Posted in

El silencio antes de la tormentaaa

PARTE 1: El silencio antes de la tormenta

Eran las nueve y media de una mañana de sábado que prometía ser el epítome de la paz doméstica. En Madrid, cuando el sol de mayo empieza a calentar pero aún permite respirar, el barrio de Chamberí se sume en un letargo de cafés con leche y periódicos de papel que Lola saboreaba como si fueran tesoros prohibidos. Ella estaba allí, en su cocina minimalista —su “templo de la cordura”, como solía llamarlo—, observando cómo el vapor de su cafetera italiana ascendía en una espiral perfecta. Javi aún roncaba ligeramente en la habitación, ese sonido rítmico que a veces le irritaba pero que hoy, en la soledad del salón, le parecía el hilo musical de una vida bajo control.

Lola se consideraba una mujer de orden. Todo en su piso tenía un porqué: los libros de diseño ordenados por colores, la planta Monstera que recibía exactamente la cantidad de agua necesaria y ese vacío bendito de una casa donde no hay gritos, ni reproches, ni olor a fritanga a deshoras. Se llevó la taza a los labios, cerró los ojos y, justo cuando el primer sorbo de cafeína iba a tocar su alma, el timbre sonó.

No fue un timbrazo cualquiera. No fue el toque breve del mensajero de Amazon ni el doble pulso educado del vecino que viene a pedir un poco de perejil. Fue un toque largo, autoritario, de esos que se clavan en el tímpano y anuncian que quien está al otro lado no tiene intención de moverse en los próximos cincuenta años. Un toque con “propietariedad”.

Lola se quedó congelada, con la taza a medio camino. Dejó el café sobre la encimera de cuarzo gris —que tanto le había costado pagar— y caminó hacia la puerta con una premonición que le recorrió la columna como un escalofrío en la sierra de Guadarrama. Miró por la mirilla. Lo que vio le hizo querer convertirse en humo y filtrarse por el extractor de la cocina.

Al otro lado, recortada contra la luz del descansillo, estaba Doña Remedios. Su suegra.

Reme no venía sola. A su lado, como un ejército de mercenarios listos para el asedio, descansaban dos maletas rígidas de tamaño transatlántico, una bolsa de tela de esas que parecen contener la compra de todo un mes y un bolso de mano que colgaba de su brazo con la firmeza de un escudo de guerra. Reme iba impecable: su pelo cardado a prueba de huracanes, su chaqueta de punto rosa chicle y esa sonrisa que, en el código secreto de las suegras españolas, significa: “Preparaos, que he llegado para salvaros de vosotros mismos”.

Lola abrió la puerta, porque no abrirla habría supuesto una crisis diplomática de escala internacional que Javi no sabría gestionar.

—¡Reme! Pero… ¿qué haces aquí? —logró decir Lola, forzando una sonrisa que le tiraba de los músculos de la cara.

—¡Sorpresa, hija, sorpresa! —exclamó Reme, entrando en el recibidor sin esperar invitación, arrastrando la primera maleta que, por el sonido, debía de ir cargada de lingotes de oro o de botes de conservas caseras—. Que he pensado que por teléfono no se os nota bien, y me he dicho: “Reme, coge el AVE y vete a ver cómo están esos niños, que seguro que no comen más que guarrerías de esas que vienen en cajas”.

Lola vio cómo la punta de la maleta golpeaba el rodapié de madera blanca recién pintado. Sintió un pinchazo en el hígado.

—Pero no nos habías dicho nada, Reme. Javi está durmiendo todavía y yo… yo tenía mil cosas que hacer hoy —mintió Lola, desesperada—. He quedado para… para un taller de macramé. Muy largo. De todo el día.

Reme la miró de arriba abajo, deteniéndose en el pijama de seda de Lola, que para su suegra probablemente parecía lencería de cabaret o, peor aún, ropa de alguien que no ha dado un palo al agua en su vida.

—¿Macramé? ¿Y eso para qué sirve? ¿Se come? —soltó Reme mientras dejaba el bolso sobre la mesa del comedor, justo encima de un libro de fotografía de helio-grabado que costaba tres cifras—. Déjate de tonterías, Lola. He venido a cuidaros. He visto fotos de Javi en Facebook y tiene unas ojeras que le llegan a los tobillos. Ese chico no descansa. Y tú… tú estás muy flaca, hija. Te falta un buen plato de cuchara, de esos que asientan el cuerpo.

Lola respiró hondo, contando hasta diez en varios idiomas. El olor de Reme —una mezcla entre laca Nelly, colonia de nenuco y algo que recordaba vagamente a chorizos al infierno— empezó a colonizar el aire purificado de su salón.

—¿Y cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó Lola, intentando que su voz no sonara a súplica.

Reme se quitó la chaqueta con parsimonia, como quien toma posesión de un territorio conquistado. Miró alrededor con ojos de inspectora de sanidad, fijándose en la falta de cortinas tupidas (“aquí os ven todos los vecinos, qué poca decencia”) y en la cafetera moderna que no entendía.

—Vine a quedarme unos días —respondió Reme, soltando la frase como quien lanza una granada de humo.

Read More