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EL ÚLTIMO JUGADOR DE MARBELLA

PARTE I: EL OLOR DEL MIEDO Y EL CRISTAL

El sudor frío no tiene sonido, pero en la opresiva quietud de aquella sala subterránea, Mateo podía jurar que escuchaba cada gota resbalar por su espina dorsal. Estaban a treinta metros bajo la reluciente superficie de la Milla de Oro de Marbella, muy por debajo de los yates atracados en Puerto Banús, lejos de las luces de neón, el champán derramado y la risa hueca de los turistas millonarios. Aquí abajo, en el vientre de la bestia, solo existía el silencio asfixiante de la verdadera riqueza. La riqueza que no se mide en euros, sino en almas, en sangre y en un poder tan absoluto que rozaba lo divino.

La mesa era de caoba maciza, tallada a mano en el siglo XVIII, cubierta por un tapete de fieltro verde esmeralda que parecía absorber la escasa luz de la lámpara de cristal de Murano que pendía sobre ellos. Alrededor de esta mesa no se sentaban simples jugadores; se sentaban los cinco dueños en las sombras de la Costa del Sol. Los cinco depredadores alfa. Y luego estaba él: Mateo Vargas. Un ludópata. Un profesional del naipe que había cruzado la línea invisible entre la ambición y la condena.

—Respira, Mateo —dijo una voz suave, casi acariciadora. Pertenecía a Don Alejandro, el anfitrión. Un aristócrata de la vieja escuela cuyo linaje se remontaba a la Inquisición, y cuyos métodos modernos no diferían demasiado de los de sus ancestros. Llevaba un traje a medida que costaba más que la vida entera de un trabajador promedio, y en su dedo meñique brillaba un sello de oro con un águila bicéfala—. El pánico arruina tu capacidad para calcular las probabilidades. Y esta noche, amigo mío, necesitas que las matemáticas estén de tu lado.

Mateo tragó saliva. Su garganta era lija. Miró sus manos, apoyadas sobre el fieltro. Estaban temblando. Él, que había faroleado a mafiosos rusos en Macao y desplumado a herederos petroleros en Las Vegas sin que le temblara una pestaña, no podía controlar los espasmos de sus propios dedos.

La razón era simple, y a la vez, la más retorcida pesadilla que la mente humana pudiera concebir. Había sido arrastrado hasta aquí a punta de pistola, secuestrado en su modesto apartamento de Fuengirola por hombres que no dejaban rastro. Le habían sentado en esta silla con una premisa innegociable. No había fichas de casino convencionales frente a ellos. En su lugar, había pequeños discos de obsidiana pulida.

—Repasemos las reglas para nuestro invitado, por si el impacto de la hospitalidad le ha nublado el juicio —dijo Isabella, la “Viuda Negra” de las telecomunicaciones europeas. Sus labios, pintados de un rojo carmesí oscuro, se curvaron en una sonrisa depredadora—. Jugamos Texas Hold’em. Sin límite. Pero la moneda de cambio no es el dinero, Mateo. El dinero nos aburre. Lo tenemos todo. Lo que no tenemos… es la verdad.

Mateo sintió una náusea violenta retorciéndole el estómago.

—Por cada mano que pierdas —continuó Carlos, un exministro cuyo rostro era un monumento a la cirugía plástica y la corrupción impune—, deberás entregar un secreto. Pero no un secreto cualquiera. No queremos saber si engañaste a tu mujer o si evadiste impuestos. Esas son banalidades de la plebe. Queremos la oscuridad pura. Queremos los crímenes que te quitan el sueño, las traiciones que han podrido tu alma. Queremos tu oscuridad más profunda. Si el polígrafo bajo tu asiento detecta una mentira, o si juzgamos que el secreto no es lo suficientemente oscuro… —Carlos hizo un gesto vago con la mano—. Bueno. Digamos que no volverás a ver el sol de Andalucía.

El cuarto miembro de la mesa, un hombre corpulento conocido solo como ‘El Ruso’, encendió un puro Cohiba. El humo denso y picante llenó la habitación. —Y si ganas… —gruñó con acento espeso—. Te llevarás el premio mayor. Algo que, nos aseguran, vale más que tu miserable vida. El pozo acumulado de nuestras indulgencias.

Mateo miró al quinto jugador. Era una figura envuelta en las sombras de la esquina de la mesa, un individuo demacrado y silencioso que no había pronunciado palabra, pero cuyos ojos brillaban con una intensidad febril. Lo llamaban “El Arquitecto”.

—¿Por qué yo? —logró articular Mateo, su voz sonando rota, ajena—. Soy solo un jugador. No soy nadie.

Don Alejandro soltó una carcajada seca, desprovista de humor. —Exactamente, Mateo. Eres un don nadie que ha vivido en las grietas de nuestro mundo. Has engañado, mentido y destruido a todos los que te han amado por tu adicción a las cartas. Eres el espécimen perfecto. Un hombre sin moral, acorralado. Queremos ver de qué está hecho un parásito cuando se le expone a la luz. Reparte las cartas.

El crupier, un hombre ciego de nacimiento, con dedos inusualmente largos y ágiles, comenzó a mezclar la baraja. El sonido de las cartas barajándose era un latigazo en el silencio del búnker. Zas, zas, zas. El sonido de la muerte acercándose.

Mateo sabía que estaba muerto. Si no físicamente en ese momento, su alma sería desollada viva. Durante años había construido muros impenetrables alrededor de su pasado. Había abandonado a su esposa, había dejado a su única hija, Elena, para perseguir la efímera adrenalina de la siguiente carta, el siguiente flop. Había hecho cosas innombrables para pagar deudas a usureros. Secretos que, si salían a la luz, lo llevarían a la cárcel de por vida, o lo que es peor, harían que los pocos que aún conservaban un recuerdo amable de él lo odiaran con repulsión.

Las dos primeras cartas se deslizaron frente a él.

Levantó las esquinas con el pulgar. As de picas. Rey de picas. Una mano inicial formidable. ‘Big Slick’ en jerga de póker. En cualquier otra noche, su corazón habría dado un salto de alegría. Hoy, solo sentía el peso de la guillotina.

—La ciega pequeña es una confesión de robo —anunció el crupier ciego con voz monótona.

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