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El Último Matador de Ronda

La hoja de acero toledano reflejaba la luz mortecina de las velas en la oscura capilla de la plaza. Pero Alejandro “El Fénix” Vargas, el matador más grande que la tierra de Andalucía había parido en el último siglo, no veía en el metal su propio rostro surcado de cicatrices. Veía el fantasma de una mujer muerta hace veintidós años y los ojos llenos de furia de un hijo al que estaba a punto de asesinar. O de un hijo que, en menos de una hora, hundiría ese mismo acero en su corazón.

El olor a cera derretida, a incienso barato y al inconfundible sudor frío del miedo impregnaba el pequeño recinto bajo los tendidos de la mítica Plaza de Toros de Ronda. Afuera, el rugido de treinta mil almas sedientas de sangre y tragedia hacía temblar los gruesos muros de piedra del siglo XVIII. Sin embargo, el verdadero infierno no estaba en el ruedo bañado por el sol implacable de las cinco de la tarde. El infierno ardía en las manos temblorosas de Alejandro, que sostenían una carta arrugada y manchada de lágrimas secas, entregada apenas quince minutos antes por un anciano confesor.

“Es tu sangre, Alejandro”, rezaba la caligrafía trémula de Isabella, la única mujer que había amado, escrita días antes de morir de tuberculosis. “El niño que hoy se hace llamar Diego ‘El Ángel Sanguinario’ Montes, el prodigio que ha venido a destronarte, el joven arrogante que te ha desafiado al Duelo de la Cruz de Sangre… es tu hijo. Te lo oculté para salvarlo de tu mundo de muerte. Pero el destino es más cruel que los hombres. Si lees esto, es porque la tragedia ya se ha cernido sobre ambos. Sálvalo, Alejandro. Te lo ruego desde el otro lado de la tumba. Sálvalo, aunque te cueste la vida”.

Alejandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El Duelo de la Cruz de Sangre no era una corrida normal. Era una antigua y abominable tradición clandestina, resucitada hoy por la mafia de las apuestas y los oligarcas más corruptos de Europa, una contienda ilegal celebrada en las sombras de la historia oficial de la tauromaquia. Dos matadores, un toro asesino de la casta más pura y letal, y una sola regla: solo un hombre sale vivo del ruedo. El toro no es el único enemigo. En el clímax de la faena, bajo la cúpula de la arena cerrada a las autoridades, los dos toreros deben enfrentarse, utilizando al toro como arma para destruir al otro, o, si el animal cae, cruzando sus estoques hasta que uno bese la arena.

Diego Montes. El Ángel Sanguinario. El torero de veintidós años que había revolucionado España con su estilo suicida, hermoso y despiadado. El muchacho de rizos negros y ojos fríos como el hielo que había humillado a Alejandro en la prensa, llamándolo “una reliquia patética que se niega a morir”. El joven que había aceptado este duelo a muerte, ciego de ambición, deseoso de reclamar el título de leyenda sobre el cadáver del viejo ídolo.

¡Su hijo! ¡El hijo que nunca supo que tenía!

Un grito desgarrador, ahogado y gutural, escapó de la garganta de Alejandro. Cayó de rodillas sobre las frías baldosas de la capilla, apretando la carta contra el elaborado bordado de oro de su traje de luces, sobre el corazón que ahora latía con una agonía insoportable. Había matado a más de dos mil toros en su vida. Había visto la muerte de frente innumerables veces, había sentido el cuerno perforar su carne, romper sus huesos, derramar su sangre sobre el albero dorado. Pero nada, absolutamente nada, se comparaba con el terror gélido que ahora lo paralizaba.

El dilema era una tortura diseñada por el mismísimo demonio. El sindicato del crimen que había organizado este evento macabro, liderado por el sádico Don Rafael, tenía sicarios apostados en cada salida. Si Alejandro intentaba huir, ambos serían masacrados a tiros antes de llegar a la calle. Si intentaba revelar la verdad en el ruedo, Diego, consumido por el odio y la adrenalina, jamás le creería; pensaría que era una treta del viejo cobarde para evitar la pelea.

Si peleaba para ganar, tendría que asesinar a la única extensión de sí mismo, al fruto de su verdadero amor, destruyendo el futuro brillante de su propia sangre. Tendría que ver la vida apagarse en los ojos de Isabella una vez más.

Si se dejaba matar… Diego, su hijo, viviría. Pero viviría con la marca de Caín. Se convertiría en un asesino, un parricida, devorado por la oscuridad de este mundo clandestino. La mafia lo tendría en su poder para siempre. Alejandro sabía lo que matar a un hombre le hacía al alma humana; él lo sabía mejor que nadie. No podía condenar a su hijo a ese abismo.

La puerta de madera de la capilla crujió al abrirse. Su mozo de espadas, un hombre leal y viejo llamado Paco, entró con el rostro pálido y la mirada baja.

—Maestro —murmuró Paco, con la voz quebrada—. Es la hora. El clarín está a punto de sonar. El toro… han traído a Lucifer. Seiscientos kilos de puro odio. Y el chico… Diego ya está en el túnel. Está pidiendo su cabeza, Alejandro. Está sediento de sangre.

Alejandro se levantó lentamente. Sus articulaciones protestaron, quejándose tras décadas de castigo, pero su postura se irguió con la majestuosidad de un emperador destronado. Escondió la carta de Isabella en el pequeño bolsillo interior de su chaquetilla, justo contra su pecho. Tomó su montera. Se miró una última vez en el pequeño espejo sobre el altar. No había miedo en sus ojos. Había una resolución trágica, oscura y abismal.

Había tomado una decisión. Una decisión que horrorizaría a Dios y haría llorar a los demonios. El viejo matador iba a dar la lección más grande y sangrienta de su vida. No iba a matar a su hijo. Y tampoco iba a permitir que su hijo lo matara. Iba a destruir el Duelo de la Cruz de Sangre desde adentro, aunque tuviera que arrastrar al mismísimo infierno a toda la Plaza de Ronda.

—Vamos, Paco —dijo Alejandro, su voz sonando como el raspar de dos piedras de afilar—. Que suenen los clarines. Hoy, el Fénix no arderá solo. Hoy, Ronda entera se consumirá en llamas.

El rugido del público se hizo ensordecedor cuando Alejandro emergió del túnel hacia la luz cegadora de la arena. El albero de Ronda, la cuna del toreo moderno, brillaba como un mar de oro triturado. Los tendidos estaban abarrotados, pero no de la afición habitual. No había familias ni turistas. Las gradas estaban llenas de magnates, capos de la droga, aristócratas corruptos y apostadores internacionales. El aire estaba espeso, viciado por el humo de los puros y la expectación de un asesinato inminente.

En el extremo opuesto del ruedo, de pie bajo la sombra proyectada por el palco presidencial, estaba él.

Diego Montes. El Ángel Sanguinario.

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