El termómetro de la farmacia de la esquina marcaba cuarenta y dos grados, pero todos sabíamos que esa cifra era una estimación optimista, un gesto de caridad cristiana para no inducir al suicidio colectivo. En Madrid, cuando el asfalto empieza a brillar con ese fulgor aceitoso y el aire se siente como el soplido de un secador industrial directamente en la cara, las neuronas se reblandecen. Y ahí estábamos nosotros, en la terraza del bar “El Brillante de la Esquina”, un establecimiento que no había renovado su mobiliario desde que Naranjito era joven, bajo una sombrilla de una marca de helados desaparecida que filtraba los rayos ultravioleta con la misma eficacia que una red de pesca.
Javi estaba sudando. Pero no era un sudor normal, de ese que te sale por el esfuerzo o por el bochorno. Era un sudor de reconcomio. Tenía la mirada fija en Paco, que en ese momento se estaba terminando su tercera caña con una parsimonia que rozaba lo delictivo. Javi, que es un tipo que anota hasta el consumo de papel higiénico en una hoja de Excel, llevaba veinte minutos rumiando una frase. Se le notaba en el labio superior, que le vibraba ligeramente, y en la forma en que manoseaba el móvil, consultando la aplicación del banco como quien espera una señal divina.
—Paco —dijo finalmente Javi. Su voz sonó como una lija sobre madera seca—. Paco, tío.
Paco ni siquiera levantó la vista del plato de aceitunas. Estaba concentrado en pescar el último hueso. —Dime, figura. Qué pasa.
—Pasa el Bizum, Paco. Eso pasa.
El silencio que siguió fue más denso que el humo de las frituras que salía de la cocina. Paco soltó el hueso de la aceituna, que rebotó en el cenicero de cristal publicitario con un “clinc” metálico. Se limpió los dedos en una servilleta de esas de papel tipo “fumar mata”, que no absorben nada y solo sirven para esparcir la grasa de forma homogénea por la piel.
—¿Qué Bizum, Javi? ¿De qué me estás hablando ahora con este calor? —Paco puso cara de mártir, esa expresión tan española de “me estás amargando la existencia por una nimiedad”.
—Los dos con cincuenta de la ración de bravas del jueves pasado, Paco. No te hagas el sueco, que nos conocemos desde parvulitos. Te envié el requerimiento el viernes a las diez de la mañana. Me salió el “visto” y aquí sigo, como un imbécil, refrescando la cuenta a ver si entran los fondos.
Paco se echó hacia atrás, haciendo que las patas de la silla de aluminio chirriaran contra el suelo de terrazo. Se llevó la mano al pecho, ofendido hasta la médula. —¿Dos euros cincuenta? ¿En serio, Javi? ¿Estamos llegando a este nivel de bajeza moral? Después de que yo te prestara el destornillador eléctrico en el 2018 y me lo devolvieras sin la punta de estrella, ¿me vienes a reclamar el precio de un café con leche mal puesto?
—No es el dinero, Paco, es el concepto —insistió Javi, elevando un tono el volumen, lo justo para que la señora de la mesa de al lado, que estaba abanicándose con una furia de ventilador de techo, se girara a mirar—. Es la falta de rigor. Yo te pago mi parte al segundo. Es más, a veces pago yo antes de que llegue la cuenta por pura ansiedad social. Y tú vas por la vida como si el dinero fuera una sugerencia, como si las deudas prescribieran a los diez minutos si nadie dice nada.
—Pero si te lo iba a mandar ahora —mintió Paco descaradamente, buscando el móvil en el bolsillo de sus bermudas de camuflaje—. Lo que pasa es que me quedé sin batería, luego tuve un lío con la cobertura en el Metro, y esta mañana, pues chico, me ha liado mi madre con lo de la caldera y se me ha ido el santo al cielo. Que parece que te deba yo la hipoteca de la casa de la playa, de verdad.
—Es que siempre es lo mismo —continuó Javi, ignorando la excusa—. “Se me ha ido el santo al cielo”. El santoral tuyo debe de estar ya en la estratosfera, porque no das una. El otro día, los tres euros del parking. El mes pasado, el euro con veinte del carro del súper que te presté porque no tenías suelto. Suma y sigue. Al final del año, me has levantado cincuenta pavos en micro-deudas, que eso es una cena en condiciones o un juego de la Play.
En ese momento intervino Miguel, que hasta entonces había intentado fundirse con el paisaje, bebiendo su clara de limón como si su vida dependiera de no llamar la atención. Miguel es el nexo de unión, el hombre que evita que nos matemos. —Venga, tíos, que parecéis mi tía Paqui y mi tía Sole discutiendo por la herencia del abuelo. Son dos pavos cincuenta. Paco, mándaselo ya y cállale la boca. Javi, deja de ser un contable prusiano, que te va a dar un parraque con este sol.
—No, no —dijo Javi, ahora con los ojos inyectados en sangre—. Ahora ya no es por el Bizum. Ahora es que Paco ha insinuado que yo soy un tacaño por reclamar lo que es mío. Y resulta que el destornillador eléctrico te lo devolví con la punta de estrella, lo que pasa es que tú eres un desastre y la perdiste en el cajón de los calcetines, donde guardas todas las cosas que no sabes dónde poner.
La tensión era palpable. En las mesas de alrededor, el murmullo habitual del bar había bajado de intensidad. El camarero, un hombre que parecía haber visto el final de la civilización varias veces y que no se impresionaba por nada, se acercó a dejar una ración de calamares que nadie había pedido, pero que Paco aceptó por inercia.
—Mira, Javi —dijo Paco, señalando los calamares con un palillo—. Estos calamares los pago yo. ¿Ves? Generosidad. Flujo de caja. Movimiento de capitales. Pero el Bizum de las bravas no te lo mando ahora por el principio de soberanía nacional. Me niego a ceder al chantaje emocional de un hombre que cuenta los céntimos como si fueran diamantes de sangre.
—¡Que no es por el dinero, coño! —gritó Javi, golpeando la mesa—. ¡Que es por el orden! ¡La sociedad se basa en que si tú consumes bravas, tú pagas bravas! Si todos hiciéramos como tú, España sería una anarquía donde la gente iría por ahí debiendo cafés y raciones de oreja hasta el colapso del sistema financiero.
Paco soltó una carcajada cínica. —España ya es eso, Javi. España se sustenta sobre una red invisible de “ya te lo pagaré” y “la próxima invito yo”. Es el motor de nuestra economía. El PIB español es, en un sesenta por ciento, gente debiéndose cañas entre sí. Tú lo que eres es un desertor del sistema. Un traidor a la patria del “luego te hago el Bizum”.
Parte 2: El Registro Histórico de Agravios
La discusión, lejos de amainar, entró en una fase de “revisión histórica” que es típica de las amistades de larga duración en la península ibérica. Cuando un español se siente acorralado por una deuda de dos euros cincuenta, su mecanismo de defensa inmediato es desenterrar un agravio cometido por la otra parte durante la época de la Expo 92 o, en su defecto, en la última boda a la que asistieron.
Javi sacó su arma secreta: el historial de WhatsApp. Empezó a hacer scroll hacia arriba con una velocidad frenética, mientras su dedo pulgar echaba humo. —Aquí lo tengo, Paco. No me obligues a leerlo en voz alta. 14 de marzo. “Javi, págame el kebab que no llevo el contactless configurado”. ¿Me llegó ese dinero? No. 22 de abril. “Javi, pilla tú las entradas del cine que luego te las paso”. ¿Me las pasaste? Sí, tres días tarde y me quitaste un euro porque dijiste que el parking me lo habías pagado tú en el 2019. ¡Eso es contabilidad creativa, Paco! ¡Eso es lo que hacía Bárcenas!
Paco no se quedó atrás. Bebió un sorbo largo de cerveza, se aclaró la garganta y adoptó una postura de abogado del Estado. —Hablando de contabilidad creativa… ¿Quieres que hablemos de cuando fuimos a las fiestas de tu pueblo y me hiciste dormir en un colchón inflable que tenía una fuga, obligándome a despertarme cada dos horas para soplar como un desesperado, mientras tú roncabas en una cama de matrimonio de dos metros? ¿Cuánto vale eso, Javi? ¿Cuál es el precio de mercado de mi salud lumbar? Porque yo te digo que son más de dos euros cincuenta. Bastante más.
—¡Eso fue un acto de hospitalidad! —exclamó Javi, estupefacto—. ¡Era la casa de mis abuelos! ¡No podías pretender que te pusiera una suite en el Ritz! Te invité a comer cordero, Paco. Cordero asado en horno de leña. ¿Sabes a cuánto está el kilo de cordero?
—¡El cordero estaba seco, Javi! ¡Estaba más seco que el ojo de la Inés Arrimadas! Tuve que beberme tres litros de vino de pitarra para que aquello bajara, y luego me cobraste el peaje de la autopista a medias cuando fuimos en MI coche. ¡En MI coche, Javi! Que el desgaste de los neumáticos no se paga solo, que eso la gente no lo cuenta, pero los Michelin valen un riñón.
Miguel, que ya estaba empezando a considerar seriamente la posibilidad de mudarse de ciudad y cambiar de identidad, intentó poner orden otra vez. —Chicos, de verdad, estamos dando un espectáculo. La gente de la mesa de los guiris nos está grabando. Se piensan que somos una instalación artística sobre el temperamento mediterráneo o algo así.
—¡Que graben! —dijo Paco, viniéndose arriba—. Que graben cómo un hombre es perseguido por la Gestapo de los Micro-pagos. Mira, Javi, te lo voy a decir clarito: te voy a pagar. Te voy a mandar el Bizum. Pero lo voy a hacer con tanta mala leche que cada vez que veas la notificación en el móvil vas a sentir un escalofrío.
—¡Pues hazlo ya! —retó Javi—. ¡Saca el móvil y dale al botón de “enviar”! No tienes huevos, Paco. Te duele soltar los dos pavos cincuenta más que si te arrancaran una muela sin anestesia. Eres un “agarrao”, un “puño de hierro”, un “virutas”.
Paco sacó el móvil con una lentitud dramática, como si fuera un duelo al sol en Almería. Desbloqueó la pantalla. Entró en la app del banco. Se tomó su tiempo. —¿Cómo era tu número? —preguntó con una sonrisa socarrona.
—No me jodas, Paco. Tienes mi número desde que el Nokia 3310 era la última tecnología. Me tienes en favoritos. Me tienes puesto como “Javi el Pesado”, que lo vi el otro día cuando me llamaste sin querer.
—Ah, es verdad. Javi el Pesado. Pues espera, que la app me pide la clave de firma. Y no me acuerdo. A ver… ¿era el cumpleaños de mi perro o el día que perdiste la virginidad con aquella chica de Erasmus que resultó ser de Albacete?
Javi se puso de pie. La silla cayó hacia atrás. —¡Ya está bien! ¡Miguel, vámonos! Que se quede aquí con sus calamares y su miseria moral. Yo no puedo ser amigo de alguien que usa mi primer trauma amoroso para retrasar un pago de menos de tres euros. Esto es el fin de una era.
—¡Siéntate, hombre! —dijo Paco, tirándole de la manga—. Que era broma. Ya le he dado a enviar. Pero escucha… te he puesto un concepto que te va a encantar.
Javi volvió a sentarse, todavía bufando. Sacó su móvil. La notificación llegó con un pitido triunfal. Se quedó mirando la pantalla un segundo, luego dos, luego tres. Su cara pasó del rojo ira al violeta de la indignación absoluta.
—¿”Servicios de acompañamiento masculino y depilación de espalda”? —leyó Javi en voz alta, incrédulo—. ¿Has puesto eso como concepto del Bizum? ¡Paco, que esto lo ve mi banco! ¡Que el algoritmo va a pensar que me dedico a… a cosas! Que luego me deniegan la ampliación de la tarjeta por tu culpa.
—Es un concepto descriptivo, Javi. Tú me acompañas a los sitios y tienes el vello dorsal un poco descontrolado, no me digas que no. Además, es un pago legal. El IVA ya veremos cómo lo declaramos.
—Eres un imbécil —dijo Javi, aunque por primera vez en la tarde, una pequeña sombra de sonrisa asomó por la comisura de sus labios—. Un imbécil integral.
—Pero ya tienes tus dos con cincuenta, ¿no? —Paco le guiñó un ojo—. Ahora, como yo he pagado la última ronda de calamares y te he hecho el Bizum, técnicamente tú me debes a mí… déjame calcular… uno con ochenta del suplemento de terraza.
Javi cerró los ojos y respiró hondo. Madrid seguía ardiendo, pero la guerra parecía haber entrado en una tregua armada.
Parte 3: El Intento de Viralización
—Oye —dijo Miguel, que de repente había tenido una iluminación, o quizás era un golpe de calor—. ¿Sabéis lo que molaría? Que grabáramos esto.
Paco y Javi se lo quedaron mirando como si acabara de proponer que se hicieran monjes trapenses. —¿Grabar el qué? ¿Nuestras miserias? —preguntó Paco.
—No, hombre. Una de esas mierdas que sube la gente a TikTok o a Instagram. Sabéis de lo que hablo. Esos vídeos de “situaciones reales con amigos”. Lo de los dos euros cincuenta es oro puro. Es “relatable”, que dicen los modernos. Todo el mundo tiene un amigo que debe dinero y un amigo que es un pesado con el Bizum. Si lo montamos bien, en plan comedia rápida de quince segundos, se hace viral seguro.
Javi se ajustó las gafas. La idea de ser famoso, aunque fuera por ser un tacaño, le picó la curiosidad. —¿Tú crees? Pero tendría que quedar natural. Nada de sobreactuar, que luego se nota mucho cuando la gente quiere hacer gracia a la fuerza.
—Naturalidad es mi segundo nombre —dijo Paco, peinándose el poco pelo que le quedaba con la mano—. Yo soy puro método Stanislavski. Puedo hacer de “amigo caradura” con los ojos cerrados. De hecho, llevo practicando toda la vida.
Miguel sacó su iPhone de última generación, ese que todavía estaba pagando a plazos (y por el que, curiosamente, no le debía nada a nadie porque lo había financiado con el banco, no con Javi), y empezó a dar instrucciones como si fuera el mismísimo Pedro Almodóvar en el set de rodaje.
—A ver, nos ponemos en vertical. Javi, tú te pones aquí, con cara de haber chupado un limón. Tienes que estar mirando el móvil con desesperación. Paco, tú a su lado, comiéndote un calamar con la cara más dura que el cemento armado. El encuadre tiene que ser estrecho, 9:16, que se vea bien el sudor y la caña a medio beber. Eso le da realismo sucio, muy de barrio.
—¿Y qué digo? —preguntó Javi, que de repente se había puesto tenso—. ¿Digo lo de la Gestapo de los Micro-pagos? Me gustaba esa parte.
—No, no, eso es muy largo —instruyó Miguel—. En redes sociales la gente tiene la capacidad de atención de un hámster con TDAH. Tienes que ir al grano. Tú dices: “Paco, el Bizum”. Y Paco, tú tienes que decir una excusa de mierda de esas que tú sabes decir. Algo que todo el mundo haya oído alguna vez.
—”Es que no me funciona el reconocimiento facial porque tengo la cara hinchada del calor” —propuso Paco—. “Y el banco me dice que no soy yo”.
—¡Esa es buena! —asintió Miguel—. Venga, grabamos. Silencio en la terraza. ¡Acción!
Javi puso su mejor cara de “estoy a punto de cometer un crimen de odio”. Miró a la cámara y, con una interpretación que oscilaba entre el cine expresionista alemán y un sketch de José Mota, soltó: —Paco… el Bizum de los dos con cincuenta. Que me sale pendiente desde el Paleolítico.
Paco, con un calamar colgando de la boca, levantó la vista con una lentitud exasperante. Se quitó una brizna de perejil del diente con la lengua y dijo: —Tío, es que me he descargado una actualización del sistema operativo y ahora el botón de “enviar” me sale en arameo. Estoy esperando a que un primo mío que vive en Tel Aviv me traduzca el menú, que no quiero mandarle el dinero a una ONG por error.
—¡Corten! —gritó Miguel—. ¡Ha sido increíble! Paco, lo del arameo ha sido un toque de genio. Pero Javi, tienes que estar más indignado. No me vale con estar serio. Tienes que estar al borde del colapso nervioso. Piensa en… piensa en cuando te cobraron el suplemento por la leche de avena el otro día.
—Eso me dolió —admitió Javi, concentrándose—. Vale, otra vez.
Repitieron la escena siete veces. Para la quinta toma, el camarero ya se había parado a mirar, apoyado en la barra con los brazos cruzados, juzgándolos en silencio con la sabiduría que solo dan cuarenta años de servir carajillos.
—¿Queréis que os traiga un foco o algo? —preguntó el camarero con sarcasmo—. Porque para el nivel de producción que lleváis, os falta una de esas que sueltan humo.
—No nos corte el rollo, jefe —dijo Paco—. Que estamos creando contenido. Esto es el futuro. Dentro de poco esto estará lleno de chavales de veinte años haciendo bailes con las bravas.
En la toma final, Javi se vino tan arriba que terminó gritando el número de teléfono de Paco a los cuatro vientos, y Paco, en un alarde de improvisación, fingió que se le caía el móvil dentro del vaso de cerveza para no tener que pagar.
—¡Espectacular! —dijo Miguel, revisando el clip—. Lo edito ahora mismo, le pongo unos subtítulos amarillos con la fuente esa moderna, una música de tensión de esas que suenan en los vídeos de crímenes reales, y lo subo. Mañana somos tendencia en Twitter. “La guerra del Bizum”.
—Oye —dijo Javi, volviendo a la realidad—. Si el vídeo monetiza o algo… ¿cómo nos repartimos los beneficios?
Paco soltó una carcajada que se oyó hasta en la Castellana. —No te preocupes, Javi. Yo gestiono los ingresos y luego te hago un Bizum con tu parte. Palabra de honor.
Javi se quedó pálido. La pesadilla no había hecho más que empezar.
Parte 4: El Cierre y la Condena Eterna
Eran las ocho de la tarde y el sol empezaba a dar un respiro, pasando de “incendio forestal” a simplemente “sauna finlandesa”. Miguel acababa de subir el vídeo. El grupo de WhatsApp que teníamos los tres, llamado originalmente “Los Reyes del Mambo” pero rebautizado por Javi como “Gestión de Cobros y Pagos Varios”, echaba chispas.
—Ya tiene diez “likes” —anunció Miguel con orgullo—. Uno es de mi madre, otro es de mi ex que se ha equivocado seguro, pero los otros ocho son gente de verdad. Estamos subiendo como la espuma.
Paco, que ya se había pedido otra caña (esta vez, según él, a cuenta de los futuros derechos de imagen del vídeo), estaba encantado de la vida. —Lo veis, chavales. La clave es el conflicto. El drama humano. La gente se ve reflejada en nosotros porque somos… ¿cómo se dice? Auténticos. Dos tíos normales discutiendo por calderilla bajo el sol de Madrid. Es la esencia de la vida.
Javi, sin embargo, no las tenía todas consigo. Estaba leyendo los comentarios que empezaban a aparecer. —Oye, Paco… aquí uno dice: “El de la camiseta de camuflaje tiene una cara de no haber pagado una ronda desde que las pesetas eran moneda de curso legal que no puede con ella”.
Paco se encogió de hombros. —La fama tiene un precio, Javi. Los “haters” son parte del pack. Si no te insulta un desconocido en internet, es que no eres nadie.
—Ya, pero es que otro dice: “El de las gafas se nota que es el típico que te pide los cinco céntimos de la bolsa del Mercadona”. ¡Me están llamando rata en redes sociales, Miguel! ¡Esto va a quedar en mi huella digital para siempre! Cuando busque trabajo, el de Recursos Humanos va a ver este vídeo y va a decir: “A este no lo contratamos, que nos va a pedir un anticipo para pagar el parking”.
—No seas exagerado —le consoló Miguel—. Es humor. La gente entiende que es una parodia. Aunque bueno… es una parodia basada en hechos muy, muy reales.
De repente, el móvil de Paco empezó a sonar. Era una videollamada. Paco miró la pantalla y se le cambió el color de la cara. —Es mi tía abuela Segunda. La que vive en el pueblo. No me jodas, ¿ya ha visto el vídeo?
Paco aceptó la llamada y puso el altavoz. Se oyó una voz estridente, de esas que han sido forjadas gritando de balcón a balcón durante décadas. —¡Paquito! ¡Paquito, me cago en la leche! ¿Qué es eso que me ha mandado tu prima por el grupo de la familia? ¿Que le debes dinero a ese muchacho tan majo? ¡Pero si tu abuelo, que en paz descanse, era un hombre de palabra que no le debía un real a nadie! ¡Me tienes ahora mismo mandándole los dos euros esos al Javi o te juro que este año no hay tupper de croquetas en Navidad! ¡Que te hemos criado con unos valores, desgraciado!
Paco miró a Javi. Javi miró a Paco. Miguel se tapaba la boca para no soltar una carcajada que lo mandara directamente al hospital por falta de oxígeno.
—Ves, Javi —dijo Paco con un hilo de voz—. Esto es lo que has conseguido. Has movilizado a las fuerzas vivas de mi familia. Has roto la paz de mi tía Segunda, que tiene ochenta y seis años y solo usa el móvil para mandar fotos de “Buenos días con alegría” y vídeos de gatitos.
—Yo no he hecho nada —se defendió Javi, aunque en el fondo disfrutaba del momento como un niño pequeño—. Ha sido la viralidad. La tecnología, Paco. El futuro.
Paco suspiró profundamente. Se metió en la aplicación del banco otra vez. —Vale, vale. Escucha, Javi. Te voy a mandar otro Bizum. Otros dos euros con cincuenta. Para que veas que soy un caballero. Pero esta vez el concepto va a ser: “Donación para el fondo de rescate de amigos tiquismiquis”. Y quiero que le digas a mi tía que ya estamos en paz.
—Hecho —dijo Javi, radiante—. Pero recuerda que los calamares de antes…
—¡Los calamares los he pagado yo! —rugió Paco—. ¡No vuelvas a abrir ese melón!
La tarde terminó como terminan todas las grandes historias españolas: con una cuenta encima de la mesa que nadie quería coger primero, un montón de servilletas sucias y la promesa de volver a verse la semana que viene para repetir el mismo proceso. Porque al final, la amistad en España no se mide en años, ni en experiencias compartidas, ni en secretos confesados. Se mide en el saldo acumulado de Bizums pendientes, en las discusiones circulares que no llevan a ninguna parte y en la capacidad de insultarse de forma creativa mientras se comparte una ración de algo frito.
Mientras se levantaban, Miguel seguía mirando el móvil, con los ojos como platos. —Chicos… el vídeo ha llegado a las cincuenta mil reproducciones. Nos han etiquetado en una cuenta que se llama “Amistades Peligrosas de Barrio”.
—¿Cincuenta mil? —dijo Javi, haciendo cálculos mentales rápidamente—. Oye, pues si cada uno de esos cincuenta mil nos diera diez céntimos…
Paco le puso la mano en el hombro y lo empujó suavemente hacia la salida. —Ni se te ocurra, Javi. Ni se te ocurra. Vámonos de aquí antes de que el camarero se dé cuenta de que nos hemos llevado el cenicero de recuerdo.
Y así, bajo la luna de Madrid que empezaba a asomar tímidamente entre los edificios, los tres amigos se alejaron por la calle Fuencarral, discutiendo acaloradamente sobre quién le debía el qué a quién desde aquel fatídico viaje a Benidorm en el verano de 2012. Una deuda que, según los cálculos de Javi, con el interés compuesto y la inflación, ya alcanzaba dimensiones astronómicas.
La vida seguía. El Bizum también. Y la amistad, contra todo pronóstico, sobrevivía un día más al calor y a la tacañería nacional.