El descenso hacia Santiago de Compostela fue una inmersión en un mar de contradicciones. Atrás, en la colina azotada por el viento, quedaba un ejército de almas en pena, testigos mudos de una mentira milenaria. Delante, la ciudad de piedra dorada bullía de vida, de turistas indiferentes, de peregrinos que lloraban de alegría al creer haber alcanzado la meta espiritual de sus vidas, ajenos por completo a la farsa sobre la que caminaban.
Mateo se mezcló entre la multitud al entrar por la Rúa de San Pedro. El contraste era mareante. El olor a incienso, a empanada recién horneada y a lluvia sobre el granito reemplazaba el hedor a putrefacción y ozono que acompañaba a sus guías espectrales. Llevaba la capucha del chubasquero bajada hasta los ojos, encorvando los hombros, imitando el agotamiento de un peregrino más que acaba de terminar su odisea. Sin embargo, sus ojos escrutaban cada rincón, cada rostro, cada movimiento brusco.
Diego Gelmírez se lo había advertido: los “limpiadores” del Vaticano estarían esperándole. Hombres que no llevaban sotanas, sino trajes de diseño o ropa técnica, armados no con cruces, sino con balas de plomo y un fanatismo ciego, financiados por oscuros fondos de la Santa Sede.
Al llegar a la Plaza de Cervantes, el corazón de Mateo dio un vuelco. Junto a la fuente de la plaza, dos hombres con cazadoras negras idénticas a las de sus perseguidores en el bosque charlaban en voz baja. Llevaban gafas de sol oscuras a pesar de que el cielo gallego seguía encapotado. Uno de ellos se tocaba discretamente el oído derecho. Llevaban pinganillos. Se estaban comunicando.
Mateo giró bruscamente hacia la derecha, adentrándose por la estrecha Rúa da Acibechería. La calle, flanqueada por joyerías y tiendas de recuerdos, estaba abarrotada, lo cual era su única ventaja. Usó a un grupo de ruidosos turistas italianos como escudo humano, caminando pegado a ellos. La quemadura en su mano derecha, la cruz invertida y la espada, latía con una intensidad feroz, casi como si reaccionara a la proximidad del peligro o a la cercanía de la tumba de Prisciliano.
Necesitaba llegar al Convento de San Francisco, situado al norte de la inmensa Plaza del Obradoiro. Según el mapa de piel curtida que le quemaba contra el pecho, bajo los cimientos de aquel convento franciscano fundado en el siglo XIII, existía una red de canalizaciones de agua que databa de la época de la ocupación romana, mucho antes de que se inventara el mito de Santiago.
Esquivó a los guardias de seguridad del parador de los Reyes Católicos y se deslizó por las callejuelas empedradas que rodeaban el imponente monasterio de San Francisco. El edificio era masivo, solemne. Mateo rodeó el muro perimetral trasero, alejándose de las zonas transitadas. Encontró lo que buscaba oculta tras unos espesos matorrales de zarzas y hiedra salvaje que nadie se había molestado en podar en décadas: una antigua reja de hierro forjado, oxidada y consumida por la humedad, encastrada en la base del muro de piedra.
Miró a ambos lados. La callejuela estaba desierta, ensombrecida por los altos muros del convento. Se arrodilló sobre el musgo resbaladizo y agarró los barrotes de hierro. Estaban fríos como el hielo. Tiró con todas sus fuerzas. El óxido crujió, pero la reja no cedió. Mateo gruñó por el esfuerzo, sintiendo que los músculos de sus brazos, ya exhaustos por los cientos de kilómetros caminados, amenazaban con desgarrarse.
Entonces, la marca en su mano pareció arder. No era un dolor paralizante, sino una inyección de energía cruda, antinatural. Un calor abrasador fluyó desde su palma hasta sus hombros. Mateo dio un tirón violento, impulsado por una fuerza que no era completamente suya. Los goznes milenarios de hierro se rompieron con un chasquido sordo, y la pesada reja cedió, cayendo a un lado sobre la maleza.
Ante él se abría un agujero negro, exhalando un aliento frío y húmedo que olía a tierra antigua, a agua estancada y a siglos de oscuridad ininterrumpida. Sin dudarlo, encendió la linterna frontal, se tumbó en el suelo y se arrastró hacia el abismo, introduciendo primero los pies. Tiró de la reja desde dentro para encajarla a medias y ocultar su entrada.
En cuanto Mateo se sumergió en las entrañas de Compostela, el ruido del mundo exterior desapareció, ahogado por toneladas de granito y tierra. Estaba en un túnel estrecho, abovedado, construido con ladrillos romanos y sillares de piedra cubiertos de una capa viscosa de limo. El agua le llegaba hasta los tobillos, helada, arrastrando consigo suciedad y ecos lejanos.
Desenrrolló el pergamino de Gelmírez. A la luz amarillenta de la linterna, las líneas trazadas en tinta ferrogálica parecían danzar. El mapa no era a escala; era conceptual. Indicaba cruces, giros y marcas talladas en la piedra que debía buscar. Sigue el agua que no ve la luz, decía una nota al margen en latín. El hereje duerme bajo el pilar de la mentira.
Comenzó a caminar, encorvado, pues el techo era demasiado bajo. La claustrofobia amenazaba con aplastar su cordura. Cada gota de agua que caía de la bóveda resonaba como un disparo. Avanzó durante lo que parecieron horas, girando a la izquierda en una bifurcación marcada con un símbolo apenas visible que se asemejaba a un pez, girando a la derecha cuando el túnel principal colapsaba bajo el peso de los escombros.
A medida que profundizaba, la arquitectura cambiaba. Los rudimentarios arcos romanos dieron paso a inmensos pilares de piedra desnuda, ciclópeos y toscos. Se estaba acercando a los cimientos originales de la Catedral románica, a las catacumbas secretas que el propio Gelmírez había ordenado sellar para ocultar la verdadera identidad del cadáver venerado.
De repente, un sonido extraño le hizo detenerse en seco, apagando instintivamente su linterna.
Splash. Splash.
Pasos. Alguien caminaba por el agua detrás de él. No era el andar arrastrado de un fantasma. Era el movimiento calculado, pesado y rítmico de un ser humano vivo. Botas tácticas sobre el agua estancada.
Mateo contuvo la respiración, aplastándose contra la pared fría y rezumante del túnel. Escuchó un crujido electrónico, el sonido de una radio comunicándose a bajo volumen.
—Lobo Uno a Base. He encontrado la entrada fracturada tras el convento. Estoy en el nivel sub-romano. La señal térmica indica que alguien pasó por aquí recientemente. El hereje está intentando llegar al nido.
La voz hablaba en un italiano preciso y frío. Eran los asesinos del Vaticano. Le habían seguido. El rastreador térmico era algo que los fantasmas de Gelmírez no habían podido prever. La tecnología del siglo XXI enfrentándose a los secretos del siglo IV.
—Entendido, Lobo Uno. Tienes permiso de ejecución total. Recupera cualquier documento que lleve consigo y destruye el cuerpo. La Santidad de la Iglesia depende de ello.
Un haz de luz blanca y pura, inmensamente más potente que la pequeña linterna de Mateo, barrió el túnel a lo lejos, proyectando sombras monstruosas sobre las paredes curvas. Mateo estaba atrapado en un pasillo largo y sin salidas inmediatas. Si encendía su luz, delataría su posición exacta. Si no lo hacía, el asesino lo encontraría en cuestión de minutos.
Con el pulso retumbando en sus oídos, Mateo empezó a retroceder en la más absoluta oscuridad, tanteando la pared con la mano izquierda, mientras la derecha empuñaba su pesado bastón de peregrino, su única arma defensiva.
Caminó de espaldas unos veinte metros hasta que sus dedos encontraron un hueco. Un arco ciego, una antigua hornacina funeraria excavada en la roca, apenas lo suficientemente profunda para albergar a un hombre delgado. Mateo se encogió, metiéndose en el nicho, sumergiéndose en el agua turbia hasta la cintura, y se hizo un ovillo en las sombras.
La luz táctica se acercaba, rebotando en el agua, creando destellos cegadores. Mateo vio aparecer la silueta del cazador. Era alto, corpulento, ataviado con un equipo paramilitar negro. Llevaba gafas de visión nocturna levantadas sobre el casco y empuñaba un fusil de asalto compacto equipado con un silenciador masivo y una linterna estroboscópica acoplada al cañón.
El asesino, Lobo Uno, avanzaba despacio, barriendo el túnel de lado a lado. Se detuvo justo a la altura del nicho donde Mateo se ocultaba. El historiador dejó de respirar. El cañón del fusil apuntaba a centímetros de su rostro oculto en la oscuridad. El olor a pólvora sintética, a cuero y a sudor del asesino invadió las fosas nasales de Mateo, sofocando el hedor del alcantarillado.
Lobo Uno bajó el arma ligeramente, tocando su pinganillo. —Base, he perdido la huella térmica. El agua está demasiado fría, está disipando el rastro. Solicito drones de exploración para los conductos principales de…
Fue el único error del asesino. Distraerse.
El instinto de supervivencia de Mateo, forjado por el terror de las últimas semanas, explotó. Salió de la oscuridad de la hornacina con un grito gutural y primitivo. Usando ambas manos, clavó la pesada y férrea punta de su bastón de peregrino, que había caminado más de ochocientos kilómetros, directamente en la parte posterior de la rodilla del asesino, en el hueco sin protección de la armadura táctica.
El hombre rugió de dolor cuando la articulación crujió. Perdió el equilibrio, cayendo pesadamente sobre el agua sucia y perdiendo el control del fusil, que chapoteó a un metro de distancia.
Antes de que Lobo Uno pudiera desenfundar la pistola de su muslo, Mateo se abalanzó sobre él. El caos se desató en la oscuridad. El agua salpicaba violentamente. El asesino, a pesar del dolor, era un profesional entrenado. Lanzó un puñetazo brutal que impactó en la mandíbula de Mateo, aturdiéndolo y enviándolo de espaldas contra la pared de piedra.
El asesino intentó incorporarse, sacando un cuchillo de combate de doble filo de su chaleco. Su rostro, iluminado esporádicamente por la linterna del fusil sumergido que aún parpadeaba en el suelo, era una máscara de furia asesina.
—Morirás como el hereje que idolatras, escoria —siseó el italiano, abalanzándose sobre Mateo para clavarle el cuchillo en el pecho.
Mateo alzó las manos en un intento inútil de protegerse. Su mano derecha, la que llevaba la quemadura de la cruz y la espada, se interpuso en la trayectoria del puñal.
Justo cuando el acero iba a perforar la carne de Mateo, algo imposible ocurrió. La marca en la mano de Mateo brilló. No con una luz reflejada, sino con una luz propia, intensa, azulada, gélida, como la luz de las estrellas muertas. Una fuerza cinética brutal e invisible brotó de la palma de Mateo, golpeando al asesino en el pecho como un ariete.
El hombre de negro salió despedido hacia atrás, volando por el aire en el estrecho túnel, hasta chocar violentamente contra el muro de granito. Su cabeza rebotó contra la piedra con un crujido sordo, espeluznante. El cuerpo sin vida cayó al agua, flotando boca abajo, tiñendo de rojo el cauce oscuro.
Mateo se quedó petrificado, respirando entrecortadamente, mirando su propia mano. La luz azulada se desvaneció, dejando solo la cicatriz enrojecida. La magia —o el poder, o la energía residual de milenios de herejía condenada— era real. Los fantasmas no podían entrar en los dominios de la Catedral, pero de alguna manera, le habían otorgado una llave defensiva. Un fragmento del poder místico por el que Prisciliano había sido ejecutado por brujería en el año 385.
Sin perder tiempo, consciente de que “Base” enviaría más hombres al perder contacto con Lobo Uno, Mateo recogió su linterna, recuperó su bastón y pasó por encima del cadáver del mercenario vaticano. No miró atrás.
El túnel comenzó a ensancharse, inclinándose bruscamente hacia arriba. Los muros romanos dejaron paso a enormes sillares de granito tallado. Mateo sabía exactamente dónde estaba. Se encontraba directamente bajo el altar mayor de la Catedral de Santiago de Compostela, bajo el botafumeiro, bajo la inmensa estructura barroca y románica que atraía a millones de fieles.
Llegó a un muro sólido que cortaba el paso. Sin embargo, no era un muro construido para soportar peso; era un tapiado apresurado, argamasa y bloques irregulares que desentonaban con la perfecta sillería que lo rodeaba.
Mateo consultó el pergamino de Gelmírez por última vez. Tres varas hacia el este desde el pilar central, golpea la piedra marcada con el Crismón invertido. Iluminó la pared de tapiado. Sus ojos, ahora entrenados para ver lo invisible, escrutaron los bloques cubiertos de polvo secular. Allí estaba. A la altura de su pecho, casi borrado por el cincel de algún cantero asustado del siglo XII, un símbolo Chi Rho (Crismón) grabado al revés. El símbolo de la burla, la marca de la herejía impuesta por los vencedores.
Mateo dejó la mochila en el suelo y empuñó el bastón como un pico. Empezó a golpear el mortero alrededor de la piedra marcada. Una, dos, diez veces. El eco de los golpes resonaba en la inmensidad subterránea, un sonido sacrílego bajo el lugar más santo de España. La adrenalina ahogaba el dolor de sus músculos y sus nudillos ensangrentados.
El mortero, frágil por los siglos de humedad, comenzó a resquebrajarse. Con un último golpe desesperado, el bloque de granito cedió, hundiéndose hacia adentro y cayendo con un estruendo ensordecedor al otro lado de la pared, levantando una nube de polvo grisáceo que olía a incienso petrificado.
Mateo amplió el agujero retirando con sus propias manos las piedras adyacentes, arañándose la piel en el proceso. Cuando el hueco fue lo suficientemente grande, introdujo la cabeza y los hombros, iluminando el espacio interior.
Se detuvo en seco. Las lágrimas, unas lágrimas gruesas y pesadas de pura sobrecarga emocional, comenzaron a brotar de sus ojos sin que pudiera controlarlo. Estaba asomándose a un abismo histórico.
Era una pequeña cámara, no más grande que una habitación de monje, excavada en roca viva. El aire allí dentro era asfixiantemente seco y estaba cargado de una energía estática que erizaba el vello de los brazos de Mateo.
En el centro exacto de la sala, sobre un pedestal de piedra negra sin adornos, descansaba un cofre de plata ennegrecida, de estilo tardorromano o visigodo primitivo. No era una urna ornamentada cubierta de oro y joyas como la que descansaba a pocos metros sobre su cabeza en la cripta oficial. Era austero, sombrío. Y le faltaba un trozo. El cofre estaba diseñado para albergar un cuerpo humano decapitado. La cabeza no estaba allí. El símbolo grabado en la tapa no era una cruz latina, ni la cruz de Santiago, sino un sol radiante flanqueado por dos serpientes entrelazadas: un símbolo gnóstico, maniqueo. El símbolo de Prisciliano.
Mateo se coló por el agujero y se dejó caer dentro de la cámara secreta. Sus pasos levantaban polvo que llevaba mil seiscientos años sin ser perturbado.
Caminó hacia el cofre de plata. Su corazón latía a un ritmo enloquecedor. Con manos temblorosas, descorrió los pesados cerrojos laterales, que cedieron sorprendentemente fácil, carentes de óxido en el ambiente estanco. Levantó la pesada tapa.
Allí estaban. Envueltos en sudarios de seda roja marchita que se desmoronaba al menor contacto, reposaban los huesos blanqueados de un hombre. A los pies del esqueleto, ajenos a la putrefacción de la carne, descansaban varios tubos cilíndricos de bronce, sellados herméticamente con cera de abejas antigua.
Eran los manuscritos. Los verdaderos textos de Prisciliano. Los “Tratados”, aquellos que la Iglesia había ordenado quemar, aquellos que detallaban una doctrina que no necesitaba clero, ni riquezas, ni obispos, donde Dios era pura luz interior accesible a cualquier hombre o mujer que buscase el conocimiento. La prueba absoluta de que el dogma oficial era una invención política de control social y financiero. Y, sobre todo, la prueba arqueológica de que los huesos que la cristiandad veneraba en la planta superior pertenecían, irónicamente, al mayor enemigo ideológico que Roma había tenido en Hispania.
Mateo sacó uno de los cilindros, rompió el sello de cera resquebrajado y extrajo con extrema delicadeza un pergamino de papiro. Desenrolló una esquina. Estaba escrito en un latín cursivo impecable, la letra de un erudito del siglo IV.
“Ego, Priscillianus, episcopus Abilae, veritatem in lucem profero… (Yo, Prisciliano, obispo de Ávila, saco la verdad a la luz…).
Mateo jadeó. Lo tenía. La historia estaba a punto de reescribirse.
—Déjalo en el cofre y date la vuelta lentamente, Mateo.
La voz, en un español perfecto y neutro, cortó el silencio de la tumba como una guillotina.
Mateo se giró muy despacio, aferrando el cilindro de bronce contra su pecho. En el hueco del muro que acababa de derribar, se encontraba la figura de un hombre de cabello blanco y traje impecable. No era un matón con armadura táctica. Llevaba el alzacuellos blanco de un sacerdote católico bajo una elegante chaqueta oscura. Apuntaba directamente a la cabeza de Mateo con una pistola Heckler & Koch con silenciador.
Era el “limpiador” superior. Un enviado directo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición moderna.
—Supongo que eres “Base” —dijo Mateo, intentando mantener la voz firme, aunque sus rodillas temblaban.
—Monseñor Valerio, para ser exactos —respondió el sacerdote, dando un paso dentro de la cámara y apuntando con profesionalidad—. Has llegado mucho más lejos de lo que el Santo Padre o yo mismo creíamos posible. Tienes una extraña y persistente voluntad, Mateo. Pero el camino de la herejía siempre termina en la muerte. Los textos se quemarán hoy mismo, y esta cámara será sellada con hormigón armado para la eternidad. Tu cuerpo nunca será encontrado. Serás otro peregrino desaparecido en los montes gallegos.
—¿Por qué? —escupió Mateo, lleno de rabia—. ¿Por qué continuar la mentira? El mundo de hoy podría asimilar esto. ¡La gente tiene derecho a saber a quién han estado rezando durante doce siglos!
Monseñor Valerio sonrió con lástima.
—No seas infantil, Mateo. No se trata de a quién rezan. Se trata de la institución a la que acuden para rezar. Si el mundo sabe que la tumba del Apóstol es un fraude, que la Iglesia española cimentó su poder político y económico sobre el cadáver de un hombre que condenamos a muerte por cuestionar nuestra avaricia… la fe de millones colapsaría. Las donaciones, la estructura diplomática, el turismo religioso de todo el continente europeo. El daño a la estabilidad del Vaticano sería incalculable. La verdad está sobrevalorada, hijo mío. El orden, sin embargo, es vital.
Valerio amartilló la pistola. El sonido metálico fue ensordecedor en la pequeña cámara.
—Reza un último Padre Nuestro, si es que aún crees.
Mateo no rezó. En lugar de eso, miró directamente a los ojos del sacerdote y apretó con todas sus fuerzas el cilindro de bronce con su mano derecha, la mano marcada.
—No voy a rezarle a tu Dios de mentiras —susurró Mateo, y su voz no sonó como la suya. Sonó rasposa, múltiple, como si miles de gargantas susurraran al unísono con él.
La cámara entera comenzó a temblar. El polvo del suelo se elevó, arremolinándose como un pequeño tornado. Monseñor Valerio dio un paso atrás, alarmado, bajando instintivamente el arma un centímetro.
La quemadura en la mano de Mateo estalló en un resplandor cegador. Esta vez, la luz no era azul. Era de un blanco puro, deslumbrante, como la luz del sol reflejada en la nieve, la “luz interior” que predicaba Prisciliano.
Del centro de la tumba de piedra, desde los propios huesos del hereje decapitado, emergió una figura. No era translúcida ni gélida como los fantasmas del exterior. Era una manifestación de energía pura, un holograma de fuego blanco con la forma de un hombre vestido con ropas ascéticas tardorromanas. No tenía cabeza, pero aun así, una voz atronadora resonó directamente en la mente de ambos hombres, vibrando en las piedras, haciendo temblar los cimientos mismos de la inmensa catedral situada sobre ellos.
LA SANGRE NO SE OCULTA. LA LUZ NO SE ENCIERRA.
El sacerdote apuntó temblorosamente a la figura de luz e intentó disparar, pero el arma simplemente se deshizo en sus manos, como si estuviera hecha de ceniza, desmoronándose en polvo metálico. Valerio cayó de rodillas, gritando, llevándose las manos a los ojos, cegado por el resplandor sagrado del hereje.
La figura de luz se giró hacia Mateo, y aunque no tenía rostro, Mateo sintió una profunda gratitud emanando de ella. El resplandor se concentró, disparándose a través de las paredes sólidas, subiendo hacia arriba, hacia la Catedral, hacia el exterior.
En la Plaza del Obradoiro, miles de turistas gritaron asombrados cuando un inmenso pilar de luz blanca brotó a través del tejado de las torres de la Catedral de Santiago, perforando las espesas nubes de tormenta gallegas y elevándose hacia el cosmos, visible a kilómetros de distancia. Los fantasmas que esperaban en el Monte do Gozo vieron el resplandor y, con un largo suspiro de liberación, comenzaron a disolverse en el aire, encontrando finalmente la paz que se les había negado durante milenios. Su venganza, la verdad, había sido liberada.
En la cámara subterránea, la luz desapareció tan bruscamente como había llegado, dejando a Mateo solo en la penumbra con un Monseñor Valerio acurrucado en el suelo, catatónico, balbuceando incoherencias en latín, con la mente destrozada por haber presenciado la verdad teológica absoluta que dedicó su vida a reprimir.
Mateo, jadeando y sudando profusamente, no perdió el tiempo. Sabía que el espectáculo de luz atraería a las autoridades, a los medios de comunicación y a más agentes del Vaticano en cuestión de minutos. Guardó todos los cilindros de bronce en su mochila, ajustó las correas y miró por última vez la tumba abierta de Prisciliano.
—Descansa en paz, Obispo —murmuró.
Escaló rápidamente por el hueco del muro, atravesó los túneles corriendo con una energía renovada, dejando atrás las alcantarillas romanas y emergiendo de nuevo por la reja trasera del Convento de San Francisco justo cuando las sirenas de la policía empezaban a aullar por toda la ciudad de Santiago de Compostela.
Epílogo: Diez años después.
El viento soplaba cálido sobre la meseta castellana. Mateo, con el pelo salpicado de canas y vistiendo un sencillo traje de lino, caminaba por el patio porticado de la Universidad de Salamanca. Era profesor titular de Historia Antigua, y sus clases eran las más concurridas de toda la facultad.
Las cosas habían cambiado. El mundo había cambiado drásticamente.
El “Incidente de Compostela”, como lo bautizó la prensa mundial, fue el acontecimiento mediático más grande del siglo XXI. Mateo no acudió a la policía aquella noche. Acudió a la redacción del principal periódico de Galicia, y, simultáneamente, a tres agencias de noticias internacionales, entregando un cilindro a un laboratorio universitario independiente en Alemania para la datación por carbono 14 y el análisis caligráfico.
Cuando las pruebas se hicieron públicas —los manuscritos de Prisciliano detallando sus enseñanzas gnósticas, datados inequívocamente en el año 385, encontrados exactamente bajo el altar de Santiago—, el Vaticano intentó negarlo. Desplegaron su maquinaria de desinformación, acusaron a Mateo de falsificador, de lunático. Pero la excavación pública del subsuelo de la catedral, forzada por el gobierno español bajo presión popular e internacional, reveló la cámara oculta y los huesos decapitados. Las pruebas de ADN de los restos confirmaron que pertenecían a un hombre ejecutado por decapitación en la época del Imperio Romano tardío, y que sus características no coincidían en absoluto con las descritas históricamente para un pescador de Judea del siglo I.
El cisma fue apocalíptico para la Iglesia Católica española. El Papa se vio obligado a emitir una disculpa histórica, reconociendo el “error milenario” sin llegar a admitir el encubrimiento consciente, aunque los historiadores ya habían desmenuzado la figura de Diego Gelmírez y sus fraudes.
La Catedral de Santiago de Compostela no fue destruida, ni el Camino cesó de existir. Curiosamente, ocurrió algo fascinante. Tras el shock inicial, el colapso de la fe tradicional en el milagro del Apóstol dio paso a un nuevo tipo de peregrinaje. Millones de personas seguían caminando, pero ya no buscaban la intercesión de un santo guerrero inventado. Caminaban buscando la introspección, buscando la “luz interior” que el propio Prisciliano había predicado y por la que había muerto. La Catedral se transformó en un monumento al librepensamiento y a las víctimas de la intolerancia religiosa. La estatua del apóstol Santiago no fue retirada, pero se colocó una placa masiva a sus pies que rezaba: Aquí yace Prisciliano de Ávila, Mártir del Libre Pensamiento. Que la Verdad Ilumine a los Caminantes.
Mateo detuvo su paseo frente a la puerta del aula magna. Miró su mano derecha. La cicatriz de la cruz invertida y la espada se había desvanecido gradualmente a lo largo de los años, hasta convertirse en una tenue línea blanca, casi invisible. Los fantasmas no habían vuelto a visitarle. Su misión estaba cumplida.
Al entrar en el aula, cientos de alumnos guardaron silencio. Mateo sonrió, acercándose al atril y abriendo sus notas. Ya no era un hombre roto huyendo de sí mismo en las nieblas de Galicia. Era el hombre que desenterró la verdad más peligrosa de la historia.
—Buenos días a todos —dijo Mateo, con una voz clara y serena que resonó en la inmensa sala—. Hoy comenzaremos a estudiar el siglo IV en la Península Ibérica. Hoy hablaremos de la construcción del poder, de los primeros mártires no por defender la fe frente a los paganos, sino por defender su propia alma frente a la institución. Hoy, hablaremos de Prisciliano.
El proyector se iluminó a sus espaldas, mostrando la imagen de un antiguo manuscrito en papiro, la luz brillando en las tinieblas, una vez y para siempre.