Eran las nueve y media de una mañana de sábado que prometía ser el epítome de la paz doméstica. En Madrid, cuando el sol de mayo empieza a calentar pero aún permite respirar, el barrio de Chamberí se sume en un letargo de cafés con leche y periódicos de papel que Lola saboreaba como si fueran tesoros prohibidos. Ella estaba allí, en su cocina minimalista —su “templo de la cordura”, como solía llamarlo—, observando cómo el vapor de su cafetera italiana ascendía en una espiral perfecta. Javi aún roncaba ligeramente en la habitación, ese sonido rítmico que a veces le irritaba pero que hoy, en la soledad del salón, le parecía el hilo musical de una vida bajo control.
Lola se consideraba una mujer de orden. Todo en su piso tenía un porqué: los libros de diseño ordenados por colores, la planta Monstera que recibía exactamente la cantidad de agua necesaria y ese vacío bendito de una casa donde no hay gritos, ni reproches, ni olor a fritanga a deshoras. Se llevó la taza a los labios, cerró los ojos y, justo cuando el primer sorbo de cafeína iba a tocar su alma, el timbre sonó.
No fue un timbrazo cualquiera. No fue el toque breve del mensajero de Amazon ni el doble pulso educado del vecino que viene a pedir un poco de perejil. Fue un toque largo, autoritario, de esos que se clavan en el tímpano y anuncian que quien está al otro lado no tiene intención de moverse en los próximos cincuenta años. Un toque con “propietariedad”.
Lola se quedó congelada, con la taza a medio camino. Dejó el café sobre la encimera de cuarzo gris —que tanto le había costado pagar— y caminó hacia la puerta con una premonición que le recorrió la columna como un escalofrío en la sierra de Guadarrama. Miró por la mirilla. Lo que vio le hizo querer convertirse en humo y filtrarse por el extractor de la cocina.
Al otro lado, recortada contra la luz del descansillo, estaba Doña Remedios. Su suegra.
Reme no venía sola. A su lado, como un ejército de mercenarios listos para el asedio, descansaban dos maletas rígidas de tamaño transatlántico, una bolsa de tela de esas que parecen contener la compra de todo un mes y un bolso de mano que colgaba de su brazo con la firmeza de un escudo de guerra. Reme iba impecable: su pelo cardado a prueba de huracanes, su chaqueta de punto rosa chicle y esa sonrisa que, en el código secreto de las suegras españolas, significa: “Preparaos, que he llegado para salvaros de vosotros mismos”.
Lola abrió la puerta, porque no abrirla habría supuesto una crisis diplomática de escala internacional que Javi no sabría gestionar.
—¡Reme! Pero… ¿qué haces aquí? —logró decir Lola, forzando una sonrisa que le tiraba de los músculos de la cara.
—¡Sorpresa, hija, sorpresa! —exclamó Reme, entrando en el recibidor sin esperar invitación, arrastrando la primera maleta que, por el sonido, debía de ir cargada de lingotes de oro o de botes de conservas caseras—. Que he pensado que por teléfono no se os nota bien, y me he dicho: “Reme, coge el AVE y vete a ver cómo están esos niños, que seguro que no comen más que guarrerías de esas que vienen en cajas”.
Lola vio cómo la punta de la maleta golpeaba el rodapié de madera blanca recién pintado. Sintió un pinchazo en el hígado.
—Pero no nos habías dicho nada, Reme. Javi está durmiendo todavía y yo… yo tenía mil cosas que hacer hoy —mintió Lola, desesperada—. He quedado para… para un taller de macramé. Muy largo. De todo el día.
Reme la miró de arriba abajo, deteniéndose en el pijama de seda de Lola, que para su suegra probablemente parecía lencería de cabaret o, peor aún, ropa de alguien que no ha dado un palo al agua en su vida.
—¿Macramé? ¿Y eso para qué sirve? ¿Se come? —soltó Reme mientras dejaba el bolso sobre la mesa del comedor, justo encima de un libro de fotografía de helio-grabado que costaba tres cifras—. Déjate de tonterías, Lola. He venido a cuidaros. He visto fotos de Javi en Facebook y tiene unas ojeras que le llegan a los tobillos. Ese chico no descansa. Y tú… tú estás muy flaca, hija. Te falta un buen plato de cuchara, de esos que asientan el cuerpo.
Lola respiró hondo, contando hasta diez en varios idiomas. El olor de Reme —una mezcla entre laca Nelly, colonia de nenuco y algo que recordaba vagamente a chorizos al infierno— empezó a colonizar el aire purificado de su salón.
—¿Y cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó Lola, intentando que su voz no sonara a súplica.
Reme se quitó la chaqueta con parsimonia, como quien toma posesión de un territorio conquistado. Miró alrededor con ojos de inspectora de sanidad, fijándose en la falta de cortinas tupidas (“aquí os ven todos los vecinos, qué poca decencia”) y en la cafetera moderna que no entendía.
—Vine a quedarme unos días —respondió Reme, soltando la frase como quien lanza una granada de humo.
Lola se apoyó en el marco de la puerta de la cocina. El pánico empezaba a transformarse en una ironía ácida, la única defensa que le quedaba.
—¿Cuántos, Reme? ¿Cuántos días exactamente? —insistió Lola, cruzando los brazos.
La suegra se paseó por el salón, pasando un dedo inquisidor por el estante de la televisión. Lo miró con decepción, como si hubiera encontrado un nido de cucarachas en lugar de una mota de polvo invisible para el ojo humano.
—Hasta que esta casa funcione bien —sentenció Reme con una solemnidad casi religiosa.
Lola sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Reme, que ya estaba abriendo la bolsa de tela para sacar un táper de tres pisos envuelto en papel de aluminio, y luego miró hacia la puerta, que aún seguía entornada. El destino le acababa de servir el chiste en bandeja de plata.
—Entonces ya puede empacar —dijo Lola, con una calma repentina que le asustó incluso a ella misma.
Reme se detuvo en seco, con el táper en la mano como si fuera una ofrenda sagrada. Frunció el ceño, sus cejas perfectamente perfiladas subiendo hasta casi tocar el cardado.
—¿Cómo que empacar? ¿Pero qué dices, criatura? Si acabo de llegar. ¿Por qué me dices eso?
Lola sonrió. No era una sonrisa de felicidad, sino esa sonrisa de victoria pírrica del que sabe que ha perdido la guerra pero ha ganado la mejor batalla dialéctica de su vida. Dio un paso hacia su suegra y señaló con un gesto elegante de la mano la figura de la mujer, sus maletas, y el caos incipiente que ya reinaba en su perfecto recibidor.
—¿Por qué? —repitió Lola, ensanchando la sonrisa—. Porque el problema acaba de entrar por la puerta.
Reme se quedó con la boca abierta, procesando la información, mientras Lola se daba la vuelta para ir a despertar a Javi. Sabía que la paz había durado poco, pero al menos se iba a dar el gusto de que la primera batalla fuera suya.
PARTE 2: El despliegue de artillería (y de tápers)
El silencio que siguió a la frase de Lola fue tan denso que se podía haber cortado con un cuchillo de sierra. Reme seguía inmóvil en medio del salón, como una estatua de sal moderna, procesando lo que acababa de oír. Por su parte, Lola se dirigió al dormitorio con el paso firme de un general que sabe que acaba de declarar una guerra mundial.
—¡Javi! —susurró Lola, sacudiendo el hombro de su marido con más fuerza de la estrictamente necesaria—. ¡Javi, despierta ahora mismo! Tenemos una situación de nivel cinco.
Javi, que tenía la capacidad de dormir incluso durante un terremoto de escala 8, gimió y se tapó la cara con la almohada.
—¿Qué pasa? ¿Se ha muerto la Monstera? —murmuró con la voz pastosa.
—Ojalá. Es tu madre. Está en el salón. Con maletas. Muchas maletas.
Javi se incorporó como si le hubieran dado un calambrazo. Sus ojos, todavía hinchados por el sueño, buscaban desesperadamente una explicación lógica en el rostro de su mujer.
—¿Mi madre? Pero si hablamos con ella el martes y no dijo nada. Dijo que se iba a Benidorm con la tía Paquita.
—Pues Benidorm ahora está en nuestro sofá y huele a laca y a potaje de vigilia —sentenció Lola, cruzándose de brazos—. Y me ha dicho que se queda hasta que la casa “funcione bien”. Así que levántate, ponte algo que no tenga agujeros y ve a ejercer de escudo humano.
Cuando Javi salió al salón, arrastrando los pies y con el pelo hecho un nido de cigüeña, se encontró con una escena que parecía sacada de un cuadro de costumbrismo extremo. Reme ya no estaba de pie. Se había apoderado de la cocina. Había abierto todos los armarios y estaba reorganizando los botes de especias.
—¡Mamá! ¿Pero qué haces aquí? —exclamó Javi, yendo a darle un beso en la mejilla.
—¡Ay, mi niño! —Reme lo abrazó con una fuerza que a punto estuvo de dejarlo sin aire—. Pero mírate, si te has quedado en el chasis. ¿Qué te dan de comer en esta casa? ¿Luz de luna y brotes verdes? Traigo de todo: lomo en manteca, croquetas de las tuyas, albóndigas en salsa y un queso que me ha dado la Mari que huele fatal pero que te devuelve la alegría de vivir.
Lola apareció en el umbral de la cocina, observando cómo su despensa organizada por orden alfabético estaba siendo invadida por productos con alto contenido en grasas saturadas.
—Reme, estábamos hablando de que no puedes presentarte así —dijo Javi, intentando sonar autoritario pero fallando estrepitosamente ante la mirada de su madre.
—¿Ah, no? ¿Y cuándo voy a venir? ¿Cuando me invitéis? —Reme soltó una risita sarcástica—. Porque si espero a que Lola me llame, me entierran con el vestido del bautizo. Además, he visto que tenéis la nevera llena de cosas raras. ¿Qué es esto de “hummus de remolacha”? ¿Desde cuándo la remolacha se machaca para untar, Javi? Eso es de modernos que no tienen nada que hacer.
Lola intervino, sintiendo que el control de su propia vida se le escapaba entre los dedos.
—Reme, el hummus es muy sano. Y la casa funciona perfectamente. No necesitamos que nadie la arregle.
Reme dejó un táper gigante de albóndigas sobre la encimera y miró a Lola con una mezcla de lástima y desafío.
—Hija, si funcionara bien, no tendrías esta montaña de platos de anoche en el fregadero.
—Son dos copas de vino y un plato de ensalada, Reme. Íbamos a recogerlo ahora —explicó Lola, apretando los dientes.
—Ya, ya. Así se empieza —sentenció la suegra—. Hoy son dos copas, mañana es una plaga de hormigas y pasado tenéis que llamar a los de la limpieza traumática. Javi, ayúdame a meter las maletas en el cuarto de invitados.
—¿El cuarto de invitados? —Lola casi gritó—. Reme, ese es mi estudio. Tengo ahí el ordenador, los proyectos de la agencia…
—Pues ahora es el cuarto de tu madre —dijo Reme con una lógica aplastante—. Podrás trabajar igual, solo que con olor a lavanda, que he traído unos saquitos para los armarios porque aquí huele a “moderno”, y eso no es bueno para los pulmones.
Durante las siguientes dos horas, el piso de 80 metros cuadrados se convirtió en un campo de batalla logístico. Reme no solo traía ropa para tres meses, sino que había traído su propia almohada (“porque las vuestras son como nubes, y a mí me gusta sentir que tengo el cuello bien sujeto”), una plancha de viaje (“porque la que tenéis es de juguete”) y un arsenal de productos de limpieza que, según ella, eran los únicos que “mataban el bicho de verdad”.
Javi, haciendo gala de la cobardía histórica que caracteriza a los hijos únicos frente a sus madres, se dedicó a asentir a todo mientras intentaba hacerle gestos de “lo siento” a Lola por la espalda.
—No me mires así, Javi —le soltó Lola en un susurro mientras ayudaban a descargar la maleta de los lingotes (que resultaron ser botes de cristal con pimientos asados y garbanzos)—. Tu madre ha venido con un plan de invasión. Y tú eres el colaboracionista.
—Es mi madre, Lola. ¿Qué quieres que haga? ¿Que la deje en la calle con el táper de albóndigas? ¡Son albóndigas de las buenas, tienen piñones!
—Me dan igual los piñones, Javi. Mañana teníamos la cena con los García. ¿Qué vamos a hacer? ¿Presentarles a tu madre como el postre?
En ese momento, Reme salió del cuarto de invitados (antes conocido como estudio de Lola) con un delantal puesto. Un delantal de cuadros con un volante que Lola no recordaba haber tenido jamás.
—Bueno —dijo Reme, frotándose las manos—, ya he puesto las sábanas de hilo que traje, porque las vuestras de algodón egipcio ese son muy suaves pero no transpiran. Ahora, vamos a ver este salón. Lola, hija, ¿por qué tienes tantos libros de dibujos? ¿No tenéis una enciclopedia? Una casa sin una buena enciclopedia no es una casa, es una sala de espera de un dentista.
Lola se hundió en su sofá de diseño nórdico. Miró a Javi, que ya estaba abriendo un bote de pimientos para “probarlos”. Miró a Reme, que estaba moviendo una lámpara de sitio porque “ahí estorba para el paso”.
La paz, efectivamente, había durado poco. Pero lo peor estaba por llegar. Porque cuando una suegra española decide que una casa “no funciona”, no se refiere solo a la limpieza. Se refiere a la estructura moral de la familia. Y Reme venía dispuesta a hacer una reforma integral.
PARTE 3: El asedio de la cotidianeidad
A mediodía, el apartamento de Lola ya no era el refugio minimalista de Chamberí que ella tanto amaba. Ahora parecía una sucursal de una feria agrícola de un pueblo de Cuenca. El olor a pimiento asado había penetrado hasta en las fibras de las cortinas de lino, y el sonido de la televisión de fondo —Reme necesitaba “ruido de gente” para cocinar— martilleaba la cabeza de Lola como un tambor de guerra.
—¡Javi! ¡Trae el pan! ¡Pero pan de verdad, no de ese que parece chicle y tiene semillas de todo tipo! —gritaba Reme desde la cocina, donde manejaba los fuegos con la destreza de un alquimista loco.
Lola intentaba trabajar en su portátil, sentada en una esquina de la mesa del comedor, pero era imposible. Cada cinco minutos, Reme aparecía con un paño de cocina al hombro para hacer un comentario “constructivo”.
—Lola, cariño, ¿estás todo el día ahí pegada a la pantalla? Por eso te duele la cabeza, que me lo ha dicho mi hermana. Y además, esa postura… vas a acabar con chepa. ¿Por qué no te pones un cojín en los riñones? He traído uno de lana que es mano de santo.
—Reme, estoy trabajando. Tengo una entrega el lunes —respondió Lola, intentando mantener la voz plana, sin picos de histeria.
—Trabajar, trabajar… En mis tiempos el trabajo era otra cosa. Estar ahí moviendo el dedo en un ratón no puede ser bueno para los nervios. Anda, deja eso y ven a probar el caldo, que le falta una pizca de sal pero no me fío de tu salero, que es de esos de molinillo que no sale nada.
Lola suspiró y cerró la tapa del portátil con un chasquido que sonó a derrota. Se levantó y fue a la cocina. Allí, Javi estaba sentado en un taburete, comiendo una croqueta con una expresión de éxtasis que Lola encontró profundamente ofensiva.
—¿Están ricas, verdad? —preguntó Javi con la boca medio llena.
—Son croquetas de supervivencia, Javi —respondió Lola—. Tu madre las usa para comprar tu lealtad.
Reme le puso una cuchara de madera delante de la boca.
—Prueba, hija. Que estás muy pálida. Esto te va a dar colores.
Lola probó el caldo. Estaba delicioso. Malditamente delicioso. Tenía ese sabor a hogar, a horas de cocción y a amor posesivo que ninguna receta de Instagram podría replicar jamás. Y eso la enfureció aún más. Odiaba que Reme tuviera razón en algo, aunque fuera en la calidad del caldo.
—Está bueno —admitió Lola.
—¿Bueno? —Reme se ofendió visiblemente—. Está para resucitar a un muerto, Lola. Lo que pasa es que tú no valoras las cosas de siempre. Mucho “batch cooking” de ese que hacéis los jóvenes, que es cocinar un domingo para comer sobras toda la semana, y poca paciencia frente al fuego. Así tenéis luego el estómago, que todo os sienta mal.
La tarde no fue mejor. Tras la comida —un despliegue de tres platos que dejó a Javi en coma inducido en el sofá—, Reme decidió que era el momento de la “inspección profunda”.
—Lola, ¿dónde guardas la lejía? —preguntó Reme, apareciendo en el salón con las mangas remangadas.
—No usamos lejía, Reme. Usamos productos ecológicos que no dañan el medio ambiente ni la superficie de los muebles.
Reme se rió. Una risa seca, de esas que dicen “pobre alma cándida”.
—¿Ecológicos? Eso son tonterías de los que quieren venderos agua con olor a limón a precio de oro. El bicho solo muere con lejía, hija mía. De toda la vida. Mañana voy a ir al súper y voy a comprar un cargamento. Y ese baño… ese baño necesita un repaso que ni la Escuadra y el Cartabón. He visto una mancha de cal en el grifo que me está quitando el sueño.
—Reme, por favor, descansa —suplicó Javi desde el sofá, abriendo un ojo—. Que has viajado mucho hoy.
—¡Qué descansar ni qué ocho cuartos! He venido a que esta casa funcione, y ahora mismo funciona como una escopeta de feria. Por cierto, Javi, ¿qué hace tu ropa de deporte en ese cesto? Huele a rayos. ¿Es que Lola no te pone la lavadora?
Lola se levantó de un salto. La tensión cómica estaba a punto de convertirse en un thriller psicológico.
—Javi es un hombre adulto de treinta y cuatro años, Reme. Sabe perfectamente dónde está la lavadora. De hecho, la ponemos juntos.
Reme puso una cara de incredulidad absoluta.
—¿Javi poniendo lavadoras? ¡Válgame el cielo! Si este niño no sabía ni freír un huevo cuando vivía conmigo. Ay, Lola, qué cosas tienes… Lo que pasa es que tú le tienes muy consentido con estas modernidades de “compartir las tareas”. Al final, la casa es cosa de la mujer, hija, que para eso tenemos el ojo más entrenado.
Lola miró a Javi, esperando que saltara en su defensa. Javi, sin embargo, prefirió hacerse el dormido con una maestría digna de un Oscar.
—Bueno —continuó Reme, ajena al incendio que estaba provocando—, no te preocupes. Mientras yo esté aquí, esto va a ser otra cosa. Voy a organizaros los armarios por estaciones, porque tienes los abrigos de invierno mezclados con las blusas de tirantes y eso es un pecado mortal. Y las perchas… ¡por favor, Lola! ¡Esas perchas de alambre son criminales! Mañana compramos de madera.
Lola se retiró al balcón, el único espacio que Reme aún no había reclamado para sí (probablemente porque no había nada que limpiar allí, aparte de un par de ceniceros que Lola usaba a escondidas). Miró hacia la calle, viendo a la gente pasear tranquilamente, ajenos al drama shakesperiano que se desarrollaba en su salón.
“Hasta que esta casa funcione bien”, había dicho la mujer. Lola hizo cálculos mentales. A este paso, Reme se quedaría hasta que el sol se convirtiera en una gigante roja y devorara la Tierra. Porque para su suegra, la perfección era un horizonte inalcanzable, una utopía de orden, lejía y croquetas que Lola nunca podría satisfacer.
De repente, oyó el sonido del aspirador.
—¡Reme! —gritó Lola, entrando de nuevo—. ¡Esa aspiradora es para el parqué! ¡Tienes que ponerle el cabezal de cepillo blando!
—¡No te oigo, hija! ¡Este aparato hace mucho ruido! ¡Y no te preocupes, que estoy dándole con fuerza para que salga lo negro de las juntas!
Lola se llevó las manos a la cabeza. Lo negro de las juntas era el diseño original de las baldosas.
PARTE 4: El clímax de la limpieza y la rendición final
A las siete de la tarde, el nivel de tensión en el piso de Lola y Javi era equiparable al de una final de la Champions League. Reme no solo había aspirado el parqué con el cabezal equivocado, sino que había decidido que el mueble de la televisión —una pieza de diseño de roble macizo— necesitaba “un poco de brillo”. Para cuando Lola se dio cuenta, Reme le estaba aplicando un spray de cera con olor a pino que amenazaba con dejar la superficie tan resbaladiza que la televisión podría salir disparada hacia la calle a la menor vibración.
—¡Reme, para, por favor! —exclamó Lola, arrebatándole el trapo—. Ese mueble no se encera. Solo se le pasa un paño seco. ¡Vas a arruinar el acabado!
Reme se enderezó, ofendida en lo más profundo de su orgullo doméstico. Se puso las manos en las caderas y miró a Lola como un maestro mira a un alumno que no sabe ni sumar dos más dos.
—Hija, lo que vas a arruinar tú es la salud de mi hijo con tanto polvo acumulado. Ese mueble estaba más seco que el ojo de un tuerto. Necesitaba hidratación. ¡Hidratación, Lola! Las cosas hay que cuidarlas para que duren, que sois de la generación del “usar y tirar”.
Javi apareció en el pasillo, atraído por los gritos. Se había puesto una camiseta vieja de propaganda y unos pantalones de chándal, sucumbiendo finalmente al “look de estar en casa de su madre”.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Javi, bostezando.
—Pasa que tu madre está intentando convertir nuestro salón en una pista de patinaje —dijo Lola, señalando el mueble brillante—. Y que no me deja trabajar. Y que ha movido mis libros de diseño al estante de abajo porque dice que “los colores no combinan con el sofá”.
Reme soltó un suspiro de mártir.
—Yo solo quiero ayudar, Javi. Pero parece que en esta casa la ayuda es un insulto. He venido con toda mi buena voluntad, cargada como una mula con comida y sábanas de las buenas, y recibo malas caras.
—No son malas caras, mamá —intentó mediar Javi—, es que Lola tiene sus costumbres.
—¡Sus costumbres! —Reme soltó una carcajada dramática—. Sus costumbres son tener la nevera llena de yogures de soja y el suelo sin fregar desde la Expo del 92. Yo vine a quedarme unos días para poneros firmes, porque veía que esto se os iba de las manos.
Lola sintió que algo se rompía dentro de ella. No era enfado, era una especie de revelación mística provocada por el exceso de olor a pino y la privación de paz. Se acercó a Reme, que seguía con el bote de cera en la mano como si fuera un cetro real.
—Reme —dijo Lola con una voz extrañamente tranquila, casi dulce—, antes me has dicho que te quedarías hasta que esta casa funcione bien, ¿verdad?
Reme asintió con firmeza, recuperando su aire de autoridad.
—Exactamente. Hasta que cada cosa esté en su sitio y Javi deje de tener esa cara de hambre crónica. Hasta que la casa funcione como Dios manda.
Lola se giró hacia Javi y luego volvió a mirar a su suegra. Hizo un gesto circular con el brazo, abarcando el salón lleno de maletas, los tápers que asomaban por la cocina, los cojines de lana que no pegaban con nada y el aroma a lejía incipiente que ya empezaba a filtrarse desde el baño.
—Entonces ya puede empacar, Reme —dijo Lola con una sonrisa triunfal.
Reme parpadeó, confundida. Miró a Javi buscando una traducción, pero su hijo estaba igual de perdido.
—¿Otra vez con lo mismo? —preguntó Reme—. ¿Pero por qué me dices que empaque ahora, si acabo de sacar la plancha? ¿Es que no ves todo lo que queda por hacer? ¿Es que no ves que esta casa todavía es un desastre?
Lola se cruzó de brazos, apoyándose en la pared, disfrutando de cada segundo de la situación. La ironía era tan perfecta que casi podía saborearla.
—Porque usted ha dicho que se queda hasta que la casa funcione mal —corrigió Lola, aunque Reme había dicho “bien”, pero para Lola el matiz era irrelevante—. Y ha preguntado por qué tiene que irse ya.
—Sí, eso he preguntado —dijo Reme, desafiante—. ¿Por qué?
Lola se acercó un paso más y, con un tono de voz que mezclaba la comedia con la liberación absoluta, soltó el golpe final:
—Porque el problema acaba de entrar.
Se hizo un silencio absoluto. Reme miró a la puerta, luego miró a Lola, y finalmente se miró a sí misma. Tardó exactamente tres segundos en captar el dardo.
—¿El problema? —Reme se llevó una mano al pecho, fingiendo un ataque al corazón—. ¿Me estás llamando “problema”, Lola? ¿A mí, que te he traído albóndigas con piñones? ¿A mí, que he venido a salvarte de las hormigas invisibles?
Javi, viendo que la situación iba a estallar, intentó intervenir: —Venga, Lola, no seas así… mamá solo quiere…
—Mamá quiere dirigir mi vida, Javi —le cortó Lola, sin quitarle la vista de encima a Reme—. Y para ella, que la casa “funcione” significa que yo deje de existir y me convierta en una extensión de su delantal. Así que, como el “problema” ya está dentro y ha tomado posesión del salón, la casa ya ha alcanzado su máximo nivel de mal funcionamiento según mi criterio. Por lo tanto, la condición se ha cumplido. ¡A empacar!
Reme no se amilanó. De hecho, dejó el bote de cera sobre la mesa y se sentó en el sofá con una determinación que recordaba a la de los numantinos frente a los romanos.
—Pues ahora no me muevo —sentenció Reme—. Ahora me quedo por cabezonería. Y mañana voy a hacer cocido. Con tocino. Mucho tocino. Y lo vas a oler hasta en el vestidor.
Lola suspiró, dejándose caer en la silla frente a su suegra. Sabía que no iba a ganar, no realmente. Las suegras españolas son como las estaciones del año: puedes quejarte de ellas, puedes intentar evitarlas, pero al final siempre llegan y lo cambian todo de sitio.
Javi, viendo que la guerra abierta se había transformado en una tregua armada, aprovechó para ir a la cocina y servirse otra croqueta.
—Bueno —dijo Javi desde la cocina—, si os vais a pelear, hacedlo bajo el efecto del lomo en manteca. Se discute mejor con el estómago lleno.
Lola miró a Reme. Reme miró a Lola. En el fondo, ambas sabían que esto era solo el principio de una larga e hilarante convivencia forzada. Reme sacó un pañuelo de su manga y se retocó el labial.
—Lola, hija, no me mires así —dijo la suegra con una media sonrisa de victoria—. Si en el fondo me quieres. Lo que pasa es que te da envidia mi caldo.
Lola no pudo evitar soltar una carcajada. Se levantó, fue a la cocina y cogió una croqueta ella también. Estaba deliciosa, crujiente por fuera y cremosa por dentro. Una croqueta que valía una invasión.
—Está bien, Reme. Te quedas. Pero las perchas de madera las elijo yo.
—¡Ni hablar! ¡Las de madera del chino son malas! Mañana vamos a El Corte Inglés —sentenció Reme.
Lola cerró los ojos. El apartamento minimalista, la paz de Chamberí y sus mañanas de café en silencio eran ahora un recuerdo lejano. El salón estaba lleno de maletas, la cocina olía a pueblo y Javi ya estaba preguntando si quedaba más queso de ese que olía a pies.
La paz, definitivamente, había durado muy poco. Pero la guerra, al menos, iba a estar muy bien alimentada.