Posted in

La Viuda Despreciada por Vender Flores Marchitas… Pero un Contrato Cambió su Destino para Siempre

Sobre ella colocaba ramos de lavanda quebrada, torcida, con pétalos machacados, que ella ataba con cuerda áspera de cáñamo. No eran bonitos, pero aún conservaban un aroma suave, incluso más tierno que el de los ramos perfectos. Aina se sentaba con la espalda recta, vestida con una falda de lino gris claro, limpia, aunque gastada, el cabello recogido en un moño alto en la nuca, sin un solo mechón fuera de lugar.

Sus manos estaban tostadas por el sol, pero sus uñas limpias, aunque era pobre, jamás permitió que la pobreza la volviera descuidada. La gente la llamaba la mujer de la lavanda quebrada. Aquel nombre sonaba cada vez que ella aparecía, a veces en murmullos. a veces entre risas abiertas. Hoy no era diferente. Los vendedores de los puestos vecinos la miraban de reojo y sacudían la cabeza.

Una mujer que vendía jabones murmuró lo bastante alto para que Aina la oyera. Pobrecilla, viuda desde hace 3 años, sin hijos y ahora recogiendo desechos para venderlos. Aina bajó la mirada y volvió a ordenar sus ramos sin responder. Estaba acostumbrada. Cada mañana se levantaba antes del amanecer, caminaba 2 km hasta los campos después de la cosecha y recogía las ramas de la banda que otros abandonaban por estar rotas o aplastadas.

Luego las secaba al sol, girando cada tallo con cuidado, y por la noche las ataba en pequeños manojos. El aroma de aquellos ramos no era intenso como el de los aceites industriales. Llevaba dentro un poco de sol seco, un poco de tierra tibia y el viento ardiente de Castilla. Era un olor que solo podía reconocer quien tuviera paciencia para detenerse a respirarlo.

Ofelia Villar apareció primero. La cuñada de Aina vestía un elegante traje negro con un chal de encaje sobre los hombros y caminaba despacio como si estuviera paseando. Jacinta la seguía detrás. con su rostro redondo, siempre cubierto por una expresión de falsa compasión. Las dos se detuvieron frente al puesto de Aina.

“Aina, te veo demasiado delgada”, dijo Ofelia con una voz dulce, pero afilada como un cuchillo. “Sería una lástima que no nos viéramos más seguido. Si Damián siguiera vivo, seguro que no soportaría verte vendiendo estas cosas.” Aina levantó la mirada con calma. Ofelia, todavía puedo vivir por mí misma.

Y Damián ya descansa en paz. Jacinta intervino con un tono más suave, pero no menos venenoso. Me das mucha pena, viuda, sin hijos y cargada de deudas. Si hubieras sabido escuchar a la familia de tu marido, no habrías terminado sentada aquí bajo este sol. Las tierras de Damián, en tus manos, quién sabe cuánto tiempo más podrán resistir.

Aina apretó el borde de la tela de arpillera. Las deudas se habían acumulado durante los años. en que Damián estuvo gravemente enfermo, sumadas al alquiler de la tierra donde crecían la lavanda y los almendros. Solo quedaban unos días para pagar una parte importante. Si no lo hacía, Ofelia y Jacinta tendrían la excusa perfecta para reclamar el pequeño terreno.

Aina tragó saliva, pero no permitió que su voz temblara. Pagaré esa deuda con mi propio trabajo. Las dos mujeres soltaron una risa seca y se alejaron. A su alrededor la gente comenzó a murmurar. Todos pensaban que una viuda como Aina, sin marido ni hijos, no era más que una carga para el pueblo. Lo que se rompe debe tirarse.

Esa era la ley no escrita de Santa Amalia. En ese momento, un criado vestido con el uniforme gris de la finca rueda pasó lentamente frente al puesto. Se detuvo ante Aina y frunció el ceño al mirar las pequeñas bolsitas aromáticas hechas de tela de arpillera. “¿Cuánto cuesta esto?”, preguntó con poca confianza. “Más barato que la mercancía de los comerciantes, señor”, respondió Aina.

“Y el aroma es más suave, dura bastante dentro de los armarios”. El criado dudó, pero el dinero que llevaba de parte de la casa no alcanzaba para productos caros. Comprósitas aromáticas y un pequeño ramo de lavanda y se marchó con prisa. Aina lo vio alejarse sin saber que aquellas dos bolsitas cambiarían todo. Cuando el sol subió más alto, un niño de unos 6 años, descalzo y con la camisa rota, se acercó a su puesto.

Sus ojos brillaron al percibir el olor de la lavanda. Señora, no tengo dinero. Aina sonrió. Apenas tomó una bolsita muy pequeña que ya tenía atada con un cordel y se la puso en la mano. Guárdala y no dejes que tu madre la vea o se preocupará. El niño cerró los dedos alrededor de la bolsita y salió corriendo.

Aquel instante fue la única tibieza en medio de una mañana abrazadora. Aina empezó a recoger sus cosas cuando la segunda campanada de la iglesia sonó sobre el mercado. Ese día había vendido menos que de costumbre. Unas pocas monedas descansaban en su bolsillo, insuficientes para pagar la deuda. Se puso de pie y sacudió el polvo de su falda.

Bajo sus pies, los pétalos de la banda rota habían sido pisoteados por los transeútes, pero el aroma seguía elevándose en silencio entre el sol y la tierra. Aina los miró durante unos segundos, luego se dio la vuelta y caminó hacia su pequeña casa deteriorada en las afueras del pueblo. No sabía que en ese mismo momento dentro de la enorme y fría finca rueda, un hombre sentado junto a una ventana acababa de percibir por casualidad un aroma extraño en el nuevo mantel de la mesa.

Era un olor a sol seco, tierra tibia y la banda imperfecta. El olor de las cosas que otros desechan, pero que aún conservan su perfume. La finca rueda se encontraba a casi 2 km de Santa Amalia, sobre una colina suave desde la que se veía el inmenso campo de la banda. Sus viejos muros de piedra amarilla aún conservaban cierta majestad, pero por dentro la casa era fría, como si llevara años sin recibir calor humano.

La luz del mediodía atravesaba las cortinas gruesas y caía en estrechas franjas sobre el suelo de madera encerada. Alonso Rueda estaba sentado frente a su gran escritorio con la espalda apoyada en una silla alta de madera. A su derecha descansaba una silla de ruedas hecha de madera y hierro con dos grandes ruedas silenciosas como testigos mudos del accidente ocurrido 3 años atrás.

Sus piernas ya no sentían nada desde la cintura hacia abajo. Antes, Alonso había sido el hombre más alto y fuerte de la región. Montaba a caballo, recorría los campos y revisaba personalmente cada ramo de la banda. Ahora solo le quedaban sus manos firmes y sus ojos fríos. Fermina Alcázar, su madre, entró en la habitación con pasos ligeros, colocó un mantel nuevo sobre la mesa y en el centro dejó dos pequeñas bolsitas aromáticas de arpillera áspera.

El olor de la lavanda se extendió con suavidad. No era intenso ni empalagoso, como los frascos de aceite caro que Víctor Lujan solía traer. Llevaba consigo algo de sol seco, de tierra tibia y del viento caliente de los campos verdaderos. Alonso frunció el ceño y levantó la cabeza. ¿Qué olor es ese? Fermina no respondió de inmediato, solo alisó lentamente los pliegues del mantel.

Read More