El calor en el pueblo de San Miguel de las Piedras era una entidad viva, una bestia invisible de aliento sofocante que aplastaba los pulmones y derretía la voluntad. Era el catorce de agosto, víspera de la Asunción, y la plaza principal hervía con una multitud empapada en sudor, vino y devoción ciega. El aire olía a incienso quemado, a cera derretida y a la sangre cobriza de los toros sacrificados esa misma tarde. Nadie podía imaginar que, en cuestión de segundos, aquel sofoco estival se transformaría en un frío glacial, en un terror tan profundo que fracturaría la historia de Andalucía para siempre.
Mateo, con sus diez años recién cumplidos, no quería estar allí. Era un niño de huesos finos y ojos demasiado grandes, del color de la aceituna negra, habitados por un terror antiguo. Sus manos, pequeñas y pálidas, estaban hundidas profundamente en los bolsillos de su pantalón de pana remendado. Su madre, Rosa, lo arrastraba entre la marea humana, decidida a que el niño recibiera la bendición del alcalde, Don Hilario, un cacique de vientre abultado y poder absoluto que gobernaba el pueblo con una mezcla de caridad ostentosa y crueldad caciquil.
—Saca las manos de ahí, Mateo —le siseó Rosa, dándole un pellizco en el brazo—. El alcalde nos está mirando. Sonríe y dale la mano. Es por el trabajo de tu padre.
Mateo negó con la cabeza, pálido como un cadáver. Sus labios temblaban. —No, mamá. Por favor. No quiero tocarlo. Sabes lo que pasa.
—¡Tonterías! —bramó Rosa, con los nervios a flor de piel, asustada por los murmullos de los vecinos—. No me avergüences hoy, niño.
Frente a ellos, Don Hilario se erguía en el estrado improvisado, rodeado de guardias civiles y sacerdotes. Llevaba un traje de lino blanco manchado de sudor en las axilas y un anillo de oro macizo en el dedo índice que destellaba bajo el sol asesino de las cinco de la tarde. El alcalde sonreía con la arrogancia de quien se sabe dueño de las vidas ajenas.
—¡Ah, la familia de los Vargas! —exclamó Don Hilario con una voz ronca que resonó en los altavoces de la plaza—. Acércate, muchacho. Que vea el pueblo a la juventud de nuestra tierra.
La multitud empujó. Un mar de cuerpos sudorosos obligó a Mateo a tropezar hacia adelante. Rosa, cegada por la presión social, le agarró la mano derecha y tiró de ella, sacándola de su refugio de tela.
El tiempo pareció detenerse. Una quietud antinatural cayó sobre la plaza, como si el mismo cielo andaluz contuviera la respiración.
La pequeña mano de Mateo chocó contra la palma carnosa y húmeda del alcalde.
El impacto no fue físico, sino cósmico. En el instante exacto en que piel tocó piel, los ojos de Mateo se volvieron completamente blancos, como si las pupilas se hubieran hundido en su cráneo para mirar hacia el abismo de la eternidad. Un grito espeluznante, agudo y gutural, que no parecía pertenecer a un niño de diez años, desgarró la festividad.
La visión fue instantánea, un relámpago de horror puro inyectado directamente en su cerebro. Vio oscuridad. Vio madera de roble arañada. Escuchó el sonido enloquecedor de la tierra cayendo a paladas, el olor a humedad, a gusanos y a asfixia. Vio a Don Hilario, con el traje de lino desgarrado, las uñas rotas y ensangrentadas, gritando en la más absoluta negrura, atrapado en una caja, enterrado vivo. Y encima de él, flotando como un holograma maldito, un reloj de arena digital con números de fuego: 72 horas. Viernes, 17 de agosto. A las 17:00 en punto.
Mateo cayó de rodillas sobre los adoquines calientes, convulsionando, con espuma blanca asomando por la comisura de sus labios. El alcalde, asqueado y asustado por el arrebato, retiró la mano como si le hubiera picado una víbora.
—¡Qué demonios le pasa a este mocoso! —gritó Don Hilario, retrocediendo—. ¡Quitádmelo de encima!
Pero Mateo, guiado por una fuerza que no era la suya, se levantó de un salto. Sus ojos, ahora inyectados en sangre, se clavaron en el alcalde con la intensidad de un profeta del fin de los tiempos. Señaló a Don Hilario con un dedo tembloroso, y su voz resonó por toda la plaza, amplificada por el silencio sepulcral de mil quinientas personas.
—¡Vas a morir el viernes! —gritó Mateo, con una voz que hizo eco en las fachadas de cal blanca—. ¡Este viernes! ¡A las cinco de la tarde! ¡Te van a enterrar vivo, Don Hilario! ¡Cavarás la madera con tus propias uñas hasta que se te rompan, te ahogarás en tu propia sangre y nadie te escuchará gritar bajo la tierra!
El silencio que siguió fue absoluto. Un silencio tan denso que se podía cortar con un cuchillo. La banda de música dejó caer sus instrumentos. Los curas se santiguaron frenéticamente.
Y entonces, el infierno se desató.
—¡Herejía! —gritó una anciana, desmayándose. —¡El niño está poseído! —¡Brujería! ¡Maldición!
El rostro de Don Hilario pasó del rojo púrpura de la ira al blanco ceniza del terror absoluto. En los pueblos blancos de Andalucía, las maldiciones no eran cuentos de hadas; eran leyes no escritas, veneno en la sangre. El alcalde intentó reírse, intentó mantener la fachada de poder, pero el temblor de su labio inferior lo traicionó.
—¡Arrestad a esa escoria! —bramó, escupiendo saliva—. ¡Arrestad al niño y a la puta de su madre! ¡Me han echado un mal de ojo!
Dos guardias civiles se abalanzaron sobre ellos. Rosa, movida por el instinto animal de la maternidad, agarró un candelabro de bronce del altar cercano y lo estrelló contra el rostro del primer guardia. La sangre saltó sobre el polvo seco.
—¡Corre, Mateo! —aulló Rosa, empujando a su hijo con una fuerza sobrehumana—. ¡Corre hacia la sierra! ¡No dejes que te toquen!
Mateo no pensó. Se dio la vuelta y corrió. Se escabulló entre las piernas de la multitud en pánico, que ahora se empujaba, gritaba y se pisoteaba. Escuchó los disparos al aire de la Guardia Civil. Escuchó los gritos desgarradores de su madre siendo golpeada contra el suelo. Cada fibra de su ser le gritaba que volviera, que la salvara, pero el terror puro y animal a la visión que acababa de experimentar lo impulsó hacia adelante.
Corrió por los callejones estrechos de San Miguel, dejando atrás las macetas de geranios destrozadas y las puertas que se cerraban a su paso con cerrojos aterrorizados. El eco de sus propias palabras martilleaba en su cabeza: Enterrado vivo. Viernes. A las cinco.
Él sabía que no era una simple maldición. No era un deseo de mal. Era una certeza absoluta. Desde que tenía siete años, Mateo albergaba el toque de la Parca. Todo comenzó con su perro, un galgo sarnoso. Lo acarició y vio cómo un coche lo atropellaría dos días después a las ocho de la mañana. Ocurrió con exactitud milimétrica. Luego fue el viejo panadero, a quien le dio la mano al recibir un pan: vio un infarto desplomándolo frente al horno al día siguiente. El panadero murió con las manos en la masa, exactamente cuando Mateo predijo.
Su don no era brujería; era un castigo divino. Una sentencia matemática e ineludible. Y ahora, había sentenciado al hombre más poderoso de la comarca frente a todo el pueblo.
Salió del pueblo y se adentró en los interminables campos de olivos, el mar plateado de Andalucía. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el horizonte de un rojo sangre ominoso. Mateo corría hasta que sus pulmones amenazaban con estallar, hasta que la sangre le sabía a metal en la garganta. Se escondió bajo las raíces retorcidas de un olivo centenario, abrazando sus rodillas, temblando incontrolablemente en la cálida noche de verano.
A lo lejos, en el pueblo, comenzaron a sonar las campanas de la iglesia. No era un repique de fiesta. Era la alarma. Habían organizado batidas. Perros ladraban en la lejanía, y el resplandor naranja de las antorchas y los faros de los todoterrenos empezaban a perforar la oscuridad del valle. Lo estaban cazando.
Mateo miró sus manos en la penumbra. Las manos de un asesino involuntario. ¿Por qué él? ¿Por qué la muerte había elegido sus dedos como mensajeros? Lloró en silencio, recordando el rostro de su madre bajo las botas de los guardias. Sabía, con una certeza aterradora, que si se quedaba, lo matarían. El alcalde haría cualquier cosa para demostrar que el niño era un fraude, incluso asesinarlo antes de que llegara el viernes para “romper” la maldición.
Debía sobrevivir al menos hasta el viernes a las cinco de la tarde. Si el alcalde moría, el pueblo entendería que él no causaba la muerte, solo la anunciaba. ¿O acaso sí la causaba? Esa duda lo atormentaba. ¿Si nunca hubiera tocado a Don Hilario, el hombre habría seguido vivo? ¿Era él un espejo del destino o el arquitecto del mismo?
La noche andaluza se cerró sobre él, llena de ruidos de cigarras y el crujir de las ramas secas. Mateo se levantó, limpiándose las lágrimas mezcladas con polvo. Tenía que llegar a la Sierra Morena. Allí, entre los barrancos escarpados y las cuevas olvidadas por Dios, vivían los marginados, los gitanos nómadas, los contrabandistas y los locos. Solo allí podría esconderse.
El viaje fue una agonía. Durante dos días, Mateo sobrevivió bebiendo de charcos estancados y comiendo higos salvajes y almendras amargas. Sus zapatos se desintegraron, y sus pies se llenaron de ampollas que reventaron y sangraron, dejando un rastro patético en los senderos de cabras. Dormía escondido entre las zarzas, despertando cada vez que escuchaba el motor de un coche o el graznido de un cuervo, imaginando que eran los hombres de Don Hilario.
El jueves por la mañana, deshidratado y al borde del delirio, colapsó cerca de un arroyo seco en las estribaciones de la sierra. Su cuerpo menudo ya no respondía. Mientras su visión se nublaba, vio una figura acercándose. Era un hombre alto, vestido con harapos de cuero, con una barba gris que le llegaba al pecho y un rifle de caza colgado al hombro. Iba acompañado de un enorme mastín.
Mateo intentó arrastrarse hacia atrás, pero sus músculos estaban paralizados. El mastín gruñó, pero el hombre levantó una mano, apaciguándolo. Se acuclilló junto a Mateo, sacó una bota de vino llena de agua fresca y se la acercó a los labios resecos del niño.
—Tranquilo, zagal —dijo el hombre, con un acento andaluz cerrado y áspero como el papel de lija—. Todo el valle te está buscando. Dicen que eres el Anticristo. Que mataste al alcalde con la mirada.
Mateo bebió con desesperación, tosiendo. Cuando finalmente pudo hablar, su voz era un susurro roto. —No… no lo maté. Todavía no está muerto. Muere… mañana. A las cinco.
El hombre soltó una carcajada ronca, un sonido extraño en medio de tanta desolación. —Me llamo Cruz. Los guardias me llaman ‘El Búho’. Vivo en la sierra. Y a mí, la verdad, me importa una mierda si el gordo de Hilario palma mañana. Le debe mucho a mucha gente. Pero tú no tienes aspecto de demonio. Tienes aspecto de un chiquillo que necesita un buen puchero.
Cruz lo levantó en vilo. Mateo, aterrorizado por el contacto inminente, intentó zafarse. —¡No! ¡No me toques la piel! ¡No quiero ver tu final!
Pero fue tarde. La mano desnuda de Cruz rozó el cuello de Mateo. El niño cerró los ojos, preparándose para el asalto de las imágenes macabras. El dolor de cabeza, el frío, el olor a tumba. Pero algo extraño ocurrió.
La visión fue débil, borrosa. No vio a Cruz muriendo en agonía. Vio a un hombre muy anciano, pacífico, durmiendo en una cama limpia, rodeado de una luz cálida. Y el reloj digital que siempre aparecía, marcaba: 12 de noviembre. 32 años en el futuro.
Mateo abrió los ojos, jadeando, estupefacto. Por primera vez en su vida, el toque no había traído horror inmediato. Había traído paz. Una confirmación de que Cruz no era un peligro para él a corto plazo.
—¿Qué has visto, niño? —preguntó Cruz, notando la rigidez repentina del cuerpo que sostenía—. Porque te pusiste rígido como un tablón.
—Morirás de viejo… dentro de mucho tiempo —susurró Mateo, cerrando los ojos y dejándose llevar por el agotamiento—. En una cama suave.
Cruz se quedó en silencio por un momento, mirando al niño con una mezcla de respeto y superstición. En Andalucía, la magia antigua corría por debajo del catolicismo como un río subterráneo. —Que Dios te oiga, chiquillo. Que Dios te oiga. Vámonos a mi cueva.
La cueva de Cruz estaba camuflada tras una cascada de hiedra y rocas desprendidas, un refugio inexpugnable. Allí, frente a un fuego de leña que olía a romero, Mateo devoró un estofado de conejo salvaje y le contó toda su historia a Cruz. Le habló del perro, del panadero, y finalmente, de la aterradora visión de Don Hilario siendo enterrado vivo.
Cruz escuchaba fumando tabaco de liar, con los ojos entrecerrados por el humo.
—Si lo que dices es verdad, muchacho, mañana a las cinco de la tarde, San Miguel de las Piedras se va a convertir en una olla a presión —sentenció Cruz, escupiendo al fuego—. Hilario no es hombre que espere a la muerte sentado. Dicen en la radio que ha traído médicos de Sevilla, que se ha encerrado en su mansión rodeado de guardias, y que ha jurado que si sobrevive a las cinco, bajará al calabozo a tu madre y la quemará viva en la plaza por brujería.
El corazón de Mateo se detuvo. —¿Mi madre? ¿La tienen prisionera?
—Sí. La Guardia Civil la encerró. Hilario la usa como seguro. Cree que la maldición la lanzó ella usándote a ti de canal. Si él muere, sus hombres tienen órdenes de acabar con ella.
El mundo de Mateo se derrumbó. De nada servía que su profecía se cumpliera. Si el alcalde moría, su madre pagaría las consecuencias. Si el alcalde vivía (algo imposible según sus visiones), él quedaría como un farsante y el alcalde los destruiría a ambos de todas formas. Era un callejón sin salida diseñado por el diablo.
—Tengo que volver —dijo Mateo, poniéndose en pie bruscamente, sintiendo que un fuego frío le recorría la espina dorsal—. Tengo que salvarla.
—¿Estás loco? —rugió Cruz, agarrándolo por los hombros—. ¡Si bajas al pueblo te acribillan a tiros antes de cruzar la primera calle! Eres el enemigo público número uno.
—¡Es mi madre! —gritó Mateo, llorando de pura impotencia—. ¡Es mi culpa! ¡Si no hubiera tocado a ese cerdo, ella estaría a salvo!
Cruz suspiró, frotándose la barba. Se levantó y caminó hacia un baúl de madera vieja al fondo de la cueva. Sacó un pesado reloj de bolsillo de plata y se lo lanzó a Mateo.
—Es jueves por la noche. Faltan dieciocho horas para las cinco de la tarde del viernes. Dime, chiquillo que ve el futuro… ¿tus visiones se pueden cambiar?
Mateo se quedó mirando el reloj. El tictac metálico resonaba en la cueva como los latidos de un corazón mecánico. —No… no lo sé. Nunca lo he intentado. Todo lo que he visto, ha pasado exactamente igual.
—Siempre hay una primera vez —dijo Cruz, con una mirada afilada—. Los moros que vivían en estas montañas creían en el Mektoub, “está escrito”. Pero mi abuela, que era gitana de pura cepa, decía que el destino es como un río: fluye hacia el mar, sí, pero si tiras una roca lo suficientemente grande, puedes cambiar su curso. Tú has visto cómo muere Hilario. Enterrado vivo. Eso es muy específico.
Mateo asintió lentamente, la mente trabajando a mil por hora. —Caja de madera de roble. Oscuridad. Arañazos. Asfixia.
—Bien. Hilario está encerrado en su mansión en el centro del pueblo. ¿Cómo demonios va a terminar enterrado vivo mañana por la tarde si está rodeado de guardaespaldas en un palacio de mármol?
La pregunta flotó en el aire, densa y pesada. Cruz tenía razón. La visión de Mateo dictaba un escenario de enterramiento prematuro, algo que parecía totalmente incompatible con la situación actual de un hombre atrincherado en su casa.
—El miedo —susurró Mateo, una chispa de comprensión iluminando sus ojos—. El miedo hace que la gente cometa errores. Si él sabe que va a morir, tal vez intente esconderse. Tal vez… busque refugio bajo tierra para que la muerte no lo encuentre.
Cruz esbozó una sonrisa lúgubre. —La bodega. Hilario tiene una bodega de vinos subterránea debajo de su casa. Es como una fortaleza. Puertas de roble macizo. Supongamos que entra en pánico mañana cuando se acerque la hora. Supongamos que se encierra allí abajo.
—Y algo sale mal —completó Mateo, sintiendo un escalofrío—. Se queda atrapado. Se asfixia.
—Exacto. El destino no es un asesino mágico que baja del cielo con una guadaña. El destino usa la estupidez de los hombres para cumplir su trabajo. Tú no lo maldijiste, Mateo. Tú solo le mostraste el resultado de su propio miedo. Su terror a la profecía es lo que lo va a matar.
—Pero si él muere, sus hombres matarán a mi madre a las cinco y un minuto. Tengo que evitar que Don Hilario muera.
La paradoja era monumental. Para salvar a su madre del alcalde, Mateo tenía que salvar la vida del alcalde, desafiando a la mismísima muerte y alterando el curso de una visión infalible. Un niño de diez años preparándose para luchar contra las leyes del universo.
—Me vas a ayudar, ¿verdad? —preguntó Mateo, mirando a Cruz con una determinación que no correspondía a su edad.
El viejo cazador escupió al suelo, maldiciendo en voz baja, consciente de que se estaba metiendo en un suicidio colectivo. —Que Dios me perdone. Prepara tus cosas, zagal. Bajaremos al pueblo antes del amanecer. Pero te advierto: si vamos a cambiar el destino, vamos a tener que hacer mucho ruido.
El descenso desde la Sierra Morena hacia el valle del Guadalquivir fue tenso y silencioso. La madrugada del viernes envolvió a Andalucía en una niebla espesa y pegajosa, un sudario premonitorio que ocultaba los olivos y difuminaba las luces amarillentas de San Miguel de las Piedras. Cruz conocía viejas rutas de contrabando, senderos ocultos que bordeaban las patrullas de la Guardia Civil.
El plan era desesperado: infiltrarse en la mansión del alcalde, encontrarlo antes de las 17:00, y de alguna manera, evitar que el destino orquestara su macabra trampa en la bodega. Al mismo tiempo, debían encontrar la manera de liberar a Rosa de los calabozos del ayuntamiento, que casualmente compartían cimientos con la casa del alcalde, unidos por túneles de la época de la Guerra Civil.
Llegaron a las afueras del pueblo a las diez de la mañana. San Miguel parecía un pueblo fantasma. Las contraventanas estaban cerradas a cal y canto. Nadie caminaba por las calles adoquinadas. El aire vibraba con una tensión eléctrica. Todo el pueblo estaba esperando. Esperando a que el reloj diera las cinco.
Cruz y Mateo se deslizaron por el sistema de alcantarillado seco que desembocaba cerca de la plaza mayor. El olor a humedad y podredumbre le recordó a Mateo su visión, causándole náuseas.
A las tres de la tarde, lograron infiltrarse en los jardines traseros de la mansión de Don Hilario. Dos mastines de guardia fueron sedados con carne tratada con polvo de adormidera que Cruz había preparado.
Se escondieron detrás de unos setos de jazmín. A través de los ventanales de la casa, pudieron ver el caos. Don Hilario caminaba de un lado a otro en su despacho, sudando a mares, con la camisa abierta, bebiendo coñac directamente de la botella. Estaba rodeado de tres hombres armados con escopetas de cañón recortado. Su rostro estaba desencajado; la arrogancia se había evaporado, dejando solo a un animal acorralado por el reloj.
Faltaban treinta minutos para las cinco.
—Está perdiendo la cabeza —susurró Cruz—. Míralo. Está aterrorizado.
De repente, Don Hilario gritó algo ininteligible a sus hombres. Señaló hacia el suelo, con los ojos desorbitados. Los hombres asintieron, nerviosos. Hilario agarró unas llaves pesadas y corrió hacia una puerta al final del pasillo, flanqueada por madera de roble.
—Va hacia la bodega —dijo Mateo, sintiendo que el corazón le martilleaba en las costillas—. La visión. Va a encerrarse.
—Tenemos que entrar —dijo Cruz, amartillando su rifle—. Ahora o nunca.
Rompieron el cristal de una puerta trasera y entraron en la mansión. Los hombres de seguridad en el jardín delantero no se percataron. Se deslizaron por los pasillos opulentos, siguiendo el rastro del pánico. Llegaron a la puerta de roble que daba a las escaleras del sótano justo cuando escucharon un portazo sordo desde las profundidades, seguido del giro chirriante de una cerradura gigante.
Hilario se había encerrado por dentro.
Bajaron las escaleras de piedra corriendo. Al final, había una puerta de bodega masiva, de acero y madera pesada.
—¡Don Hilario! —gritó Mateo, golpeando la puerta con sus pequeños puños—. ¡Abra la puerta! ¡Si se queda ahí dentro va a morir!
Desde el otro lado, se escuchó la risa histérica y ahogada del alcalde. —¡No me engañarás, demonio! ¡Aquí abajo no hay nada que pueda matarme! ¡Las paredes son de piedra, la puerta es de acero! ¡Nadie puede entrar! ¡Cuando pasen las cinco, saldré y quemaré a tu madre!
Mateo miró a Cruz con desesperación. Faltaban quince minutos.
Entonces, lo notaron. Un fuerte olor a gas. Olor a butano.
Cruz olfateó el aire, su rostro palideciendo bajo la barba. —Maldita sea. Las antiguas tuberías de la casa pasan por debajo de la bodega. Y huele a que se ha roto una válvula. El lugar se está llenando de gas.
Mateo comprendió de golpe la maquinaria del destino. Hilario, en su pánico, debió haber tropezado o golpeado algo en la oscuridad de la bodega, rompiendo la tubería. Estaba encerrado en un espacio hermético llenándose de gas tóxico. Si encendía una cerilla, explotaría. Si no, moriría asfixiado, arañando la puerta de roble, exactamente como en la visión.
—¡Salga de ahí! ¡Hay gas! —rugió Cruz, pateando la puerta de acero. Era inútil. Era gruesa como la puerta de una bóveda de banco.
Dentro, la voz de Hilario empezó a sonar débil, balbuceando. El gas lo estaba mareando. Empezaron a escuchar el sonido espeluznante de uñas rasgando madera, el intento desesperado de un hombre asfixiándose por encontrar una salida que él mismo había sellado con llave. El terror claustrofóbico se filtraba a través de la madera.
Faltaban cinco minutos.
—¡Tenemos que romperla! —gritó Mateo.
—¡No puedo volar esta cerradura, la chispa del disparo podría encender el gas que se filtra por debajo de la puerta y volar toda la casa! —explicó Cruz, buscando a su alrededor algo, una palanca, una herramienta pesada.
Mateo cerró los ojos. La paradoja lo estaba aplastando. Si la visión se cumplía, su madre moriría. El destino era una máquina trituradora, y él estaba atrapado entre sus engranajes.
«El destino es un río. Tira una roca grande». Las palabras de la gitana resonaron en su mente.
Mateo se acercó a la rendija debajo de la puerta. Respiró hondo, tragando un poco de gas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Don Hilario! ¡Mire el reloj! ¡Son las cinco y cinco! ¡Ya pasaron las cinco! ¡Sobrevivió!
El tictac del reloj de bolsillo de Cruz marcaba las 16:57. Mateo estaba mintiendo. Estaba alterando la percepción de la realidad de la víctima para romper el ciclo de pánico.
El sonido de los arañazos al otro lado de la puerta se detuvo abruptamente.
—¿Qué…? —se escuchó la voz ahogada del alcalde, tosiendo violentamente.
—¡Mire su propio reloj! ¡Mi maldición falló! ¡Abra la puerta para celebrar, ha ganado! —gritó Mateo, llorando, cruzando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
El silencio fue agonizante. Pasó un minuto. 16:58. Si Hilario no abría ahora, el gas acabaría con él antes de las 17:00 exactas.
De repente, se escuchó el traqueteo de la llave pesada en la cerradura. El click mecánico resonó como un trueno. Cruz empujó la pesada puerta de un empujón. Una nube invisible y apestosa de gas butano salió al pasillo.
Allí estaba Don Hilario, de rodillas, con las manos ensangrentadas y las uñas astilladas por haber intentado rasgar los marcos de roble de la puerta interior en su delirio de asfixia. Estaba morado, a punto de desmayarse, pero respiraba.
Cruz lo agarró del cuello de la camisa y lo arrastró escaleras arriba con una fuerza bruta, alejándolo de la trampa mortal. Mateo corrió tras ellos. Salieron al pasillo principal, donde el aire estaba limpio.
Don Hilario cayó tosiendo y vomitando sobre las alfombras persas. Cruz miró su reloj de bolsillo.
Eran exactamente las 17:00.
El alcalde estaba vivo. La muerte, por primera vez, había sido burlada.
Mateo se dejó caer al suelo, temblando. Había vencido al destino. Había cambiado el futuro.
Pero la victoria duró un suspiro.
Los tres guardias armados de Hilario, alertados por el ruido, irrumpieron en el pasillo apuntando sus escopetas directamente a Cruz y al niño.
—¡Quietos ahí! —gritó el jefe de seguridad.
Don Hilario, aún jadeando, se incorporó lentamente. Sus ojos se fijaron en el reloj de pared del pasillo, que marcaba las 17:01. Comprendió que el niño le había mentido sobre la hora para que abriera la puerta, pero también comprendió que, al hacerlo, el niño le había salvado la vida.
Sin embargo, el orgullo y la humillación pública ardían más fuerte que la gratitud en el corazón corrupto de un cacique. Hilario se limpió el vómito de la barbilla y miró a Mateo con un odio gélido. La profecía no se había cumplido. El niño era un fraude a los ojos del mundo, o peor, un hechicero que había intentado matarlo con gas.
—Has fallado, monstruo —graznó Hilario, su voz áspera—. Estoy vivo.
—Yo te salvé la vida —respondió Mateo, sin retroceder, sosteniéndole la mirada—. Cambié lo que estaba escrito. Ahora, suelta a mi madre.
Hilario soltó una carcajada lúgubre, apoyándose en la pared. —¿Soltarla? Ha habido un intento de asesinato contra el alcalde. Tú y este viejo vagabundo entrasteis en mi casa para envenenarme con gas. Y tu madre fue la mente maestra.
Mateo sintió que la sangre se le helaba. El destino, como un estafador experto, simplemente había cambiado de mano las cartas. La visión original de la muerte ineludible se había fracturado, creando un abanico de futuros infinitos, quizás peores y más oscuros.
—Matadlos a los dos aquí mismo —ordenó Hilario fríamente a sus hombres, dándoles la espalda—. Y enviad el mensaje a los calabozos. Ejecutad a la mujer.
Los guardias levantaron las armas. El chasquido de los percutores resonó en el pasillo elegante.
Cruz se interpuso entre Mateo y las escopetas. —Si disparáis en esta casa, con el gas que se está filtrando desde la bodega, saltaremos todos por los aires —mintió Cruz con una calma sepulcral, aferrando su rifle, esperando ganar unos segundos.
El jefe de los guardias dudó, su mirada yendo hacia la escalera del sótano.
En ese milisegundo de duda, Mateo comprendió el verdadero peso de su maldición. Salvar una vida no destruía el mal; solo lo transformaba. Las visiones no eran advertencias para evitar la tragedia, sino lecciones sobre el coste brutal de alterar el universo.
Si quería salvar a su madre, y a sí mismo, tendría que hacer algo impensable. Tendría que abrazar la oscuridad que residía en sus manos.
Mateo corrió hacia adelante. No hacia la puerta. No hacia la salida. Corrió directamente hacia el jefe de los guardias y, con un movimiento rápido e inesperado, le agarró la muñeca desnuda.
El impacto cósmico volvió. La blancura en los ojos de Mateo. Pero esta vez, el grito no fue de terror, sino de revelación, de poder naciente.
La onda de choque de su visión proyectó una fuerza casi física que hizo retroceder al guardia. El hombre dejó caer la escopeta, agarrándose el pecho, aterrorizado por la imagen brutal de su propia muerte que Mateo acababa de inyectar en su mente: un accidente automovilístico, llamas, metal retorcido, en exactamente tres días.
—¡Tú serás el siguiente! —gritó Mateo, su voz resonando con un eco inhumano, volviéndose hacia los otros dos guardias, extendiendo las manos como garras manchadas de destino—. ¡Y tú! ¡Y tú! ¡Los tocaré a todos! ¡Les mostraré su muerte y se las adelantaré!
El pánico primitivo, la superstición andaluza ancestral, se apoderó de los hombres armados. Dejaron caer sus armas y huyeron despavoridos por el pasillo principal, empujándose unos a otros, aterrorizados de ser tocados por el “niño diablo”.
Hilario se quedó solo. Su rostro, pálido de nuevo, reflejaba la comprensión de que no estaba enfrentando a un niño asustado, sino a una anomalía de la naturaleza, a un avatar de la Muerte misma que estaba aprendiendo a usar su poder no como un reloj pasivo, sino como un arma.
—Cruz… ahora —susurró Mateo, agotado por el uso forzado de su poder.
Cruz no lo dudó. Levantó la culata de su rifle y golpeó con fuerza el cráneo del alcalde. Don Hilario cayó al suelo como un saco de patatas, inconsciente.
—Buen truco, zagal —resopló Cruz, secándose el sudor de la frente—. Pero esto no ha terminado. Todo el pueblo escuchará a esos guardias gritar. Tenemos cinco minutos antes de que el ejército entero caiga sobre nosotros. Tenemos que ir a los calabozos.
Mateo asintió, mirando sus manos temblorosas. Había cruzado una línea. Había usado su maldición para amenazar, para aterrorizar. Había cambiado el destino del alcalde, pero a cambio, había desencadenado una reacción en cadena cuyas consecuencias, proyectadas hacia un futuro incierto e inexplorado, amenazaban con arrasar no solo San Miguel de las Piedras, sino a todos aquellos que se cruzaran en su camino buscando manipular la frágil tela del tiempo y la muerte en el abrasador corazón de Andalucía.
La noche caía sobre el pueblo, y mientras corrían hacia los pasadizos subterráneos del ayuntamiento buscando a Rosa, Mateo comprendió que su huida no había hecho más que empezar. La verdadera maldición del Niño no era ver la muerte; era descubrir que, una vez que rompes las reglas del destino, te conviertes en su único dueño… y en su principal prisionero.
(Fin de la primera parte de la historia. Continuará en la expansión del futuro).
Los túneles que serpenteaban bajo el Ayuntamiento de San Miguel de las Piedras eran un vestigio olvidado de tiempos más crueles. Olían a salitre, a tierra enferma y a un miedo rancio que parecía impregnado en la misma piedra. Mateo y Cruz descendían por una escalera de caracol devorada por el musgo, guiados únicamente por la luz parpadeante de una linterna de queroseno que el viejo cazador había robado de las cocinas de la mansión.
El corazón de Mateo latía con la fuerza de un tambor de guerra. Sus manos, aún temblorosas por la energía oscura que había canalizado minutos antes, picaban como si estuvieran cubiertas de hormigas invisibles. Había cambiado el futuro. Había perdonado la vida de un monstruo para salvar la de su madre, pero en el proceso, había descubierto que su maldición no era una simple ventana al porvenir; era una puerta. Y él acababa de girar el pomo.
—Mantente cerca, zagal —susurró Cruz, su voz ronca rebotando en las paredes estrechas—. Estos calabozos no los usan desde la dictadura, pero Hilario los reacondicionó para sus asuntos privados. Dicen que el que baja aquí, no vuelve a ver la luz del sol.
Avanzaron por un corredor flanqueado por celdas de rejas oxidadas. El silencio era sepulcral, roto solo por el goteo constante de la humedad. Al fondo, una luz amarillenta se filtraba por debajo de una pesada puerta de hierro. Cruz apagó la linterna y se pegó a la pared, aferrando su rifle.
Mateo se asomó. A través de la mirilla enrejada, vio una escena que le partió el alma en mil pedazos. Su madre, Rosa, estaba atada a una silla de madera en el centro de una habitación de piedra desnuda. Tenía el rostro amoratado, un corte profundo en la ceja del que aún manaba sangre fresca, y el vestido rasgado. Frente a ella, un hombre corpulento, con el uniforme de la Guardia Civil desabrochado, afilaba un cuchillo de caza contra una piedra de afilar. El sonido metálico era una tortura lenta.
—El alcalde ha dado la orden, Rosita —decía el guardia, con una sonrisa torcida—. Si a las cinco y cuarto no recibo una llamada de arriba diciendo que el gordo está vivo, te corto la garganta. Son las cinco y ocho minutos. El teléfono no suena.
Rosa levantó la cabeza, escupiendo sangre al suelo. Sus ojos, aunque llenos de terror, brillaban con un desafío feroz. —Mi hijo os destruirá a todos. Él es la justicia que Dios os ha negado.
El guardia soltó una carcajada lúgubre y se acercó a ella, levantando el cuchillo.
Mateo no esperó a la señal de Cruz. La furia, una furia ancestral y candente, lo cegó. Empujó la pesada puerta de hierro con una fuerza que no correspondía a un niño desnutrido. El chirrido de los goznes sobresaltó al guardia, que se giró de golpe, levantando el arma.
Pero Mateo ya estaba sobre él. Como un lobo acorralado, el niño saltó y agarró con ambas manos el rostro del guardia, hundiendo sus pequeños dedos en las mejillas sudorosas del hombre.
El impacto fue devastador. La celda entera pareció oscurecerse. Mateo no solo vio la muerte del guardia; se la proyectó directamente en el cerebro con la fuerza de un huracán psíquico.
Oscuridad. Un olor a gasolina insoportable. Fuego. El guardia, atrapado en un coche patrulla volcado en una cuneta, gritando mientras las llamas devoraban su carne. El reloj digital marcaba: 22 de septiembre. Tres semanas en el futuro.
Mateo intensificó el agarre. No solo le mostró la imagen; le hizo sentir el calor abrasador de las llamas fantasmales, el dolor de la piel derritiéndose, la agonía de la asfixia por el humo. Era una sobrecarga sensorial de terror absoluto.
El guardia soltó el cuchillo, profiriendo un alarido desgarrador que heló la sangre de Cruz en el umbral. El hombre cayó de espaldas, convulsionando, con los ojos desorbitados y las manos arañándose su propio rostro como si intentara apagar un fuego invisible. Su mente se había quebrado en mil pedazos ante la certeza ineludible de su propia aniquilación.
Mateo se apartó, jadeando, cayendo de rodillas. Sentía que se había arrancado un trozo de su propia alma.
—¡Mateo! —sollozó Rosa.
Cruz entró rápidamente, cortó las cuerdas con el cuchillo caído y ayudó a Rosa a levantarse. La mujer se arrojó sobre su hijo, abrazándolo con una fuerza desesperada, bañando el rostro del niño con sus lágrimas.
—Vámonos —urgió Cruz, mirando con repulsión al guardia que babeaba y lloraba en posición fetal en el suelo de piedra—. El pueblo entero estará sobre nosotros en cuestión de minutos. El coche de ese desgraciado debe estar aparcado en el callejón de atrás. Es nuestra única salida.
Huyeron de San Miguel de las Piedras bajo el manto protector del crepúsculo. Cruz condujo el coche patrulla robado a través de caminos de tierra sin asfaltar, adentrándose profundamente en el laberinto escarpado de la Sierra Morena, hacia territorios donde la ley de los hombres de ciudad no tenía jurisdicción. Detrás de ellos, las sirenas comenzaron a aullar en el valle, un coro de rabia que prometía venganza.
II. El Exilio y las Manos de Cuero
El tiempo en la sierra no se mide en años, sino en cicatrices, en inviernos crudos que congelan el aliento y veranos abrasadores que secan los pozos. Pasaron quince años. Quince años desde que un niño de diez años alteró la balanza del destino en un pueblo andaluz.
Mateo ya no era un niño. A sus veinticinco años, se había convertido en un hombre alto, enjuto, curtido por el viento cortante y el sol implacable de las montañas. Vivía como un ermitaño en una cabaña de piedra construida en las ruinas de un antiguo monasterio mozárabe, en lo más alto de un risco inaccesible. Llevaba el pelo largo y oscuro recogido, y una barba poblada que ocultaba gran parte de su rostro. Pero lo más distintivo de su apariencia eran sus manos.
Día y noche, sin importar el calor sofocante del verano andaluz, Mateo llevaba gruesos guantes de cuero negro, reforzados con lino en su interior. Eran su prisión y su escudo. Desde aquella noche en los calabozos, había jurado no volver a tocar la piel desnuda de otro ser humano. El poder dentro de él no había desaparecido; había madurado, volviéndose más oscuro, más hambriento. Sentía la energía bullir bajo su piel, una estática constante que le exigía contacto, que le susurraba visiones fragmentadas si siquiera rozaba accidentalmente a un animal.
Cruz había envejecido rápidamente. La dureza de la sierra le había cobrado peaje en forma de artritis severa y una tos persistente. Sin embargo, seguía siendo la brújula moral de Mateo, enseñándole a sobrevivir, a cazar sin ser visto, a ser un fantasma en su propia tierra.
Rosa, por su parte, nunca se recuperó del todo. Las secuelas de la tortura en los calabozos de Hilario, sumadas al estrés constante de ser fugitivos, la habían marchitado. Pasaba sus días sentada frente al fuego, tejiendo, con la mirada perdida en un pasado que no podía recuperar. Mateo la cuidaba con devoción religiosa, pero un abismo silencioso se había abierto entre ellos: el terror inconsciente de Rosa a las manos de su propio hijo.
Durante esos quince años, Mateo había tenido mucho tiempo para pensar. La biblioteca de Cruz, un amasijo de libros viejos rescatados de iglesias abandonadas y ferias gitanas, le sirvió para estudiar su propia condición. Leyó sobre oráculos griegos, sobre santos estigmatizados, sobre brujos celtas. Llegó a una conclusión aterradora: el destino no perdona las deudas.
La metáfora de la roca en el río que Cruz le había enseñado años atrás le atormentaba cada noche. Sí, al salvar a Hilario, había lanzado una gran roca que desvió la corriente del destino. Pero un río desviado inunda otras tierras, destruye otros pueblos.
Y las noticias que, ocasionalmente, Cruz traía del valle cuando bajaba a intercambiar pieles por provisiones, confirmaban sus peores temores.
Don Hilario no murió aquel viernes a las cinco de la tarde. Pero algo en él se rompió para siempre en la oscuridad de aquella bodega llena de gas. El terror absoluto a la muerte, la confirmación de que fuerzas sobrenaturales conspiraban en su contra, lo enloqueció. Sobrevivir no lo hizo agradecido; lo hizo paranoico y letal.
Se convirtió en el dueño absoluto de la comarca, un tirano despiadado. Expropió tierras, compró a jueces y policías, y convirtió San Miguel de las Piedras en su feudo personal. Cualquiera que hablara en su contra, desaparecía. Construyó un muro alrededor de su mansión, rodeándose de mercenarios. La gente del pueblo vivía en un estado de terror constante, sometida a toques de queda y extorsiones.
Mateo comprendió que la sangre derramada por el régimen de Hilario en esos quince años manchaba sus propias manos, aunque estuvieran cubiertas de cuero. Al engañar a la Parca, había soltado a un demonio sobre su pueblo natal. El balance del universo exigía equilibrio. La muerte que le había sido negada a Hilario se cobraba en cuotas con las vidas de docenas de inocentes.
Una tarde de noviembre, fría y gris como el acero, la frágil estabilidad de su exilio se resquebrajó.
Mateo estaba cortando leña cuando escuchó el grito agónico de Cruz desde la cabaña. Dejó caer el hacha y corrió, empujando la puerta de roble.
Encontró a su madre en el suelo, convulsionando, con espuma blanca en los labios. Una fiebre altísima la consumía. Cruz intentaba sostenerla, aplicándole paños fríos, pero la mujer se retorcía con una fuerza antinatural.
—¡Es el corazón! —gritó Cruz, tosiendo—. ¡Lleva días quejándose de dolor en el pecho, pero no quería decirte nada para no preocuparte! ¡Está fallando!
Mateo se arrodilló junto a ella. El pánico lo inundó. Veía cómo la vida se escapaba de los ojos de la mujer que más amaba en el mundo. En un acto de desesperación instintiva, olvidando todas sus promesas y todos sus miedos, Mateo se arrancó el guante de la mano derecha con los dientes.
Necesitaba saber. Necesitaba saber cuánto tiempo le quedaba, si podía bajarla al valle a buscar un médico, si había alguna esperanza.
Puso su mano desnuda sobre la frente ardiente de Rosa.
El estruendo cósmico lo ensordeció. El mundo desapareció, reemplazado por la visión profética. Pero lo que vio no fue una enfermedad. No vio un paro cardíaco.
Vio a Rosa en esa misma cabaña. Vio la puerta estallar en pedazos. Vio a tres hombres vestidos con equipo paramilitar negro irrumpiendo en la sala. Vio los fogonazos de las armas automáticas. Vio el cuerpo frágil de su madre siendo acribillado a balazos, la sangre manchando la lana que estaba tejiendo. Y flotando sobre la escena espeluznante, el reloj de fuego: 24 horas. Mañana, al amanecer.
Mateo soltó a su madre como si quemara. Cayó hacia atrás, golpeando la pared de piedra, hiperventilando. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
—No… no es la enfermedad —tartamudeó Mateo, la voz temblándole de puro terror—. Nos han encontrado.
Cruz dejó el paño húmedo y se puso en pie lentamente, la edad desapareciendo de sus ojos para dar paso a la frialdad del viejo cazador. —¿Quiénes?
—Los hombres de Hilario. Mercenarios. Vienen mañana al amanecer. Entrarán a tiro limpio. Matarán a mi madre. Nos matarán a todos.
El silencio en la cabaña solo fue interrumpido por la respiración dificultosa de Rosa, que se había desmayado, ajena a su propia sentencia de muerte inminente.
—Llevamos quince años escondiéndonos de ese gordo hijo de puta —gruñó Cruz, caminando hacia el baúl donde guardaba su viejo arsenal—. Supongo que algún día tenía que pasar. Alguien en el valle debió hablar de más, o usaron drones para peinar la sierra. No importa. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Unas veinte horas —respondió Mateo, mirando su mano derecha desnuda, la mano que acababa de firmar la condena de su mundo—. Cruz, tenemos que huir. Llevarnos a mi madre más al norte, hacia Granada.
—Está demasiado débil, zagal —sentenció Cruz, cargando pesados cartuchos en una escopeta corredera—. Si la movemos con este frío y ese corazón fallando, no aguantará el viaje. La muerte la encontrará en el camino o aquí. Tú elegiste cambiar el destino una vez, Mateo. ¿Qué vas a hacer ahora?
Mateo miró a su madre. Recordó el dolor, el sacrificio de los últimos quince años. Recordó las historias de terror que llegaban de San Miguel. Había pasado su juventud huyendo de su propio poder, tratándolo como una enfermedad. Pero el destino no era una fuerza ciega; era un cobrador de deudas implacable, y había venido a liquidar la cuenta.
Huir ya no era una opción. Si mataba a los mercenarios mañana, Hilario enviaría a más. Sería una cacería interminable hasta que todos estuvieran muertos.
Solo había una manera de detener el río de sangre. Tenía que ir a la fuente. Tenía que devolver la roca a su sitio.
Mateo se levantó lentamente. Sus ojos oscuros brillaban ahora con una resolución gélida, desprovista de miedo. Tomó su guante de cuero del suelo y se lo volvió a poner, ajustando las correas con deliberada lentitud.
—No voy a esperar aquí a que vengan a matarnos —dijo Mateo, su voz sonando hueca y profunda, como si resonara desde una caverna—. Tú te quedarás aquí. Atrincherate. Si alguien se acerca antes del amanecer, dispárale.
—¿A dónde vas, muchacho? Estás loco si crees que vas a…
—Voy a San Miguel de las Piedras —lo interrumpió Mateo—. Voy a terminar lo que empecé cuando tenía diez años. Voy a cobrar la deuda de Don Hilario.
III. El Descenso del Arcángel
La noche sobre el valle del Guadalquivir era negra como la tinta de un calamar. Una tormenta amenazaba en el horizonte, relámpagos silenciosos iluminando las nubes abotargadas. Mateo descendía por los senderos escarpados con la agilidad de un lince, moviéndose a través de la oscuridad por pura memoria muscular.
A medida que se acercaba a San Miguel, el impacto visual de los últimos quince años se hizo evidente. El pintoresco pueblo blanco que recordaba parecía ahora una prisión militarizada. Cámaras de seguridad en las farolas, patrullas de hombres armados en las esquinas, y dominando todo desde la colina, la mansión de Hilario. Ya no era una casa señorial; era un búnker de hormigón rodeado de alambre de espino y focos de alta potencia.
Hilario había construido una fortaleza para mantenerse a salvo de la muerte. Pero Mateo conocía un camino que ninguna cámara podía vigilar: las entrañas de la tierra.
Se deslizó hacia las ruinas del antiguo molino a las afueras del pueblo. Desde allí, apartando maleza y rocas que no se habían movido en una década, encontró la entrada secundaria a los túneles de contrabando que Cruz le había mostrado. El olor a humedad y podredumbre le trajo recuerdos sofocantes, pero avanzó implacable en la negrura absoluta, guiándose solo por el tacto a través de sus guantes de cuero.
Tardó dos horas en recorrer el laberinto subterráneo, orientándose hacia los cimientos del Ayuntamiento y, posteriormente, hacia la red de ventilación de la fortaleza de Hilario. El alcalde, en su paranoia, había reforzado las puertas y ventanas, pero los viejos túneles de desagüe eran un punto ciego histórico.
Mateo emergió en las cocinas industriales de la mansión. Eran las tres de la madrugada. El silencio dentro de la fortaleza era sepulcral, apenas roto por el zumbido de los frigoríficos. Esquivando las cámaras internas y noqueando a un guardia somnoliento en el pasillo con un golpe preciso y silencioso en la nuca, Mateo se abrió paso hacia los pisos superiores.
Sabía a dónde iba. Había interrogado a los contrabandistas durante años sobre la rutina del tirano. Don Hilario nunca dormía en una cama normal. Dormía en la antigua biblioteca, reacondicionada como una cámara acorazada en el centro de la casa, rodeado de monitores de seguridad, monitoreando obsesivamente su imperio del terror.
Mateo llegó frente a la pesada puerta de acero de la habitación. Había dos guardias armados frente a ella. Estaban charlando en voz baja, fumando cigarrillos.
No había tiempo para sutilezas. Faltaban apenas unas horas para el amanecer, el momento en que, según su visión, su madre sería asesinada en las montañas.
Mateo salió de las sombras caminando directamente hacia ellos, a plena luz del pasillo.
Los guardias tardaron un segundo en reaccionar ante la visión del hombre alto, vestido de oscuro, con barba salvaje y guantes de cuero. Levantaron sus armas, pero Mateo fue más rápido. No con balas, sino con el terror.
En un movimiento fluido, se quitó ambos guantes y los dejó caer al suelo. Sus manos pálidas quedaron expuestas bajo las luces fluorescentes.
—¡Alto ahí o disparo! —gritó uno de los guardias.
Mateo no se detuvo. Con una velocidad inhumana, acortó la distancia y agarró los rostros de ambos hombres simultáneamente.
La explosión psíquica fue colosal. Mateo no contuvo nada. Dejó que el peso de todas las muertes posibles, todo el dolor del futuro, se vertiera en la mente de los mercenarios. Les mostró enfermedades terminales, accidentes grotescos, vejez dolorosa y soledad absoluta. Les mostró el final inevitable de todo ser vivo comprimido en un microsegundo de pura agonía mental.
Los hombres no gritaron. Sus mentes simplemente se apagaron por sobrecarga. Cayeron al suelo redondos, babeando, con los ojos vueltos hacia atrás, sumidos en un coma catatónico del que quizás nunca despertarían.
Mateo se apoyó contra la pared de acero, respirando con dificultad. Usar su poder a ese nivel lo debilitaba físicamente, provocándole sangrados nasales y un dolor de cabeza insoportable. Se limpió la sangre del labio y miró el panel electrónico de la puerta. Necesitaba una clave.
Pero antes de que pudiera intentar forzarla, se escuchó un click hidráulico desde el interior. Los cerrojos mecánicos se retiraron uno a uno. La pesada puerta se abrió lentamente hacia adentro.
Don Hilario lo estaba esperando.
IV. La Paradoja de la Muerte
El interior de la habitación parecía la guarida de un animal enfermo. Olía a sudor rancio, a medicamentos esteroides y a miedo viejo. Cientos de pantallas de vigilancia iluminaban la estancia con un brillo azulado enfermizo.
En el centro de la sala, sentado en una silla de ruedas medicalizada —sus piernas habían fallado hacía años por la inactividad y el terror paralizante—, estaba Don Hilario. El alcalde, otrora un cacique imponente, era ahora una ruina de carne fofa y piel manchada, conectado a tubos de oxígeno. Sus ojos, rodeados de ojeras purpúreas, brillaban con la lucidez febril de la locura. Tenía un revólver pesado descansando en su regazo.
—Te vi en las cámaras de los pasillos… —croó Hilario, su voz un eco fantasmal de lo que fue—. Quince años. Has crecido, monstruo. Pero sigues teniendo la misma mirada de asesino.
Mateo cruzó el umbral. No recogió sus guantes. Mantuvo sus manos desnudas a los costados.
—No vine a asesinarte, Hilario. Vine a corregir un error matemático.
El anciano tirano soltó una carcajada húmeda y tosió, escupiendo flemas en un pañuelo. —¿Un error? Tú no cometes errores. Tú eres el dedo de Satanás. Yo te burlé. Llevo quince años burlándote a ti y a tu maldición. Mírame. He construido un imperio inexpugnable. La muerte no puede entrar aquí.
—La muerte no necesita puertas —respondió Mateo, acercándose lentamente, su voz resonando con una calma aterradora—. Y yo no soy su mensajero. Yo solo leo el libro. Tú fuiste el que decidió arrancar la página. Al salvarte la vida en aquella bodega de gas, creé una deuda inmensa. Y tú has pasado quince años pagando los intereses con la sangre de este pueblo.
Hilario levantó el revólver temblorosamente, apuntando al pecho de Mateo. —Mis hombres ya están en la sierra. En un par de horas, tu madre bruja estará muerta. Y cuando te vuele la cabeza, seré finalmente libre. Seré inmortal. He vencido a la profecía.
Mateo se detuvo a un metro del anciano. Miró el cañón del arma. No sentía miedo. Sentía lástima. Una lástima profunda y pesada por la miseria humana.
—Si me disparas, mi madre muere, y tú seguirás gobernando este infierno hasta que tu propio cuerpo se pudra alrededor de tu alma aterrada —dijo Mateo, sus ojos fijos en los de Hilario—. Pero si no disparas…
—¿Qué? ¿Me tocarás? —siseó Hilario, sudando frío, el dedo temblando en el gatillo—. ¿Me mostrarás cómo muero otra vez? ¡Ya no te tengo miedo! ¡Sé que puedes fallar! ¡Ya te vencí una vez!
—Ese es tu error, Hilario —susurró Mateo, y el aire en la habitación pareció volverse gélido—. Nunca me venciste. El destino es un río. Yo tiré una roca y desvié el agua. Pero el agua siempre, siempre busca llegar al mar. La visión que tuve cuando tenía diez años… esa visión era absoluta. Ocurrió. O va a ocurrir. El tiempo es solo una ilusión para mentes pequeñas.
Mateo dio un paso adelante. Hilario chilló de terror e intentó apretar el gatillo, pero sus dedos, artríticos y paralizados por el pánico atávico que la presencia de Mateo irradiaba, no respondieron. El revólver cayó al suelo con un ruido sordo.
El anciano intentó retroceder con su silla de ruedas, pero estaba acorralado contra sus propios monitores de seguridad.
Mateo levantó su mano derecha desnuda.
—La primera vez que te toqué, viste tu futuro —explicó Mateo, su voz cobrando una resonancia casi mística—. Pero durante quince años, mi poder ha crecido. He aprendido que no solo leo el tiempo hacia adelante. Puedo leerlo de lado. Puedo traer los futuros descartados de vuelta a la realidad. Puedo devolver la roca a la orilla y dejar que el río siga su curso original.
—¡No, no, no! —sollozaba Hilario, cubriéndose el rostro, llorando como un niño—. ¡Te daré dinero! ¡Poder! ¡Retiraré a mis hombres! ¡Dejaré vivir a tu madre!
—Ya es tarde para promesas, Don Hilario. La cuenta está a cero.
Mateo agarró con firmeza la muñeca marchita del tirano.
La habitación no estalló en luces ni hubo gritos ensordecedores. El cambio fue silencioso y absoluto.
No hubo una visión proyectada en la mente de Hilario. En su lugar, el poder masivo y contenido de Mateo operó como una aguja cosiendo una herida en la tela del espacio-tiempo. Todo el terror, todo el trauma reprimido de aquella tarde de agosto quince años atrás, toda la asfixia fantasma del gas butano en la bodega oscura, se precipitó hacia el presente en una avalancha somática.
El cerebro de Hilario, enfrentado simultáneamente a la realidad del presente y al horror absoluto de un pasado-futuro no resuelto, sufrió un cortocircuito catastrófico. Su corazón, un músculo debilitado y sostenido por el miedo durante quince años, simplemente se detuvo bajo el peso aplastante de la paradoja.
Hilario no murió de un infarto. Murió de terror puro, retroactivo y concentrado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, mirando el vacío, y su último aliento escapó de sus labios con el sonido sordo de una puerta de roble cerrándose para siempre en la oscuridad.
El tirano de San Miguel de las Piedras estaba muerto en su silla de ruedas, en la habitación más segura del mundo.
Mateo soltó la muñeca sin vida. Miró sus propias manos. La extraña picazón, la estática oscura que lo había acompañado durante toda su vida, pareció silenciarse por primera vez. Una paz abrumadora, como el silencio después de una tormenta de quince años, lo envolvió.
Miró los monitores. En una de las pantallas de vigilancia exterior, vio a la escuadra de mercenarios que se dirigía a la sierra recibiendo frenéticamente mensajes en sus radios por la repentina caída del sistema cardíaco del alcalde al que estaban conectados los protocolos de seguridad. Al constatar que el jefe supremo había muerto, los mercenarios abortaron la misión, dándose la vuelta, dispersándose en la noche para evitar represalias o el caos inminente que engulliría el pueblo.
La visión de la cabaña destruida, de su madre asesinada, se disolvió en el éter de las posibilidades que nunca serían.
El destino había sido restaurado. La deuda estaba saldada.
V. El Caminante del Viento
El sol de la mañana rompió sobre las cumbres de la Sierra Morena, bañando la piedra caliza en tonos dorados y cobrizos. Era un amanecer inusualmente cálido y brillante para ser noviembre.
Mateo llegó a la cabaña exhausto, manchado de polvo y sangre seca, pero con el pecho ligero. La puerta estaba intacta.
Cruz estaba sentado en un tocón fuera de la cabaña, fumando una pipa, con la escopeta descansando sobre las rodillas. Al ver aparecer a Mateo por el sendero, el viejo cazador exhaló una larga nube de humo y asintió lentamente.
—Las radios del valle están volviéndose locas —dijo Cruz, su voz áspera delatando un inmenso alivio—. Dicen que el diablo bajó a la mansión de Hilario esta noche. Que el viejo murió en su búnker sin que nadie lo tocara.
—Se le paró el reloj —respondió Mateo, sentándose en el suelo junto al anciano, sintiendo el calor del sol en su rostro.
—¿Y los sicarios?
—No vendrán. El imperio ha caído. San Miguel es libre.
Cruz lo miró de soslayo, estudiando las manos descubiertas del joven. —¿Y tú, zagal? ¿Eres libre?
Mateo miró sus manos pálidas. La maldición no había desaparecido. Él sabía que el don de leer el final de las cosas seguiría con él hasta el día en que alguien le cerrara los ojos en su lecho de muerte. Pero la relación con su poder había cambiado. Ya no era un esclavo del destino, ni un fugitivo de sus propias visiones. Había aprendido que el tiempo es un tapiz maleable, pero que cada hilo movido requiere un sacrificio equivalente.
Se levantó y entró en la cabaña. Su madre, Rosa, dormía plácidamente en la cama, su respiración regular y tranquila. La fiebre había remitido milagrosamente, o quizás, el levantamiento de la sentencia de muerte inminente había aliviado la tensión que aplastaba su frágil corazón.
Mateo se acercó a ella. Dudó un segundo antes de extender la mano. Suavemente, con una ternura infinita, apartó un mechón de pelo gris del rostro de su madre. Sus dedos rozaron su piel cálida.
Esperó el asalto de las imágenes. Esperó el dolor, el fuego, el terror.
En su lugar, una visión serena y luminosa acarició su mente, como una brisa suave de primavera. Vio a Rosa, con el cabello completamente blanco, sentada en una mecedora en un porche bañado por el sol junto al mar, riendo mientras tejía, muchos años en el futuro. Un final tranquilo, merecido, natural.
Mateo sonrió, y una sola lágrima rodó por su mejilla sucia.
Salió de la cabaña. Cruz lo esperaba con dos macutos ya preparados.
—No podemos quedarnos aquí —dijo el viejo—. El caos va a reinar en el valle durante meses. Harán preguntas. Buscarán chivos expiatorios. Es hora de moverse, muchacho.
—¿A dónde? —preguntó Mateo, sintiendo el mundo abrirse ante él por primera vez en su vida.
—Al mar. Siempre quise ver el océano antes de estirar la pata. Y tú me prometiste, hace mucho tiempo, que yo moriría de viejo en una cama blanda. Más te vale que no me hayas engañado, maldito vidente.
Mateo soltó una carcajada sincera, un sonido raro y hermoso que resonó en las montañas solitarias. Recogió sus pesados guantes de cuero, los miró por un segundo, y los arrojó al fuego agonizante de la fogata del exterior, observando cómo se consumían hasta convertirse en cenizas.
Se envolvió las manos limpias en vendas de lino suave, no para esconderse del mundo, sino para caminar a través de él con cuidado.
Los tres descendieron por la vertiente norte de la sierra, dejando atrás Andalucía, sus fantasmas y sus tiranos. Mateo, el niño que anunciaba la muerte, caminaba ahora como un hombre que entendía el valor infinito de la vida. Sabía que habría otras tormentas, otras visiones oscuras en los caminos del mundo. Pero ya no huiría. Había comprendido que el reloj sigue avanzando implacable, sí, pero los pasos que uno da entre el primer y el último tic-tac son, al final, los únicos dueños reales del destino.