PARTE 1
Eran las dos de la tarde de un domingo cualquiera en el centro de Madrid.
El sol pegaba con esa insistencia seca que solo se siente en la meseta.
En el tercero izquierda, el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el vapor de una olla exprés.
Elena revisaba el menú mentalmente mientras terminaba de poner el mantel de hilo.
Ese mantel que solo salía a relucir cuando la tormenta se avecinaba.
Y la tormenta, en este caso, se llamaba Conchi.
Su suegra tenía la capacidad de detectar una mota de polvo a tres kilómetros de distancia.
También poseía un radar especial para detectar cualquier gasto que ella considerase un “delirio de grandeza”.
Javi, el marido de Elena, estaba sentado en el sofá intentando parecer invisible tras el periódico.
—¿Crees que vendrá de buen humor? —preguntó Elena, ajustando los cubiertos con precisión milimétrica.
Javi ni siquiera bajó el papel.
—Viene con hambre, Elena.
—Eso es peor todavía.
—Si tiene hambre, muerde. Si está llena, critica. Tú elige.
En ese momento, el timbre sonó con la cadencia de una marcha militar.
Eran tres toques secos, cortos, autoritarios.
—Ya está aquí el General —susurró Elena.
Abrió la puerta y allí estaba ella.
Conchi lucía su sempiterno cardado intacto, a pesar del calor.
Llevaba una bolsa de plástico de una charcutería de barrio y un abanico que movía con la velocidad de un colibrí.
—Hija, qué calor hace en este rellano.
—Hola, Conchi, pasa, que tenemos el aire puesto.
Conchi entró olfateando el ambiente como un sabueso de la Guardia Civil.
—Huele a algo… ¿es curry?
—Es estofado, Conchi. Lo de siempre.
—Ah, me había parecido algo exótico. Ya sabes que mi estómago no está para aventuras.
Conchi dejó la bolsa de plástico sobre la encimera de la cocina con un golpe seco.
—Os he traído un poco de chopped del bueno, del que le gusta a Javi.
—Gracias, Conchi, pero tenemos comida de sobra.
—El chopped nunca sobra, Elena. Es un seguro de vida.
La suegra se paseó por la cocina con las manos entrelazadas a la espalda.
Era su postura de inspección técnica de edificios.
De repente, sus ojos se clavaron en un rincón junto a la nevera.
Allí descansaba un saco de papel kraft con un diseño minimalista y elegante.
Tenía letras doradas y una foto de un salmón noruego que parecía recién pescado.
Conchi se acercó, entornando los ojos para leer la etiqueta.
Se puso las gafas de ver de cerca, esas que colgaban de una cadena de perlas.
—”Grain-Free Selection… Wild Salmon and Himalayan Herbs” —leyó en voz alta, con un tono de incredulidad creciente.
Elena sintió un escalofrío recorriéndole la columna.
—Es el pienso de Thor, Conchi.
—¿El pienso de quién? —preguntó la suegra, dándose la vuelta lentamente.
—Del perro, suegra. De Thor.
Conchi volvió a mirar el saco, esta vez fijándose en el precio que aún seguía pegado en la esquina superior.
Un círculo rojo con un número que brillaba como una señal de advertencia: 54,95€.
El silencio que siguió fue más denso que el estofado que hervía en la olla.
Solo se oía el “fiiiu-fiiiu” del abanico de Conchi, que había aumentado su frecuencia.
—Cincuenta euros —susurró Conchi, como si estuviera nombrando un pecado capital.
—Cincuenta y cinco, prácticamente —corrigió Elena, sin saber muy bien por qué lo hacía.
Conchi se llevó una mano al pecho, buscando su collar de perlas para aferrarse a algo sólido.
—Elena, por el amor de Dios.
—Es un perro con necesidades especiales, Conchi.
—Necesidades especiales tenía mi abuelo, que en paz descanse, y se apañaba con un tazón de leche y pan duro.
—Los tiempos han cambiado.
—¡Vaya si han cambiado! Han cambiado tanto que el perro come mejor que el dueño de la casa.
Javi asomó la cabeza desde el salón, presintiendo el desastre.
—¿Pasa algo, mamá?
—Pasa, hijo, que me acabo de enterar de que este animal vive en Versalles y yo no lo sabía.
Conchi señaló el saco de pienso con el dedo índice, como si estuviera señalando una prueba incriminatoria en un juicio.
—Le compras pienso de cincuenta euros al perro mientras nosotros comemos chopped, Elena.
Elena respiró hondo, contando hasta diez en tres idiomas diferentes.
—Ustedes comen lo que quieren, Conchi. Ese chopped lo ha traído usted porque ha querido.
—Lo he traído porque sé que en esta casa el dinero se va por el desagüe.
—Thor tiene el estómago delicado, ya se lo hemos dicho mil veces.
—¿Delicado? —Conchi soltó una carcajada seca que sonó como cristales rotos—. Delicado es el cristal de Bohemia. Un perro es un perro.
Thor, un Bulldog Francés que pesaba apenas doce kilos y roncaba incluso despierto, apareció en la cocina.
Caminaba con ese balanceo característico, ajeno a que su dieta era el centro de un conflicto diplomático.
Se sentó frente a Conchi y soltó un pequeño bostezo, dejando ver su lengua rosada.
—Míralo —dijo Conchi—. Mírale la cara de sibarita que se le ha puesto.
—No tiene cara de nada, Conchi, tiene hambre.
—Normal que tenga hambre. Si yo supiera que mi cena cuesta lo que un menú degustación, también estaría relamiéndome.
Elena se cruzó de brazos, apoyándose en la mesa de la cocina.
—La última vez que comió un pienso normal, estuvimos tres días llevándolo al veterinario de urgencia.
—Eso es porque lo tenéis malcriado —sentenció la suegra.
—Eso es porque tiene una intolerancia alimentaria diagnosticada.
Conchi hizo un gesto de desdén con la mano, cerrando el abanico de golpe.
—En mis tiempos no había intolerancias. Había hambre y había lo que había.
—Pues en sus tiempos los perros no vivían lo que viven ahora.
—¡Ja! —exclamó Conchi—. En mis tiempos al perro se le daban las sobras y vivía veinte años.
—Eso es una leyenda urbana, Conchi.
—¿Leyenda? El perro de mi tío Paco, el “Capitán”.
—Ya empezamos con el Capitán —murmuró Javi desde el sofá.
—Ese perro comía las cortezas del tocino y los restos del cocido todos los días de su vida.
—Y seguro que el pobre animal tenía una acidez que no se aguantaba —replicó Elena.
—El Capitán estaba más fuerte que un roble. Saltaba tapias de dos metros.
—Thor no salta tapias, Thor vive en un piso en Chamberí.
—Así está él, que parece un cojín con patas.
Conchi volvió a acercarse al saco de pienso de salmón salvaje.
Lo tocó con la punta del zapato, como comprobando si era real.
—Salmón noruego… —leyó con sorna—. ¿Y qué más? ¿Lleva también caviar de beluga?
—Lleva probióticos y omega-3 para el pelo —explicó Elena con una paciencia heroica.
—Omega-3. Mi Javi tiene el colesterol por las nubes y lo único que toma es una pastilla blanca que le mandó el médico.
—Pues quizá Javi debería comer el pienso del perro —soltó Elena sin pensar.
El silencio volvió a reinar, esta vez más peligroso.
Conchi abrió los ojos como platos y miró a su hijo.
—¿Has oído eso, Javi? Tu mujer sugiere que comas comida de animales.
—Mamá, Elena no ha dicho eso exactamente…
—Lo ha dicho, lo ha dicho claramente. El perro salmón y el marido pienso.
—No me malinterprete, Conchi, pero es que usted exagera todo.
—¿Exagero yo? Exagerar es gastarse cincuenta euros en bolitas de color marrón.
—Es una inversión en salud animal.
—Es una falta de respeto a los que pasamos la posguerra comiendo algarrobas.
Elena sintió que la temperatura de la cocina subía cinco grados más.
Thor, ajeno a la tensión, se tumbó sobre los pies de Conchi, buscando el frescor de las baldosas.
—¡Quita, bicho! —dijo Conchi, aunque no movió el pie—. Que me vas a manchar las medias de seda.
—No le va a hacer nada, solo quiere mimos.
—Lo que quiere es que abra el saco ese de los tesoros. Sabe perfectamente que ahí dentro hay una fortuna.
Conchi volvió a mirar la bolsa de chopped que había traído.
Era un chopped rosáceo, con trocitos de algo blanco que no inspiraba mucha confianza.
—Mira este chopped, Elena. Tres euros el kilo. Calidad suprema.
—Conchi, ese chopped tiene más cartílago que carne.
—Tiene sustancia. Lo que le hace falta a la juventud de hoy. Sustancia.
—Lo que le hace falta a Thor es no tener diarrea crónica, si me permite ser directa.
Conchi se escandalizó, llevándose el abanico a la boca.
—¡Qué ordinaria, por Dios! Estamos a punto de comer.
—Usted ha empezado hablando de lo que comía el perro de su tío Paco.
—Aquello era naturalismo, Elena. Esto tuyo es… es… modernismo mal entendido.
Javi se levantó del sofá, viendo que la situación requería su intervención antes de que volaran los platos.
—Venga, vamos a sentarnos a comer el estofado, que huele de maravilla.
—Huele a curry —insistió Conchi mientras se dirigía al comedor.
—Es pimentón de la Vera, mamá. Del que a ti te gusta.
—Ya veremos, ya veremos. A ver si no me da a mí la intolerancia esa del perro.
Elena se quedó un momento sola en la cocina, mirando el saco de 55 euros.
Thor la miró con sus ojos grandes y redondos.
—Tú no tienes la culpa de ser un aristócrata, ¿verdad, gordo? —susurró.
El perro soltó un bufido que pareció una confirmación.
Elena cogió la bolsa de chopped de la suegra con dos dedos.
La guardó en el fondo de la nevera, esperando que el olvido hiciera su trabajo.
Sabía que la comida del domingo no había hecho más que empezar.
Y que el primer plato vendría aderezado con una buena dosis de reproches generacionales.
PARTE 2
El comedor estaba en un silencio tenso, solo interrumpido por el chocar de las cucharas contra los platos de porcelana.
Elena observaba a su suegra, que examinaba cada trozo de carne del estofado como si buscara un microchip oculto.
Conchi separaba los trozos de zanahoria con una precisión de cirujano.
—¿Te gusta, mamá? —preguntó Javi, rompiendo el hielo con la delicadeza de un mazo.
—La carne está un poco rebelde, hijo —respondió Conchi—. Se nota que no es del carnicero de toda la vida.
—Es de la carnicería de abajo, la de Manolo —dijo Elena, manteniendo la calma.
—Manolo ya no es lo que era desde que se divorció. Se le ve distraído con la báscula.
Elena apretó los dientes.
—De todos modos —continuó Conchi—, con lo que te has ahorrado en la carne, podrías haberle comprado otro saco de esos al perro.
El tema no iba a morir. Elena lo supo en ese instante.
La comida de Thor se había convertido en el tercer invitado a la mesa.
—Conchi, por favor, disfrutemos de la comida —suplicó Elena.
—Si yo disfruto, hija, si yo soy una mujer de gustos sencillos.
Conchi dio un sorbo al agua y miró fijamente a Javi.
—¿Tú sabes, Javi, que el perro come salmón de Noruega?
—Lo sé, mamá. Lo pagamos nosotros.
—Eso es lo que más me duele. Que con vuestro sueldo estéis financiando la flota pesquera escandinava para un animal que se lame sus propias partes.
—Es una cuestión de salud, ya te lo hemos explicado —intervino Javi.
—Salud es lo que no voy a tener yo cuando vea la factura de la luz este mes, si seguís con el aire acondicionado a esta temperatura.
Conchi se abanicó con la mano libre.
—¿Y tú crees que el perro nota la diferencia? —preguntó de nuevo la suegra.
—¿La diferencia de qué? —dijo Elena.
—Del salmón ese con las “hierbas del Himalaya”. ¿Tú crees que Thor sabe dónde está el Himalaya?
—No creo que lo sepa localizar en un mapa, no.
—Pues entonces es tirar el dinero. Si no aprecia el origen geográfico de su comida, le estás dando margaritas a los cerdos.
—No son margaritas, Conchi, son nutrientes.
—Nutrientes los que tiene el chopped que os he traído. Que por cierto, ahí se ha quedado en la cocina, muerto de risa.
—Lo comeremos mañana, de verdad.
—Mañana estará pasado. El chopped bueno hay que comerlo en el día, cuando aún brilla.
Elena visualizó el brillo del chopped y sintió una ligera náusea.
—Mamá —dijo Javi—, deja de comparar el chopped con la comida de Thor. Son cosas distintas.
—Tienes razón, hijo. El chopped es para personas. Lo de Thor es para marqueses.
Conchi dejó la cuchara en el plato con un tintineo final.
—¿Sabéis lo que hacía mi tía Angustias con el perro que tenía?
—No, pero seguro que nos lo vas a contar —murmuró Elena.
—Le hacía sopas de pan con caldo de puchero. El perro se ponía como un toro.
—Y probablemente murió de un infarto al miocardio —apostilló Elena.
—Murió de viejo, a los dieciocho años, con todos sus dientes y un pelo que parecía seda.
—Thor tiene el pelo muy suave gracias al salmón —insistió Elena, entrando al trapo sin querer.
—Suave porque le ponéis suavizante, seguro. Que ya me espero cualquier cosa de esta casa.
Conchi se reclinó en la silla, observando a Thor, que dormitaba bajo la mesa.
—A ver, Thor —le llamó—. ¿Tú sabes lo que cuesta tu saco de bolitas?
El perro abrió un ojo y volvió a cerrarlo.
—Ves, ni te contesta. Es un malagradecido.
—Es un perro, mamá. No lleva la contabilidad doméstica —dijo Javi.
—Pues debería. Si yo fuera él, os daría las gracias cada mañana con una reverencia.
Elena decidió cambiar de táctica.
—¿Quiere un poco más de estofado, Conchi?
—No, hija, no quiero abusar. No sea que falte presupuesto para el mes que viene y el perro tenga que comer merluza de pincho.
Elena cerró los ojos un segundo, buscando su centro de paz.
No lo encontró.
—¿Sabe qué es lo más curioso, Conchi? —dijo Elena con una sonrisa forzada.
—Dime, hija, ilumíname.
—Que usted se queja de los 50 euros del perro, pero el mes pasado se gastó 80 en una crema de cara que dice que tiene partículas de oro.
Javi dio un respingo en la silla. Sabía que Elena acababa de cruzar la línea de fuego.
Conchi se enderezó, ofendida en lo más profundo de su vanidad.
—Eso es una inversión en mi imagen, Elena. Una mujer de mi edad tiene que mantenerse.
—Y un perro de la edad de Thor tiene que mantener sus riñones limpios.
—¡No me compares mis arrugas con los riñones de un Bulldog! —exclamó Conchi.
—Solo digo que cada uno gasta el dinero en lo que considera importante.
—Mi cara es importante. El bienestar de mi hijo, que es el que trae el dinero a casa, es importante.
—Yo también traigo dinero a casa, Conchi —recordó Elena.
—Sí, pero tú lo gastas en lujos caninos. ¡Salmón salvaje! ¡Ni que el perro tuviera que remontar el río para desovar!
Javi intentó mediar de nuevo.
—Por favor, no discutamos por esto. Es solo comida.
—No es solo comida, Javi —dijo Conchi con tono dramático—. Es una declaración de principios. Es el síntoma de una sociedad que ha perdido el norte.
—¿El norte de Noruega? —preguntó Elena con sarcasmo.
Conchi no se rio. No tenía tiempo para bromas cuando estaba ganando una batalla moral.
—Se empieza comprando comida de lujo para perros y se acaba… se acaba viviendo en el caos.
—Exagera usted un poquito, ¿no cree?
—No exagero. Mi vecina Paquita empezó así. Primero el pienso especial. Luego la ropita de invierno.
Conchi hizo una pausa para dar efecto dramático.
—Ahora el perro tiene un psicólogo y ella come yogures de marca blanca.
—Thor no tiene psicólogo —dijo Elena—. Tiene un arnés ergonómico, eso sí.
—¡Ergonómico! —Conchi soltó una carcajada—. ¿Para qué? ¿Para que no le duela la espalda de no hacer nada en todo el día?
—Para que no le dañe la tráquea al tirar de la correa.
—En mis tiempos se les ponía una cuerda de cáñamo y el perro aprendía a no tirar por pura lógica.
—La lógica del estrangulamiento, querrá decir.
—La lógica de la jerarquía, Elena. En una casa hay niveles.
Conchi señaló el suelo.
—Abajo, el perro.
Luego señaló a Javi y Elena.
—En medio, vosotros.
Y finalmente se señaló a sí misma con una dignidad regia.
—Y arriba, la madre que os parió y que os trajo al mundo.
Elena no pudo evitarlo.
—Entonces, ¿el orden de prioridad para la comida es usted, nosotros y luego Thor?
—Exactamente.
—¿Y dónde queda el chopped en esa jerarquía?
Conchi se quedó pensativa un momento.
—El chopped es transversal. Une a todas las clases sociales.
—Pues yo creo que el chopped es lo único que el perro no podría comer sin acabar en urgencias.
—Porque lo tenéis hecho un blandengue —sentenció Conchi—. Un perro de cristal.
—Un perro sano, Conchi. Sano y feliz.
—Feliz sería si le dieras un buen hueso de jamón para que se entretuviera.
—El jamón tiene demasiada sal para él.
—¡Sal! ¡Ahora resulta que la sal es veneno! Pues yo me hincho a sal y aquí sigo, aguantando vuestros desplantes.
Conchi se levantó de la mesa de repente.
—¿A dónde va, mamá? —preguntó Javi.
—Voy a la cocina. Necesito ver ese saco otra vez. Necesito convencerme de que no lo he soñado.
Elena y Javi se quedaron solos en el comedor.
Se oían los pasos de Conchi en el pasillo, firmes y decididos.
—La has liado con lo de la crema de oro —susurró Javi.
—Se lo merecía. No puede venir aquí a fiscalizar la compra semanal.
—Ya sabes cómo es. Cree que todo lo que no sea ahorrar para el futuro es pecado.
—El futuro de Thor depende de ese salmón —dijo Elena, medio en broma, medio en serio.
De repente, un grito llegó desde la cocina.
—¡Elena! ¡Javi! ¡Venid aquí ahora mismo!
Elena y Javi se miraron con pánico.
¿Habría descubierto Conchi que también le compraban champú de aloe vera?
¿O quizá había visto los premios orgánicos de hígado de pato?
Se levantaron y corrieron hacia la cocina.
Allí estaba Conchi, de pie frente al saco abierto de salmón salvaje.
Tenía una expresión de horror absoluto en el rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Javi, asustado—. ¿Te ha dado un parraque?
—Peor —dijo Conchi, señalando el interior del saco con un dedo tembloroso—. Mucho peor.
Elena se asomó al saco.
—¿Qué ocurre? Yo lo veo normal.
—¿Normal? —gritó Conchi—. ¿A esto le llamáis normal?
Conchi metió la mano en el saco y sacó un puñado de bolitas.
Las acercó a la nariz de Elena.
—Huélelo. ¡Huélelo!
Elena olfateó con timidez.
—Huele a pescado… es normal, es de salmón.
—¡No huele a pescado! —rugió la suegra—. ¡Huele mejor que el estofado que nos acabamos de comer!
Elena se quedó sin palabras.
—Huele a… a… cocina de autor —continuó Conchi, indignada—. Esto tiene matices. Tiene profundidad.
—¿Se está quejando de que el pienso huele bien? —preguntó Javi, incrédulo.
—Me quejo de que habéis conseguido que tenga envidia de la cena de un animal que se persigue la cola.
Conchi dejó caer las bolitas de nuevo en el saco, una a una, como si fueran monedas de oro.
—Esto es el fin de la civilización, os lo digo yo. El fin.
PARTE 3
La tensión en la cocina era tan palpable que Thor, sintiéndose el centro de todas las miradas, decidió retirarse discretamente al pasillo.
Conchi seguía mirando el saco de pienso como si fuera una reliquia maldita.
—¿Y dices que esto tiene hierbas del Himalaya? —preguntó, bajando el tono pero manteniendo el rictus de sospecha.
—Eso dice la etiqueta, Conchi —respondió Elena, apoyada en el marco de la puerta.
—¿Y qué hierbas son esas? ¿Acaso el perro tiene ansiedad y necesita tila tibetana?
—Son hierbas digestivas. Romero, tomillo… cosas naturales.
—El romero crece en la sierra de Madrid, no hace falta irse al Himalaya para que el perro no tenga gases.
Conchi volvió a meter la mano en el saco, esta vez con una curiosidad casi científica.
Cogió una de las bolitas y la examinó a la luz del fluorescente de la cocina.
—Fíjate, Javi —dijo, llamando a su hijo—. Tiene forma de corazoncito.
—Es para que sea más fácil de masticar, mamá.
—No, hijo, no. Es para que os sintáis mejor con vosotros mismos mientras tiráis el dinero.
Conchi se acercó la bolita a la cara, entornando los ojos.
—Si me dices que esto es un snack de esos modernos que ponen en los bares de Malasaña, me lo creo.
—Ni se le ocurra probarlo, Conchi —advirtió Elena.
—¿Por qué no? Si es tan natural y tan caro, malo no será.
—No es para humanos, tiene una composición nutricional específica.
—Pues tiene mejor aspecto que muchas cosas que venden en la sección de congelados.
Conchi dejó la bolita sobre la encimera, justo al lado de la bolsa de chopped.
El contraste era casi poético.
Por un lado, el alimento procesado de color rosa chicle, envuelto en plástico barato.
Por otro, la pequeña joya nutricional con aroma a salmón salvaje.
—Mira esto —dijo Conchi, señalando ambas cosas—. La decadencia y la tradición, frente a frente.
—La tradición es la que nos va a dar el colesterol, suegra.
—La tradición es lo que ha mantenido a esta familia en pie durante generaciones.
Conchi suspiró y se sentó en una de las sillas de la cocina, agotada por su propia indignación.
—¿Sabes qué me pasa, Elena? —dijo con un tono inesperadamente suave.
Elena se sorprendió por el cambio de registro.
—Dígame.
—Que me da miedo. Me da miedo este mundo donde un perro vive mejor que una persona mayor en una residencia.
—Thor no vive mejor que nadie, Conchi. Solo intentamos que no sufra, que tiene la piel muy delicada.
—¿La piel delicada? En mis tiempos a los perros se les curaba todo con un poco de aceite de oliva y paciencia.
—Los tiempos avanzan, la ciencia veterinaria también.
—Avanza para vaciaros los bolsillos. Cincuenta euros… con eso te compro yo tres pollos asados, dos docenas de huevos y te sobra para el postre.
—Ya lo sé, Conchi, pero no podemos darle pollo asado al perro.
—¿Y por qué no? Al Capitán le dábamos las sobras del pollo y se ponía a dar saltos que parecía un canguro.
—El Capitán probablemente tenía una salud de hierro, pero Thor es… diferente.
—Thor es un invento de los tiempos modernos —sentenció la suegra—. Una criatura que no sobreviviría ni dos horas en un pueblo de los de antes.
Javi, que había estado observando la escena en silencio, decidió intentar un acercamiento emocional.
—Mamá, ¿por qué no dejamos el tema? Te hemos invitado a comer porque queríamos pasar el día contigo, no para hablar del presupuesto canino.
Conchi miró a su hijo con ojos empañados por un dramatismo magistral.
—Si yo lo digo por vuestro bien, Javi. Mañana os viene un imprevisto, se os rompe la caldera, y ¿qué vais a hacer? ¿Pedirle prestado al salmón noruego?
—Tenemos nuestros ahorros, mamá. No te preocupes por eso.
—Los ahorros se van volando con estas tonterías. Que si el pienso de oro, que si el arnés ergonómico… ¡Si hasta le vi el otro día unas botitas de agua!
Elena se puso roja como un tomate.
—Eso fue un regalo de mi madre, Conchi. Y solo se las pusimos porque se quemaba las almohadillas con el asfalto caliente.
—¡Botitas de agua! —Conchi se tapó la cara con las manos—. Si mi padre levantara la cabeza y viera a un perro con calzado, se volvía a la tumba de inmediato.
—Su padre vivía en otra época, en un entorno rural.
—Mi padre era un hombre con sentido común. Sabía distinguir entre un animal y un nieto.
Ese era el punto clave. Elena lo supo en cuanto las palabras salieron de la boca de Conchi.
—Ah —dijo Elena lentamente—. Así que ese es el problema.
—¿Qué problema? —preguntó Conchi, fingiendo inocencia.
—Que como no tenemos hijos, usted vuelca toda su frustración en lo que gastamos en el perro.
Javi dio un paso atrás, presintiendo que la situación acababa de subir de nivel.
Conchi se puso recta en la silla, recuperando su autoridad de golpe.
—Yo no tengo frustraciones, Elena. Yo tengo una casa pagada y la conciencia tranquila.
—Pero le duele que Thor coma salmón mientras usted no tiene un nieto al que comprarle zapatitos.
—¡Por supuesto que me duele! Un nieto es ley de vida. Un perro es un pasatiempo caro.
—Thor no es un pasatiempo. Es parte de la familia.
—Una familia no puede tener pelos y andar a cuatro patas, Elena. No me vengas con modernidades de esas que salen en la tele.
—Para nosotros sí lo es. Y por eso cuidamos su alimentación.
Conchi señaló el saco de nuevo, esta vez con un gesto de derrota.
—Cuidáis su alimentación más que la vuestra. Javi está más delgado desde que vivís juntos.
—¡Mamá, que estoy a dieta porque me lo dijo el médico! —protestó Javi.
—Te lo dijo el médico porque tu mujer solo te da de comer ensaladas mientras el perro se pega el festín en la cocina.
—Eso no es verdad y lo sabes —dijo Javi.
—Yo solo veo que aquí el que mejor vive es el bicho. Aire acondicionado, salmón salvaje, hierbas de montaña y masajes en la barriga.
—¡No le damos masajes! —exclamó Elena—. Bueno, a veces, pero porque le ayuda con la digestión.
Conchi se levantó y empezó a caminar en círculos por la cocina.
—Digestión… masajes… botitas de agua… ¡Es que lo escucho y me parece una película de ciencia ficción!
De pronto, Conchi se detuvo frente a la nevera.
—¿Sabéis lo que voy a hacer?
—Miedo me da —susurró Elena.
—Voy a probar el chopped. Para que veáis que la gente normal se conforma con cosas normales.
Conchi abrió la nevera con determinación y sacó el paquete de charcutería.
Lo abrió con un movimiento brusco, haciendo que el olor a conservantes inundara la estancia.
Cogió una loncha con los dedos, la enrolló y se la metió en la boca.
Masticó con una expresión de triunfo que, poco a poco, se fue transformando en algo más ambiguo.
—¿Está bueno? —preguntó Javi.
Conchi tardó en responder. Masticó un poco más de lo normal.
Puso una cara extraña, como si hubiera encontrado un trozo de algo que no debería estar allí.
—Está… —empezó a decir, pero se detuvo—. Está un poco salado.
—Se lo dije, Conchi. Ese chopped es puro sodio.
—Es el sabor de la realidad, Elena. A veces la realidad es salada.
Conchi dio un trago de agua largo. Se notaba que la loncha no le había sentado del todo bien.
—De todas formas —continuó, intentando recuperar el orgullo—, prefiero esto mil veces antes que gastarme una fortuna en pienso.
En ese momento, Thor apareció de nuevo en la cocina, atraído por el olor del chopped.
Se sentó a los pies de Conchi y empezó a lloriquear suavemente, moviendo la colita corta.
—Míralo —dijo Conchi—. Ahora quiere el chopped. El señorito del salmón quiere bajar al barro.
—No le dé, Conchi —advirtió Elena—. De verdad, le sienta mal.
—¡Venga ya! Una lonchita no le va a hacer nada. Si es tan bueno como yo digo, le encantará.
—Por favor, no lo haga.
Conchi, en un acto de rebeldía suprema, cortó un trocito de la loncha de chopped.
Miró a Elena desafiante.
—Para que veas que mi comida también tiene adeptos.
Conchi dejó caer el trozo de chopped al suelo.
Thor lo olió durante un segundo. Sus fosas nasales vibraron con intensidad.
Elena y Javi aguantaron la respiración.
El perro miró el trozo de carne rosa. Luego miró a Conchi.
Y entonces, hizo algo que nadie esperaba.
Thor dio media vuelta, soltó un pequeño bufido de desdén y se alejó hacia su saco de salmón salvaje.
Se sentó junto al saco y empezó a rascar el papel con la pata, pidiendo su comida de 55 euros.
El silencio que siguió fue absoluto.
Elena tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada histórica.
Conchi se quedó mirando el trozo de chopped abandonado en el suelo.
—El perro… —empezó a decir Javi, tratando de contener la risa—. El perro te ha hecho un feo, mamá.
Conchi se puso roja, pero esta vez no de ira, sino de pura vergüenza.
—Es que lo tenéis malcriado —dijo con un hilo de voz—. Le habéis atrofiado el gusto.
—O simplemente —añadió Elena con suavidad—, el perro sabe lo que es bueno.
Conchi se dio la vuelta, recogió el trozo de chopped del suelo y lo tiró a la basura.
—Me voy al salón —dijo, intentando mantener la dignidad—. No quiero estar en una habitación donde un animal me desprecia.
Pero mientras salía de la cocina, Elena pudo ver que la suegra echaba una última mirada al saco de salmón.
Una mirada que ya no era de odio, sino de una extraña y amarga envidia.
PARTE 4
El resto de la tarde transcurrió en una paz armada.
Conchi se instaló en el sillón orejero, con el abanico en una mano y una revista en la otra, aunque no parecía leer ni una palabra.
Elena y Javi terminaron de recoger la cocina en un susurro cómplice.
—Ha sido épico —susurró Javi mientras guardaba los platos—. El desplante de Thor ha sido histórico.
—Te juro que no lo he entrenado para eso —respondió Elena con una sonrisa—. Ha sido instinto puro.
—Mi madre no se va a recuperar de esta en meses. Va a soñar con el salmón noruego.
—Al menos ha dejado de hablar del chopped.
De repente, la voz de Conchi llegó desde el salón, amortiguada por el sonido de la televisión de fondo.
—¿Habéis dicho que el saco ese dura un mes?
Elena y Javi se miraron. La suegra seguía dándole vueltas al tema.
Elena se asomó a la puerta del salón.
—Sí, Conchi. Unos treinta días, si calculamos bien las dosis.
—O sea, que el perro sale a casi dos euros al día en comida —calculó la suegra en voz alta.
—Más o menos.
Conchi hizo un ruido con la lengua, de esos que indican que está haciendo cuentas mentales complejas.
—Eso es lo que me gasto yo en el café del bar con la Paquita.
—Pues ahí lo tiene, Conchi. Thor no va al bar, así que se lo gasta en el pienso.
La suegra se quedó callada un momento, asimilando la comparación.
—Ya, pero yo en el bar hablo, me relaciono, me entero de quién se ha separado en el barrio. ¿Qué saca el perro de su pienso?
—Saca que no se le cae el pelo y que sus analíticas salen perfectas.
Conchi bajó la revista y miró a Thor, que se había quedado dormido cerca de sus pies.
El perro roncaba con un sonido rítmico, como una pequeña locomotora de vapor.
—Hay que reconocerle una cosa —dijo Conchi con reticencia—. El animal tiene buen color.
—Es el omega-3, se lo digo yo —insistió Elena, acercándose y sentándose en el sofá frente a ella.
—Y no huele a perro —añadió la suegra, olfateando el aire discretamente—. Los perros de antes olían a… bueno, a perro.
—Eso es por el baño con champú de avena y la alimentación.
Conchi suspiró profundamente. Parecía que la furia se había evaporado, dejando paso a una melancolía costumbrista.
—Es que me cuesta, Elena. Me cuesta entender este mundo vuestro.
—Lo sé, Conchi. Pero no es que queramos tirar el dinero, es que queremos que lo que tenemos esté bien.
—Ya, si lo entiendo. Pero es que cincuenta euros… ¡Cincuenta euros!
—Piénselo de otra forma. Si Thor se pone enfermo por comer comida mala, la factura del veterinario serían quinientos euros.
Conchi abrió los ojos de par en par.
—¿Quinientos? ¡Por ese precio me operan a mí de la cadera!
—Bueno, exagero un poco, pero las urgencias veterinarias son carísimas.
—Entonces el salmón ese es… ¿como un seguro médico?
—Exactamente. Un seguro médico preventivo.
Conchi asintió lentamente. Esa lógica sí la convencía. El ahorro preventivo era un concepto que cualquier madre española de su generación podía respetar.
—Si lo miras así… —murmuró—. Pero sigue siendo un lujo.
—Todos tenemos lujos, Conchi. Usted tiene sus cremas y su peluquería semanal.
—¡Eso es higiene! —protestó, aunque con menos convicción.
—Y esto es salud para él. Al final, todos buscamos estar lo mejor posible.
Javi entró en el salón con dos cafés y unas pastas que había comprado por la mañana.
—Venga, vamos a merendar en paz. He traído las de canela que te gustan, mamá.
Conchi cogió una pasta y la examinó con el mismo rigor que el pienso del perro.
—Esta está un poco tostada de más, Javi. Dile al de la pastelería que no se despiste.
Pero se la comió sin rechistar.
Durante unos minutos, el único sonido fue el de las tazas y los ronquidos de Thor.
La calma era casi total, hasta que Conchi dejó la taza en la mesa y miró fijamente a Elena.
—Dime una cosa, hija. Ese salmón… ¿lo hay para personas?
Elena se quedó congelada con la pasta a medio camino de la boca.
—¿Cómo dice?
—Que si la marca esa hace algo para humanos. Porque si deja el pelo así y ayuda a la digestión, a lo mejor a mí me vendría bien un poco de ese omega-3.
Javi soltó una carcajada que casi hace que se le salga el café por la nariz.
Elena intentó mantener la compostura.
—No, Conchi. Me temo que solo fabrican para mascotas.
—Es una pena —dijo la suegra con total seriedad—. Porque a este paso, los laboratorios van a investigar más para los perros que para nosotros.
—Bueno, siempre puede empezar a comer más pescado azul, que es lo mismo.
—No es lo mismo. El pescado azul mancha la cocina y deja un olor que no se va en tres días. En cambio, esas bolitas…
Conchi miró hacia la cocina con una mezcla de deseo y resignación.
—Esas bolitas son el futuro, Elena. Limpias, nutritivas y con forma de corazón.
—Si quiere, le doy un folleto de la marca para que vea los ingredientes —ofreció Elena, divirtiéndose por dentro.
—No, no, deja. Que si me pongo a leerlo igual acabo comprándome un saco para mí y me veo roncando en el pasillo como el gordo este.
Conchi le dio una palmadita cariñosa a Thor en el lomo. El perro, sintiendo el afecto, dio un suspiro profundo sin despertarse.
—En fin —dijo la suegra, levantándose para coger su bolso—. Me voy yendo, que quiero pasar por la iglesia antes de que cierren.
—¿A rezar por nosotros? —preguntó Javi con sorna.
—A rezar para que no perdáis la cabeza del todo. Y para que el perro no pida mañana caviar, que os veo capaces.
Elena la acompañó a la puerta.
—Gracias por venir, Conchi. Y gracias por el chopped.
Conchi se detuvo en el umbral y miró a Elena a los ojos.
—El chopped tiradlo, Elena. Que después de ver el salmón ese, hasta a mí me ha dado un poco de asco.
Elena se quedó boquiabierta. Era la primera vez que Conchi admitía una derrota culinaria en toda su vida.
—Pero no se lo digas a nadie —añadió la suegra con un guiño—. Que mi reputación de ahorradora tiene que mantenerse intacta.
—Será nuestro secreto, Conchi.
—Y otra cosa —dijo antes de salir—. La próxima vez que compréis el saco ese, mirad si tienen ofertas de 2×1. Que ser modernos no quita ser listos.
Conchi bajó las escaleras con su paso firme, haciendo resonar sus tacones en el rellano.
Elena cerró la puerta y se apoyó en ella, soltando todo el aire que había estado reteniendo.
Javi apareció a su lado.
—¿Se ha ido ya?
—Se ha ido. Y creo que hemos ganado la guerra del pienso.
—No me lo creo. ¿Qué te ha dicho al final?
—Que busquemos ofertas de 2×1.
Javi se rio y abrazó a su mujer.
—Eso es lo máximo que le vas a sacar a mi madre. Es su forma de darte la razón.
Se fueron al salón y se sentaron en el sofá.
Thor se despertó, se estiró perezosamente y caminó hacia ellos.
Apoyó la cabeza en las rodillas de Elena, mirándola con esos ojos que parecían entenderlo todo.
—¿Has oído, Thor? —dijo Elena, acariciándole las orejas—. La abuela dice que eres un sibarita, pero que tienes el pelo precioso.
El perro soltó un pequeño ladrido de satisfacción.
—A partir de ahora, nada de chopped, ¿vale? Solo salmón del Himalaya.
Javi miró el reloj.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ahora me ha entrado hambre de salmón a mí.
—Pues vas a tener que conformarte con el estofado, porque el del perro sale a dos euros la dosis y no estamos para derroches.
Ambos se rieron, relajados por fin tras el torbellino emocional que suponía cualquier visita de Conchi.
En la nevera, el paquete de chopped languidecía en un rincón, olvidado y condenado.
En la cocina, el saco de 55 euros brillaba bajo la luz del atardecer, como un trofeo de la modernidad.
Y en el sofá, una familia pequeña y peluda disfrutaba del silencio dominical, sabiendo que, al menos por hoy, la armonía doméstica se había salvado gracias a un puñado de bolitas con forma de corazón.
Porque al final, el amor se demuestra de muchas formas.
A veces con un abrazo.
A veces con paciencia infinita ante una suegra difícil.
Y a veces, simplemente, comprando el pienso más caro del mundo para que un Bulldog Francés pueda seguir roncando feliz en el centro de Madrid.