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El sol de mediodía golpeaba con una saña particular las persianas de plástico verde del salón de Doña Purificación.

PARTE 1

El sol de mediodía golpeaba con una saña particular las persianas de plástico verde del salón de Doña Purificación.

Era ese tipo de calor madrileño que no perdona, que se mete por las rendijas y te recuerda que el asfalto está a punto de caramelo.

En la cocina, el rumor de la campana extractora competía con el gorgoteo rítmico de una olla exprés que amenazaba con despegar hacia la estratosfera.

Puri, armada con una paleta de madera desgastada por mil batallas, removía un sofrito que olía a gloria bendita y a domingos de los de antes.

Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, con ese gesto tan de madre que resume siglos de abnegación culinaria.

Ajustó su delantal con flores de colores desvaídos sobre su cadera, una cadera que ella consideraba «de respeto».

Porque para Puri, el respeto empezaba por las formas, y las formas, en su mundo, debían ser generosas pero contenidas.

Escuchó el tintineo de las llaves al otro lado de la puerta blindada.

Su hijo Javi, que todavía conservaba su copia de la llave como si fuera un salvoconducto a la infancia, estaba entrando.

—¡Ya estamos aquí, mamá! —gritó la voz de Javi, resonando en el pasillo estrecho y abarrotado de fotos de comunión.

Puri dejó la paleta en el reposacucharas de cerámica de Talavera.

—¡En la cocina estoy! —respondió ella, con ese tono que es a la vez una bienvenida y una orden de comparecencia.

Pero antes de que Javi cruzara el umbral, apareció ella.

Bea.

La nuera.

La mujer que, según Puri, vivía en un eterno estado de rebelión contra el sentido común y las leyes de la física textil.

Puri se quedó petrificada, con la mano aún en el aire, como si estuviera bendiciendo el aire saturado de grasa.

Bea entró con una sonrisa de oreja a oreja, cargando una caja de pasteles de la pastelería de la esquina.

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