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La Matrix del hule y el milagro de los limones


Parte 1: La Matrix del hule y el milagro de los limones

Mira que yo no soy de los que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el grafeno va a salvar el mundo mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero si hay algo que te destroza el sistema de navegación interno, que te deja el motor del pecho gripado y el alma echando humo, no es la burocracia ni el precio del aceite de oliva. Es el recuerdo de un mantel de hule con dibujos de limones.

Durante casi treinta años de mi vida, yo viví en una especie de Matrix gastronómica. No es que fuera un consentido —bueno, un poco sí, no nos vamos a engañar—, pero tenía integrada una rutina que me parecía tan natural como que el Metro de la línea 6 siempre va lleno de gente con cara de sueño y olor a café de máquina. Yo llegaba a casa, soltaba la mochila en el pasillo de aquel piso en Chamberí que siempre olía a suavizante y a cera para el parqué, y ahí estaba el milagro.

“Siempre encontraba comida en mi mesa…”

Daba igual que fuera martes de lluvia o viernes de sol radiante. Mi plato estaba allí, esperándome con la fidelidad de un perro viejo. Unas lentejas con su trozo de chorizo perfectamente ubicado en el centro, como una isla de felicidad en un mar de hierro; o un filete empanado que, aunque estuviera ya a temperatura ambiente, sabía a gloria bendita porque alguien le había puesto el punto justo de sal. Yo me sentaba, devoraba aquello mientras miraba el móvil o contestaba correos de algún cliente pesado que quería un vídeo “viral pero elegante” para ayer, y no le daba más vueltas.

—¿Está bueno el guiso, Javi? —me preguntaba mi madre, Carmen, desde el salón, donde solía estar peleándose con el crucigrama o viendo alguna tertulia de esas donde todo el mundo grita como si le fuera la vida en el precio de la luz.

—Sí, mamá. Un poco seco el pollo, pero bien —le contestaba yo con la crueldad inconsciente de los hijos que se creen que el mundo ha sido diseñado exclusivamente para satisfacer sus necesidades básicas.

Mi padre, Manuel, solía estar sentado al otro lado de la mesa, pero en un silencio que se podía cortar con el cuchillo de la carne. Manuel es un hombre de la vieja escuela, de los que consideran que las palabras son un bien escaso que hay que ahorrar por si viene otra guerra. Un hombre seco, de manos grandes y curtidas por treinta años de cargar palés en una nave de logística en Coslada, rodeado de repuestos de automóviles y olor a gasoil. Mi padre llegaba, se sentaba, se comía lo suyo y se quedaba mirando la tele con esa mirada perdida de quien está calculando mentalmente cuántos madrugones le quedan para que el cuerpo le diga basta.

Para mí, mi padre era simplemente una parte del mobiliario funcional. El que arreglaba los enchufes, el que se quejaba del precio de la gasolina y el que siempre me decía: “¿Has mirado el aceite del coche, nene? Que el motor te hace un ruidito como si tuviera un grillo dentro”. No sospechaba yo que aquel hombre silencioso era el arquitecto de mi comodidad más absoluta.

—Papá, ¿me pasas el pan? —le decía yo sin levantar la vista de la pantalla, donde estaba retocando un guion para un cliente de México.

Él me pasaba la cesta con el pan de la tahona de la esquina, ese que todavía crujía de verdad, y no decía nada. Se limitaba a observarme comer con una expresión neutra, casi clínica. Yo pensaba que estaba pensando en sus cosas de mecánica o en el partido del Madrid. Qué poco sabía yo entonces de lo que pasaba por la cabeza de un hombre que se levantaba a las cinco de la mañana para que a su hijo no le faltara ni un vector en sus diseños gráficos ni un gramo de proteína en el plato.

Yo vivía en una burbuja de ignorancia supina. “Pensé que era algo normal…”. Pensé que la comida aparecía en la mesa por una especie de derecho divino vinculado al código postal y al apellido López. Pensé que el frigorífico se rellenaba solo, por un proceso de osmosis comercial, y que los tápers que aparecían en el congelador eran un regalo de los dioses de la intendencia doméstica. Nunca me pregunté quién había ido al mercado a las ocho de la mañana a pelearse con la pescadera por el mejor gallo, ni quién había estado pelando patatas mientras yo todavía roncaba como un bendito soñando con visualizaciones y algoritmos.

—Javi, nene, acuérdate de que esta noche hay que bajar la basura, que tu padre está molido y mañana tiene turno doble en el almacén —me decía mi madre.

—Ya, ya, si ahora voy, en cuanto termine de renderizar esto —contestaba yo, y me tiraba otra hora retocando un logotipo mientras el olor del sofrito se me metía en el cerebro sin que yo le diera el valor que tenía.

La vida era fácil. La vida era un plato de albóndigas en salsa que aparecía de la nada. Yo era un creador de contenido con mucho éxito en redes y muy poco mundo real, convencido de que mi mayor problema era que el cliente no aceptaba el tono de verde que yo había elegido para la campaña de primavera. No sabía que el verdadero contenido, el que de verdad importa, no se edita con Premiere ni con Final Cut, sino con un delantal puesto, unas rodillas que crujen y mucha paciencia silenciosa.

Recuerdo una vez, después de un rodaje especialmente largo y desastroso en la Puerta del Sol, que llegué a casa a las cuatro de la tarde de un martes. Estaba de un humor de perros, me dolía la espalda de cargar con el equipo y sentía que el mundo me debía una compensación económica por el simple hecho de existir. Entré en la cocina y vi que el mantel de hule estaba puesto. Había un plato de arroz con pollo. Estaba frío, claro. Las cuatro de la tarde no son horas de restaurante en una casa de bien.

—¡Vaya tela, mamá! —grité hacia el salón, dejando caer la mochila con un estrépito que debió despertar a toda la vecindad—. ¿No hay forma de que la comida esté caliente cuando llego? Que parece que vivo en un hostal de baja estofa.

Nadie contestó. Fui al salón y vi que mi madre se había quedado frita en el sofá con el mando de la tele en la mano y un programa de reformas en pausa. Mi padre no estaba; supuse que estaría en el taller de la esquina ayudando al Paco con algún embrague rebelde, como siempre. Me sentí la víctima de una negligencia familiar sin precedentes. Me comí el arroz a regañadientes, con la cuchara haciendo un ruido metálico contra el plato, quejándome para mis adentros de lo injusta que era la vida del artista en Madrid.

Qué hostia me iba a dar la realidad, nene. Pero de esas que te dejan los oídos pitando y la brújula moral apuntando a Cuenca.

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