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Eran las dos de la tarde de un domingo cualquiera en el centro de Madrid. a

PARTE 1

Eran las dos de la tarde de un domingo cualquiera en el centro de Madrid.

El sol pegaba con esa insistencia seca que solo se siente en la meseta.

En el tercero izquierda, el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el vapor de una olla exprés.

Elena revisaba el menú mentalmente mientras terminaba de poner el mantel de hilo.

Ese mantel que solo salía a relucir cuando la tormenta se avecinaba.

Y la tormenta, en este caso, se llamaba Conchi.

Su suegra tenía la capacidad de detectar una mota de polvo a tres kilómetros de distancia.

También poseía un radar especial para detectar cualquier gasto que ella considerase un “delirio de grandeza”.

Javi, el marido de Elena, estaba sentado en el sofá intentando parecer invisible tras el periódico.

—¿Crees que vendrá de buen humor? —preguntó Elena, ajustando los cubiertos con precisión milimétrica.

Javi ni siquiera bajó el papel.

—Viene con hambre, Elena.

—Eso es peor todavía.

—Si tiene hambre, muerde. Si está llena, critica. Tú elige.

En ese momento, el timbre sonó con la cadencia de una marcha militar.

Eran tres toques secos, cortos, autoritarios.

—Ya está aquí el General —susurró Elena.

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