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La obligaron a casarse por 300 pesos, pero un Apache herido descubrió la verdad junto al pozo seco

Bastaba una mesa de madera, una deuda vieja, tres hombres hablando en voz baja y una muchacha escuchando desde la cocina lo suficiente para entender que ya no le pertenecía ni su propio destino. Jacinta tenía 19 años y unas manos finas, que el trabajo había vuelto ásperas antes de tiempo. Desde la muerte de su madre, ocurrida 4 años atrás durante una fiebre que dejó vacías varias casas del valle, la joven había vivido bajo el techo de su padrastro, Eusebio Robles, un hombre de espaldas anchas, mirada gastada y voluntad débil, más inclinado a la cantina que al campo.

Durante un tiempo, Jacinta creyó que el dolor de perder a una madre era lo peor que podía ocurrirle. Lo creyó hasta que llegó Leonor. Leonor Salvatierra entró en aquella casa con vestidos oscuros, labios delgados y una dulzura fingida que duró menos de una semana. No era una mujer gritona ni escandalosa.

Su crueldad tenía otra forma, más fría, más ordenada. Sabía sonreír mientras humillaba, sabía acariciar el hombro de Eusebio mientras le llenaba la cabeza de sospechas y conveniencias. Y supo desde el primer día que Jacinta era un obstáculo, una boca más que alimentar, una presencia que le recordaba que aquella casa no le pertenecía del todo.

La muchacha trabajaba desde antes del amanecer. Iba por agua cuando el cielo aún era ceniza, molía maíz, remendaba ropa, cuidaba las dos cabras flacas del corral y en temporada ayudaba a recoger tunas bajo un sol que habría grietas en la tierra. Nunca era suficiente. Si el guiso salía aguado, Leonor suspiraba con desprecio.

Si una camisa quedaba mal cocida, la llamaba inútil. Si algún vecino elogiaba la educación o la hermosura discreta de Jacinta, la mujer pasaba el resto del día con el rostro endurecido, como si incluso la bondad ajena fuera una ofensa personal. Pero lo que de verdad lo cambió todo no fue el odio de Leonor, sino la deuda de Eusebio.

Había empezado con pequeñas cantidades prestadas para semillas, luego para una mula enferma, después para pagar tragos y promesas que nunca cumplía. Cuando quiso darse cuenta, debía 300 pesos a don Prudencio Valdivia, el hombre más viejo y más avaro de la comarca. Prudencio tenía 62 años, un bigote amarillento por el tabaco, una pierna rígida por una caída de juventud y una costumbre que el pueblo conocía demasiado bien, comprar lo que otros ya no podían defender, tierras, animales, silencios y si la ocasión se presentaba también mujeres.

Vivía en una casa grande de adobe al borde del camino real, con dos peones mudos de obediencia y una hermana solterona que administraba la cocina como si fuera un cuartel. Hacía años que buscaba una esposa joven, no por amor, no por compañía. Quería alguien que limpiara, obedeciera, calentara su cama y le diera la apariencia de respetabilidad que el dinero solo no compra.

Ya había intentado arreglos con dos familias pobres del valle, pero ninguna muchacha aceptó quedarse. Una fingió enfermedad, la otra escapó con un arriero antes de la fecha acordada. Prudencio no olvidaba esos desaires, los guardaba como otros guardan cuchillos. Una tarde de julio, mientras Jacinta amasaba tortillas en la cocina y el humo del fogón le hacía arder los ojos, escuchó el relincho de un caballo y luego el sonido de botas pesadas cruzando el saguán.

Reconoció la voz de prudencio antes de verlo. Era una voz seca, arrastrada, como madera vieja raspando piedra. hablaba con Eusebio en la habitación del frente. Leonor, que había salido a recibirlo con su mejor reboso, cerró la puerta con cuidado, pero no lo bastante. Jacinta no quiso oír. Sin embargo, hay palabras que se meten por debajo de las puertas y ya no salen jamás.

Tres meses dije, gruñó prudencio. No, cuatro, no cinco, tres. Dame un poco más de tiempo murmuró Eusebio. Y en aquel murmullo ya no había dignidad, solo cansancio y miedo. El tiempo se acabó. Hubo un silencio. Después la voz de Leonor, suave como aceite. Tal vez haya otra forma de arreglarlo, don Prudeno. Jacinta dejó de amasar.

La muchacha ya tiene edad, continuó Leonor. Sabe llevar una casa, es callada y no tenemos dote que ofrecerle a nadie más. Eusebio no respondió enseguida. Eso fue lo peor. No la defendió. No dijo no, no se levantó de la silla para poner fin a la conversación, solo cayó. Y en ese silencio Jacinta entendió que la estaban pesando como se pesa un costal de maíz.

Prudencio soltó una risa breve. La hija de tu difunta está flaca, es fuerte, replicó Leonor. Y aprenderá otra pausa. Un vaso apoyado sobre la mesa, el crujido de una silla, 300 pesos saldados, dijo al fin prudeno. La boda en 8 días. Jacinta sintió que el aire desaparecía de la cocina. El comal siguió chisporroteando.

Afuera ladró un perro. Todo continuó como si el mundo no acabara de torcerse para siempre. Pero algo dentro de ella se hundió con una claridad helada. No era una sospecha, no era un temor, era la verdad. Aquella noche no lloró. Se sentó en su catre junto a la ventana estrecha que daba al corral y se quedó mirando la oscuridad hasta que el amanecer empezó a desteñirla.

Por primera vez en mucho tiempo. No pensó en soportar, pensó en huir. Al día siguiente, Leonor se mostró extrañamente amable. Le dio a Jacinta un vestido azul que había pertenecido a una prima lejana. Le dijo que debía agradecer la suerte de no quedarse soltera y pobre. Le habló de techo seguro, de comida garantizada, de un marido con propiedades.

No era compasión, era administración. Estaba acomodando una mercancía antes de entregarla. Eusebio evitó mirarla durante todo el día. cuando por fin se atrevió, ya entrada la noche, solo dijo que así estarían todos mejor, que don Prudencio era un hombre serio, que en tiempos duros una mujer no podía darse el lujo de escoger.

Jacinta lo miró como si estuviera viendo a un desconocido. Quiso preguntarle en qué momento había dejado de ser su hija para convertirse en el pago de una deuda, pero no lo hizo. Había comprendido algo más útil que cualquier reproche. Estaba sola. Los días siguientes fueron una procesión muda hacia el sacrificio. Leonor anunció el compromiso a las vecinas con una sonrisa satisfecha.

Algunas felicitaron, otras bajaron la voz y miraron a Jacinta con esa lástima que humilla casi tanto como el desprecio. En la plaza, dos muchachas de su edad dejaron de hablar cuando ella pasó. En el molino, una anciana murmuró que más valía viejo con techo que joven con hambre. San Jerónimo del Mesquite tenía esa costumbre cruel de convertir la resignación en consejo.

Pero lo que Jacinta no sabía era que más allá de las últimas casas del valle, en la franja seca donde el mesquite empezaba a ceder terreno al desierto abierto, otro destino avanzaba hacia ella sin que ninguno de los dos pudiera imaginarlo. A unas seis leguas del pueblo, cerca de un antiguo pozo abandonado que ya casi nadie usaba, vivía Tasael.

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