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La Última Elección en el Puente de Ronda

El viento aullaba como una bestia herida a través del imponente Tajo de Ronda. No era el viento habitual que acariciaba las rocas milenarias en las cálidas tardes de Andalucía; era un vendaval nacido de la furia, una tormenta que había transformado el cielo en un lienzo de tinta negra y relámpagos cegadores. El agua caía en cortinas pesadas, golpeando la piedra con la violencia de mil martillos. Abajo, a más de cien metros de caída libre, el río Guadalevín bramaba, engullendo todo a su paso, convertido en un torrente de lodo, escombros y desesperación.

Alejandro estaba de pie en el centro exacto del puente. El frío de la lluvia le calaba hasta los huesos, pero el temblor que sacudía su cuerpo no era por la temperatura. Era el terror puro, destilado, inyectado directamente en sus venas. El mundo entero se había reducido a este pedazo de piedra suspendido sobre el abismo.

Ronda estaba aislada. Un corrimiento de tierra masivo, provocado por las lluvias torrenciales sin precedentes que habían asolado la sierra durante tres días, había sepultado la única carretera de acceso viable. Las líneas telefónicas estaban muertas. La luz eléctrica había sucumbido horas atrás. Estaban solos. Completamente solos en la cima del mundo, rodeados por la oscuridad y la muerte.

Pero la tragedia geológica palidecía ante la pesadilla humana que se desarrollaba sobre el puente.

A la izquierda de Alejandro, a unos diez metros de distancia, la estructura de un andamio de restauración crujía amenazadoramente. Atada a uno de los postes metálicos, empapada y temblando incontrolablemente, estaba Lucía. Su hija. Su pequeña de apenas siete años. Tenía los ojos muy abiertos, dilatados por el pánico, y sus labios morados se movían pronunciando la palabra “Papá”, aunque el estruendo de la tormenta devoraba su voz. Una soga gruesa rodeaba su cintura, y el extremo opuesto estaba sujeto a un mecanismo de poleas que se tambaleaba sobre el borde del precipicio.

A la derecha, la visión era aún más macabra. Sofía, su esposa, la mujer con la que había compartido cada triunfo y cada fracaso de su vida, colgaba en el vacío. Sus manos estaban atadas a la espalda. Estaba suspendida por una única y gruesa cuerda de escalada que rozaba contra la afilada cornisa de piedra del puente. Con cada ráfaga de viento, el cuerpo de Sofía se balanceaba como un péndulo macabro sobre el abismo oscuro. Y con cada balanceo, Alejandro podía escuchar —o quizás imaginar, en su locura— el crujido de las fibras de nylon al romperse. Una a una. Cric. Cric. La cuerda se estaba deshilachando. No le quedaban más de unos minutos.

Y en el centro de este teatro del horror, la mente maestra detrás de la pesadilla.

Mateo.

Su rostro era el espejo del de Alejandro. Los mismos ojos oscuros, la misma mandíbula cuadrada, la misma nariz ligeramente torcida por una caída en la infancia. Eran gemelos idénticos. Dos gotas de agua que la vida había decidido derramar en océanos distintos. Mientras Alejandro llevaba un abrigo empapado y tenía el rostro desencajado por el dolor, Mateo vestía un impermeable negro y sonreía. Era una sonrisa torcida, vacía de cualquier atisbo de humanidad, la mueca de un demonio que finalmente ha arrinconado a su presa.

—El tiempo se acaba, hermanito —gritó Mateo. Su voz logró abrirse paso a través de la tormenta, afilada y venenosa—. La cuerda de tu querida esposa no aguantará otro envite del viento. Y el mecanismo del andamio de Lucía está a punto de ceder. El lodo está aflojando los anclajes.

Alejandro dio un paso hacia adelante, extendiendo las manos en un gesto de súplica que le desgarró el alma. —¡Mateo, por favor! —rugió, sintiendo que la garganta le ardía—. ¡Toma mi vida! ¡Haz lo que quieras conmigo, pero déjalas ir! ¡Ellas no te han hecho nada!

Mateo soltó una carcajada que heló la sangre de Alejandro más que la propia lluvia. —¡Ese es tu problema, Álex! ¡Siempre dispuesto a ser el mártir! El buen hermano, el hijo perfecto, el marido ideal. ¡Pero hoy no hay martirio para ti! Hoy vas a sentir lo que yo he sentido toda mi maldita vida. La impotencia. La pérdida. Hoy vas a elegir.

Mateo levantó las manos. En su mano derecha sostenía un pesado cuchillo de caza; en la izquierda, un control remoto rudimentario conectado por cable a la caja de poleas de la izquierda. —Si corres hacia Sofía para tirar de su cuerda, yo accionaré este botón y el andamio de Lucía caerá al Tajo. Si corres hacia Lucía para liberarla, cortaré la cuerda de Sofía antes de que des tres pasos.

Alejandro cayó de rodillas. El impacto contra la piedra mojada le envió una descarga de dolor, pero apenas la notó. Su cerebro trabajaba a una velocidad vertiginosa, buscando una salida, una fisura en el plan perfecto de su hermano. No había francotiradores. No había policía. Ronda era una isla aislada por el lodo y la tormenta. Estaban en el punto más alto del Puente Nuevo, a las tres de la madrugada, solos con la ira de la naturaleza y la locura de Mateo.

—¡Tienes diez segundos, Alejandro! —El tono de Mateo se volvió repentinamente frío, clínico—. ¿La mujer que amas o la sangre de tu sangre? ¡Nueve!

Cric. Cric. La cuerda de Sofía volvió a gemir contra la piedra. Ella no gritaba. Alejandro miró a su derecha. Sofía tenía los ojos clavados en él. A través de la cortina de lluvia y lágrimas, él pudo leer sus labios. Ella no pedía ayuda para sí misma. Estaba mirando hacia el lado izquierdo. Hacia Lucía. El sacrificio silencioso de una madre.

—¡Ocho! —contó Mateo.

Alejandro miró a la izquierda. Lucía lloraba a mares. Estaba aterrorizada, apenas una niña que no entendía por qué su tío la había sacado de la cama en medio de la noche y la había atado a la intemperie.

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