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Mi SUEGRA TÓXICA en Bilbao me acusó de ser ESTÉRIL y pagó a una ACTRIZ para engañar a mi esposo y OBLIGARME a firmar el divorcio

Mi SUEGRA TÓXICA en Bilbao me acusó de ser ESTÉRIL y pagó a una ACTRIZ para engañar a mi esposo y OBLIGARME a firmar el divorcio

Parte 1: El sirimiri, la cuenta del BBVA y la madre que lo parió

Llovía en Bilbao. Qué novedad, ¿verdad? No era una lluvia de esas que te calan hasta los huesos en cinco segundos, no. Era ese sirimiri constante, fino, insidioso, que te va humedeciendo el abrigo, el pelo y, si te descuidas, hasta la paciencia. Estaba sentada en la mesa de la cocina de nuestro piso en el barrio de Indautxu, con una taza de café que ya se había quedado fría, mirando la pantalla del portátil como si los números de la cuenta bancaria fueran a levantarse y bailarme una jota. O un aurresku, dada la ubicación.

Mi marido, Iker, es un pedazo de pan. Un ingeniero estupendo, un hombre guapo, con esa espalda ancha de vasco de pura cepa y una nobleza que a veces raya en la más absoluta inocencia. El problema de Iker no es Iker. El problema de Iker tiene nombre de señora de la alta burguesía bilbaína, abrigo de visón herencia de la abuela y una lengua que podría afilar cuchillos cebolleros: Begoña. Mi suegra. Begoña y yo nunca nos hemos llevado bien. Desde el minuto uno, cuando me presentó en el Club Marítimo y me miró de arriba abajo como si fuera un pintxo de tortilla de patata reseco de anteayer, supe que lo nuestro iba a ser una guerra fría. Pero lo que estaba viendo en la pantalla del ordenador superaba cualquier desplante en Nochebuena.

Era martes por la mañana. Iker había salido temprano hacia el Parque Tecnológico de Zamudio. Yo, que trabajo como diseñadora gráfica freelance, estaba revisando los gastos del mes para hacer la dichosa declaración trimestral del IVA. Entré en nuestra cuenta conjunta, esa que usamos para la hipoteca, los gastos de la casa, la luz, el gas, y las compras del Eroski. Iba haciendo scroll con el ratón, mentalmente maldiciendo lo cara que está la vida, cuando lo vi.

Transferencia: M. Valentina L. – Concepto: Asesoría de Imagen y Coaching Ejecutivo. Importe: 1.500 euros.

Pestañeé. Me froté los ojos. Bebí un sorbo del café frío y casi me atraganto. ¿Mil quinientos pavos? ¿Asesoría de imagen? Iker lleva comprando las mismas camisas de cuadros en Cortefiel desde que tenía veinticinco años. Si le preguntas qué es el “coaching”, te dirá que suena a marca de zapatillas de deporte caras.

—A ver, Amaia, respira —me dije en voz alta, porque en esta casa, si no hablo sola, me vuelvo loca—. Igual es un curso de la empresa.

Pero no encajaba. Si era de la empresa, lo pagaba la empresa. Y lo más raro no era eso. Lo más raro era que, al filtrar por nombre, descubrí que no era el primer pago. Había otro el mes pasado. Y otro el anterior. Cuatro mil quinientos euros en tres meses. Mi corazón empezó a latir a un ritmo que no era normal. La traición tiene una forma muy fea de manifestarse físicamente: primero se te seca la boca, luego te sudan las manos y, por último, sientes que te han dado una patada en la boca del estómago.

Agarré el móvil. Iba a llamar a Iker y montarle un pollo que se iba a escuchar en todo el Nervión. Pero me detuve. Llevamos cinco años casados y tres intentando tener un hijo. Tres años de médicos, de pruebas, de estrés, de “relájate, que si lo piensas mucho no viene”, y, sobre todo, tres años aguantando las indirectas (y directas) de Begoña. “Ay, Amaia, hija, a este paso Iker se va a quedar sin descendencia, con lo que a él le gustan los niños. Igual el problema es que trabajas demasiado frente a esa maquinita. En mis tiempos, las mujeres éramos más… fértiles”. Fértiles. La madre que la parió.

Decidí no llamar. Si le preguntaba de frente, a lo mejor me mentía. Necesitaba saber quién demonios era M. Valentina L. Abrí otra pestaña y me convertí en lo que todas nos convertimos cuando nos tocan las narices: una investigadora del CNI.

Tecleé el nombre en Google. Nada concreto, solo perfiles privados. Probé en LinkedIn. “Valentina López. Actriz, modelo y Relaciones Públicas. Creadora de experiencias para eventos corporativos”. Había una foto. Una chica espectacular. Melena castaña perfectamente ondulada, sonrisa de anuncio de dentífrico, traje de chaqueta rojo, escote insinuante pero “profesional”, y unos ojos verdes que te vendían un aspirador o te arruinaban el matrimonio, según tocara.

Sentí una punzada de dolor. Iker me estaba engañando. Y lo estaba pagando con la cuenta conjunta. Era el colmo de la humillación, la chapuza ibérica llevada al extremo.

Pero entonces, algo hizo clic en mi cabeza. Volví a la aplicación del banco. Hice clic en el detalle del primer pago, buscando el IBAN o algún dato más. Y ahí estaba. El origen de la orden de transferencia no era la tarjeta de Iker. Era una orden programada, originada desde una subcuenta. Una subcuenta que Begoña había abierto años atrás “para ayudar a los chicos con la entrada del piso” y que seguía vinculada a nuestra cuenta matriz por alguna pesadilla burocrática del banco.

No era Iker quien pagaba a la actriz. ¡Era Begoña!

Me recosté en la silla, sintiendo que la cocina daba vueltas. Mi suegra, la distinguida Begoña de Bilbao, la que iba a misa de doce a la Basílica de Begoña todos los domingos, estaba financiando a una actriz despampanante para… ¿Para qué? ¿Para seducir a mi marido?

Me levanté de un salto. Caminé hasta el baño para echarme agua en la cara. Al encender la luz y mirarme en el espejo, vi mis ojeras, mi pelo recogido en un moño desastroso. Bajé la vista hacia el lavabo. Allí, apoyada junto al vaso de los cepillos de dientes, había una cajita blanca y rosa. Un test de embarazo. Llevaba una semana de retraso, pero con todo el estrés, había pensado que era lo normal.

Lo abrí con manos temblorosas. Fui al baño, hice lo que tenía que hacer, y lo dejé sobre la repisa. Dos minutos. Solo tenía que esperar dos minutos.

Mientras el cronómetro del móvil avanzaba, mi cerebro iba a mil por hora. Begoña me odiaba porque creía que yo era estéril. “Una rama seca en el árbol genealógico de los Echevarría”, la escuché murmurar una vez hablando por teléfono con su hermana. Así que su plan maestro, digno de una telenovela barata, era contratar a una mujer guapísima, plantársela a Iker en sus cenas de empresa, hacer que él cayera en la trampa y usar eso para destruir nuestro matrimonio. Quería obligarme a firmar el divorcio alegando infidelidad, o vete a saber qué chantaje emocional tenía preparado para su propio hijo.

Sonó la alarma del móvil. Bajé la vista hacia el plástico blanco.

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