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El aperitivo de la traición

PARTE 1: El aperitivo de la traición

El restaurante se llamaba “La Esencia del Vacío”, un nombre que, según Mateo, sugería vanguardia y exclusividad, pero que para Clara, en ese preciso instante, sonaba más bien a una profecía sobre el estado de su cuenta bancaria y su matrimonio. Estaba situado en una de esas callejuelas estrechas del barrio de Salamanca, donde el asfalto parece estar encerado cada mañana y los porteros de las fincas te miran con una mezcla de sospecha y desdén si no llevas unos zapatos que cuesten lo mismo que el alquiler de un piso en Usera.

Dentro, la iluminación era tan tenue que Clara tuvo que entrecerrar los ojos para no tropezar con una escultura de hierro oxidado que presidía la entrada. La decoración era “minimalismo industrial”, lo que en el idioma de los mortales significaba que habían dejado las paredes de ladrillo visto, las tuberías al aire y cobraban trescientos euros por el menú degustación. El hilo musical era una especie de jazz experimental que sonaba como si alguien estuviera afinando un violonchelo dentro de una cueva húmeda.

Mateo estaba allí, sentado a una mesa redonda cubierta por un mantel de lino tan blanco que hería la vista. Se había puesto su mejor traje, un tres piezas azul marino que le hacía parecer un triunfador de la Castellana, aunque Clara sabía que el pantalón le apretaba un poco más de lo que él estaba dispuesto a admitir tras el parón del gimnasio en Semana Santa. Se ajustaba el nudo de la corbata con una frecuencia nerviosa, consultando el reloj de pulsera cada treinta segundos como si esperara que el tiempo acelerara y lo sacara de allí.

— Llegas tarde —dijo Mateo, levantándose a medias para darle un beso en la mejilla que ella esquivó sutilmente, fingiendo que buscaba algo en su bolso de mano.

— El Metro de Madrid, ya sabes. Una avería en la línea cuatro, un tipo con un acordeón que se ha empeñado en darnos un concierto privado de Despacito y la vida misma —respondió Clara, sentándose con una parsimonia que a Mateo le puso los pelos de punta.

Se quedaron en silencio mientras un camarero que parecía haber salido de un casting de modelos de pasarela, vestido con una chaqueta de cuello Mao y una actitud de superioridad moral abrumadora, les servía agua mineral en copas de cristal de Bohemia. El hombre depositó dos cartas que parecían papiros egipcios y se retiró sin hacer el menor ruido, levitando casi sobre el parqué de roble.

Mateo carraspeó. El aire entre ellos estaba tan cargado de electricidad estática que Clara estaba segura de que, si tocaba el tenedor, saltaría una chispa capaz de incendiar las cortinas de terciopelo.

— Estás guapísima, Clara. Ese vestido rojo te queda… vaya, me recuerda al día que nos conocimos en aquel bar de Malasaña donde servían las copas en botes de mermelada —dijo él, intentando forzar una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Clara no levantó la vista del menú. Leía los nombres de los platos con una concentración absoluta: “Espuma de mar sobre lecho de rocas volcánicas”, “Deconstrucción de tortilla con aire de cebolla”.

— Hoy cumplimos diez años de casados, Mateo —soltó ella de repente, con una voz plana, fría, despojada de cualquier adorno emocional.

Mateo soltó un suspiro de alivio, pensando que el recordatorio era una señal de tregua. Se relajó en el respaldo de la silla y extendió la mano sobre el mantel, buscando la de ella.

— Diez años. Quién lo diría, ¿eh? Parece que fue ayer cuando estábamos en los juzgados de Pradillo firmando los papeles mientras tu madre lloraba porque el juez no llevaba peluca. Hemos pasado por mucho, bicho. Pero aquí estamos. Celebrando la primera década de muchas.

Clara levantó la vista por fin. Sus ojos, verdes y afilados como cuchillos recién comprados en una ferretería de barrio, se clavaron en los de él. Mateo sintió que la temperatura de la sala bajaba diez grados de golpe.

— Sí… —respondió ella, dejando que la palabra flotara en el aire como una sentencia de muerte—. Diez años de casados… y tres meses exactos desde que me mientes.

Mateo retiró la mano como si el mantel de lino hubiera empezado a arder. Sus mejillas pasaron del rosa saludable a un gris ceniza en cuestión de milisegundos. Intentó reírse, una risa seca, hueca, que sonó como un motor diesel arrancando en una mañana de invierno en la sierra.

— ¿Qué? ¿Mentiros? ¿Yo? Clara, por favor, no empieces con las paranoias justo hoy. Es nuestro aniversario. He reservado en este sitio con dos meses de antelación, me he peleado con la de recepción para que nos dieran la mesa del rincón… No sé de qué me hablas. ¿Es por lo del coche? Te juro que el golpe en la aleta fue un bolardo que se movió, ya te lo dije.

— No es por el coche, Mateo. Y no son paranoias —dijo ella, cerrando el menú con un golpe seco que hizo que los cubiertos de plata tintinearan—. Hablo de los jueves por la tarde. Hablo de las “reuniones de urgencia” con el cliente de Valencia que, curiosamente, siempre coinciden con los días que vuelves a casa oliendo a un perfume que no es el mío y con una sonrisa de idiota que intentas disimular preguntándome si he pagado el recibo del IBI.

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