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María Félix vio a un anciano vendiendo dulces en su show-su reacción dejo a México en silencio

La ciudad de México era un hervidero de contradicciones. Rascacielos junto a vecindades, limusinas junto a carretas de tamales, galas de televisión junto a una pobreza que nadie quería ver en pantalla. El Teatro de los Insurgentes, diseñado por el arquitecto Alejandro con un mural monumental de Diego Rivera en su fachada, era el escenario favorito de la élite cultural mexicana.

Esa noche albergaba una gala especial organizada por Televisa para celebrar 30 años del cine mexicano. Habría homenajes, música, entrevistas. El plato fuerte era María Félix. La producción estaba a cargo de Ernesto Vilchez, un productor de televisión de 52 años que llevaba dos décadas en Televisa. Bilches era conocido en la industria por dos cosas, su obsesión enfermiza con el control y su desprecio absoluto por cualquier persona que no le sirviera para subir en el escalafón.

Los técnicos lo odiaban, los actores jóvenes le temían, los ejecutivos lo toleraban porque sus programas generaban rating. Era el tipo de hombre que sonreía para las cámaras y destruía carreras en los pasillos. Había hecho llorar a secretarias, había vetado a actores que no le obedecían, había manipulado presupuestos para enriquecerse con cada producción.

Su oficina en Televisa tenía una pared llena de fotografías suyas con políticos y celebridades. Y cada fotografía era para él un trofeo de poder, una prueba de que importaba, de que era alguien. Pero nadie en esas fotografías lo consideraba amigo, lo consideraban inútil. Y cuando dejara de serlo, ninguno de ellos movería un dedo por él.

Vches había conseguido lo imposible, convencer a María Félix de participar en la gala. María llevaba años rechazando invitaciones de televisión. No le interesaba, no necesitaba a nadie. Pero Vilches le había prometido algo que María no pudo rechazar, un homenaje a Jorge Negrete, su cuarto esposo, fallecido en 1953.

El amor que se le fue demasiado pronto. María aceptó por Jorge. Solo por Jorge. La preparación de la gala fue meticulosa. Vilches controlaba cada detalle con mano de hierro. revisó la lista de invitados personalmente. “Solo gente importante”, le dijo a su equipo. Políticos, empresarios, actores de primera línea.

 No quiero gente de la calle, no quiero vendedores ambulantes cerca del teatro, no quiero nada que arruine la imagen. Tres días antes de la gala, Vilches ordenó que se levantara un perímetro de seguridad alrededor del teatro. policías privados, vallas metálicas, control de acceso. Cualquier persona que no tuviera invitación sería removida.

Esto incluía a los vendedores ambulantes que trabajaban en la zona. Tamaleros, pleros, vendedores de chicles, limpiabotas, todos fueron desplazados a tres cuadras de distancia. “No los quiero ni en la misma calle”, ordenó Vilches. Arruinan la estética. Entre esos vendedores desplazados había un hombre llamado Aurelio Domínguez Reyes. Don Aurelio tenía 83 años.

 Vendía dulces en una caja de madera que colgaba de su cuello con una correa de cuero gastada. Mazapanes, paletas de caramelo, chicles, cocadas. Los vendía fuera de teatros y cines desde 1948, 27 años caminando las mismas calles, ofreciendo dulces con una voz que ya casi no tenía fuerza. Cada mañana se levantaba a las 5, preparaba su caja, contaba los dulces que le quedaban del día anterior, calculaba cuánto necesitaba vender para sobrevivir un día más.

 Era un ritual de supervivencia que repetía desde hacía casi tres décadas sin descanso, sin vacaciones, sin un solo día libre, porque los vendedores ambulantes no tienen derecho a descansar cuando descansar significa no comer. Don Aurelio no era cualquier vendedor. Había nacido en 1892 en Guanajuato, hijo de campesinos. A los 14 años se unió a la Revolución Mexicana como soldado raso.

 Peleó bajo las órdenes de Álvaro Obregón. Recibió dos heridas de bala, una en el hombro izquierdo, otra en la pierna derecha. Coeaba desde entonces. Cuando terminó la revolución, el gobierno le prometió tierra, pensión, reconocimiento. No recibió nada. Como miles de veteranos, fue olvidado por el mismo país que ayudó a construir.

A los 56 años, sin pensión, sin tierra, sin familia cercana, porque su esposa había muerto de tuberculosis y su único hijo había emigrado a Estados Unidos y nunca regresó, don Aurelio empezó a vender dulces. Era lo único que podía hacer con su cuerpo roto y su orgullo intacto. 27 años después seguía ahí en las mismas calles, con la misma caja de madera, vendiendo los mismos dulces por centavos.

La noche de la gala, don Aurelio caminó hacia el teatro de los insurgentes, como hacía cada vez que había evento. Los eventos significaban gente. Gente significaba clientes, quienes significaban comer esa noche. Pero esa noche las vallas lo detuvieron. Un guardia de seguridad, un joven de no más de 25 años, lo miró con desprecio.

No puede pasar, abuelo. Esto es evento privado. Solo quiero vender mis dulces afuera, no adentro. Me quedo en la banqueta. Ni en la banqueta. Órdenes del productor. Nada de vendedores ambulantes a tres cuadras a la redonda. Don Aurelio no discutió. Había aprendido hace mucho que los pobres no ganan discusiones con los que tienen poder.

 Se alejó cojeando, cargando su caja de dulces, buscando otro lugar donde vender. Pero no había otro lugar esa noche. Los otros teatros estaban cerrados, las calles estaban vacías y don Aurelio necesitaba vender al menos 30 pesos para pagar la renta de su cuarto en una vecindad de Tepito. 30 pesos. La diferencia entre dormir con techo o dormir en la calle.

 Entonces hizo algo que nunca había hecho en 27 años de vender dulces. Decidió entrar al teatro. No por rebeldía, no por desafío, por hambre. Pura y simple hambre. Esperó a que cambiaran los guardias. Aprovechó un momento de distracción cuando llegó una caravana de limusinas y se coló por una puerta lateral. Adentro. El teatro era otro mundo.

Candelabros de cristal, alfombra roja, meseros con charolas de champane, mujeres con vestidos que costaban más que lo que don Aurelio ganaba en un año. Se quedó pegado a la pared tratando de ser invisible, ofreciendo dulces en voz baja a quien pasara. Maapanes, cocadas, paletitas. Los invitados lo miraban como se mira a una mancha en la alfombra.

Algunos apartaban la vista, otros aceleraban el paso. Una mujer con collar de perlas le dijo a su esposo en voz alta, “¿Qué hace este hombre aquí? ¡Qué falta de respeto. Don Aurelio siguió ofreciendo dulces. Sin dignidad aparente, pero con toda la dignidad del mundo, porque no pedía limosna, ofrecía su trabajo.

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