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Se burlaron cuando una mujer sin hogar compró un terreno árido; hoy es la granja más rica del pueblo

 Cada billete contado obsesivamente durante el viaje de 6 horas desde la capital. 10 años atrás, Mariana había sido la promesa brillante del pueblo. Ingeniera agrónoma graduada con honores de la Universidad Autónoma, especializada en biotecnología agrícola, había regresado con grandes planes para modernizar las técnicas de cultivo de toda la región, pero todo se derrumbó cuando trabajó como consultora para Agromax, una empresa que falsificaba certificaciones orgánicas mientras envenenaba cultivos con pesticidas prohibidos. Cuando las autoridades

federales descubrieron el fraude masivo, necesitaban un culpable. Mariana, que había firmado reportes técnicos, sin saber que los datos estaban alterados, fue la víctima perfecta. La condenaron a 12 años. Cumplió 10 con buen comportamiento, trabajando en la biblioteca de la prisión, donde descubrió su verdadera educación, miles de horas estudiando plantas alófilas, acuicultura extrema, agricultura en ambientes imposibles.

 Cuando Mariana cruzó la plaza de adoquines desparejos, arrastrando su maleta, que dejaba un rastro en el polvo acumulado, los murmullos comenzaron como susurro venenoso que rápidamente creció hasta convertirse en coro de juicios apenas disimulados. Ahí viene la criminal Siseo, doña Remedios desde la puerta de su tienda de abarrotes.

 Una mujer de 60 años con talento natural para la maledicencia. Se persignó tres veces como si Mariana trajera el demonio montado en sus hombros. Que Dios nos proteja de esa mujer. Qué descaro tiene de regresar después de lo que hizo, después de la vergüenza que le trajo a este pueblo. Añó don Heriberto, el carnicero.

 Un hombre corpulento con delantal manchado de sangre fresca. Limpiaba su cuchillo en un trapo grasiento mientras negaba con la cabeza. Debería haberse quedado donde estaba. Ojalá se vaya pronto y no nos traiga mala suerte. Aquí ya no tiene nada que hacer. Esta es gente decente”, murmuró la maestra Soledad desde el kosco del centro, rodeada de un grupo de madres de familia que asentían vigorosamente, cada una añadiendo su propio comentario venenoso al coro de rechazo absoluto.

Mariana escuchaba cada palabra, sentía cada mirada clavándose en su espalda como alfileres, podía saborear el desprecio flotando en el aire caliente, pero mantenía la cabeza en alto, la espalda recta, los ojos fijos hacia delante. 10 años en prisión le habían enseñado la lección más valiosa. Mostrar debilidad era invitar al abuso.

 Y ella no era débil. Caminó directamente hacia la notaría del licenciado Vargas, ubicada en una esquina de la plaza. En un edificio colonial con paredes amarillo deslavado, el licenciado era el único hombre en el pueblo, lo suficientemente pragmático como para entender que los negocios son negocios, sin importar el pasado turbio de los involucrados.

 La campana sobre la puerta tintineó cuando Mariana entró. El licenciado Vargas levantó la vista de unos papeles. Era un hombre delgado de 70 años con lentes gruesos que magnificaban sus ojos grises. Su expresión pasó de sorpresa a cautelosa neutralidad. Señora Solís la saludó con formalidad distante, quitándose los lentes y limpiándolos con pañuelo.

 No esperaba verla por aquí. Pensé que se habría quedado en la capital después de, “Bueno, después de todo, vengo a comprar un terreno”, respondió Mariana, sin preámbulos, colocando su maleta en el suelo y su cuaderno gastado sobre el escritorio de Caova Oscura. Quiero comprar la tierra blanca. He investigado y sé que está en venta.

 El licenciado Vargas casi se atraganta con el sorbo de café que acababa de tomar. Tosió violentamente, sus ojos llorosos. La tierra blanca. repitió cuando recuperó el aliento. Está completamente segura, señora. No me malinterprete, pero ese terreno. Sé exactamente qué es ese terreno, licenciado. Por eso lo quiero. El notario dejó su taza con golpe seco y se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos huesudos.

 Señora Solís, permítame ser franco, porque la estimaba antes de todo este asunto. Ese terreno son 20 hectáreas de puro salitre concentrado. El suelo es tan alcalino, tan saturado de sales minerales que mata cualquier planta que intente crecer ahí en cuestión de días, a veces horas. Mi propio padre intentó cultivar allí hace 40 años y perdió hasta la camisa.

 El abuelo de don Rodrigo también lo intentó en los años 50 con la mejor tecnología de la época. Tres generaciones de agricultores experimentados, gente que conoce esta tierra como la palma de su mano, han intentado domesticar esa propiedad y todos, absolutamente todos, fracasaron miserablemente perdiendo fortunas en el proceso.

 Es por eso que el precio es tan ridículamente bajo. Nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, querría ese pedazo de tierra  ¿Cuánto cuesta exactamente?, preguntó Mariana, ignorando completamente la advertencia. Su voz firme, sin vacilación. El licenciado suspiró profundamente, derrotado, 180,000 pesos.

 El dueño anterior murió hace 3 años y sus herederos viven en Monterrey. Solo quieren deshacerse de la propiedad para dejar de pagar los impuestos prediales que se acumulan año tras año. Es prácticamente un regalo, pero incluso así, nadie lo ha querido comprar en 3 años. Tengo 200,000 pesos”, dijo Mariana sacando el sobre de su chaqueta y colocándolo sobre el escritorio con golpe suave pero definitivo.

 Les ofrezco todo en efectivo hoy mismo, si pueden cerrar el trato en las próximas 24 horas. Sin preguntas, sin demoras, el licenciado Vargas tomó el sobre, lo abrió y contó rápidamente los billetes con dedos experimentados. Eran reales. Todos estaban ahí. miró a Mariana por largo rato como quien observa a alguien a punto de saltar de un precipicio hacia muerte segura.

 Es su dinero, señora Solí, dijo finalmente con resignación en la voz. Pero debo advertirle una última vez, es mi obligación moral. Ese terreno se llama la Tierra Blanca, porque el Salitre cubre absolutamente todo, como si fuera nieve del mismísimo infierno. Es un cementerio de sueños agrícolas, un monumento a la futilidad humana, un recordatorio de que hay tierras que simplemente no pueden ser domadas.

 Si invierte todo su dinero ahí, lo perderá. No habrá vuelta atrás, no habrá segunda oportunidad. Mariana sonrió por primera vez desde que había bajado del autobús. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero había algo en ella que hizo que el licenciado Vargas sintiera un escalofrío inexplicable recorrer su columna.

 Perfecto, dijo ella suavemente. Entonces nadie esperará absolutamente nada de mí cuando aparentemente fracase de forma espectacular y nadie me molestará mientras trabajo en mi proyecto sin interrupciones. Es exactamente lo que necesito, la invisibilidad que proporciona el fracaso esperado. El licenciado preparó los papeles esa misma tarde, moviendo sus contactos en el registro público de la propiedad.

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