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ASÍ VIVIO JAVIER SOLIS – Murió Pobre por Ser Demasiado Generosos

ASÍ VIVIO JAVIER SOLIS – Murió Pobre por Ser Demasiado Generosos

Hay una pregunta que nadie se ha atrevido a responder con honestidad. Si Javier Solís ganaba en una sola noche lo que un obrero mexicano tardaba 20 meses en ganar, si sus discos se vendían por millones en cinco países al mismo tiempo, si los teatros más grandes de América Latina lo contrataban con semanas de anticipación y los estudios de cine peleaban por su nombre en los carteles, ¿por qué cuando murió a los 34 años no dejó una fortuna que deslumbrara al mundo? ¿A dónde fue ese dinero? ¿Qué compró? ¿Qué construyó? ¿Qué regaló? y

que perdió el hombre que redefinió el bolero ranchero en México y que hoy, décadas después de su muerte, sigue generando regalías que enriquecen a herederos y disqueras por igual. Hoy vamos a responder esas preguntas. Vamos a seguir el rastro del dinero de Javier Solís desde los días en que cantaba en la plaza Garibaldi sin un peso en el bolsillo hasta las noches en que salía de un concierto con 8,000 pesos en la mano y regresaba al hotel con 20.

 Vamos a recorrer las propiedades que eligió, los autos que manejó, los trajes que usó y los conflictos silenciosos que sacudieron su carrera, su familia y su salud. Y vamos a hablar del error que le costó la vida, el error que ningún dinero del mundo pudo corregir. Quédate hasta el final porque la historia de Javier Solís no es la que crees conocer.

Es mucho más grande, mucho más oscura y mucho más humana que cualquier canción que hayas escuchado de él. Para entender lo que construyó, hay que entender primero desde dónde partió. Y el punto de partida de Gabriel Jesús Villanueva Velázquez, que ese era su nombre verdadero antes de que el mundo lo conociera como Javier Solís, era tan bajo que hacer lo que hizo después Rosa lo imposible.

 Nació el 1 de septiembre de 1931 en la Ciudad de México. No en una colonia de clase media, no en un barrio bohemio con pretensiones artísticas. en Tacubaya, uno de los barrios más rudos y más reales de la capital, un territorio obrero donde los sueños se medían en jornales y donde la música de mariachi, que llegaba desde Garibaldi era el único lujo al alcance de los que no tenían ninguno.

 Su padre biológico abandonó el hogar poco después de su nacimiento. Desapareció sin drama ni explicación, como desaparecen los hombres que no tienen el valor de quedarse. Su madre, Aurora Levario, era una mujer de trabajo y de pocas palabras, capaz de cargar lo que la vida le ponía encima, pero no capaz de sostener sola a un hijo en el México de los años 30.

 La decisión que tomó fue dolorosa y fue práctica al mismo tiempo. Confió al pequeño Gabriel al cuidado de su hermano Valentín Levario y de su cuñada Ángela López. No fue un abandono, fue una forma de amor que duele más que el odio porque viene de saber que no alcanza. Javier Solís lo entendió así. Años después, cuando ya era una estrella, reconoció públicamente a su tío y a su tía como sus verdaderos padres, no con amargura hacia su madre biológica, con gratitud hacia quienes estuvieron.

 La familia Levario vivía en Tacubaya con lo justo, casa rentada, mesa surtida, pero sin excesos, ropa que se remendaba antes de reemplazarse. La escuela duró hasta quinto grado, alrededor de los 11 años y luego el mundo real entró con toda su rudeza. Entre los 12 y los 20 años, el joven Gabriel Villanueva hizo lo que hacen los que no tienen más opciones.

 Trabajó en todo lo que apareció. Fue ayudante de carnicero, lavador de autos, panadero, aprendiz de carpintero, trabajos que pagan poco, que desgastan mucho y que no llevan a ningún lado, salvo a más trabajo del mismo tipo. Hubo incluso un periodo como boxeador profesional en circuitos locales, esos circuitos donde nadie se hace rico y muchos se hacen daño, donde los golpes que uno recibe duelen más cuando se recuerdan de noche que cuando los recibe de día.

 El ingreso promedio de todos esos trabajos era entre tres y 5 pesos diarios. Suficiente para no morirse de hambre, no suficiente para nada más. Pero había algo que el dinero no podía comprar ni la pobreza podía quitarle, la voz. Desde la adolescencia, Gabriel cantaba. Cantaba en eventos vecinales, en mercados al aire libre, en cantinas donde los parroquianos a veces pagaban con una copa y a veces con nada.

 Cantaba en la plaza Garibaldi, que en los años 40 era ya el corazón latiente de la cultura del mariachi en la capital. Un lugar donde los sueños y el tequila se mezclaban por partes iguales y donde un joven con voz podía, si tenía suerte y carácter, llamar la atención de alguien que importara.

 La atención que cambió todo llegó en la forma de Julio Rodríguez, integrante del famoso trío Los Panchos, el conjunto que en los años 40 y 50 convirtió el bolero latinoamericano en un fenómeno continental. Rodríguez escuchó cantar al joven Gabriel en Garibaldi y vio lo que los demás no veían todavía. No solo una buena voz, sino una presencia.

 una manera de pararse frente al micrófono que hacía que la gente dejara de hablar. Rodríguez hizo las presentaciones necesarias y así llegó Gabriel Villanueva a los ejecutivos de CBS Columbia Records en México. En 1956 firmó su primer contrato profesional de grabación y con ese contrato nació Javier Solís, el nombre artístico que eligió para su nueva vida, el nombre que el mundo recordaría décadas después de que el hombre que lo llevaba dejara de existir.

 El primer sencillo que lanzó bajo ese nombre fue Llorarás, llorarás. Una canción que hoy parece sencilla y que en su momento fue como una descarga eléctrica en la radio mexicana. No tardó en alcanzar ventas de platino. No tardó en posicionarse en las listas de las estaciones más importantes del país.

 No tardó en convertir a un desconocido de Tacubaya en alguien a quien los productores querían en sus estudios y los teatros querían en sus escenarios. La velocidad de esa transformación fue brutal. En menos de 2 años, Javier Solís pasó de ganar 5 pesos diarios lavando autos a ganar 5000 pesos en una noche cantando en un teatro lleno.

 Y aquí es donde la historia se vuelve fascinante desde el punto de vista financiero, porque los números de la carrera de Javier Solís no son los números de un artista exitoso, son los números de un fenómeno económico que la industria musical mexicana de los años 60 no había visto antes con esa intensidad y esa velocidad. A inicios de los años 60, el ingreso mensual promedio de un obrero en México rondaba los 480 pesos.

 Un maestro de primaria ganaba alrededor de 600 pesos al mes. Un médico con consultorio propio podía llegar a los 2,000 pesos mensuales si tenía buena clientela. Esos eran los rangos del mundo laboral ordinario. Javier Solís operaba en otra dimensión. Su tarifa habitual por una sola presentación en vivo oscilaba entre 5,000 y 10,000 pesos, dependiendo de la ciudad, el recinto, los traslados incluidos y si había exclusividad en la fecha, una sola noche de trabajo le generaba lo que un obrero tardaba entre 10 y 20 meses en juntar y Javier Solís no trabajaba una

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