Posted in

El PEOR ENGAÑO en Barcelona: Mi suegra MINTIÓ sobre mi salud y metió a una FALSA AMIGA en mi casa para ROBARME al esposo

El PEOR ENGAÑO en Barcelona: Mi suegra MINTIÓ sobre mi salud y metió a una FALSA AMIGA en mi casa para ROBARME al esposo

Parte 1: El desembarco de Normandía en L’Eixample

Dicen que en Barcelona, si consigues un piso con balcón en el Eixample, luz natural y baldosas hidráulicas originales, ya has triunfado en la vida. Lo que no te especifican en la letra pequeña del contrato de alquiler es que, a veces, el éxito inmobiliario viene con una cláusula oculta: una suegra con vocación de directora de casting, el tiempo libre de un jubilado hiperactivo y la moralidad de un villano de telenovela turca.

Mi nombre es Clara, tengo treinta y cuatro años, trabajo en una agencia de publicidad en Poblenou y, hasta hace un mes, creía tener un matrimonio razonablemente normal con Marc. Marc es un buen tío. Es arquitecto, hace un alioli de chuparse los dedos y tiene la capacidad de atención de un pez dorado cuando hay fútbol en la tele. Sin embargo, su mayor defecto, su verdadero talón de Aquiles, es que es hijo único. Y no cualquier hijo único: es el niño de los ojos de Doña Montserrat.

Montserrat es una señora del barrio de Sarrià que considera que cualquier cosa al sur de la Diagonal es territorio comanche. Lleva el pelo lacado a prueba de huracanes, huele permanentemente a laca Elnett y a perfume de Loewe, y me odia desde el exacto milisegundo en que le dije, en nuestra primera cena de Navidad, que yo no pensaba dejar de trabajar para “dedicarme a formar un hogar”. Desde aquel día, su misión en la vida ha sido librar a su retoño de mis garras feministas y modernas.

Todo empezó un martes de noviembre. Había llovido, el tráfico en la Gran Vía estaba imposible y yo llegué a casa con ganas de tirarme en el sofá, abrir una botella de Ribera del Duero y no hablar con ningún ser humano hasta el día siguiente. Pero al abrir la puerta de mi casa, me golpeó un olor inconfundible a cocido. Y no un cocido cualquiera. El cocido de Montserrat.

En el recibidor, junto a mi abrigo de Zara, colgaba un abrigo de paño rancio que no reconocí. Y en el salón, sentadas en mi sofá de terciopelo verde que me costó meses pagar, estaban mi suegra y una chica joven. La chica tendría unos veinticinco años, llevaba una trenza ladeada, un jersey de punto grueso que picaba con solo mirarlo y una falda por debajo de la rodilla. Tenía unos ojos enormes y una actitud de gacela asustada en medio de la autopista.

—¡Hombre, la trabajadora del mes! —exclamó Montserrat al verme, con esa sonrisa que no le llega a los ojos y que esconde dagas envenenadas—. Pasa, pasa, que estás en tu casa. Aunque, hija, tienes una cara de agotada que espanta. Estás macilenta. Tienes ojeras hasta el suelo. Tú no estás bien de salud, Clara, hazme caso, que yo de esto entiendo.

—Buenas tardes, Montse —suspiré, dejando las llaves en la consola de la entrada y acercándome al salón—. Qué sorpresa. No sabíamos que venías. Marc no me ha dicho nada.

—Marc no sabía nada, ha sido una sorpresa —respondió ella, levantándose para darme dos besos al aire, sin rozarme, haciendo el ruido con la boca—. He venido a traeros a Purita. Bueno, a Lidia. Es que su madre, la Pura, era muy amiga mía de cuando veraneábamos en el pueblo, en la montaña. La pobre chica viene a Barcelona a buscar trabajo, a abrirse camino en la gran ciudad, y le he dicho: “¡Ni hablar de irte a una pensión de mala muerte! Te quedas en casa de mi Marc, que tienen una habitación de invitados muerta de asisa y Clara casi nunca está porque siempre está trabajando en sus cosas de… bueno, lo que sea que haces en el ordenador”.

Me quedé petrificada. Miré a la tal Lidia. La chica se levantó, cruzó las manos por delante y me dedicó una sonrisa tímida, casi temblorosa.

—Encantada, señora Clara. Muchísimas gracias por acogerme. Prometo que no seré una molestia. Sé cocinar, planchar, coser, y no hago ruido. Pareceré un mueble más, se lo juro.

—¿Señora Clara? —repetí, sintiendo que me daban pinchazos en la sien—. Lidia, por favor, tengo treinta y cuatro años, no me llames señora. Y… a ver, Montse, esto es un poco precipitado, ¿no? La habitación de invitados ahora mismo es mi despacho, tengo el ordenador, los papeles de la agencia…

—¡Tonterías! —le cortó mi suegra, agitando una mano cuajada de anillos de oro—. El ordenador te lo llevas a la mesa del comedor, que es enorme y no la usáis para nada porque cenáis en el sofá viendo las series esas de crímenes que os gustan. Lidia se quedará aquí el tiempo que haga falta. Una o dos semanitas. Un mes a lo sumo. Además, mírala, es un ángel. Te va a venir muy bien, Clara. Últimamente te veo tan… desmejorada. Seca. Tú por dentro no estás funcionando bien, hija, las mujeres cuando nos pasamos de estrés se nos secan los órganos vitales. No me extraña que todavía no me hayáis dado un nieto. Con ese ritmo de vida, tu útero debe ser un páramo.

—Montse, por favor —dije, sintiendo que la sangre me hervía—. No hables de mi útero en medio del salón delante de una desconocida.

En ese momento, se escuchó la llave en la cerradura. Era Marc. Entró quitándose la bufanda, con la cara roja por el frío y una sonrisa que se le congeló en el rostro en cuanto vio la escena: su madre erguida como una generala, una chica vestida como en “Cuéntame cómo pasó” y su mujer con la vena del cuello a punto de estallar.

—Hola, cariño… Hola, mamá. Eh… ¿qué pasa aquí? —preguntó, soltando el maletín despacio, como si estuviera desactivando una bomba.

Montserrat corrió a abrazar a su hijo.

—¡Mi niño! Ay, qué delgado te veo, seguro que no estás comiendo caliente. Suerte que Lidia te ha hecho un cocido que resucita a un muerto. Mira, Marc, ella es Lidia, la hija de la Pura. Se va a quedar unos días con vosotros.

Marc me miró a mí, buscando auxilio, o permiso, o que yo sacara un lanzallamas y terminara con aquello. Pero antes de que él pudiera articular palabra, Lidia se acercó con pasos cortos y modositos.

Read More