PARTE 1
El sol de mediodía en Madrid no perdona.
Cae sobre el asfalto como un castigo bíblico.
Elena estaba sentada al volante de su utilitario.
Un coche que, hasta hacía cinco minutos, olía a pino colgado del retrovisor.
Un pino sintético, discreto, casi humilde.
Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido.
El destino, en este caso, tiene nombre de mujer.
Y lleva un cardado que desafía las leyes de la gravedad.
Se llama Purificación.
Puri, para los amigos.
“La Doña”, para Elena.
Elena miraba por el espejo retrovisor con el pulso tembloroso.
Vio aparecer la figura de su suegra por el portal.
No era una mujer caminando.
Era una fragata de guerra desplegando velas en plena calle Goya.
Purificación vestía de lino beige, como si fuera a un safari por la Moraleja.
Llevaba un bolso de piel que pesaba más que su conciencia.
Y traía consigo algo más.
Algo invisible pero letal.
Una onda expansiva que precedía a sus pasos.
Elena vio cómo un perro que paseaba por la acera se detenía en seco.
El animal olisqueó el aire, gimió y cambió de acera a paso ligero.
—Ya está aquí —susurró Elena para sí misma.
Cerró las ventanillas, presa de un pánico instintivo.
Como quien se protege de un ataque químico.
Pero era inútil.
El coche no estaba blindado contra la vanidad de una suegra madrileña.
Purificación llegó a la altura de la puerta del copiloto.
Dio dos golpecitos secos en el cristal con el anillo de pedrusco familiar.
Elena desbloqueó el cierre centralizado con el dedo tembloroso.
El sonido del pestillo fue como el disparo de salida de una tragedia.
Puri abrió la puerta.
Y entonces sucedió.
No fue un olor.
Fue una bofetada molecular.
Una masa densa de partículas aromáticas invadió el habitáculo.
Era una mezcla de jazmín radiactivo, almizcle concentrado y algo que recordaba vagamente a un desinfectante de hospital de lujo.
Era “L’Essence de la Grandeur”.
O, como Elena prefería llamarlo, “Napalm de Flores”.
Purificación se sentó con la elegancia de una reina exiliada.
El asiento del coche crujió bajo su peso y su importancia.
—Hola, hija, qué calor hace, parece que nos vamos a derretir —dijo Puri.
Al hablar, una nueva ráfaga de perfume salió despedida de su escote.
Elena sintió que sus vellos nasales se incineraban instantáneamente.
Intentó sonreír, pero el gesto se convirtió en una mueca de dolor.
—Hola, suegra… —alcanzó a decir.
—¿Te pasa algo en la cara? Te veo pálida.
—Es el calor, Puri. El calor.
—Pues pon el aire acondicionado, que esto es un horno.
Elena obedeció.
Fue su primer gran error del día.
En cuanto el chorro de aire salió por las rejillas, el perfume se distribuyó de forma uniforme.
Ya no era una nube localizada en el asiento del copiloto.
Ahora era un sistema climático completo dentro del coche.
Un microclima de perfumería francesa en plena crisis nerviosa.
Elena empezó a notar que el oxígeno escaseaba.
Cada vez que inhalaba, sentía que estaba bebiendo colonia directamente del frasco.
—¿Y Javi? ¿No viene Javi? —preguntó la suegra.
—Nos espera en el restaurante, ha ido a buscar sitio para aparcar.
—Qué chico más previsor, siempre ha sido tan responsable.
Puri sacó un abanico de su bolso.
Un abanico de madera noble con escenas de caza pintadas a mano.
Empezó a abanicarse con un ritmo frenético.
Flap, flap, flap.
Cada movimiento del abanico era como un ventilador industrial esparciendo el aroma.
El aire se volvió sólido.
Elena sentía que podía masticar el olor a nardos.
—Suegra… —empezó a decir Elena, con la voz un poco tomada.
—Dime, cielo.
—¿Se ha puesto usted perfume?
Puri se detuvo en seco, con el abanico a medio camino.
Se miró las manos, luego miró a Elena con una ceja arqueada.
—¿Que si me he puesto perfume?
—Es que… huele un poco fuerte.
Puri soltó una carcajada que resonó en el habitáculo.
—Hija, por Dios, es perfume francés.
—Ya, pero…
—De los buenos, de los que no se encuentran en cualquier sitio.
—Me lo imagino.
—Me lo trajo tu suegro de aquel viaje a París, el que hicimos antes de que se le olvidaran las cosas.
—Es muy… persistente.
—Es que a la gente elegante se nos tiene que oler, Elena.
Puri volvió al abanico con renovado entusiasmo.
—La elegancia no se ve solo con los ojos, se percibe con el olfato.
Elena agarró el volante con fuerza.
Sentía un sudor frío bajando por su nuca.
Las paredes del coche parecían estar cerrándose sobre ella.
—Suegra, se ha echado medio bote de colonia.
—¿Medio bote? No digas tonterías.
—No se puede respirar en el coche, Puri.
—Exagerada. Eres una exagerada.
—No es exageración, es que tengo las retinas irritadas.
—Eso es de estar tanto tiempo mirando el móvil, que os vais a quedar ciegas.
Puri se recolocó el cinturón de seguridad.
Lo hizo con desdén, como si el cinturón fuera una falta de respeto a su vestido.
—Arranca, anda, que se nos hace tarde para la reserva.
Elena puso la primera marcha.
El motor rugió, pero a ella le pareció que era un lamento.
Empezaron a avanzar por la calle Goya.
Cada semáforo en rojo era una tortura.
En las paradas, el aire se estancaba.
Elena bajó un poco su ventanilla.
—¿Qué haces? —preguntó Puri—. Que se escapa el frío.
—Necesito aire, suegra. Aire de verdad.
—Pero si el aire acondicionado está a tope.
—Es que… me estoy mareando.
Puri suspiró con una condescendencia infinita.
—Eso es que no has desayunado bien.
—He desayunado un café y una tostada.
—Un café y una tostada no es nada. A tu edad yo me comía un filete.
—No creo que un filete me ayude con el olor a jazmín atómico, Puri.
—Es “Esencia de Versalles”, por favor, respeta un poco.
Elena subió la ventanilla porque el ruido del tráfico le impedía concentrarse en su náusea.
El olor se volvió a concentrar.
Era como estar atrapada en un ascensor con una delegación de esteticistas francesas.
Elena miró el salpicadero.
El pino colgante estaba empezando a amarillear de forma alarmante.
Parecía estar marchitándose en tiempo real.
Incluso el plástico del salpicadero parecía estar sudando aceite esencial.
—Puri, ¿seguro que no se le ha caído el frasco encima?
—Elena, por favor, qué falta de educación.
—No es educación, es supervivencia.
—Una mujer tiene que dejar huella por donde pasa.
—Usted no está dejando huella, está dejando un rastro radiactivo.
—Qué graciosa te pones cuando te falta el azúcar.
Puri se sacó un espejo del bolso.
Se miró los labios, se retocó el carmín con una precisión quirúrgica.
Luego, se dio unos golpecitos en las mejillas.
—Me veo bien, ¿verdad? —preguntó.
—Está usted radiante, suegra. Literalmente. Creo que brilla en la oscuridad.
—Eso es la vitalidad. Y el perfume, que realza el ánimo.
Elena giró en la esquina de Velázquez.
Un bache hizo que el coche diera un pequeño salto.
El movimiento agitó el aire de nuevo.
Elena sintió una punzada en la sien.
Un dolor punzante, como si un enano estuviera tocando el tambor en su lóbulo frontal.
—Elegante o no, me está dando un mareo que no llego al restaurante —sentenció Elena.
—Céntrate en la carretera y deja de quejarte.
—¿Cómo me voy a centrar si veo doble?
—Eso es el estrés. Tienes que relajarte.
—Me relajaré cuando pueda inhalar algo que no sea “Versalles” puro.
—Eres igualita a tu madre, tan sensible para lo que no importa.
Elena apretó los dientes.
Mencionar a su madre era el paso previo a la guerra total.
Pero ahora mismo no tenía fuerzas para pelear.
Solo quería llegar al restaurante y bajar del coche.
Necesitaba oxígeno.
Oxígeno puro, de ese que hay en los picos de los Alpes.
O al menos, oxígeno con olor a escape de autobús madrileño.
Cualquier cosa era mejor que el habitáculo convertido en frasco de colonia.
—¿Falta mucho? —preguntó Puri.
—Diez minutos. Si no me desmayo antes.
—Mira, ahí hay una farmacia. ¿Quieres que paremos a por algo para el estómago?
—No necesito una farmacia, Puri. Necesito un extractor de humos.
—Qué humor tienes hoy, hija. Javi me dijo que estabas un poco irascible.
Elena contó hasta diez en voz baja.
Uno, dos, tres… jazmín.
Cuatro, cinco, seis… almizcle.
Siete, ocho, nueve… muerte por asfixia decorativa.
—Javi dice muchas cosas —respondió Elena.
—Dice que trabajas demasiado.
—Trabajo lo justo para pagar el coche que usted está gaseando.
Puri soltó un bufido de indignación.
—Gaseando. Qué palabras usas.
—Son las palabras que corresponden a la situación.
—Es una fragancia de alta gama, Elena. Cuesta más que tus neumáticos.
—Pues use los neumáticos, Puri. Al menos no me dan ganas de devolver.
Puri cerró el abanico con un golpe seco.
¡Clac!
El silencio que siguió fue tenso.
Un silencio cargado de partículas aromáticas que flotaban en el rayo de sol que cruzaba el coche.
Elena podía ver las motas de polvo bailando en el aire.
O quizás no era polvo.
Quizás eran gotas microscópicas de perfume esperando a ser inhaladas.
La batalla solo acababa de empezar.
Y el restaurante aún estaba a cinco kilómetros de distancia.
Cinco kilómetros de tortura olfativa.
Elena se preparó para lo que venía.
Sabía que la conversación no se quedaría ahí.
Puri estaba cargando su artillería pesada.
Y no olía precisamente a pólvora.
PARTE 2
El coche avanzaba por la Castellana como una cápsula espacial perdida en una nebulosa de lujo.
Elena notaba que sus sentidos empezaban a alterarse.
El color rojo de los semáforos parecía más brillante.
El sonido de la radio, que emitía una suave melodía de jazz, le resultaba estridente.
Era el efecto secundario de la hiperventilación controlada.
Intentaba respirar lo menos posible.
Inspiraciones cortas, superficiales.
Como un buzo que sabe que le queda poco aire en el tanque.
—¿Te has fijado en cómo lleva el pelo la del coche de al lado? —preguntó Puri, rompiendo el silencio.
Elena giró la cabeza lo justo para no perder el conocimiento.
—No, suegra, no me he fijado.
—Lleva unas mechas que parecen hechas con una brocha gorda. Qué horror.
Puri se recolocó su collar de perlas.
—La gente ya no tiene clase, Elena. Salen a la calle de cualquier manera.
—A lo mejor es que tienen prisa, Puri.
—La prisa no es excusa para la desidia.
Puri volvió a abrir el abanico.
Esta vez lo movía con una cadencia más lenta, más majestuosa.
Cada vez que el aire se desplazaba, Elena sentía que una ola de “Essence de la Grandeur” se le metía por los ojos.
Le picaban.
Le escocían como si le hubieran echado limón.
—Puri, por favor, guarde el abanico —suplicó Elena.
—¿Ahora te molesta el abanico? Pero si me estoy asfixiando de calor.
—Es que cada vez que lo mueve, me lanza una ráfaga de… de eso.
—¿De “eso”? Se llama distinción, hija.
—Se llama riesgo biológico.
—No seas dramática. Si es un olor delicioso.
—En pequeñas dosis, Puri. En pequeñas dosis. Usted se ha bañado en él.
—Solo me he dado tres toques.
—¿Tres toques? ¿Con una manguera de bomberos?
—Uno en cada muñeca y otro en el cuello. Lo normal.
Elena miró el cuello de su suegra.
Brillaba.
Había una capa aceitosa sobre la piel de la señora.
Daba la impresión de que si alguien acercara una cerilla, Puri saldría volando como un cohete de la NASA.
—Puri, hay gotas. Hay gotas de aceite en su cuello.
—Es la fijación. Un buen perfume tiene que fijar bien.
—Está tan fijado que creo que si intentamos lavarlo, se cae la piel antes que el olor.
—Qué cosas tienes. Javi siempre dice que tienes mucha imaginación.
—Javi no está aquí encerrado conmigo.
—Pobre Javi, lo que tiene que aguantar con tus nervios.
Elena sintió que el estómago le daba un vuelco.
No sabía si era por la mención a su marido o por la reacción química que estaba ocurriendo en su esófago.
—Suegra, vamos a hacer una cosa —dijo Elena con tono desesperado.
—¿Qué?
—Voy a abrir todas las ventanillas.
—¡Ni se te ocurra! Que me despeino.
—Prefiero que se despeine a que yo termine en urgencias.
—Elena, que vamos a un restaurante de tenedor, no a una verbena.
—Me da igual. Necesito aire.
Elena pulsó los cuatro botones de las ventanillas a la vez.
El aire de Madrid entró con un estruendo.
El ruido de los motores, las bocinas y el calor seco inundaron el coche.
Pero para Elena, fue como si le hubieran dado una máscara de oxígeno.
Inspiró profundamente.
Incluso el humo de un autobús que pasaba por al lado le pareció celestial.
—¡Ay, mi pelo! —gritó Puri, llevándose las manos a la cabeza.
Su cardado, una estructura arquitectónica de laca y paciencia, empezó a tambalearse.
Unos mechones se soltaron y empezaron a azotarle la cara como látigos.
—¡Cierra eso ahora mismo! —ordenó la suegra.
—¡Cinco minutos, Puri! ¡Solo cinco minutos!
—¡Que parezco un espantapájaros! ¡Mírame!
Puri intentaba sujetarse el pelo con las manos mientras el viento revolvía su ropa de lino.
Parecía una de esas personas que salen en los anuncios de seguros después de un huracán.
Pero el perfume era persistente.
A pesar de la corriente de aire, el aroma seguía ahí, agarrado a la tapicería.
—Es increíble —dijo Elena, maravillada por la resistencia química de la fragancia.
—¿Qué es increíble? ¡Cierra ya!
Elena subió las ventanillas a regañadientes.
El silencio volvió a reinar, pero ahora el aire estaba agitado.
El perfume se había mezclado con el polvo de la calle y el olor a asfalto caliente.
El resultado era una mezcla nueva, más compleja y, si cabe, más agresiva.
—Me has arruinado el peinado —dijo Puri, mirándose en el espejo con ojos de odio.
—Se lo puede arreglar en el baño del restaurante.
—No es lo mismo. La primera impresión es lo que cuenta.
—La primera impresión que vamos a dar es la de una explosión en una fábrica de cosméticos.
Puri se sacó un peine de plata del bolso.
Empezó a cardarse de nuevo el pelo en medio del coche.
Ras, ras, ras.
El sonido del peine contra el pelo reseco por la laca era dentera pura.
—¿Sabes qué pasa, Elena? —dijo Puri mientras trabajaba en su coronilla.
—¿Qué pasa, suegra?
—Que no valoras las cosas buenas.
—Valoro mucho el oxígeno, de verdad.
—Me refiero a los detalles. A los modales.
—Tener modales también es no asfixiar a los acompañantes.
—Yo no asfixio a nadie. Tu suegro nunca se quejó.
—Tu suegro perdió el olfato en el año noventa y dos, Puri.
—No lo perdió, se volvió selectivo.
Elena giró hacia la calle Serrano.
El tráfico estaba imposible.
Una procesión de coches de lujo y taxis avanzaba a paso de tortuga.
—Mira ese escaparate —dijo Puri, señalando una tienda de alta costura.
—No puedo mirar escaparates, Puri, estoy conduciendo.
—Ese vestido te quedaría bien. Si perdieras un par de kilos de las caderas.
Elena apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Gracias por el consejo de moda, suegra.
—De nada, hija. Para eso estamos la familia. Para decirnos las verdades.
—Pues la verdad es que me estoy poniendo verde. ¿Me ve la cara? Estoy verde.
Puri la miró de reojo.
—Es el reflejo del semáforo.
—No es el reflejo. Es la bilis.
—Qué ordinaria eres a veces.
Elena sintió que una gota de sudor le bajaba por el entrecejo.
El calor del coche, a pesar del aire acondicionado, estaba aumentando.
O tal vez era su temperatura corporal subiendo por el estrés.
—¿A qué restaurante vamos exactamente? —preguntó Puri.
—A “La Posada del Buey”.
—¿Ahí? Pero si ahí hacen carne a la piedra.
—Sí, le gusta a Javi.
—¡Me va a oler toda la ropa a grasa! —exclamó la suegra, horrorizada.
—Bueno, mire el lado positivo.
—¿Cuál?
—Que la grasa del buey a lo mejor neutraliza su perfume.
Puri le lanzó una mirada que podría haber congelado el infierno.
—Eso ha sido muy grosero, Elena.
—Ha sido un comentario técnico.
—Mi perfume no necesita ser neutralizado.
—Puri, en serio. ¿Usted no nota nada? ¿No siente que el aire pesa?
—Siento que estás intentando amargarme la comida.
—No intento nada, solo intento llegar viva.
Elena puso el intermitente para cambiar de carril.
Un taxista le pitó y le gritó algo por la ventanilla.
Elena ni siquiera se inmutó.
Estaba en una fase de letargo sensorial.
Empezaba a ver puntitos de colores flotando sobre el capó del coche.
—¿Estás bien? —preguntó Puri, con un ligero rastro de preocupación en la voz.
—No.
—Te tiembla el párpado.
—Es un tic. Me sale cuando estoy expuesta a agentes químicos potentes.
—No digas tonterías.
Puri abrió de nuevo su bolso.
Elena tembló.
—¿Qué va a sacar ahora? ¿Más colonia?
—Voy a buscar un caramelo de menta. Para que te relajes.
Puri empezó a revolver en las profundidades de su bolso.
Ese bolso era como el triángulo de las Bermudas.
Había llaves, pañuelos, un rosario, recibos del banco, una polvera…
Y de repente, el olor se intensificó aún más.
Elena se dio cuenta de por qué.
Dentro del bolso, el frasco de “Essence de la Grandeur” no tenía el tapón bien puesto.
Cada vez que Puri removía el contenido, salía una bocanada de esencia pura.
Era el epicentro del seísmo.
—Puri… el frasco —dijo Elena con voz débil.
—¿Qué frasco?
—El de la colonia. Está abierto dentro del bolso.
Puri miró dentro de su bolso.
—¡Ay! Es verdad. Se ha debido de aflojar con el traqueteo.
—¡Ciérrelo! ¡Por el amor de Dios, ciérrelo!
—Espera, que no encuentro el tapón… ha debido de caerse al fondo.
Puri metió la mano hasta el codo en el bolso y empezó a agitarlo todo.
Fue el golpe de gracia.
El aroma que salió de allí era tan denso que Elena juraría que vio una neblina gris llenando el espacio entre ellas.
Era gas mostaza con aroma a jardín de Versalles.
Elena sintió que el mundo daba vueltas.
El coche de delante frenó.
Elena pisó el freno justo a tiempo.
El cinturón de seguridad le dio un tirón en el pecho, obligándola a expulsar el poco aire limpio que le quedaba.
—¡Cuidado! —gritó Puri.
—¡Cierre el bolso! —gritó Elena.
—¡No encuentro el tapón! ¡Se ha manchado el forro de seda! ¡Mi forro de seda!
—¡Al carajo el forro! ¡Nos vamos a morir asfixiadas!
Puri sacó el frasco. Estaba húmedo.
El líquido preciado goteaba sobre su falda de lino.
—¡Nooooo! —gritó la suegra—. ¡Mi falda de trescientos euros!
—¡Mi coche! ¡Va a oler a esto hasta el año dos mil cincuenta!
Elena puso las luces de emergencia y se detuvo en doble fila como pudo.
No podía más.
Necesitaba salir de allí.
Abrió su puerta y salió a la calle casi tropezando con sus propios pies.
Se apoyó en el techo del coche y empezó a jadear.
—¡Elena! ¡No me dejes aquí con el frasco abierto! —gritaba Puri desde dentro.
—¡Tírelo por la ventana! —respondió Elena entre arcadas.
—¡¿Cómo voy a tirar un perfume de cien euros?!
La gente que pasaba por Serrano miraba la escena con curiosidad.
Una mujer joven apoyada en un coche, respirando como si acabara de correr un maratón.
Y una señora mayor dentro, agitando un frasco y un abanico, envuelta en una nube invisible pero detectable a diez metros de distancia.
Elena levantó la cabeza y miró al cielo.
Nunca el cielo de Madrid, con su boina de contaminación, le había parecido tan puro.
PARTE 3
Elena permaneció apoyada en el coche durante lo que parecieron horas.
En realidad, fueron apenas dos minutos.
Pero fueron dos minutos de gloria pulmonar.
El aire de la calle, con su mezcla de humo de diésel y sudor ciudadano, era como un bálsamo.
Sin embargo, la realidad volvió a llamarla a la puerta.
Literalmente.
Puri bajó la ventanilla del copiloto y asomó la cabeza.
—¡Elena! ¡Haz el favor de entrar! ¡Estamos dando un espectáculo!
—El espectáculo es su rastro químico, suegra —respondió Elena sin moverse.
—He encontrado el tapón. Ya está cerrado.
—Da igual. El mal ya está hecho. El líquido ha pasado a estado gaseoso y ha reclamado el territorio.
—No seas tan técnica y sube. Javi acaba de llamarme al móvil. Dice que ya está sentado en la mesa.
Elena suspiró.
Javi.
Su marido, ese hombre que siempre lograba estar en el lugar adecuado (el restaurante con aire acondicionado) mientras ella estaba en el frente de batalla (el coche de los horrores).
Elena volvió a entrar en el coche.
Lo hizo conteniendo la respiración, como quien entra en una fosa séptica.
El olor ya no era solo un olor.
Era una presencia física.
Parecía que el aire se hubiera vuelto viscoso.
—He limpiado lo de la falda con un pañuelo —dijo Puri, mostrando un trozo de papel empapado.
—¡No deje el pañuelo ahí! —gritó Elena al ver que lo iba a soltar en el hueco de la puerta.
—¿Y qué quieres que haga con él?
—Tírelo a la papelera de la calle. ¡Ahora mismo!
Puri, ofendida, alargó el brazo por la ventanilla y soltó el pañuelo como si fuera un residuo radiactivo.
—Qué modales, Elena. De verdad. Qué modales.
—Puri, estamos a tres minutos del restaurante. Por favor, mantenga la boca cerrada y no se mueva.
—¿Ahora no puedo ni hablar?
—Cada vez que habla, mueve el aire. Y si mueve el aire, yo muero.
Elena arrancó el coche.
Conducía con una mano en el volante y la otra sujetándose el cuello de la camisa sobre la nariz.
Parecía un bandolero de Sierra Morena atracando su propio vehículo.
Llegaron a la zona del restaurante.
Aparcar fue una odisea, pero Elena tenía una motivación extra: la libertad.
Encontró un hueco estrecho, hizo una maniobra imposible y apagó el motor.
—Llegamos —dijo, con voz de superviviente de un naufragio.
—Menos mal. He pasado un calor espantoso con tus ventanillas abiertas —se quejó Puri.
Salieron del coche.
Elena cerró con el mando a distancia y dio dos pasos atrás rápidamente.
Puri se alisó la falda. La mancha de perfume era invisible, pero el aroma que emanaba de ella era como un faro en la noche.
Caminaron hacia el restaurante, “La Posada del Buey”.
Era un local de esos con solera.
Vigas de madera, cabezas de toro en las paredes y camareros con chaleco que te llaman “caballero” o “señora”.
En cuanto cruzaron el umbral, el hilo musical de la entrada pareció desafinar.
El aire acondicionado del local, potente y frío, chocó contra el aura de Purificación.
Se creó un frente atmosférico.
Una turbulencia olfativa.
—¡Por aquí! —gritó Javi desde una mesa al fondo.
Javi agitaba la mano, ajeno al drama que acababa de ocurrir en el coche.
Cuando se acercaron, Javi se levantó para darles un beso.
Primero a su madre.
Se acercó a la mejilla de Puri.
Elena lo observó como quien mira a un hombre caminando hacia un campo de minas.
Javi hizo contacto.
Inhaló.
Se quedó paralizado a medio camino del segundo beso.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¡Madre de Dios! —exclamó Javi, retrocediendo dos pasos.
—¿Qué pasa, hijo? ¿Tan guapa estoy? —preguntó Puri, encantada de la vida.
—Mamá… ¿qué te ha pasado? ¿Te has caído en una tina de colonia?
Elena soltó una carcajada histérica que atrajo las miradas de las mesas vecinas.
—¡Te lo dije! —exclamó Elena—. ¡Te lo dije, Puri!
—No empecéis los dos —dijo la suegra, sentándose con dignidad—. Es perfume francés.
Javi se sentó, todavía parpadeando como si le acabaran de echar spray pimienta.
—Mamá, es que… se huele desde la puerta. He notado que llegabas antes de verte.
—Es la distinción, Javi. Tu mujer no lo entiende, pero tú deberías.
—No, mamá, no es distinción. Es que el camarero que está a cinco metros está empezando a llorar.
Era verdad.
Un joven camarero que se acercaba con las cartas se detuvo a un metro de la mesa.
Arrugó la nariz.
Miró a su alrededor buscando la fuente del conflicto.
Su mirada se posó en Purificación.
Puri le sonrió con su mejor cara de gran señora.
—Buenas tardes, joven —dijo ella.
El camarero balbuceó algo.
—¿Quieren… quieren tomar algo para empezar? —preguntó, intentando mantener la distancia de seguridad.
—Un vino blanco muy frío para mí —pidió Puri.
—Yo una cerveza —dijo Javi—. Grande. Muy grande. La necesito.
—Yo otra —añadió Elena—. Y un inhalador de ventolín si tienen en la cocina.
El camarero se retiró casi corriendo.
—Qué chico más nervioso —comentó Puri—. La juventud de ahora no tiene templanza.
—Lo que no tiene es máscara antigás, mamá —dijo Javi, bajando la voz—. ¿De verdad no te das cuenta?
—¿De qué tengo que darme cuenta? De que sois unos exagerados.
—Elena tiene la cara roja —señaló Javi.
—Es de la velocidad a la que conduce —replicó la suegra—. Casi nos matamos en Serrano.
Elena se limitó a beber agua de la jarra que había en la mesa.
Bebió como si estuviera lavándose el alma por dentro.
—Bueno —dijo Javi, intentando cambiar de tema—, ¿qué vamos a comer?
—Yo quiero el chuletón —dijo Puri—. Me han dicho que aquí es excelente.
—¿Un chuletón a la piedra? —preguntó Elena—. ¿Está segura?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Porque la piedra suelta mucho humo. Y el humo se mezcla con las cosas.
—Hija, qué obsesión tienes hoy con el aire. Pareces un meteorólogo.
El restaurante empezó a llenarse.
En la mesa de al lado, una pareja de turistas japoneses estaba mirando a Puri con una mezcla de admiración y terror.
Empezaron a susurrar entre ellos y a señalar discretamente.
—¿Ves? —susurró Puri—. Los extranjeros aprecian la elegancia cuando la ven.
—No la están viendo, Puri —dijo Elena—. La están geolocalizando.
Llegaron las bebidas.
El camarero dejó las copas con el brazo estirado, como si estuviera alimentando a una bestia enjaulada.
Puri tomó un sorbo de su vino.
—Está un poco caliente —se quejó.
—Está a la temperatura del nitrógeno líquido, mamá —dijo Javi—. Es que tus receptores térmicos deben de estar fritos por el alcohol de la colonia.
—¡Javi! ¡Un respeto a tu madre!
—Si te respeto, mamá, pero es que me pican los oídos.
—¿Los oídos? ¿Qué tiene que ver el perfume con los oídos?
—No lo sé, pero hay una conexión nerviosa que me está diciendo que salga corriendo.
En ese momento, trajeron los entrantes.
Unas croquetas caseras y un plato de jamón.
Normalmente, el olor del jamón ibérico es capaz de eclipsar cualquier cosa.
Pero hoy no.
El jamón llegó a la mesa y, de repente, pareció perder su aroma.
Elena acercó un trozo de jamón a su nariz.
—Sabe a Chanel número cinco —dijo Elena, desolada.
—¡Es Versalles! —corrigió Puri—. ¡Versalles!
—Pues sabe a Versalles ibérico, suegra.
Javi probó una croqueta.
—Es verdad —dijo Javi—. La bechamel ha absorbido el ambiente. Es una croqueta de flores silvestres.
Puri probó una.
—Está deliciosa. No sé de qué os quejáis.
—Mamá, estás comiendo colonia sólida —dijo Javi.
—Sois insoportables. No se puede salir con vosotros.
Puri se abanicó de nuevo.
El gesto, ya mecánico, provocó que un señor de la mesa de atrás estornudara tres veces seguidas.
¡Atchis! ¡Atchis! ¡Atchis!
El señor se giró, buscando al culpable.
Sus ojos se cruzaron con los de Elena, que le puso cara de “lo siento, estoy secuestrada”.
—Esto va a acabar mal —susurró Elena.
—¿Qué va a acabar mal? —preguntó Javi.
—Tu madre, la piedra caliente y la física cuántica del perfume.
—No seas pájaro de mal agüero, Elena —dijo Puri—. Disfruta de la comida.
Pero disfrutar era difícil.
Elena sentía que su sentido del gusto se había rendido.
Todo lo que entraba en su boca pasaba por el filtro nasal de la suegra.
Era como comer en una floristería durante un incendio.
—Voy un momento al servicio —dijo Puri, levantándose.
—¿A qué? ¿A echarse más? —preguntó Elena con pánico.
—A retocarme el peinado, que me lo has dejado hecho un desastre con tus ventanillas.
Puri se alejó hacia el fondo del local.
Se hizo un silencio bendito en la mesa.
Elena y Javi se miraron.
—¿Cómo has podido venir en el coche con ella? —preguntó Javi.
—No ha sido un viaje, Javi. Ha sido una experiencia extracorpórea.
—Huele mucho, ¿no?
—Javi, he visto pájaros caer del cielo cuando pasábamos por la calle Alcalá.
—Pobre mamá. Ella cree que va ideal.
—Ella va armada, Javi. Es un arma química de destrucción masiva.
—¿Qué hacemos?
—Rezar para que no se acerque mucho a la cocina. Si el chef huele esto, nos echa del local.
En ese momento, Puri volvía del baño.
Caminaba con la cabeza alta, dejando una estela que hacía que la gente se apartara a su paso como las aguas del Mar Rojo ante Moisés.
Pero había algo nuevo.
En su mano traía el frasco de colonia.
Lo llevaba fuera del bolso.
—Se me ha vuelto a salir el tapón —dijo al llegar—. Menos mal que me he dado cuenta.
—¡Guarda eso! —gritó Javi.
—Espera, que voy a ver si ha manchado el monedero…
Puri empezó a manipular el frasco encima de la mesa.
Justo en ese instante, el camarero llegaba con la piedra caliente para el chuletón.
La piedra venía soltando un calor infernal y un humo denso.
El camarero, distraído por el olor que emanaba de Puri, tropezó ligeramente con la pata de la silla.
El frasco de perfume resbaló de las manos de la suegra.
Elena vio la escena a cámara lenta.
El frasco de cristal volando por los aires.
La piedra caliente esperando en el centro de la mesa.
El impacto fue inevitable.
PARTE 4
El frasco de “Essence de la Grandeur” no se rompió al chocar contra la piedra.
Habría sido demasiado sencillo.
Lo que hizo fue volcarse.
El tapón, que Puri no había terminado de enroscar, salió despedido como el corcho de una botella de champán.
El líquido, ese néctar concentrado de Versalles, se vertió directamente sobre la superficie de granito a doscientos cincuenta grados.
El efecto fue instantáneo.
No fue una evaporación. Fue una sublimación violenta.
¡TSHHHHHHHHHHHHHHHH!
Una columna de humo blanco, denso y extremadamente fragante se elevó hacia el techo del restaurante.
Era como si hubieran encendido una granada de humo en una tienda de cosméticos.
En tres segundos, la mesa desapareció tras una cortina de vapor aromático.
—¡Mi colonia! —gritó Puri.
—¡Mis pulmones! —gritó Elena, tapándose la boca con la servilleta.
El humo empezó a expandirse por todo el salón.
No era el humo habitual de la carne a la piedra, que huele a grasa y a banquete.
Era un humo que olía a mil abuelas yendo a misa un domingo de resurrección.
El aire acondicionado intentó succionar la nube, pero solo consiguió distribuirla con más eficacia.
En diez segundos, el restaurante entero estaba sumergido en una niebla que impedía ver la mesa de al lado.
—¡Fuego! —gritó alguien al fondo del local.
—¡No es fuego, es mi suegra! —quiso aclarar Elena, pero le dio un ataque de tos.
Los clientes de las mesas cercanas empezaron a levantarse, presos del pánico olfativo.
—¡¿Qué es este olor?! —gritaba un señor mientras agitaba las manos.
—¡Parece que ha explotado una fábrica de ambientadores!
El encargado del restaurante apareció corriendo, con un pañuelo en la nariz.
Parecía un sheriff de película del oeste intentando poner orden en un salón lleno de forajidos.
—¡Por favor! ¡Mantengan la calma! —gritaba, aunque a él mismo le lloraban los ojos.
Llegó a la mesa de Elena, Javi y Puri.
Vio el frasco vacío sobre la piedra, que seguía siseando y soltando los últimos restos de la fragancia.
El olor era tan potente que el encargado tuvo que sujetarse a la mesa para no marearse.
—Señora… —dijo el encargado, mirando a Puri—, ¿qué ha hecho?
—Ha sido un accidente —dijo Puri, que era la única que parecía inmune al desastre—. El joven ha tropezado y mi perfume se ha derramado.
El camarero, que seguía allí con la bandeja en la mano, palideció.
—¡Yo no he hecho nada! —exclamó el chico—. ¡Esa señora llevaba un arma química!
—¡Cómo se atreve! —indignóse Puri—. ¡Es perfume francés!
—¡Es un atentado contra la salud pública! —gritó el cliente de la mesa de atrás, que ya tenía la cara de color púrpura.
Javi, haciendo gala de una diplomacia desesperada, intentó mediar.
—Mire, lo sentimos muchísimo. Pagaremos el chuletón, la piedra y… y la limpieza de los conductos de aire.
—No sé si eso será suficiente, caballero —dijo el encargado—. La gente se está yendo sin pagar. Dicen que no pueden saborear la comida.
Era cierto.
El restaurante se estaba vaciando a una velocidad récord.
Las parejas salían a la calle tosiendo y frotándose los ojos.
Incluso las cabezas de toro de las paredes parecían tener una expresión de disgusto.
—Vámonos de aquí —susurró Elena, agarrando su bolso—. Antes de que llegue la policía científica.
—Pero si no hemos comido el chuletón —se quejó Puri.
—Puri, el chuletón ahora mismo es una pieza de carne con sabor a colonia de trescientos euros. No se puede comer eso.
Salieron del restaurante escoltados por el encargado, que les abrió la puerta con una urgencia poco disimulada.
—No vuelvan —dijo el hombre con voz ronca—. Por favor, no vuelvan nunca.
Una vez en la acera, el aire libre les recibió como una bendición.
Pero el alivio duró poco.
Purificación seguía allí.
Y aunque el frasco estaba vacío y se había quedado en la mesa, ella estaba impregnada hasta la médula.
El vapor de la piedra la había “cocinado” en su propio perfume.
—Bueno —dijo Puri, ajustándose el bolso—, pues vaya desastre de comida. Y todo por culpa de ese camarero torpe.
Javi miró a su madre. Luego miró a Elena.
Elena tenía el pelo encrespado, los ojos rojos y una expresión de derrota absoluta.
—Mamá —dijo Javi—, tenemos que hablar de tu relación con la estética.
—No hay nada de qué hablar. Soy una mujer que se cuida.
—Te cuidas tanto que has evacuado un restaurante de lujo en pleno barrio de Salamanca.
—Exagerados. Siempre habéis sido unos exagerados.
Caminaron de vuelta al coche.
Elena se detuvo ante la puerta del conductor.
Miró el interior del vehículo.
Sabía que, al abrir la puerta, el olor seguiría allí, esperándola.
Probablemente se quedaría allí para siempre.
El coche ya no era un Opel Corsa. Era el “Móvil de Versalles”.
—Javi —dijo Elena con voz tranquila, demasiado tranquila.
—¿Dime, cariño?
—Tú llevas a tu madre a su casa.
—Pero… ¿y tú?
—Yo me voy a ir andando.
—¡Pero si estamos a cinco kilómetros!
—Me da igual. Prefiero caminar cinco kilómetros por el arcén de la M-30 que volver a entrar en ese frasco con ruedas.
—Elena, no digas tonterías —dijo Puri—. Sube, que tengo que contarte lo que le pasó a la vecina del quinto.
Elena miró a su suegra.
Vio el cardado, vio el lino beige y sintió la onda expansiva que seguía emanando de ella.
—Suegra, con todo el cariño… —empezó Elena.
—¿Sí?
—Dúchese. Dúchese con lejía.
Elena se dio la vuelta y empezó a caminar por la calle Serrano.
Caminaba con paso firme, respirando hondo, disfrutando de cada partícula de contaminación urbana.
Javi se quedó en la acera con su madre.
—¿Ves, hijo? —dijo Puri, abriendo su abanico—. Tu mujer no tiene aguante. No tiene clase.
Javi suspiró.
Abrió la puerta del copiloto para su madre.
Una ráfaga de perfume salió del coche y lo golpeó en la cara.
Javi cerró los ojos y aceptó su destino.
—Sube, mamá —dijo Javi—. Sube y cuéntame lo de la vecina. Pero por favor… cierra el abanico.
Mientras el coche se alejaba, Elena se detuvo un momento.
Vio a un grupo de personas en una terraza.
Se acercó a ellos, se detuvo a un metro y aspiró profundamente.
—Huele a fritanga —susurró Elena con una sonrisa de felicidad—. Qué maravilla.
Sacó el móvil y escribió un mensaje en el grupo de la familia:
“¿Vuestra suegra también se baña en perfume antes de salir o la mía es la única que tiene el poder de derretir piedras de granito?”
Nadie contestó de inmediato.
Probablemente estaban todos demasiado ocupados intentando recuperar el sentido del olfato.
Elena guardó el móvil y siguió caminando.
El sol seguía apretando.
Pero ella, por primera vez en todo el día, sentía que podía respirar.