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Enrique Inzunza acusa a Harfuch en pleno Senado… ¡y la respuesta lo deja completamente expuesto!

Una semana después, Omar García Harfuch caminaría por el patio de la novena zona militar de Culiacán, con las botas todavía húmedas del rocío y un papel doblado en el bolsillo interno del saco. En el aire, olor a creosota quemada y el zumbido bajo de los helicópteros. Levantó la mirada hacia el grupo de reporteros que lo esperaba bajo el sol pesado y pensó una sola cosa.

Hoy no se trata de mí. Pero entonces, ¿de quién se iba a tratar? Antes de continuar, suscríbete al canal ahora, deja tu like y comenta desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo es muy importante. La noche del 29 de abril de 2026 olía a café frío y papel impreso en el piso 12 del edificio de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana sobre avenida Constituyentes, Omar García Arfuch tenía el saco colgado en el respaldo de la silla y la corbata aflojada hasta el segundo botón.

No había prendido la luz principal del despacho. La única lámpara encendida era la del escritorio, una luz amarilla que rebotaba contra los expedientes apilados a su derecha. En la pantalla frente a él, en silencio, transmitían el pleno del Senado de la República. A sus 44 años, el secretario ya conocía el ritmo de esas noches. Había aprendido a leerlas como se lee un terreno húmedo, en lo que se mueve y en lo que se queda demasiado quieto.

Y esa noche algo se quedaba demasiado quieto. Subió el volumen con dos dedos. La voz que salió del altavoz fue la de Enrique Inzunza Cázar, senador morenista por Sinaloa, presidente de la Comisión de Estudios Legislativos, hombre nacido en Badirahu hacía 53 años, traje azul marino, corbata roja, las mejillas más pálidas que de costumbre, aunque solo un ojo entrenado lo notaba.

Frente a la inconstitucional actuación de agentes de la CIA en territorio nacional, Harfuch detuvo el bolígrafo en el aire. Habían sido 14 reuniones del gabinete de seguridad en Sinaloa en lo que iba del sexenio. 14. El secretario había aterrizado en la pista militar de Culiacán tantas veces que ya reconocía a los soldados por su nombre.

Sabía qué calle del centro olía a mariscos a las 2 de la tarde, qué cuadras se cerraban antes de que cayera la noche, a qué hora dejaban de circular los taxis por la colonia Tierra Blanca. Lo que no sabía, no aún, no esa noche, era hacia dónde apuntaba realmente el senador desde la tribuna.

¿Por qué hoy, Enrique? Dijo en voz baja, casi para sí mismo. La pregunta se quedó flotando junto al bolígrafo y nadie la contestó. La voz de Inzunza siguió paciente, midiendo cada sílaba como si supiera de antemano cuál pesaba más en cámara. Con la complicidad de la a un gobernadora de Chihuahua, Harfuch escribió una palabra en su libreta. Aviso, debajo otra, 24 horas.

Y debajo de esa una tercera. Paciencia. Apagó el monitor, dejó la pluma sobre el papel. En la oficina contigua, alguien se acercó a la puerta sin tocar, respetuoso, sin querer interrumpir. Lo escuchó en la respiración. El secretario sabía antes de abrir que esa puerta separaba dos países distintos. El de antes de la noche del 29 de abril y el que estaba a punto de empezar.

Antes de seguir adelante con lo que viene, una pausa breve. Si quieres entender cómo García Harfuch convirtió una emboscada en tribuna en su mejor jugada, dale me gusta a este video, suscríbete al canal y activa la campanita. La historia apenas empieza. Cuando finalmente abrió la puerta, su jefe de comunicación social lo esperaba con la tableta entre las manos y los ojos enrojecidos por demasiadas horas frente a la pantalla.

Secre, hay una nota que se está moviendo fuerte. La sacó el Wall Street Journal hace 40 minutos. ¿De qué? de Sinaloa y entre los nombres aparece uno que estábamos viendo apenas hoy. Harfuch tomó la tableta sin contestar, se apoyó contra el marco de la puerta, leyó el primer párrafo y supo, como sabe el cazador, que la pieza ya se había movido. 10 nombres, 10.

Entre ellos dos que lo obligaron a quedarse muy quieto, Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, y Enrique Inzunza Cázar, senador en funciones, el mismo que en la tribuna acababa de hablar de soberanía nacional. La acusación en términos secos del Departamento de Justicia, conspiración para importar narcóticos, posesión de armas automáticas, conspiración para poseerlas.

Tribunal del distrito Sur de Nueva York. Solicitud de detención provisional con fines de extradición, 10 nombres en una hoja y en una pantalla a kilómetros de distancia. Uno de ellos seguía hablando del país desde el atril de Chikotencatle. Harfuch devolvió la tableta. No dijo nada, no hacía falta. Su jefe de comunicación, que llevaba más de 5 años trabajando con él, ya lo había visto poner esa cara antes.

La mañana del 26 de junio del 2020 sobre Reforma, después del atentado, cuando se le metieron tres balas en el cuerpo y todavía alcanzó a dar instrucciones desde el asfalto. Era una cara que no decía sorpresa. Decía, así que era esto. Salió al pasillo. Las luces blancas del piso 12 zumbaban frías. caminó hasta la sala de juntas chica y le pidió al ayudante que llamara a Sinaloa, después al Estado Mayor, después a la oficina de la presidenta.

En ese orden, eran las 11 de la noche, la Ciudad de México se había vuelto un mapa de focos amarillos atrás de la ventana. A las 11:40, en el otro extremo de la línea, una voz que el secretario conocía bien, le dijo apenas dos cosas. Primero, que la presidenta ya estaba enterada y quería esperar al amanecer para fijar postura.

Segundo, que en Culiacán llovía con relámpagos y los caminos a Badirahuato estaban resbaladizos. Ahí muere por hoy dijo Harfuch. Mañana gabinete a las 6:30. Colgó. Se quedó parado un momento al lado de la mesa, las manos en la cintura, la mirada fija en un punto cualquiera de la duela. pensó, porque no podía no pensarlo, en la frase que la diputada local del PRI, Paola Garate, le había mandado por mensaje a un reportero hacía tres semanas.

Ese señor no vio porque no quiso ver. La frase volvía ahora con otro peso. Una cosa era no querer ver, otra muy distinta era no haber tenido que ver. Y el secretario sabía la diferencia mejor que nadie. pidió un té de manzanilla al ayudante. Lo pidió no porque le gustara especialmente, sino porque era lo único que sabía a noche larga.

Cuando el ayudante regresó con la taza, la dejó sobre el portavasos sin mirar al secretario. Sabía leer el momento. Hubo un silencio de 5 segundos antes de que la puerta se cerrara. Otra vez caminó a su escritorio, se sentó, sacó del cajón inferior una libreta de pasta dura y la abrió en una página en blanco. Anotó tres apellidos: Rocha, Inzunza, Castro Saavedra.

Después cuatro fechas. Una de ellas era la de esa noche, otra era la del sábado siguiente. La cuarta no la subrayó, solo la marcó con un asterisco pequeño, casi invisible. En la hoja de al lado, sin querer y de un solo trazo, escribió la palabra Badiraguato. La miró un rato, la rodeó con un círculo, no la tachó. A su izquierda, sobre el archivero, había una fotografía con marco de madera oscura, la de su abuelo, el general Marcelino García Barragán.

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