Claudia Shainbaum gobierna con una aprobación que ronda el 75% y ha desmantelado en silencio el único instrumento que mantuvo vivo al PRI durante décadas. Eso es lo que muy pocos están contando con claridad y aquí es donde todo cambia. Primero hay que entender la magnitud real del colapso. En 12 años el PRI perdió más del 64% de su voto popular.
Pasó de gobernar 12 estados a controlar apenas dos, Coahuila y Durango. Y seamos precisos, los mantiene no por la fuerza del partido, sino por estructuras casiquiles locales que son en sí mismas reliquias de un pasado que se niega a morir. Más de 600,000 militantes abandonaron el barco en el último ciclo electoral, 600,000. una cifra que por sí sola bastaría para sepultar a cualquier organización política.

¿Cómo se llegó hasta aquí? La respuesta explotó en los audios que sacudieron al país hace unos meses. No eran conversaciones políticas ordinarias, eran la confesión explícita de un modus operandi. En esas grabaciones se escucha a Alito Moreno discutir con una frialdad escalofriante cómo extorsionar a proveedores, cómo triangular dinero para financiar campañas ilegales y quizás lo más grave, cómo amenazar y amedrentar a periodistas que se atrevieran a investigar sus negocios turbios.
Nadie esperaba eso, pero lo más perturbador no fue el contenido de los audios, fue la calma con que habló, la seguridad de quien lleva tanto tiempo haciendo lo mismo que ya no le parece extraordinario. Esas grabaciones no fueron un tropiezo, fueron la radiografía del alma de la actual dirigencia del PRI. mostraron que el partido ya no operaba como una organización política, sino como una estructura que utilizaba una marca electoral para proteger sus propios intereses.
Y si crees que lo peor ya pasó, espera, porque esto apenas empieza. En marzo de 2026, Alito Moreno lanzó su respuesta a todo. Presentó una lista de 50 candidatos para las elecciones intermedias de 2027, bautizada con el nombre de defensores de México. El nombre en sí mismo es una declaración de guerra a la inteligencia. Los analistas lo llaman parasitismo lingüístico, un intento de robarse la retórica del gobierno para disfrazar algo completamente distinto.
Porque si revisas quiénes integran esa lista, el cuadro que emerge no es el defensores de nadie, es el de una guardia pretoriana construida sobre un único criterio, lealtad incondicional a Alito Moreno. Dos nombres son suficientes para entender de qué estamos hablando. Primero, Rubén Moreira, exgobernador de Coahuila.
Durante su mandato, el Estado acumuló una deuda pública tan desproporcionada que las proyecciones indican que los coahuilenses no terminarán de pagarla hasta el año 204, generaciones enteras cargando el costo de un gobierno plagado de acusaciones de corrupción. Ese es uno de los defensores que Alito le presenta a México.
El segundo caso es más doloroso porque tiene nombre y apellido entre sus consecuencias. Manuel Añorbe, exalcalde de Acapulco. Su gestión dejó un agujero financiero de más de 420 millones de pesos, pero lo más grave son los permisos de construcción que otorgó en zonas de alto riesgo, ignorando advertencias de protección civil.
Cuando llegó el huracán, las construcciones que no debieron existir se derrumbaron y costaron vidas. Ese hombre figura en la lista de los defensores de México. Y si te gustan estas historias que revelan lo que casi nadie se atreve a contar, suscríbete porque lo que viene después te va a dejar pensando. Esta lista no es una estrategia electoral, es un búnker de impunidad.
Alito no busca ganar 2027, busca rodear de cómplices leales al Congreso para que una vez instalados usen su voto y su influencia no para legislar, sino para blindar las investigaciones criminales que inevitablemente llegarán. Lo más fuerte vino después, cuando las propias figuras históricas del partido se levantaron.
Francisco Labastida y Manlio Fabio Beltrones salieron públicamente a exigir su renuncia. El partido está secuestrado, dijeron, dividido entre quienes se aferran a Alito para sobrevivir y una mayoría silenciosa o fugitiva que ya no ve futuro alguno. Cuando los arquitectos del viejo régimen acusan a su propio líder de destruir la institución, el diagnóstico está completo.
Pero hay una segunda historia corriendo en paralelo que explica por qué este hundimiento es irreversible. Y aquí aparece la pregunta que nadie quería hacer. ¿Qué pasaría si alguien le quitara al PRI su única razón de existir? El poder del PRI nunca fue ideológico. No se sostuvo en ideas ni en buenos gobiernos. Se sostuvo en el control clientelar de la sociedad.
Intercambiaban favores por votos. Una despensa, un tinaco, un puesto de bajo nivel, la promesa de regularizar un terreno. Todo a cambio de lealtad electoral. Era un sistema de administración de la pobreza que mantenía a la gente en estado de necesidad perpetua y dependencia calculada. Mientras la gente necesitara al PRI para sobrevivir, el PRI sobreviviría.
Claudia Shainbaum ha desactivado ese mecanismo de forma quirúrgica, no con un discurso, con resultados que llegaron directamente al bolsillo de las personas. Las pensiones para adultos mayores, las becas para estudiantes, los apoyos para personas con discapacidad, ya no son un favor del político de turno que exige lealtad a cambio.
Son derechos constitucionales. El dinero llega directamente de la tesorería, sin intermediarios, sin líderes que se quedan con una tajada, sin deudas que cobrar en urnas. Imagina esto. Un operador del PRI llegando a una comunidad con una despensa y encontrando que el adulto mayor ya recibe una pensión digna cada mes, que el joven estudiante ya tiene una beca debe a ningún cacique, el operador no tiene nada que ofrecer porque el gobierno ya llegó antes que él y sin esa moneda de cambio, el PRI no es nada.
Con una aprobación sostenida entre el 72 y el 75,6%, Shainbaum no necesita actuar contra el PRI, solo necesita seguir gobernando. Cada programa social que se consolida es un clavo más en el ataúdelismo priista. La fortaleza de su liderazgo expone por contraste la mezquindad de Alito Moreno.
El éxito de sus políticas sociales demuestra el fracaso del modelo que el PRI representó durante siete décadas y así se forma la espiral. Cada escándalo de alito refuerza la narrativa de que Shane Baum representa el fin de esa vieja clase política corrupta. Cada punto de aprobación que sube la presidenta aumenta la presión sobre la estructura podrida del PRI.
El hundimiento del PRI hace que el gobierno parezca aún más necesario y la fortaleza del gobierno acelera la descomposición del PRI. Es un círculo que no tiene salida para el viejo régimen. Las consecuencias se extienden más allá del PRI. El colapso arrastra a toda la alianza opositora.
El PAN y lo que queda del PRD, al haberse aliado con un partido moribundo y tóxico, quedaron contaminados por asociación. Su incapacidad para construir una alternativa creíble los condena a una irrelevancia que ellos mismos no terminan de reconocer. El sistema tripartidista que con sus matices gobernó la política mexicana durante décadas está terminando.
Lo que se avecina es un mapa político radicalmente distinto, una fuerza gobernante consolidada frente a una oposición fragmentada y en proceso de extinción. Lo que vendrá en los próximos meses es predecible con precisión casi matemática. Alito Moreno, sabiéndose acorralado, redoblará el discurso de victimización.
Persecución política, proceso viciado, ataques a la oposición, el mismo guion de siempre, que ya no convence a nadie precisamente porque se ha repetido demasiado, intentará purgar a los últimos disidentes dentro del partido. Usará los recursos que le quedan, no para ganar elecciones, sino para financiar una guerra mediática en su defensa.
Tiene poco que perder y todo que ganar si logra arrastrar el escándalo hasta convertirlo en ruido. Pero el problema de esa estrategia es que requiere que alguien del otro lado cometa errores y el gobierno de Shainba simplemente no necesita cometerlos. El PRI se enfrenta a un riesgo real y tangible de perder su registro como partido político nacional en 2027.
Si eso ocurre, el partido que durante casi un siglo definió a México pasará a ser una nota a pie de página en los libros de historia. Un diorama de museo, una lección sobre cómo la soberbia, la corrupción y el desprecio por la voluntad popular pueden destruir al más poderoso de los imperios políticos. Esto es lo que está pasando hoy en México.
No es una crisis, es una clausura. La clausura de una era que duró demasiado y que se sostuvo demasiado tiempo sobre las espaldas de quienes menos tenían y lo que la reemplaza no llegó con violencia ni con golpe de estado. Llegó con pensiones, con becas, con una presidenta que tiene 75 puntos de aprobación y un adversario que se destruye solo en la plaza pública.
Cuando un sistema colapsa desde adentro, no hay nada que lo detenga. Y ese sonido que escuchas, ese ruido que no para, es el sonido de una era que termina. Hay un detalle que los grandes medios no están subrayando con suficiente fuerza. La rebelión interna dentro del PRI no es nueva, pero la velocidad con que se está acelerando sí lo es.
Durante meses, los cuadros históricos del partido murmuraban su malestar en privado, calculando los costos de la disidencia pública. Ese cálculo cambió. La Bastida y Beltrones no salieron a hablar por altruismo ni por amor a la institución. Salieron porque ya no había un costo real en hacerlo. El miedo que antes garantizaba la cohesión del partido se evaporó cuando los recursos se agotaron.
Un partido que no puede repartir favores no puede comprar silencio. Y sin silencio comprado, cada figura con algo que decir empieza a decirlo. Eso es lo más revelador de todo este momento político. No es solo que el PRI pierda elecciones, es que ha perdido la capacidad de mantener unida a su propia familia cuando las fracturas internas se hacen públicas con esta crudeza, cuando los fundadores del sistema acusan a su propio líder de destruir la institución, el diagnóstico no deja espacio para la ambigüedad. No hay rehabilitación
posible desde adentro. No hay figura interna capaz de regenerar la credibilidad perdida. El partido que fue el sistema se ha convertido en el símbolo de exactamente aquello contra lo que hoy gobierna México. Y eso más que cualquier cifra electoral es la verdadera medida del cambio.
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