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La tiranía del “puerco orgánico” y el primer timbre de la culpa

Parte 1: La tiranía del “puerco orgánico” y el primer timbre de la culpa

Mira que yo no soy de los que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter el Museo del Prado en una caja de zapatos mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el grafeno va a salvar el mundo mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero si hay algo que te destroza el sistema de navegación interno, que te deja el motor del pecho gripado y el alma echando humo, no es la burocracia ni el precio del aceite de oliva. Es el silencio de un registro de llamadas perdidas.

Aquel martes amaneció como cualquier otro martes de mierda en Chamberí. Madrid tenía ese cielo grisáceo que parece que le han pasado un filtro de Instagram depresivo y el café de mi cafetera italiana sabía a decepción pura. Yo estaba en mi estudio —que es básicamente una mesa de IKEA que cojea y una silla que dice que es ergonómica pero que me tiene la espalda como un ocho— peleándome con “El Puerco”.

“El Puerco” era el logo para una empresa de embutidos de un pueblo de Cuenca. El cliente, un tal Robustiano que de moderno tenía lo que yo de obispo, quería que el logotipo fuera “tradicional pero disruptivo”. Esa frase, amigos míos, es el beso de la muerte para un diseñador. Significa que no sabe lo que quiere, pero que te va a hacer la vida imposible hasta que lo encuentre por puro aburrimiento.

—Javi, nene, ponle más gracia al hocico. Que parezca que el cerdo está feliz de ser jamón —me había dicho Robustiano por la mañana en un audio de WhatsApp de cuatro minutos que casi me cuesta la salud mental.

Estaba yo ahí, moviendo vectores, ajustando el rosa del gorrino y jurando en arameo contra el espíritu de Walt Disney, cuando el móvil empezó a bailar sobre la mesa.

Bzzz. Bzzz. Bzzz.

Miré de reojo. Pantalla iluminada. “Papá”.

Eran las diez y cuarto de la mañana. Mi padre, Paco, es —era— un hombre de costumbres más fijas que las obras de la M-30. Sus llamadas solían seguir un patrón matemático: si llamaba antes de las once, era porque no encontraba el mando de la tele o porque quería preguntarme si sabía si mañana iba a llover en la sierra.

—Ahora no, Paco, por favor —mascullé, dándole a la tecla de silencio con la saña de quien aplasta una cucaracha—. Que estoy con el puerco disruptivo y como pierda el hilo le pongo al cerdo un tatuaje y nos vamos todos al paro.

La llamada se perdió. El silencio volvió al estudio, pero ya no era un silencio tranquilo. Era ese silencio que se te queda cuando sabes que has hecho algo feo, pero te autoconvences de que el curre es lo primero. “Luego le llamo”, me dije. “En cuanto cierre este archivo y se lo mande al Robustiano este, le doy un toque y que me cuente lo de la tele”.

Esa es la primera gran mentira del autónomo: el “luego le llamo”.

A las dos y media de la tarde, la situación con el cerdo había escalado a conflicto internacional. Robustiano me había mandado otros tres audios. Ahora quería que el cerdo tuviera “un aire a George Clooney pero manteniendo su esencia porcina”. Estaba yo a punto de morder el monitor cuando el móvil volvió a vibrar.

Bzzz. Bzzz. Bzzz.

“Papá” (2 llamadas perdidas).

—¡Pero papá, qué pesadez! —exclamé al salón vacío—. Que estoy currando, joder. Que no soy el servicio técnico de Movistar ni el hombre del tiempo.

Me imaginé a mi padre en su sillón orejero, con ese mando a distancia que tiene más botones que una nave espacial y que él maneja como si estuviera intentando descifrar el código Enigma. “Seguro que se le ha borrado el canal de los documentales de la 2”, pensé. Me entró una mezcla de ternura e irritación, esa combinación tan típica que tenemos los hijos que queremos a nuestros padres pero que no tenemos paciencia para explicarles por quinta vez cómo se conecta el Wi-Fi.

Rechacé la llamada. Ni siquiera dejé que terminara de sonar. Estaba en ese punto de estrés donde incluso el tono de llamada me parecía una agresión personal. Me levanté, me hice un sándwich mixto que sabía a cartón y me lo comí de pie, mirando por la ventana de la cocina a los vecinos que paseaban al perro. “En cuanto me tome el café, le llamo”, me prometí por segunda vez. “Le llamo y le digo que me perdone, que estoy de los nervios con el curro”.

Pero el café me lo tomé revisando correos. Y después del café entró una videollamada de un cliente de Barcelona que quería “un restyling total” de su web para ayer. Y entre el puerco de Cuenca y el restyling catalán, las horas se me escurrieron entre los dedos como arena de la playa de la Malvarrosa.

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