitarlo. La curiosidad morbosa es el último refugio del humillado. Abrió Facebook e Instagram. Su perfil, aquel templo de la vanidad que había construido con tanto mimo, era ahora un campo de batalla. Carla no se había limitado a poner el vídeo en la televisión; había etiquetado a Sergio en un post público con el título: “Crónica de un viaje de negocios”.
— No me jodas… —susurró Sergio, pasando el dedo por la pantalla—. Cien “likes” en diez minutos. Y el comentario de mi jefe. ¡Mi jefe ha puesto un emoticono de una cara sorprendida!
El mensaje de su jefe, Don Hipólito, un hombre que valoraba la discreción por encima de la competencia, era escueto pero letal: “Sergio, el lunes a las ocho en mi despacho. Trae el informe de gastos de Valencia. Todo el informe”.
Sergio cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared de azulejos blancos. No solo había perdido su casa, su mujer y su reputación social. Estaba a punto de perder el coche de empresa y la tarjeta de gastos que le permitía fingir que era alguien en el mundo. La “hija del transportista” no era una heredera dispuesta a salvarlo; era un lío de tres días que, probablemente, ni siquiera le cogería el teléfono ahora que el escándalo era público.
El tren llegó con un chirrido metálico. Sergio subió y se sentó en un rincón, intentando pasar desapercibido. Pero Madrid es un pañuelo de papel mojado.
— ¿Oye, tú no eres el del vídeo? —preguntó un chaval joven que llevaba unos cascos enormes y una mochila de reparto—. El de la gamba. Tío, qué mala suerte, mi novia me lo acaba de enseñar. Vaya “fregao” tienes montado, macho.
Sergio le miró con odio, pero no dijo nada. Se bajó en la siguiente estación y decidió que no podía ir a casa de Paco. Paco era un buen tipo, pero su piso olía a gimnasio y su sofá tenía más años que la Constitución. Además, Paco le recordaría su estupidez cada vez que abriera una cerveza.
Caminó hasta un hostal de mala muerte cerca de la Gran Vía, uno de esos donde las sábanas tienen un color dudoso y las paredes son de papel de fumar. Pagó la última noche que podía permitirse con el poco efectivo que le quedaba y subió a la habitación. Era un cuarto minúsculo, con una ventana que daba a un patio interior lleno de cables y aparatos de aire acondicionado ruidosos.
Se tumbó en la cama sin quitarse los zapatos. El techo tenía una mancha de humedad que recordaba vagamente al mapa de España, o quizás al contorno de Valencia. Sergio se rió solo, una risa histérica que se convirtió en un sollozo ahogado.
— En alta definición… —repitió, recordando las palabras de Carla—. Maldita tecnología.
Mientras tanto, en el ático de Chamberí, la fiesta había terminado de verdad. Carla y Doña Virtudes estaban sentadas a la mesa del comedor, terminando los restos de la tortilla de patatas y bebiendo una infusión de tila para calmar los ánimos. El silencio era acogedor, una paz ganada tras una batalla necesaria.
— ¿Estás bien, hija? —preguntó Virtudes, poniéndole una mano sobre la de ella—. Ha sido un golpe duro. No es fácil hacer lo que has hecho.
Carla asintió, mirando una foto de Sergio que aún quedaba en el aparador. Se levantó, cogió el marco y lo puso boca abajo.
— Estoy mejor de lo que pensaba, mamá. Llevaba meses sintiéndome tonta, dudando de mis instintos. Verlo ahí, en la pantalla, con esa cara de sobrado mientras me mentía… fue como si se me cayeran las vendas de los ojos. No me duele perderle a él. Me duele haber perdido tanto tiempo con alguien que no sabía ni quién era yo.
— Bueno —dijo Virtudes, levantándose para recoger los platos—, al menos te has quedado con el televisor. Y se ve de maravilla, oye. Nunca había visto los poros de un mentiroso con tanta claridad. Mañana mismo me pones una película de esas de amor, de las que no tienen engaños.
Carla sonrió de verdad.
— Mañana, mamá. Mañana empieza una vida nueva. Y sin gambas de Valencia.
El lunes por la mañana, Sergio llegó a la oficina media hora antes de lo habitual. Tenía ojeras, la camisa mal planchada y una expresión de derrota absoluta. Don Hipólito le esperaba con una carpeta llena de facturas. El despido fue rápido, frío y sin indemnización, alegando uso indebido de los fondos de la empresa para fines personales.
Sergio salió del edificio con una caja de cartón bajo el brazo. Ya no tenía coche de empresa. Ya no tenía tarjeta de crédito. Caminó hacia el intercambiador de Moncloa y se sentó en un banco. Vio pasar un autobús con publicidad de un crucero por el Mediterráneo. “Vive el lujo que te mereces”, decía el eslogan.
Abrió su móvil una última vez. Tenía un mensaje nuevo de un número desconocido. Lo abrió con esperanza.
“Hola, Sergio. Soy la del vestido rojo. He visto el vídeo. Menudo capullo estás hecho. Por cierto, me debes la cena de la otra noche, que el cargo me ha salido rechazado en la tarjeta. No me vuelvas a llamar”.
Sergio bloqueó el número, dejó la caja de cartón en el suelo y se tapó la cara con las manos. El sol de Madrid brillaba con fuerza, iluminando cada detalle de su nueva y miserable realidad. Todo estaba claro. Todo estaba nítido. Como un buen televisor de sesenta y cinco pulgadas.
— Feliz cumpleaños a mí —susurró Sergio mientras el viento de la mañana se llevaba un post-it amarillo con una nota de una reunión que ya nunca tendría lugar.
La verdad duele, pero en alta definición, simplemente te aniquila. Carla, desde su salón, encendió la televisión para ver las noticias, disfrutando de la imagen perfecta y de la ausencia total de sombras en su vida. La historia de Sergio el “sobrado” había terminado, y en los créditos finales, solo quedaba ella, sola y libre, en el centro de la pantalla.