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El Rellano de la Sentencia

Parte 1: El Rellano de la Sentencia

Paco se quedó parado frente a la puerta de su casa, con la llave a medio camino de la cerradura, como quien sostiene un detonador que no está muy seguro de querer pulsar. Eran las nueve y cuarto de la noche en un barrio cualquiera de Madrid, de esos donde el silencio no existe porque siempre hay un vecino arrastrando una silla o un perro ladrando a una mota de polvo. El pasillo del rellano olía a lo de siempre: una mezcla de ambientador de pino barato de la señora Angustias y el guiso de lentejas del tercero B que se negaba a abandonar el edificio.

Paco respiró hondo. Intentó recomponerse la chaqueta de pana, esa que Montse le había regalado por su último cumpleaños y que a él le hacía sentir como un catedrático jubilado antes de tiempo. Se pasó la mano por el pelo, o por lo que quedaba de él, intentando aplacar un mechón rebelde que parecía tener vida propia. Le sudaban las manos. Y no era por el calor, que también, porque en Madrid en mayo ya empieza ese bochorno que te pega la camisa a la espalda como si fuera una segunda piel, sino por el cargamento invisible que traía encima.

No era un cargamento de drogas, ni de lingotes de oro. Era algo mucho más volátil y peligroso: un aroma.

Un perfume. Pero no el suyo. Ni el de Montse, que olía invariablemente a una mezcla de suavizante “Flor Azul” y una colonia de farmacia que ella llamaba “fresca” pero que a Paco le recordaba a los hospitales. No. Paco apestaba a algo que gritaba “duty free” de aeropuerto de lujo, a una mezcla de jazmín, sándalo y algo pecaminoso que no pintaba nada en un autobús de la EMT de la línea 27 a las ocho de la tarde.

— Vamos, Paco, sé natural —se susurró a sí mismo, como si ser natural fuera una asignatura que pudiera aprobar por los pelos después de años de suspenderla—. Eres un ciudadano ejemplar. Has trabajado ocho horas. Has aguantado al jefe. Eres una víctima del sistema de transporte público.

Giró la llave. El “clac” de la cerradura sonó en sus oídos como el disparo de salida de una carrera de obstáculos. Empujó la puerta con la lentitud de quien entra en una iglesia en mitad de un funeral.

El recibidor estaba en penumbra, solo iluminado por el resplandor azulado que venía del salón, donde la televisión escupía las noticias del día con ese tono catastrofista que tanto le gustaba a Montse para indignarse antes de cenar. Paco dejó las llaves en el platito de cerámica —un souvenir de Benidorm del 94 que ya tenía más grietas que el Gran Cañón— y soltó un suspiro ensayado, uno de esos que dicen “estoy agotado de levantar el país”.

— ¿Eres tú, Paco? —la voz de Montse llegó desde el salón, afilada como un cuchillo jamonero recién pasado por la piedra.

— ¿Quién va a ser, mujer? ¿El Rey buscando dónde pasar la noche? —intentó bromear él, con una risa nerviosa que sonó más bien como el hipo de un hámster.

Caminó hacia el salón, tratando de mantener una distancia de seguridad prudencial, algo así como dos metros de radio, lo suficiente para que el aire no transportara las partículas de su perdición hacia las fosas nasales de su esposa, que tenían la capacidad olfativa de un sabueso de la Guardia Civil en la frontera de Algeciras.

Montse estaba sentada en el sofá, con el mando a distancia en una mano y una revista de decoración en la otra, aunque Paco sabía perfectamente que no estaba leyendo. Montse no leía revistas, las escaneaba en busca de fallos en las vidas de los famosos. Se dio la vuelta lentamente, bajando las gafas de lectura hasta la punta de la nariz. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatos como si esperara ver rastros de sangre.

— Llegas tarde —sentenció ella.

— Ya sabes cómo está la Castellana a estas horas, Montse. Un caos. Una jungla. Si Darwin levantara la cabeza, no escribiría sobre los pinzones, escribiría sobre los conductores del carril bus. He tardado media hora solo en salir de Nuevos Ministerios.

Paco se acercó un poco más, cometiendo el error táctico de dejar su maletín en la mesa del comedor. En ese momento, una corriente de aire, traicionera y juguetona, decidió que era el momento perfecto para viajar desde su cuello directamente hacia el rostro de Montse.

Vio cómo las aletas de la nariz de su mujer se dilataban. Fue un movimiento casi imperceptible, pero para Paco, que llevaba veinte años casado con ella, fue como ver el periscopio de un submarino emergiendo antes del ataque. Montse cerró los ojos un segundo, aspirando el aire con una profundidad que habría envidiado un apneísta olímpico. Luego, volvió a abrirlos. El azul de sus ojos parecía haber subido dos tonos de intensidad.

— Paco —dijo ella, con una calma que daba más miedo que un nublado en plenas vacaciones—. Acércate.

— ¿Qué pasa? Si es por el pan, se me ha olvidado, pero bajo ahora mismo a la gasolinera y…

— Que te acerques, te digo.

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