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SI BAILAS EL VALS, YO LIMPIO EL SALÓN — RIÓ EL MILLONARIO, PERO LA EMPLEADA BRILLÓ COMO UNA ESTRELLA

—Apúrate, Clara —le susurró Sabrina Montes, la prometida de Alejandro, sin mover apenas los labios para no arruinar su sonrisa perfecta—. Si una copa queda sucia, te juro que mañana no vuelves a pisar esta casa.

Clara bajó la cabeza.

Estaba acostumbrada a las órdenes, a las miradas por encima del hombro y a los comentarios crueles que se hacían creyendo que ella no entendía. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche estaba allí el señor Esteban Carranza, el patriarca enfermo, sentado en su silla de ruedas junto a la gran escalera, observándolo todo con los ojos hundidos y tristes. Y junto a él estaba Mateo, el hijo de Alejandro, un niño de ocho años que apenas hablaba desde la muerte de su madre.

Mateo buscó a Clara con la mirada.

Ella le sonrió apenas, como quien promete en silencio que todo estará bien.

Pero nada iba a estar bien.

La gala se había organizado para celebrar el aniversario de la Fundación Carranza, creada treinta años atrás por la difunta esposa de Esteban, una mujer que había amado la música, la danza y a los niños pobres que soñaban con estudiar arte. Sin embargo, aquella noche no era una celebración. Era una máscara. Alejandro planeaba anunciar la venta del antiguo teatro de la fundación para construir un hotel de lujo. Su hermana menor, Verónica, lo había descubierto horas antes y había amenazado con revelar ante todos que su hermano estaba destruyendo el último sueño de su madre.

—No te atrevas —le dijo Alejandro, sujetándola del brazo detrás de una columna—. Esta familia necesita dinero líquido. Tú no sabes nada de negocios.

—Lo que tú llamas negocio, mamá lo llamaría profanación —respondió Verónica, con lágrimas de rabia.

Clara escuchó aquella discusión mientras recogía una bandeja caída. También escuchó algo peor: Sabrina había convencido a Alejandro de adelantar la boda para controlar las acciones familiares antes de que Esteban muriera.

Entonces ocurrió el desastre.

La bailarina principal contratada para abrir el vals benéfico desapareció. El maestro de ceremonias entró en pánico. Sabrina, furiosa, miró alrededor buscando a alguien a quien culpar. Sus ojos se clavaron en Clara.

—Fue ella —dijo en voz alta—. La vi cerca del camerino.

El salón se quedó quieto.

Clara levantó la vista, pálida.

—Yo no hice nada, señora.

Sabrina sonrió con veneno.

—Claro que no. Las empleadas nunca hacen nada… excepto arruinarlo todo.

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