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7 fieles dejaron su iglesia tras escuchar lo que su PASTOR vio en una misa católica

 

 Mi madre era evangélica, había crecido en una familia donde se leía la Biblia todas las noches y se cantaban himnos en la sala. Los domingos después de que mi padre se fuera, ella se aferró a esa fe con una intensidad que a mí me parecía desesperada. Empezamos a ir a la iglesia tres veces por semana. Los domingos en la mañana, los miércoles en la noche, los sábados para los ensayos del coro.

Yo me sentaba en las bancas de madera dura y escuchaba al pastor gritar sobre el fuego del infierno y la misericordia de Dios. y no entendía cómo esas dos cosas podían existir al mismo tiempo. La iglesia se convirtió en nuestro refugio, o al menos en el refugio de mi madre, para mí era más complicado.

 Por un lado, me gustaba la comunidad. Me gustaba que la gente nos tratara con cariño, que las hermanas le llevaran comida mis a mi madre, que los jóvenes me invitaran a jugar fútbol después de los cultos, pero por otro lado había algo en toda esa intensidad emocional que me incomodaba. La forma en que la gente lloraba durante las alabanzas, la manera en que el pastor hablaba como si conociera exactamente lo que Dios pensaba de cada situación.

 Las oraciones largas y ruidosas donde todos gritaban al mismo tiempo pidiendo milagros. Aprendí los versículos de memoria. Levanté las manos durante las alabanzas. Me bauticé a los 12 años en una piscina inflable que montaron en el patio de la iglesia. Hice todo lo que se esperaba de mí, porque era más fácil eso que pelear con mi madre, que ya tenía suficiente dolor.

Pero por dentro yo estaba construyendo algo diferente, una barrera, un muro alto y grueso donde guardaba todo lo que sentía sobre mi padre, sobre Dios, sobre la idea misma de confiar en alguien que podía desaparecer sin explicación. En la escuela yo era el niño callado, no tenía muchos amigos, no porque fuera antipático, sino porque había aprendido a no dejar que nadie se acercara demasiado.

 Mantenía las conversaciones superficiales, reía cuando tocaba, jugaba cuando me invitaban, pero nunca dejaba que nadie viera lo que realmente sentía. esa rabia que crecía silenciosa en mi pecho cada vez que veía a otros niños con sus padres, cada vez que había reuniones escolares y yo llegaba solo con mi madre, cada vez que escuchaba conigan a mis compañeros hablar de sus fines de semana en familia.

 Cuando tenía 14 años, mi madre me dijo que mi padre había formado toda otra familia. Tenía una mujer nueva y dos hijos pequeños al otro lado de la ciudad. Ella lo dijo sin llorar, con esa voz plana que usa la gente cuando ya no le quedan lágrimas. Estábamos cenando, arroz con huevo frito, lo mismo que comíamos casi todas las noches.

 Ella dejó el tenedor sobre el plato y me miró con esos ojos cansados que habían visto demasiado. “Tu padre tiene otros hijos”, dijo. “Pensé que debía saberlo. Yo asentí. Seguí comiendo como si nada, como si esa información no acabara de confirmar lo que yo ya sospechaba, que él no nos había dejado por accidente, que no había sido una crisis temporal, que simplemente nos había reemplazado, había encontrado una familia mejor y nos había descartado como se descarta ropa vieja.

Terminé de cenar y salí al patio. Teníamos una pelota vieja, desinflada, que yo usaba para practicar tiros contra la pared. Esa noche la pateé durante horas hasta que me dolieron las piernas, hasta que el sudor me empapó la camisa, hasta que la rabia se convirtió en agotamiento y el agotamiento en algo parecido al vacío.

 Mi madre no volvió a mencionar el tema y yo tampoco pregunté. No quise saber sus nombres. No quise ver fotos, no quise escuchar explicaciones. Decidí que para mí él había dejado de existir, que yo iba a ser el hombre que él nunca fue, que yo iba a cuidar de mi madre, terminar la escuela, conseguir un trabajo y nunca, jamás abandonar a nadie de la forma en que él nos había abandonado.

 Esa decisión se convirtió en el eje de mi vida. Todo lo que hacía era para demostrar que yo era diferente. Estudiaba hasta tarde para sacar buenas notas. Ayudaba a mi madre con todo lo que podía. Me ofrecía como voluntario en la iglesia para cada actividad que necesitara ayuda. Me convertí en el joven modelo, el que todos señalaban como ejemplo, el que los adultos usaban para cermonear a otros adolescentes sobre responsabilidad y compromiso.

A los 16 años empecé a tocar la guitarra en las alabanzas. El líder de música de la iglesia me enseñó los acordes básicos y descubrí que tenía facilidad. Practicaba todas las noches después de hacer la tarea. Mi madre me había comprado una guitarra usada con lo que con lo que había ahorrado durante meses y yo la trataba como si fuera lo más valioso que tenía.

 Aprendí canciones de adoración. Aprendí a seguir el ritmo del baterista. Aprendí a cerrar los ojos y levantar la cara como si estuviera realmente conectado con algo divino. La verdad es que no sé si alguna vez lo estuve. Creía en Dios de la forma en que crecen cosas que te han enseñado desde pequeño. Era una creencia heredada, no examinada, una fe que nunca había cuestionado, porque cuestionar significaba enfrentar preguntas que no quería responder.

 Como, ¿por qué Dios había permitido que mi padre nos abandonara? O por qué rezar no había traído de vuelta a mi familia, o por qué mi madre trabajaba tanto y seguía siendo pobre, mientras otros que no hacían nada parecían tener todo. La Iglesia se convirtió en mi identidad, no porque creyera profundamente, sino porque era el único lugar donde me sentía útil.

 Me uní al grupo de jóvenes, empecé a dirigir las alabanzas los domingos. La gente me decía que tenía un don que Dios me había llamado para el ministerio. Yo sonreía y aceptaba los elogios, pero en el fondo sabía que lo que realmente me impulsaba no era el amor a Dios, sino el miedo a convertirme en mi Padre.

 La fe era mi escudo, mi forma de demostrar que yo era diferente. A los 17 años empecé a predicar. El pastor de nuestra iglesia me dio la oportunidad de compartir mensajes cortos durante los cultos de jóvenes. Yo hablaba sobre la fidelidad, sobre el compromiso, sobre abandonar a los que nos necesitan. Hablaba con una convicción que impresionaba a los adultos.

 Preparaba mis sermones con cuidado. Buscaba versículos que respaldaran cada punto. Usaba historias emotivas que hacían llorar a la gente. Me convertí en un buen orador, pero cada palabra era una venganza silenciosa contra alguien que no estaba ahí para escucharla. Recuerdo un sermón en particular, fue un miércoles en la noche, entonces el templo estaba medio llenar.

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