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Los Barcos Fantasma del Puerto de A Coruña

La Costa da Morte nunca había hecho tanto honor a su macabro nombre. El océano Atlántico, un monstruo insaciable que llevaba siglos devorando marineros, había decidido cambiar las reglas del juego. Ya no se contentaba con tragarse los barcos y escupir madera astillada en las playas gallegas. Ahora, el mar estaba devolviendo sus presas. Intactas. Y completamente vacías.

Era la noche del 14 de noviembre cuando el pesquero Ría de Betanzos encontró el cuarto navío a la deriva. La brétema, esa niebla espesa y helada que asfixia la costa gallega, envolvía el mar en un sudario impenetrable. Xosé, un viejo lobo de mar con la piel curtida por la sal, fue el primero en verlo. Una sombra oscura se mecía sobre las olas negras, silenciosa como un ataúd flotante. No había luces de navegación. No había respuesta por radio.

Cuando abordaron el barco, el Cabo Prior, el terror paralizó a los marineros. El silencio a bordo era ensordecedor, roto solo por el crujir de la madera y el chapoteo del agua contra el casco. Xosé, con una linterna temblorosa, empujó la puerta de la cabina principal. Lo que encontró allí desafiaba toda lógica y cordura, enviando un escalofrío glacial por su espina dorsal.

En la pequeña cocina del navío, la hornilla de gas estaba encendida. Sobre ella, una olla de caldo gallego bullía alegremente, desprendiendo un aroma a grelos, patatas y chorizo que contrastaba de forma nauseabunda con el terror del momento. El caldo estaba caliente. Recién hecho. En la mesa de madera, un cigarrillo a medio consumir descansaba en un cenicero de cristal, con la brasa aún viva, emitiendo una fina columna de humo azul. Las cartas de navegación estaban desplegadas. Y en el centro de la mesa, el cuaderno de bitácora.

Xosé se acercó, con el corazón martilleándole en el pecho, y leyó la última entrada. La tinta de la pluma estilográfica aún estaba húmeda, brillando bajo la luz de la linterna. La fecha era la de hoy. La hora inscrita correspondía a hace exactamente tres minutos.

—¡No hay nadie! —gritó uno de sus compañeros desde la cubierta inferior, con la voz quebrada por el pánico—. ¡He revisado las literas, la sala de máquinas, las bodegas! ¡Es como si se hubieran evaporado en el aire!

No había botes salvavidas desaparecidos. No había chalecos salvavidas fuera de su sitio. Los trajes de agua colgaban de sus ganchos. Los marineros del Cabo Prior habían estado allí, cocinando, fumando, escribiendo… y en un abrir y cerrar de ojos, la nada se los había tragado.

Este era el cuarto barco en tres semanas. El puerto de A Coruña estaba sumido en la histeria colectiva. Los periódicos hablaban de abducciones, de armas militares secretas, de maldiciones antiguas que despertaban en el lecho marino. Los pescadores se negaban a salir a faenar. Las familias se agolpaban en los muelles, llorando y rezando a la Virgen del Carmen, esperando a maridos e hijos que habían desaparecido dejando tras de sí un plato de comida caliente. La capitanía marítima estaba desesperada, la Guardia Civil desbordada, y el miedo se había instalado en las calles empedradas de la ciudad como un gas tóxico.

Iria Vázquez no creía en fantasmas. A sus veintiocho años, era una de las capitanas más jóvenes y respetadas de la flota pesquera coruñesa. Había heredado el valor y la obstinación de su abuelo, un hombre que sobrevivió a mil tormentas antes de que el mar se lo llevara cuando ella era solo una niña. Iria sabía que el océano era cruel, despiadado e impredecible, pero también sabía que seguía las leyes de la física. Los hombres no se evaporan. Los cigarrillos no se fuman solos. Había una explicación racional, y ella estaba dispuesta a encontrarla.

—Estás loca, rapaza —le advirtió el jefe del puerto cuando Iria solicitó permiso para salir sola en su barco, el Fisterra, a patrullar la zona donde se había encontrado el último navío fantasma—. Es un suicidio. El mar está maldito.

—El mar no maldice, Antón. El mar ahoga —respondió Iria, ajustándose el chubasquero amarillo—. Alguien o algo está atacando nuestros barcos. Si nos quedamos escondidos en el puerto, moriremos de hambre antes de que nos lleve el diablo.

Zarpó al atardecer. La Torre de Hércules, el faro romano más antiguo del mundo en funcionamiento, parpadeaba a sus espaldas como un ojo vigilante y melancólico. A medida que el Fisterra se adentraba en aguas abiertas, la niebla volvió a descender, tragándose la costa y dejando a Iria en un universo de gris absoluto.

Pasada la medianoche, el radar emitió un pitido. Un contacto. Apenas a dos millas de distancia. Iria redujo la marcha y se acercó sigilosamente. A través del cristal empañado de su cabina, vio emerger la silueta de un pesquero de arrastre de tamaño mediano. El nombre en la proa estaba medio borrado, pero pudo leerlo: Santa María de las Nieves.

Iria tomó una respiración profunda, cogió un arpón de pesca y una linterna potente, y atracó su barco junto al navío a la deriva. Al saltar a la cubierta del Santa María, el silencio la golpeó como un muro físico. No había sonido de motores. Nada.

Con paso firme pero cauteloso, se dirigió al puente de mando. Al abrir la puerta, el olor a café recién hecho inundó sus fosas nasales. Su pulso se aceleró. Sobre la consola de instrumentos, una taza de café humeaba. Iria tocó la cerámica; quemaba. A su lado, la radio emitía un ligero siseo de estática. El cuaderno de bitácora estaba abierto. Se acercó a leerlo. La letra era apresurada.

15 de noviembre. 02:15 AM. La niebla se cierra. El compás se ha vuelto loco. Hay un barco inmenso delante de nosotros. No aparece en el radar. Dios mío, parece un barco de guerra antiguo. Nos están abordando, pero no veo a na…

La escritura terminaba en un trazo largo y violento que rasgaba el papel, como si el autor hubiera sido arrastrado hacia atrás repentinamente. Iria sintió que el estómago se le encogía. Miró su reloj. Eran las 02:18 AM.

De repente, el aire a su alrededor se volvió tan frío que su respiración se transformó en cristales de hielo. Un zumbido ensordecedor, grave y penetrante, comenzó a vibrar en las maderas del barco y en sus propios huesos. El panel de instrumentos modernos, los GPS, las pantallas táctiles del radar… todo chisporroteó y se apagó en un instante.

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