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EL MILLONARIO DESCUBRIÓ QUE SU LIMPIADORA ERA SU EXESPOSA EMBARAZADA — Y NO PUDO IGNORAR SUS SENTIMIENTOS

A su lado, Valeria Montes, la prometida perfecta que Catalina había elegido para su hijo, sonrió como si ya fuera dueña de todo: de la mansión, del apellido, del dinero y del hombre.

Alejandro, sin embargo, no levantó su copa. Tenía los ojos fijos en la mujer que acababa de entrar por la puerta lateral del comedor con una bandeja temblando entre las manos. Vestía uniforme gris de servicio, llevaba el cabello recogido bajo una cofia sencilla y caminaba con la cabeza baja, como quien no quiere ser visto.

Pero Alejandro la vio.

Y el mundo entero se le detuvo.

La bandeja cayó al suelo con un estruendo de porcelana rota cuando la mujer levantó el rostro.

—Isabel… —susurró él.

Nadie respiró.

La limpiadora retrocedió un paso. Su mano se fue instintivamente al vientre, un vientre redondo, evidente, imposible de ocultar.

Estaba embarazada.

La exesposa de Alejandro Vargas, la mujer que todos en aquella casa habían enterrado en rumores, desprecio y silencio, estaba allí, trabajando como empleada doméstica en la mansión donde una vez había sido señora.

Catalina palideció, pero solo por un segundo. Luego apretó la copa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—Tú no deberías estar aquí —dijo con voz baja, helada.

Valeria dejó escapar una risa nerviosa.

—¿Esta es… ella? ¿La mujer que robó dinero de la empresa y abandonó a tu hijo?

Alejandro giró lentamente hacia su prometida.

—Yo nunca tuve un hijo.

Entonces Isabel levantó los ojos llenos de lágrimas.

—Sí lo tuviste —dijo, con una voz rota que atravesó la habitación—. Solo que tu familia se encargó de que nunca lo supieras.

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