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Lo Que Ronaldinho Hacía de Noche en el Hospital Mientras Todos PensabanQue Estaba de Fiesta

El estadio no era un estadio esa tarde. Era un lugar donde el tiempo decidió detenerse. Ronaldinho llevaba 20 minutos en el calentamiento cuando sus pies dejaron de moverse. No fue un espasmo muscular, no fue una lesión, fue algo que ningún preparador físico sabe cómo clasificar en ningún manual del mundo.

 se quedó completamente inmóvil en el centro del campo de entrenamiento del Camp, con los ojos fijos en la tribuna lateral, mientras el balón que le habían lanzado rodaba solo hasta detenerse en la hierba mojada de octubre. El asistente técnico alzó la voz. Ronaldinho no respondió. El preparador físico se acercó trotando.

Ronaldinho no se movió y entonces, ante la mirada atónita de sus compañeros, de los sutileros, de los periodistas acreditados que observaban desde la valla, Ronaldinho comenzó a caminar no hacia el balón, no hacia el banquillo, sino hacia las gradas. Y lo que ocurrió después nadie lo publicó esa tarde.

 Ningún diario, ninguna cámara. Pero quienes estaban allí dicen que fue el momento más humano que han visto en un campo de fútbol en toda su vida. ¿Cómo llegó el mejor jugador del mundo a ese instante? Para entenderlo, hay que retroceder 48 horas y hay que conocer a Mateo. Mateo Casals tenía 8 años y una sonrisa que sus padres describían como demasiado grande para su cuerpo.

 Era de Curnellá de Ylobregat, un barrio obrero a pocos kilómetros del Camp, donde los domingos solían a café con leche y a transmisiones de radio del Barça. Mateo no podía correr. Desde los 6 años, una enfermedad que los médicos pronunciaban en sílabas largas y frías le había ido robando la movilidad. Primero despacio, luego de manera implacable, sin negociación posible.

Los últimos informes del oncólogo pediátrico del Hospital Valde Brón habían sido directos con esa crueldad singular que solo la medicina ejerce cuando ya no queda margen. A Mateo le quedaban entre dos y 4 meses. Su padre Yordi Casals, albañil y seguidor del Barça desde antes de que su propia memoria pudiera registrar cuando había empezado.

 Llevaba meses guardando un sobre con dinero en el cajón de la mesita de noche. para un partido, para el entrenamiento abierto al público que el club organizaba una vez al mes, cuando las puertas del Camp No se abrían a los aficionados y los jugadores entrenaban a la vista de todos, porque Mateo no tenía fuerzas para aguantar 90 minutos, pero sí tenía fuerzas para ver, aunque fuera 10 minutos, a Ronaldinho, no a Messi, no a Puyol, no a Sabi, a Ronaldinho.

Jordi no entendía del todo por qué hasta que una noche, mientras le leía un cuento antes de dormir, Mateo le interrumpió a mitad de frase, “A los que les duele mucho por dentro les hace bien ver a alguien que sonríe de verdad. Ronaldinho sonríe de verdad, papá. No como los otros.” Jordi no supo que responder.

Se quedó callado con el libro abierto sobre las rodillas, sintiendo algo en el pecho que no era exactamente tristeza y que tampoco era exactamente orgullo, sino una mezcla de los dos que no tienen nombre en ningún idioma. La mañana del entrenamiento, el Hospital Valde Bron llamó para adelantar una consulta.

La esposa de Jordi, Elena, tomó la decisión sin deliberar. Primero el Camp no, luego el hospital. Mateo lo había pedido demasiadas veces. El médico podía esperar una tarde más. Llegaron con 2 horas de antelación. Un utilero llamado Ferrán, contactado a través de un amigo de un amigo, les había reservado tres asientos en la tribuna lateral baja, cerca de la zona de calentamiento, sin preguntar demasiado cuando Jordi le explicó la situación.

Hay personas que no necesitan más explicación que la que aparece en los ojos de un padre que está haciendo lo último que puede hacer. Mateo llegó en silla de ruedas con una bufanda azul grrana cubriéndole el cuello y una camiseta del número 10 que le quedaba dos tallas grande, como si el cuerpo que había dentro todavía estuviera creciendo hacia algo que ya no iba a poder alcanzar.

Cuando comenzó el entrenamiento, Mateo no habló, solo miraba con esa concentración total que tienen los niños cuando saben que no van a volver a ver algo. Ronaldinho, que en aquellos días de 2007 cargaba con el peso de unas expectativas que habían comenzado a convertirse en su contrario, que llegaba tarde a los entrenamientos con una frecuencia que era ya tema de conversación en los despachos del club, que sonreía ante las cámaras con la misma automaticidad con que se ponía auriculares para no escuchar lo que se

decía de él en los pasillos. entró al campo con esa ligereza aparente que solo quienes le conocían de cerca sabían reconocer como lo contrario de lo que parecía. Suscríbete ahora y deja un comentario, porque lo que está a punto de ocurrir en este entrenamiento es lo que ningún periodista publicó esa tarde y es la razón por la que todavía hoy hay personas que lloran cuando escuchan el nombre de Ronaldinho, no por los goles, sino por lo que había detrás de ellos.

Ronaldinho dejó de moverse, incluso el preparador físico se quedó sin palabras. Durante los primeros 20 minutos, el entrenamiento transcurrió con normalidad. Randows, conducciones, disparos a puerta. Ronaldinho ejecutaba las rutinas con esa desgana majestuosa que tenía, esa manera de hacer que el esfuerzo parezca innecesario.

Pero en una pausa entre ejercicios, mientras el preparador revisaba su tableta y los compañeros se hidrataban, Ronaldinho levantó la vista hacia la tribuna lateral. No fue una mirada casual, fue el tipo de mirada que se produce cuando algo dentro de ti reconoce algo que los ojos todavía no han terminado de procesar.

Vio la silla de ruedas, vio la camiseta con su número y vio la cara de Mateo. Nadie más en el campo notó nada. Ronaldinho no dijo nada. Siguió el entrenamiento. Ejecutó el siguiente ejercicio con la misma calidad de siempre, pero algo en la arquitectura invisible de ese momento ya había cambiado de forma irreversible.

Lo que ocurrió 10 minutos después, nadie en ese campo lo vio venir porque Ronaldinho no se detuvo de forma dramática. No hubo un gesto teatral ni una declaración. Simplemente en el momento en que el preparador físico pedía silencio para explicar el siguiente bloque, Ronaldinho se agachó despacio, desató cordones de sus botas y se las quitó las dos.

 Con calma las dejó en la hierba. una junto a la otra, con la pulcritud de alguien que está dejando algo valioso en un lugar seguro porque sabe que va a volver por ello. Y caminó descalo, pisando la hierba fría y húmeda de octubre hacia la valla que separaba el campo de las gradas. Entre bastidores, Ronaldinho había tomado una decisión que ningún técnico del mundo podría justificar en ninguna reunión de análisis.

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