La imagen tradicional de un Pontífice suele estar ligada a la solemnidad de las basílicas, el aroma del incienso y el silencio de la oración profunda. Sin embargo, la historia del Papa León XIV ha venido a romper todos los esquemas preestablecidos, revelando a un hombre cuya fortaleza espiritual se forjó, en gran medida, sobre la base de una disciplina física rigurosa y constante. Antes de ser aclamado por la multitud en la Plaza de San Pedro, el entonces Cardenal Robert Prevost llevaba una vida que muchos considerarían más propia de un atleta que de un alto dignatario eclesiástico.
La noticia ha causado un revuelo sin precedentes en Roma y en el mundo entero. No es común escuchar que un Cardenal de la Curia Romana sea socio activo de un gimnasio comercial, pero para Robert Prevost, el cuidado del cuerpo era una extensión natural de su servicio a la Iglesia. Cuando llegó a la Ciudad Eterna en dos mil veintitrés para asumir su cargo como Prefecto, no buscó refugio ún
icamente en las bibliotecas vaticanas, sino que se inscribió en el gimnasio Omega, un centro deportivo de referencia situado en las cercanías de su residencia de aquel entonces.
Valerio Masela, el entrenador personal que tuvo el privilegio de guiar los pasos del actual Papa, recuerda con admiración la actitud del Cardenal. Según relata Masela, la fuerza de voluntad nunca fue un obstáculo para él. A pesar de tener una de las agendas más apretadas del Vaticano, Prevost siempre encontraba un espacio para el ejercicio. El entrenador describe escenas que humanizan profundamente a la figura papal: un hombre que llegaba al gimnasio y, con total humildad, preguntaba qué podía hacer en los veinte o treinta minutos que tenía disponibles. Esta capacidad de aprovechar cada instante y de confiar plenamente en los expertos en educación física habla de una personalidad disciplinada y consciente de la importancia del equilibrio integral.
La rutina de entrenamiento del ahora Santo Padre no era un simple pasatiempo. Estaba diseñada a medida tras consultas técnicas que evaluaban sus necesidades físicas. El Cardenal mostraba una predilección especial por las máquinas isotónicas, siendo la elíptica su herramienta favorita para mantener la resistencia cardiovascular. Pero no se limitaba al cardio; Prevost también se enfrentaba a las pesas con una técnica que sorprendía a los instructores por su rápida capacidad de aprendizaje y ejecución. Además de sus sesiones de gimnasio, el Cardenal era conocido por su amor al tenis y la natación, actividades que practicaba con entusiasmo en la residencia de Castel Gandolfo.

El contraste entre su vida cotidiana como deportista y su ascenso al trono de San Pedro dejó una anécdota curiosa que el propio Valerio Masela comparte con emoción. Durante los meses de abril y mayo de dos mil veinticinco, el Cardenal desapareció del gimnasio Omega. Su entrenador, sumido en la rutina diaria, no asoció inmediatamente la ausencia de su cliente con los eventos que se desarrollaban en el Vaticano. Fue el ocho de mayo, cuando el mundo vio por primera vez el rostro de León XIV en el balcón de la Basílica de San Pedro, cuando Valerio tuvo una revelación impactante. Al ver la fotografía del nuevo Papa, comentó con sus compañeros que el Pontífice era idéntico a una persona a la que él entrenaba. Solo unos instantes después, al confirmar el nombre, la realidad lo golpeó: su alumno más disciplinado era ahora la cabeza de la Iglesia Católica.
Este estilo de vida saludable no ha terminado con su elección como Papa. Aunque ya no puede caminar por las calles de Roma para visitar el gimnasio Omega, León XIV ha trasladado su compromiso con la salud al interior del Palacio Apostólico. Una de las dependencias de la residencia papal ha sido transformada en un pequeño pero eficiente gimnasio privado. Allí, entre los muros cargados de historia y arte, el Pontífice continúa su rutina de entrenamiento de forma privada. Aunque ya no cuenta con la guía presencial de Valerio, la semilla de la disciplina deportiva sigue dando frutos en su día a día.
La historia de León XIV es un testimonio de que la modernidad y la tradición pueden coexistir de manera armoniosa. Su enfoque en el bienestar físico no es una vanidad, sino una herramienta para soportar las inmensas cargas físicas y mentales que conlleva el pontificado. En un mundo donde el estrés y el sedentarismo afectan a millones, ver a un líder espiritual de tal magnitud priorizar el ejercicio envía un mensaje poderoso sobre el respeto al propio cuerpo como templo de la creación.
La transición de las mancuernas al báculo pastoral es quizás la metáfora más perfecta de su gestión: una combinación de fuerza, resistencia y técnica aplicada al servicio de los demás. Mientras el mundo se pregunta cuánto peso es capaz de levantar el Papa en la prensa de banca, la verdadera respuesta reside en la carga espiritual que lleva sobre sus hombros cada día, una tarea para la cual sus años de entrenamiento en el gimnasio Omega parecen haberlo preparado con una precisión casi providencial. El legado de León XIV apenas comienza, pero ya ha dejado una marca imborrable: la de un Papa que corre, nada y entrena, recordándonos que para alcanzar las alturas del espíritu, es fundamental mantener los pies, y el corazón, en movimiento constante.