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“NO TOQUE A MI HIJO” — gritó la endeudada… y el Apache reveló la verdad del hacendado

Con 312 pesos de deuda y un hijo ardiendo de fiebre, Jacinta fue encerrada en el corral de una hacienda como si fuera parte del ganado. Don Anselmo creía que ya la había quebrado, pero esa misma noche una pase silencioso vio lo que el valle entero decidió ignorar. Era el verano de 1886 y en las afueras de Santa Rosalía del Mesquite, el polvo se pegaba a la piel como una segunda condena.

El sol caía recto sobre los corrales de la hacienda Vergara, blanqueando la tierra reseca, calentando los alambres, volviendo áspero hasta el aire que entraba en los pulmones. Allí, donde el ganado tenía más sombra que muchos peones, y donde una deuda podía pesar más que una vida, estaba encerrada Jacintas Rojas con su hijo de 6 años.

Nadie en el pueblo ignoraba su desgracia, pero casi todos habían aprendido a mirarla de lejos. Era más cómodo así, más seguro. Jacinta no había nacido para la humillación. Había sido hija de un talabartero pobre, sí, pero también de una mujer que le enseñó a sostener la espalda, aún cuando el mundo quisiera doblársela.

Se había casado joven con Julián Rojas, un jornalero callado que sabía trabajar la tierra y hablar poco. Durante 5 años vivieron en una casita de adobe al borde del arroyo seco, sobreviviendo con lo justo, soñando con comprar una mula, con sembrar un pequeño maisal propio, con que su hijo Tomás creciera sin deberle reverencia a ningún patrón.

Pero la vida en aquellas tierras no daba tregua a los que tenían poco. Primero vino la sequía, después una fiebre mala que se llevó a Julián en menos de 9 días. Y cuando Jacinta apenas empezaba a entender el silencio de la viudez, llegó el cobrador de don Anselmo Vergara con un papel arrugado, una cifra imposible y una amenaza envuelta en falsa cortesía, 180 pesos.

Era lo que Julián había pedido prestado entre semillas. medicinas y renta atrasada. 180 pesos que con intereses y castigos inventados por la hacienda se habían convertido en 243. Jacinta intentó resistir. Lavó ropa ajena hasta que los nudillos se le abrieron. Molió maíz en casas vecinas por unas cuantas monedas. Targó agua, cocinó para otros.

remendó costales, vendió el reboso bueno de su madre y hasta el anillo de boda que había jurado no quitarse nunca. Pero la deuda no bajaba, al contrario, cada semana parecía crecer como si se alimentara de su cansancio. Don Anselmo Vergara era de esos hombres que no necesitaban gritar para infundir miedo. Bastaba con su presencia ancha, su bigote cuidado y aquella costumbre de hablar de las personas como si fueran parte del inventario.

Tenía más de 50 años, tierras hasta donde alcanzaba la vista y un corazón endurecido por la costumbre de mandar. Para él, Jacinta no era una viuda, era una cuenta pendiente, una mujer sola, con un niño pequeño, sin apellido que la protegiera y sin un hombre al lado. Era en su mundo una puerta abierta al abuso. Al principio le ofreció trabajo por caridad, que fuera a la hacienda a limpiar la casa grande, a desinfectar cuartos de enfermos, a fregar patios y ollas.

Jacinta aceptó porque Tomás necesitaba comer. Lo dejaba con doña Sebastiana, una anciana medio ciega que vivía a dos jacales de distancia y caminaba al amanecer con los pies llenos de polvo y el alma llena de vergüenza. Trabajaba hasta que el cielo se ponía rojo y volvía con unas cuantas tortillas duras, un poco de frijol y la espalda tan adolorida que a veces no podía ni acostarse sin morderse los labios.

Lo que no sabía era que don Anselmo jamás había pensado en saldar la deuda de forma justa. Cada tortilla que le daban, cada jarra de agua, cada noche que se retrasaba en pagar, era anotada por el capataz como un nuevo cargo, una trampa, una de esas trampas viejas y limpias por fuera que parecen legales solo porque las firma un hombre rico.

Cuando Jacinta lo descubrió, ya era tarde. Fue una mañana de agosto pegajosa y quieta cuando pidió ver el libro de cuentas. El capataz Eusebio Ledesma se rió en su cara. Era un hombre flaco, de ojos pequeños y lengua venenosa, más cruel por obediencia que por valor. Le mostró las cifras con la punta del dedo, disfrutando cada gesto de espanto en el rostro de la viuda.

dijo que ahora no debía 243 pesos, sino 291, que la comida no era gratis, que el uso del pozo no era gratis, que incluso la sombra del galpón, donde una vez la dejaron esperar, una tormenta también tenía precios y el patrón decidía cobrarla. Gacinta sintió que el piso se abría bajo sus pies. Preguntó cómo iba a pagar algo así.

Eusebio se encogió de hombros con una sonrisa seca. dijo que había muchas formas de servir a la hacienda. Luego la miró de arriba a abajo con una lentitud sucia y Jacinta entendió demasiado. Desde ese día dejó de llevar a Tomás cerca de la propiedad. El niño era pequeño, pero no tonto. Tenía los ojos grandes de su padre y una manera seria de observar el mundo que a veces la partía por dentro.

Notaba el miedo, notaba el hambre, notaba cuando su madre fingía estar bien para que él durmiera. Por las noches, mientras el viento golpeaba las rendijas del jacal, él se acurrucaba contra ella y le preguntaba si algún día volverían a tener gallinas. Si su padre los veía desde el cielo, si los hombres malos se cansaban alguna vez de ser malos, Jacinta nunca sabía que responder.

A finales de ese mes, cuando el maíz escaseaba y el pueblo entero empezaba a oler a resignación, Tomás enfermó del pecho. Tosía en la madrugada hasta ponerse morado. Ardía de fiebre. Jacinta corrió de una casa a otra buscando ayuda, pero en Santa Rosalía la pobreza también tenía miedo. Nadie quería enfrentarse a Vergara prestándole dinero a una mujer ya marcada por la deuda.

Solo el Boticario accedió a darle un frasco pequeño de jarabe y unas hojas secas para infusión, pero lo hizo fiado y ese nuevo gasto terminó, como todos anotado en manos del ascendado. Fue entonces cuando don Anselmo dejó de disimular. Mandó llamar a Jacinta a la casa grande una tarde en que el cielo anunciaba tormenta, aunque nunca lloviera.

Ella llegó con el reboso apretado sobre el pecho y encontró al patrón en el corredor, sentado en una mecedora de madera fina, bebiendo café como si el sufrimiento ajeno no alterara en nada su digestión. Eusebio estaba detrás con el libro de cuentas bajo el brazo. Don Anselmo habló con voz calma. Dijo que la deuda había llegado a 312 pesos.

Dijo que una mujer sola no podía seguir fingiendo que saldría de aquello por su cuenta. Dijo que estaba dispuesto a darle una salida siempre y cuando dejara de hacérsela digna. Jacinta comprendió la propuesta antes de oírla completa. Se le heló la sangre, tomó aire todo el que pudo y respondió que prefería morirse trabajando antes que entregarse a un hombre como él.

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