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Cuando Javier Solís ENFRENTÓ a Pedro Infante delante de todos….Nadie lo esperaba

 

 Nadie supo exactamente cómo llegó Javier esa noche. Algunos dijeron que vino con el guitarrista de cabecera de don Alberto. Otros aseguraron que simplemente tocó la puerta y don Alberto, que tenía el instinto infalible de los que reconocen el talento antes de que el mundo lo nombre, lo dejó pasar. Lo cierto es que estaba ahí en una esquina del salón con un vaso de agua en la mano porque todavía no tomaba, observando todo con esos ojos oscuros y quietos que tenía.

Ojos que parecían estar siempre calculando algo que los demás aún no podían ver. La velada avanzó con naturalidad. Alguien tocó guitarra. Alguien contó un chiste que hizo reír a todos menos al que lo había contado. Pedro cantó dos canciones sin que nadie se lo pidiera y la sala entera se detuvo porque así era Pedro.

 Bastaba que abriera la boca para que el mundo dejara de girar por un momento. Y en esa pausa, en ese silencio reverente que siguió a la última nota, fue cuando ocurrió. Javier Solís desde su esquina habló. Nadie esperaba que fuera él. Nadie esperaba que fuera nadie en realidad, porque en ese tipo de reuniones las verdades importantes no se decían, se insinuaban, se envolvían en cortesía y alcohol hasta volverse irreconocibles.

Pero Javier Solís no había crecido en un mundo donde las cosas se dijeran a medias. Tepito no te enseñaba diplomacia. Tepito te enseñaba a nombrar las cosas por lo que eran o a callarte para siempre. Y Javier nunca fue bueno callándose. Lo que dijo no fue un insulto, no fue una provocación en el sentido vulgar, fue algo más peligroso que eso.

 Fue una pregunta simple, directa, sin adornos, dirigida a Pedro Infante en medio del silencio que había dejado su última canción frente a 20 personas que de pronto contuvieron el aliento sin saber exactamente por qué. Don Pedro, dijo Javier desde su esquina, su voz joven, pero firme, sin temblor, sin disculpa.

 Usted canta para la gente o canta para no pensar. El silencio que siguió fue de otro tipo, ¿no? El silencio reverente de después de una canción hermosa. Este era el silencio tenso, casi físico, de una sala entera, preguntándose si acababa de ocurrir lo que creía que había ocurrido. Varios pares de ojos se movieron de Javier hacia Pedro y de Pedro hacia Javier con la velocidad nerviosa de quien observa una situación que puede volverse peligrosa en cualquier dirección.

 Pedro Infante dejó de sonreír, no con enojo, sino con algo más interesante que el enojo. Con atención genuina. Miró al muchacho de la esquina durante un momento largo. Ese momento en que un hombre mide a otro no por su tamaño, sino por algo más difícil de definir. Luego la deó la cabeza levemente, como lo hacen los que han escuchado miles de preguntas y saben distinguir las que merecen respuesta de las que no.

 ¿Cómo te llamas?, preguntó Pedro. Su voz tranquila, sin amenaza. Javier Solís, canto en Columbia. Pedro asintió despacio. Lo había escuchado. Claro que lo había escuchado. En ese mundo todos escuchaban, aunque fingieran no hacerlo. Es buena pregunta, dijo Pedro finalmente. Y la sala entera soltó el aire que había estado reteniendo.

 Porque el tono de Pedro no era el de alguien a punto de defender su honor. Era el tono de alguien que acababa de reconocer en un extraño algo que llevaba tiempo sin nombrar. Don Alberto Domínguez, que había estado observando desde el umbral de la cocina con su vaso de brandy, sonrió despacio.

 Llevaba 40 años en esta industria. Sabía reconocer el instante exacto en que una noche dejaba de ser una noche cualquiera. “Ven”, le dijo Pedro a Javier con un gesto de la mano. “Siéntate aquí y cuéntame por qué me haces esa pregunta.” Javier cruzó el salón sin prisa, sin arrogancia, con esa calma extraña que tenía, esa serenidad de hombre que no necesita impresionar a nadie porque ya sabe lo que vale.

 Se sentó frente a Pedro Infante, la leyenda viva del cine y la música mexicana, como si se sentara frente a cualquier hombre, como si el apellido no pesara nada, como si la fama fuera solo un detalle irrelevante. Y comenzó a hablar. Lo que dijo en los siguientes minutos cambió la dirección de esa noche para siempre.

 Y aunque nadie lo sabía todavía, cambió algo en Pedro Infante que ninguna cámara había logrado capturar jamás. Javier Solis no era poeta en el sentido literario. No había leído a Neruda en una biblioteca silenciosa, ni había estudiado retórica en ninguna escuela. Pero tenía algo que los poetas de escuela a veces pierden en el camino, la capacidad de decir con palabras simples lo que otros necesitan años para articular.

 Lo que le dijo a Pedro esa noche comenzó así. Yo no escucho cantar desde niño, don Pedro. Mi mamá ponía sus discos en la tarde cuando terminaba de lavar y yo aprendí a distinguir algo que tardé mucho en entender. Hay canciones que usted canta para afuera con toda la voz, con toda la alegría para que la gente se mueva y ría y se sienta bien.

 Esas canciones son un regalo. Pero hay otras, hay otras que usted canta diferente, más quieto, más adentro. Y en esas, don Pedro, uno siente que usted no está cantando para nosotros, está cantando para escapar de algo. La sala había quedado completamente inmóvil. Nadie se movía, nadie bebía, nadie respiraba demasiado fuerte.

 Todos sabían que estaban dentro de algo que no debían interrumpir. Pedro Infante tenía los ojos fijos en Javier, no con incomodidad, sino con esa expresión de los hombres que acaban de escuchar algo verdadero después de mucho tiempo de escuchar solo cosas convenientes. ¿Y cuáles son esas canciones?, preguntó Pedro.

 Su voz baja, casi privada, como si la pregunta fuera solo para Javier y no para los 20 que escuchaban. Javier pensó un momento, luego dijo, “1 años. La que usted canta al final siempre con los ojos casi cerrados. Y amorcito corazón, pero no la versión alegre, la versión de cuando está cansado y la canta más lenta sin darse cuenta. Ini, por favor.

 Esa sobre todo, esa la canta usted como si le doliera terminarla. Pedro no respondió de inmediato. Miró sus manos. Las manos que habían tocado guitarras en cantinas de Sinaloa cuando era adolescente, las que habían estrechado las de presidentes y las de pobres con la misma facilidad, las que sostenían ahora un vaso de tequila que había dejado de llevar a su boca.

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