PARTE 1: El aperitivo de la traición
El restaurante se llamaba “La Esencia del Vacío”, un nombre que, según Mateo, sugería vanguardia y exclusividad, pero que para Clara, en ese preciso instante, sonaba más bien a una profecía sobre el estado de su cuenta bancaria y su matrimonio. Estaba situado en una de esas callejuelas estrechas del barrio de Salamanca, donde el asfalto parece estar encerado cada mañana y los porteros de las fincas te miran con una mezcla de sospecha y desdén si no llevas unos zapatos que cuesten lo mismo que el alquiler de un piso en Usera.
Dentro, la iluminación era tan tenue que Clara tuvo que entrecerrar los ojos para no tropezar con una escultura de hierro oxidado que presidía la entrada. La decoración era “minimalismo industrial”, lo que en el idioma de los mortales significaba que habían dejado las paredes de ladrillo visto, las tuberías al aire y cobraban trescientos euros por el menú degustación. El hilo musical era una especie de jazz experimental que sonaba como si alguien estuviera afinando un violonchelo dentro de una cueva húmeda.
Mateo estaba allí, sentado a una mesa redonda cubierta por un mantel de lino tan blanco que hería la vista. Se había puesto su mejor traje, un tres piezas azul marino que le hacía parecer un triunfador de la Castellana, aunque Clara sabía que el pantalón le apretaba un poco más de lo que él estaba dispuesto a admitir tras el parón del gimnasio en Semana Santa. Se ajustaba el nudo de la corbata con una frecuencia nerviosa, consultando el reloj de pulsera cada treinta segundos como si esperara que el tiempo acelerara y lo sacara de allí.
— Llegas tarde —dijo Mateo, levantándose a medias para darle un beso en la mejilla que ella esquivó sutilmente, fingiendo que buscaba algo en su bolso de mano.
— El Metro de Madrid, ya sabes. Una avería en la línea cuatro, un tipo con un acordeón que se ha empeñado en darnos un concierto privado de Despacito y la vida misma —respondió Clara, sentándose con una parsimonia que a Mateo le puso los pelos de punta.
Se quedaron en silencio mientras un camarero que parecía haber salido de un casting de modelos de pasarela, vestido con una chaqueta de cuello Mao y una actitud de superioridad moral abrumadora, les servía agua mineral en copas de cristal de Bohemia. El hombre depositó dos cartas que parecían papiros egipcios y se retiró sin hacer el menor ruido, levitando casi sobre el parqué de roble.
Mateo carraspeó. El aire entre ellos estaba tan cargado de electricidad estática que Clara estaba segura de que, si tocaba el tenedor, saltaría una chispa capaz de incendiar las cortinas de terciopelo.
— Estás guapísima, Clara. Ese vestido rojo te queda… vaya, me recuerda al día que nos conocimos en aquel bar de Malasaña donde servían las copas en botes de mermelada —dijo él, intentando forzar una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Clara no levantó la vista del menú. Leía los nombres de los platos con una concentración absoluta: “Espuma de mar sobre lecho de rocas volcánicas”, “Deconstrucción de tortilla con aire de cebolla”.
— Hoy cumplimos diez años de casados, Mateo —soltó ella de repente, con una voz plana, fría, despojada de cualquier adorno emocional.
Mateo soltó un suspiro de alivio, pensando que el recordatorio era una señal de tregua. Se relajó en el respaldo de la silla y extendió la mano sobre el mantel, buscando la de ella.
— Diez años. Quién lo diría, ¿eh? Parece que fue ayer cuando estábamos en los juzgados de Pradillo firmando los papeles mientras tu madre lloraba porque el juez no llevaba peluca. Hemos pasado por mucho, bicho. Pero aquí estamos. Celebrando la primera década de muchas.
Clara levantó la vista por fin. Sus ojos, verdes y afilados como cuchillos recién comprados en una ferretería de barrio, se clavaron en los de él. Mateo sintió que la temperatura de la sala bajaba diez grados de golpe.
— Sí… —respondió ella, dejando que la palabra flotara en el aire como una sentencia de muerte—. Diez años de casados… y tres meses exactos desde que me mientes.
Mateo retiró la mano como si el mantel de lino hubiera empezado a arder. Sus mejillas pasaron del rosa saludable a un gris ceniza en cuestión de milisegundos. Intentó reírse, una risa seca, hueca, que sonó como un motor diesel arrancando en una mañana de invierno en la sierra.
— ¿Qué? ¿Mentiros? ¿Yo? Clara, por favor, no empieces con las paranoias justo hoy. Es nuestro aniversario. He reservado en este sitio con dos meses de antelación, me he peleado con la de recepción para que nos dieran la mesa del rincón… No sé de qué me hablas. ¿Es por lo del coche? Te juro que el golpe en la aleta fue un bolardo que se movió, ya te lo dije.
— No es por el coche, Mateo. Y no son paranoias —dijo ella, cerrando el menú con un golpe seco que hizo que los cubiertos de plata tintinearan—. Hablo de los jueves por la tarde. Hablo de las “reuniones de urgencia” con el cliente de Valencia que, curiosamente, siempre coinciden con los días que vuelves a casa oliendo a un perfume que no es el mío y con una sonrisa de idiota que intentas disimular preguntándome si he pagado el recibo del IBI.
Mateo abrió la boca para protestar, pero Clara levantó una mano, silenciándolo. En ese momento, el camarero reapareció con una bandeja de plata que contenía dos esferas gelatinosas de color verde fosforescente.
— El chef les envía este aperitivo de cortesía: “Suspiro de clorofila en ambiente de rocío matutino” —anunció el hombre con solemnidad—. Se recomienda consumirlo de un solo bocado para experimentar la explosión de texturas.
Mateo miró la esfera verde con pánico, como si fuera una granada de fragmentación. Clara, por el contrario, cogió la cuchara y se metió la gelatina en la boca sin pestañear. La tragó y volvió a fijar su mirada en su marido.
— ¿Qué estás diciendo, Clara? De verdad, me estás asustando. No hay ninguna mentira. Trabajo mucho, tú lo sabes. La consultoría está en un momento crítico y…
— “Qué estás diciendo”, “Me estás asustando”… —le imitó ella con un tono sarcástico que habría hecho llorar a un mimo—. Roberto, que nos conocemos. Que llevo diez años analizando tus tics nerviosos. Sé cuándo mientes porque mueves el pie izquierdo como si estuvieras intentando aplastar una cucaracha invisible. Y ahora mismo, bajo esta mesa de diseño, estás a punto de hacer un agujero en el parqué.
Mateo detuvo el movimiento de su pie al instante. Se secó el sudor de la frente con la servilleta de hilo.
— Clara, escúchame…
— No, escúchame tú a mí —le cortó ella, inclinándose hacia adelante, invadiendo su espacio vital—. He sido muy generosa estos tres meses. Te he dado cuerda para ver hasta dónde llegabas. He escuchado tus historias sobre trenes cancelados, atascos en la M-30 que duran seis horas y auditorías que requieren quedarse en la oficina hasta las tres de la mañana. Pero hoy se acaba el teatro. Hoy celebramos diez años de matrimonio… y el estreno de la verdad.
Mateo tragó saliva. Sus ojos bailaban por la sala, buscando una salida, una distracción, un incendio provocado, cualquier cosa que interrumpiera aquel tercer grado.
— No hay ninguna otra mujer, si es lo que piensas —balbuceó él.
Clara sonrió. Fue una sonrisa gélida, de esas que se ven en las películas de suspense justo antes de que el asesino revele su plan maestro.
— Lo sé, Mateo. Sé que no es “otra mujer” en el sentido clásico de la palabra. Sé perfectamente quién es. Se llama Elena, trabaja en el departamento de contabilidad de tu oficina, tiene veinticuatro años, usa flequillo recto y piensa que Paulo Coelho es un filósofo de profundidad metafísica.
Mateo se quedó petrificado. El “Suspiro de clorofila” que todavía tenía en la mano estuvo a punto de resbalar por el mantel.
— ¿Cómo… cómo sabes eso? —preguntó en un susurro.
— Porque soy editora de contenidos virales para fanpages internacionales, cariño. Mi trabajo consiste en encontrar patrones, investigar perfiles y descubrir giros de guion. Rastrear a una becaria de contabilidad que sube fotos de sus “noches mágicas” a Instagram con los zapatos que tú le compraste en las rebajas de enero fue más fácil que encontrar una farmacia de guardia en la calle Alcalá.
Mateo bajó la cabeza, derrotado. El silencio volvió a reinar, roto solo por el murmullo de una pareja de pijos que en la mesa de al lado discutía sobre si el caviar de beluga era mejor que el de osetra.
— Clara, yo… yo puedo explicarlo. Ha sido una tontería. Un error. Me sentía solo, el estrés del curro me estaba matando y ella… ella me escuchaba. Pero no significa nada. Tú eres mi mujer. Te quiero a ti. Lo de hoy… este restaurante… es para demostrarte que quiero arreglarlo.
Clara se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia, lo que a Mateo le dolía más que si le estuviera gritando en mitad de la Gran Vía.
— ¿Arreglarlo? —preguntó ella—. Qué curioso que uses esa palabra. Porque yo también he hecho algo para “arreglarlo”.
Mateo la miró con esperanza renovada, una esperanza estúpida y suicida.
— ¿Ah, sí? ¿El qué? ¿Quieres que vayamos a terapia? ¿Que nos tomemos un tiempo? Lo que tú digas, Clara. Estoy dispuesto a todo.
— No —dijo ella, consultando su móvil—. Nada de eso. He pensado que, puesto que sois tan amigos y compartís tantas “reuniones de urgencia”, sería un detalle que ella también participara en nuestra celebración. Al fin y al cabo, ella también ha formado parte de nuestro matrimonio estos últimos tres meses.
Mateo sintió que el corazón se le detenía. El ruido del restaurante pareció desvanecerse, dejándolo en un vacío absoluto.
— ¿De qué hablas? —balbuceó.
— He reservado mesa para tres, Mateo —sentenció Clara, clavándole la mirada final—. Ella también viene. Y fíjate qué casualidad, acaba de entrar por la puerta.
Mateo giró la cabeza con la lentitud de un condenado a muerte que mira hacia la guillotina. En la entrada del restaurante, bajo la luz mortecina de las lámparas de diseño, una chica joven con un flequillo perfectamente cortado y un vestido demasiado corto para un sitio tan serio, miraba a su alrededor con una mezcla de excitación y desconcierto. Llevaba en la mano un bolso de marca que Mateo reconoció al instante: era el regalo de aniversario que le había comprado a Clara, pero que nunca llegó a darle.
La tensión cómica acababa de transformarse en una bomba de relojería con el contador en cero.
PARTE 2: La coreografía del desastre
Elena caminaba por el restaurante con la seguridad de quien se cree la protagonista de una comedia romántica de Netflix, sin sospechar que estaba a punto de entrar en un “Social Drama” dirigido por una mujer que no tenía ninguna intención de darle un final feliz. Se acercó a la mesa con una sonrisa radiante, haciendo que sus pendientes de plata —otro regalo de Mateo, pensó Clara con una frialdad analítica— tintinearan con cada paso.
Mateo, por su parte, parecía haber sufrido una embolia parcial. Tenía la mirada perdida en algún punto indeterminado entre la cuchara del postre y la salida de emergencia, y su boca permanecía abierta, lo justo para que una mosca madrileña pudiera haber hecho noche allí sin ser molestada.
— ¡Hola! —exclamó Elena al llegar a la mesa, ignorando olímpicamente la atmósfera radiactiva—. Mateo, no me dijiste que era un sitio tan… tan de diseño. ¡Es súper guay! Me encanta el rollo este de las tuberías.
Elena miró a Clara. Su sonrisa vaciló un milisegundo, pero recuperó el terreno rápidamente con esa audacia que solo tienen los veinticuatro años y la falta de escrúpulos.
— Tú debes de ser Clara —dijo Elena, extendiendo una mano impecablemente manicurada—. Mateo me ha hablado mucho de ti. Dice que eres… —buscó la palabra adecuada mientras Mateo emitía un ruidito ahogado de agonía— …muy eficiente.
Clara no se levantó. Ni siquiera le estrechó la mano. Simplemente señaló la tercera silla, la que el camarero —que parecía disfrutar del espectáculo desde la distancia con una profesionalidad inquietante— acababa de acercar con un movimiento fluido.
— Siéntate, Elena. Estábamos justo hablando de la eficiencia —dijo Clara, con una voz que era como terciopelo forrado de lija—. Mateo dice que eres una currante nata, sobre todo en las horas extra de los jueves. Por favor, no te cortes. Pide algo de beber. Aquí el agua mineral cuesta lo mismo que una cena para dos en un chino de confianza, así que aprovecha que paga Mateo.
Elena se sentó, un poco descolocada por la bienvenida pero decidida a mantener el tipo. Mateo finalmente reaccionó, o al menos lo intentó. Se llevó la mano a la frente, que ahora brillaba como si le hubieran dado una capa de barniz marino.
— Clara… Elena… esto… esto es un malentendido —balbuceó Mateo, mirando a ambas como si fueran dos trenes de alta velocidad a punto de chocar frontalmente en el túnel de Guadarrama—. Yo no… yo no esperaba que…
— ¿Que nos conociéramos? —le cortó Clara, con una amabilidad que daba más miedo que una inspección de Hacienda—. Pero Mateo, si somos casi familia. Elena sabe dónde guardamos los calcetines de deporte, sabe que roncas cuando bebes vino tinto y, por lo que veo —señaló el bolso de Elena—, tiene un gusto exquisito para los complementos de piel que, casualmente, son idénticos a los que yo vi en el catálogo de Loewe la semana pasada.
Elena abrazó el bolso contra su pecho, con un gesto instintivo de defensa.
— Mateo me dijo que estabais en proceso de separación —soltó Elena, lanzando la primera piedra con la puntería de un francotirador—. Que vivíais en el mismo piso por “logística inmobiliaria” pero que vuestro amor se había secado como un ficus olvidado en una oficina de correos.
Clara soltó una carcajada que resonó en todo el restaurante, silenciando por un momento el jazz experimental y la charla sobre el caviar de la mesa de al lado.
— ¡Logística inmobiliaria! ¡Qué poético, Mateo! —rio Clara, mirando a su marido, que ahora intentaba esconderse tras la servilleta—. Diez años de matrimonio reducidos a una mudanza pendiente. Vaya tela, bicho. Te superas cada día. No sabía que el departamento de contabilidad también se encargaba de redactar guiones de ficción de tan baja calidad.
Mateo finalmente explotó, o lo más parecido a una explosión que se puede permitir un consultor pijo en el barrio de Salamanca: dio un golpe suave en la mesa y se incorporó, con la cara roja como un tomate de huerta.
— ¡Basta ya! —dijo en un susurro siseante—. Clara, esto es una encerrona. Elena, tú no deberías haber venido. Esto es una cena de aniversario privada.
— ¿Privada? —saltó Elena, ofendida—. Me mandaste un mensaje esta tarde diciendo: “Cena a las nueve en La Esencia del Vacío. Trae el bolso nuevo. Es el momento de la verdad”. ¡Y aquí estoy! ¡Lista para la verdad!
Clara arqueó una ceja, disfrutando del momento como si fuera el clímax de uno de sus vídeos virales.
— En realidad, Elena, ese mensaje te lo mandé yo desde el móvil de Mateo mientras él estaba en la ducha practicando su cara de “marido abrumado por el trabajo” —confesó Clara con una naturalidad pasmosa—. Verás, Mateo tiene la mala costumbre de dejar el móvil desbloqueado cuando piensa que tiene el control de la situación. Es un fallo de seguridad básico, de primero de infidelidad.
Elena se quedó boquiabierta, mirando a Mateo con una mezcla de rabia y decepción. Mateo, por su parte, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No solo había sido descubierto, sino que había sido manipulado en su propio terreno de engaños.
— O sea que… —empezó Elena— …¿no me has dejado tú el mensaje?
— No, cariño —intervino Clara, inclinándose hacia ella—. Mateo no tiene el valor necesario para citarnos a las dos en el mismo sitio ni aunque su vida dependiera de ello. Mateo es un hombre de compartimentos estancos. Tú eres el compartimento “aventura juvenil con flequillo” y yo soy el compartimento “estabilidad, hipoteca y madre de sus futuros hijos inexistentes”. El problema es que los compartimentos tienen goteras, y hoy el agua ha llegado al salón.
El camarero llegó en ese momento con una botella de champán en una cubitera de hielo seco que emitía un vapor blanco, dándole a la mesa un aire de laboratorio de científico loco.
— Un Dom Pérignon del 2012 para celebrar la… —el hombre dudó al ver las caras de los tres— …la ocasión especial. ¿Desean que lo sirva ya?
— Sí, por favor —dijo Clara, señalando las tres copas—. Sirva tres. Una para la esposa traicionada, otra para la amante engañada y una muy grande para el hombre que pensaba que podía jugar a dos bandas en el Madrid de los algoritmos y la geolocalización.
El camarero sirvió el champán con una precisión robótica. El sonido de las burbujas subiendo por el cristal fue lo único que se oyó durante un minuto eterno. Mateo cogió su copa con manos temblorosas y bebió un sorbo largo, casi desesperado.
— Bueno —dijo Elena, rompiendo el silencio y recuperando su tono de “chica moderna que no se deja pisar”—. Ya que estamos aquí, hablemos claro. Mateo, ¿me quieres o no me quieres? ¿Es verdad lo de la logística inmobiliaria o me has estado usando para desgravarte el estrés de tu vida aburrida?
Mateo miró a Elena, luego a Clara, y finalmente al plato vacío que tenía delante. Se sentía como un náufrago en una isla desierta con dos tiburones dándole vueltas.
— Yo… yo os quiero a las dos —soltó Mateo, cometiendo el error táctico más grave de la historia de la humanidad—. De formas diferentes, claro. Clara es mi vida, mi compañera, la persona con la que he construido todo. Y Elena… Elena eres aire fresco, ilusión, esa chispa que pensaba que se había apagado.
Clara y Elena se miraron. Por primera vez en la noche, hubo una conexión, un hilo invisible de solidaridad femenina forjado en el desprecio absoluto hacia el hombre que tenían enfrente.
— Aire fresco… —repitió Clara—. ¿Te das cuenta, Elena? Para él no somos personas, somos electrodomésticos. Yo soy la caldera que mantiene la casa caliente y tú eres el aire acondicionado para los días de bochorno.
— Vaya tela —asintió Elena, dejando la copa sobre la mesa—. Y yo que pensaba que eras un tío profundo porque me llevaste a ver una película iraní subtitulada en los cines Ideal. Resulta que solo eres un pijo con crisis de los cuarenta y un vocabulario de manual de autoayuda.
Clara sonrió. La tensión cómica estaba dando paso a una especie de alianza inesperada.
— Elena, bicho —dijo Clara, usando el apodo que solía usar con Mateo—, tengo una propuesta para ti. Ya que Mateo ha pagado este menú degustación que cuesta un ojo de la cara y que incluye cosas tan raras como “polvo de estrellas del Pirineo”, ¿qué te parece si nos lo comemos tranquilamente mientras él nos explica, punto por punto, cómo pensaba salir de este lío sin terminar viviendo debajo del puente de Segovia?
Elena se acomodó en la silla y cogió el cubierto.
— Me parece un planazo, Clara. Además, tengo un hambre que me muero. El estrés de las reuniones de urgencia consume muchas calorías.
Mateo las miró con horror. Se dio cuenta de que su peor pesadilla no era que lo descubrieran, sino que las dos mujeres de su vida se pusieran de acuerdo para torturarlo durante los próximos siete platos de vanguardia gastronómica.
— Camarero —llamó Clara con un gesto elegante—, puede traer el primer plato: “El nido de la traición con espuma de descaro”. Y traiga otra botella de champán. Esto va para largo.
La cena de aniversario acababa de empezar de verdad, y Mateo supo que, pasara lo que pasara, él no iba a salir vivo de “La Esencia del Vacío”.
PARTE 3: El banquete de las verdades amargas
El primer plato llegó a la mesa con una coreografía que habría envidiado el Ballet Nacional. Tres pequeños cuencos de porcelana negra que contenían algo que parecía un huevo de codorniz bañado en oro, rodeado de una nube de humo que olía intensamente a trufa y a desesperación masculina. El camarero, impertérrito ante el drama, recitó la descripción con una voz aterciopelada: “La Génesis del Engaño: huevo cocinado a baja temperatura durante doce horas, con virutas de oro de 24 quilates y aroma de tierra húmeda”.
— ¡Hala! —exclamó Elena, pinchando el huevo con la curiosidad de una niña en un parque de bolas—. ¡Oro de verdad! ¿Esto se come o hay que llevarlo a un compro-oro después?
Clara observaba a Elena con una mezcla de lástima y diversión. Se dio cuenta de que la chica no era malvada, solo era… joven. Una de esas personas que piensan que la vida es un story eterno y que los problemas se solucionan con un filtro de belleza. Mateo, mientras tanto, intentaba que su huevo no se le cayera de la cuchara, aunque el temblor de su mano hacía que pareciera que estaba intentando desactivar una bomba en mitad de un terremoto.
— Cuéntanos, Mateo —empezó Clara, saboreando el huevo con una calma que ponía los pelos de punta—. Cuéntale a Elena cómo nos imaginabas en el futuro. ¿Pensabas alternar las semanas? ¿Lunes, miércoles y viernes con la caldera, y martes, jueves y sábados con el aire acondicionado? ¿Y los domingos qué? ¿Los domingos nos llevabas a las dos al Retiro a ver si los patos nos daban alguna pista sobre cómo gestionar un poliamor involuntario?
Mateo tragó el huevo de un golpe, casi atragantándose con las virutas de oro.
— Clara, por favor… esto es humillante. La gente está mirando —susurró Mateo, señalando discretamente a la mesa de al lado, donde la pareja de pijos ahora les observaba con un interés que superaba al que tenían por su propia cena.
— ¡Que miren! —dijo Elena, alzando un poco la voz—. En el fondo les estamos dando más entretenimiento que el hilo musical este de los horrores. Mateo, a mí me dijiste que el divorcio era inminente. Que ya habías hablado con un abogado en la calle Goya y que solo faltaba firmar la liquidación de gananciales. ¿Es mentira también?
Clara arqueó una ceja y miró a su marido.
— ¿Un abogado en la calle Goya, Mateo? Pero si el único abogado que conocemos en la calle Goya es tu primo Paco, que se dedica a pleitos por multas de tráfico y ruidos de vecinos. ¿Le pediste consejo a Paco sobre cómo liquidar diez años de vida en común mientras te tomabas una caña y una de bravas?
Mateo cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas ser abducido por extraterrestres o, al menos, que el suelo del restaurante cediera y lo depositara directamente en los túneles del Metro.
— Fue una forma de hablar, Elena —balbuceó él—. Quería decir que… que estaba evaluando las opciones.
— “Evaluando las opciones” —repitió Elena con sorna—. Eres un crack de la consultoría, tío. Usas el lenguaje corporativo hasta para romperle el corazón a alguien. Eres un “gestor de expectativas” de manual. El problema es que mis expectativas ahora mismo están en el sótano, al lado de la caldera de Clara.
El segundo plato apareció: “Deconstrucción de la Lealtad: una sola alcachofa frita en nitrógeno líquido, servida sobre un espejo de salsa romesco”. El camarero volvió a desaparecer como un fantasma de lujo.
Clara cogió su alcachofa y la miró fijamente antes de hablar.
— Sabes, Elena, lo que más me duele no es que me engañara contigo. Eso es casi un cliché, una crisis de los cuarenta de manual del Corte Inglés. Lo que me duele es la falta de originalidad. Los jueves por la tarde… las reuniones en Valencia… ¡Si es que ni siquiera te has esforzado en inventarte una mentira nueva, Mateo! Mi padre usaba la misma excusa con mi madre hace treinta años. “Valencia, el cliente de los muebles, el atasco en la autovía…”. Eres un plagio con patas.
— ¡Exacto! —añadió Elena, sintiéndose cada vez más cómoda en su papel de aliada de Clara—. Y a mí me llevaba siempre a los mismos sitios. ¿Te ha llevado alguna vez al bar ese de los cócteles que humean en Chueca? Pues allí estuvimos el mes pasado. Me dijo que era un sitio “secreto” que solo conocía él. Resulta que es el sitio al que lleva a todas las que pasan por su departamento de contabilidad, imagino.
Clara miró a Elena con una chispa de complicidad.
— No, al de los cócteles no me llevó. A mí me llevó a la inauguración de una exposición de arte abstracto donde servían vino caliente y unos canapés que parecían comida para peces. Decía que era “cultura necesaria”. Mateo siempre ha sido un poco pretencioso, ¿sabes? Se cree que es un intelectual de la izquierda caviar, pero en el fondo solo es un niño de papá que se ha comprado un traje caro y ha aprendido a decir “disruptivo” en las reuniones de equipo.
Mateo bebió otro vaso de champán, esta vez sin esperar a que las burbujas bajaran.
— ¡Ya está bien! —dijo Mateo, recuperando un poco de orgullo herido—. Me habéis pillado, vale. He sido un imbécil. He mentido a Clara y he engañado a Elena. Pero no me digáis que ninguna de las dos sacó nada de esto. Clara, tú llevas tres meses sin que yo te moleste con mis neuras porque las compartía con Elena. Y Elena, tú tienes un bolso de tres mil euros y has cenado en los mejores sitios de Madrid por la cara. No me pintéis como al villano de una peli de Disney porque aquí todos somos adultos y todos sabíamos a qué jugábamos.
El silencio que siguió a la declaración de Mateo fue tan pesado que la alcachofa frita de Clara pareció hundirse un poco más en la salsa romesco. Elena dejó de comer y se quedó mirando a Mateo como si fuera un bicho raro bajo un microscopio. Clara, por el contrario, no pareció inmutarse.
— Vaya —dijo Clara con una voz gélida—. Así que ahora resulta que eres un benefactor de la humanidad. Un mártir del amor que se sacrifica por nuestro bienestar. Qué generoso eres, Mateo. De verdad, te deberían poner una placa en la Puerta del Sol, justo al lado del Oso y el Madroño. “A Mateo, el hombre que nos engañó a todos por nuestro propio bien”.
— Es que es increíble —soltó Elena—. O sea, que el bolso es mi indemnización por daños y perjuicios, ¿no? Pues te digo una cosa, “estratega”: el bolso te lo puedes meter por donde te quepa, porque mañana mismo lo pongo a la venta en Vinted y con lo que saque me voy de viaje con mis amigas a Benidorm, a un sitio donde el agua no cueste diez euros y la gente no sea tan falsa como tú.
— ¡Benidorm! —rio Clara—. ¡Me encanta el plan, Elena! Yo me apunto. Después de diez años de “Esencia del Vacío” y “aire de clorofila”, necesito una ración de pescadito frito, un sol que queme de verdad y gente que no sepa lo que significa la palabra “disruptivo”.
Mateo las miraba alternativamente, dándose cuenta de que la situación se le había escapado totalmente de las manos. Había intentado ser cínico para defenderse, pero lo único que había conseguido era que las dos mujeres terminaran de planear unas vacaciones juntas a su costa.
— No podéis hablar en serio —balbuceó Mateo—. ¿Vais a ir juntas a Benidorm? ¿Después de esto?
— Pues claro, Mateo —sentenció Clara, levantando su copa de champán—. Nos une lo más sagrado que hay en este mundo: el haber compartido el mismo error genético que eres tú. Y eso crea un vínculo más fuerte que cualquier contrato matrimonial o cualquier reunión de contabilidad.
El tercer plato llegó: “El Vacío Final: un plato de cerámica blanca totalmente vacío, con una gota de esencia de limón en el centro”. El camarero lo depositó con la misma ceremonia de siempre.
— ¿Esto es una broma? —preguntó Elena, mirando el plato vacío.
— No, Elena —dijo Clara, levantándose de la silla—. Esto es la metáfora perfecta de lo que queda de nuestro matrimonio. Y de tu relación con él. El vacío absoluto. Con un toquecito de limón para que escueza un poco al final.
Clara cogió su bolso y miró a Mateo una última vez.
— He pagado la cena por adelantado con la tarjeta de crédito conjunta, Mateo. He pensado que era un buen uso para los ahorros del viaje de verano que ya no vamos a hacer. Disfruta de tu gota de limón. Elena, ¿nos vamos? Conozco un bar en la calle Pez donde ponen unos gin-tonics de verdad y donde no hace falta oro de 24 quilates para sentirse viva.
Elena se levantó de un salto, agarrando su bolso de Loewe con una sonrisa de triunfo.
— ¡Vámonos de aquí! Este sitio me está dando una depresión de caballo. ¡Chao, Mateo! Suerte con tus “opciones de futuro”.
Las dos mujeres salieron del restaurante caminando con paso firme, riendo y comentando algo sobre el flequillo de Elena, dejando a Mateo solo frente a su plato vacío y su gota de limón. El camarero se acercó lentamente, observando al hombre derrotado que seguía sentado en la mesa para tres.
— ¿Desea el caballero que le sirva el café? —preguntó el hombre con una amabilidad casi cruel—. Tenemos una selección de granos recogidos a mano en las laderas del Kilimanjaro por monjes budistas ciegos.
Mateo no respondió. Simplemente cogió la cuchara y, con un gesto de absoluta derrota, lamió la gota de limón del plato vacío. Sabía a despedida, a Madrid en agosto y a la soledad más absoluta que jamás hubiera imaginado.
PARTE 4: El postre de la libertad y el adiós definitivo
Mateo se quedó sentado en la mesa para tres durante lo que parecieron siglos, aunque el reloj de pared —una esfera minimalista sin números, por supuesto— indicaba que solo habían pasado diez minutos desde que Clara y Elena habían salido por la puerta. El restaurante seguía con su ritmo pausado, su jazz ininteligible y su olor a incienso caro. La pareja de pijos de la mesa de al lado ya no le miraba; ahora estaban enfrascados en una discusión sobre si debían comprarse un perro de agua o un gato esfinge que no soltara pelo sobre el sofá de cuero italiano.
Mateo se sentía como un figurante en una película cuya trama ya no entendía. Se miró en el reflejo de la cubitera de plata. Su cara, deformada por la curvatura del metal, parecía la de un villano de dibujos animados que ha fallado en su último plan para dominar el mundo. Se ajustó de nuevo la corbata, pero esta vez no era un tic nervioso; era un gesto mecánico de supervivencia.
— ¿Caballero? —la voz del camarero le sacó de su estupor—. El chef insiste en que no puede marcharse sin probar el postre final. Es una creación exclusiva para esta noche: “La Amargura de la Memoria”.
Mateo levantó la vista. El hombre sostenía un plato cuadrado donde descansaba una pequeña esfera de chocolate negro azabache, rodeada de un rastro de ceniza comestible y unos pétalos de rosa marchitos.
— ¿”Amargura de la Memoria”? —repitió Mateo con una voz que sonaba a lija—. Vaya tela con los nombres. ¿También está pagado?
— Sí, caballero. Su… —el camarero hizo una pausa imperceptible— …la señora dejó todo liquidado. Incluida la propina, que ha sido muy generosa, debo añadir.
Mateo asintió y clavó la cuchara en la esfera de chocolate. Estaba amarga, intensamente amarga, con un toque de sal que le recordó a las lágrimas de Clara cuando celebraron su quinto aniversario en una cala perdida de Menorca. Recordó aquel día: no había vanguardia, ni oro comestible, solo dos bocadillos de tortilla y un sol que les hacía sentir que el mundo era suyo. ¿En qué momento se había convertido en este tipo que necesitaba cenar en el barrio de Salamanca para sentirse importante? ¿En qué momento había decidido que Elena era el “aire fresco” que necesitaba su vida?
Mientras tanto, un par de calles más allá, en un bar de Malasaña que olía a madera vieja, cerveza bien tirada y rock de los setenta, Clara y Elena compartían una mesa alta junto a la ventana. El ambiente era el polo opuesto al de “La Esencia del Vacío”. Aquí la gente gritaba, se reía de verdad y no había ninguna tubería a la vista que no fuera puramente funcional.
— ¿Entonces me dices que Paulo Coelho no es un filósofo? —preguntó Elena, dando un trago largo a su gin-tonic con extra de pepino—. Jo, pues yo tengo todos sus libros subrayados con rotulador fluorescente.
Clara soltó una carcajada, la primera risa auténtica que le salía del pecho en meses.
— Elena, bicho, Paulo Coelho es a la filosofía lo que Mateo es a la lealtad: una imitación barata con mucha purpurina. Pero no te preocupes, que de todo se sale. Yo estuve un año entero pensando que los batidos de kale eran el secreto de la eterna juventud hasta que me di cuenta de que solo servían para ponerme de mal humor y tener gases en las reuniones de equipo.
Se rieron juntas. Elena sacó su móvil y empezó a buscar vuelos para Benidorm.
— ¡Mira, Clara! Hay un hotel en primera línea de playa que tiene un buffet de esos de los de antes. De los que tienen fuentes de chocolate y señoras que pelean por la última ración de paella. ¡Nada de espumas de clorofila! ¡Comida de verdad!
Clara se asomó a la pantalla. Vio las fotos del hotel: colores chillones, una piscina con forma de riñón llena de flotadores de flamencos y un sol que quemaba hasta a través del cristal líquido del iPhone.
— Me encanta —dijo Clara—. Me parece el antídoto perfecto para diez años de consultoría y pretensiones. Reservalo ya, Elena. Y usa el dinero de ese bolso de Loewe que vas a vender. Consideralo una beca de estudios para tu nueva vida sin Mateos.
— ¡Hecho! —exclamó Elena, tecleando con una velocidad que a Clara le recordó a la eficiencia que Mateo tanto alababa en la oficina.
Volvieron al silencio por un momento, pero esta vez era un silencio cómodo, de esos que se comparten entre dos personas que acaban de sobrevivir a un naufragio y están agradecidas de tener los pies en la arena, aunque sea la arena de Benidorm.
— Oye, Clara —dijo Elena de repente, bajando un poco la voz—. ¿De verdad no me odias? O sea, yo sabía que estaba casado, pero él me lo pintó todo tan… no sé, tan dramático. Me sentía como una salvadora, como si estuviera rescatando a un hombre de una prisión de lino y cenas aburridas.
Clara la miró a los ojos y le puso una mano sobre el brazo.
— No te odio, Elena. Al principio tenía ganas de arrancarte el flequillo, no te voy a mentir. Pero luego, cuando te vi entrar en el restaurante con ese bolso que yo misma había elegido en el catálogo, me di cuenta de que tú eras tan víctima de su ego como yo. Mateo no nos quería a ninguna de las dos; se quería a sí mismo a través de nuestras miradas. Yo le daba la seguridad del triunfador y tú le dabas la ilusión del joven rebelde. Éramos sus espejos, nada más. Y cuando un espejo se rompe, lo mejor es no intentar pegar los trozos porque te acabas cortando.
Elena asintió, con una lágrima rebelde asomando por la comisura del ojo.
— Es un capullo, ¿verdad?
— Un capullo de primera categoría, con mención honorífica en el barrio de Salamanca —sentenció Clara—. Pero mira el lado bueno: hoy nos hemos ahorrado otros diez años de mentiras. Y además, hemos cenado oro. No muchas mujeres pueden decir que han cagado 24 quilates después de una ruptura.
Elena soltó una carcajada que hizo que el camarero del bar de Malasaña les dedicara una sonrisa cómplice.
— ¡Eres la leche, Clara! De mayor quiero ser como tú. Bueno, pero con menos años de matrimonio con un consultor.
— Trato hecho —rio Clara, levantando su copa—. Por Benidorm, por el flequillo recto y por la libertad.
— ¡Por la libertad! —brindó Elena.
En “La Esencia del Vacío”, Mateo acababa de pagar la última cuenta (la de la botella de champán extra que Clara había pedido para “el camino”) y caminaba hacia la salida. Al pasar por delante de la escultura de hierro oxidado, tropezó y estuvo a punto de caerse, lo que provocó una risita burlona del portero de la finca de al lado.
Salió a la calle Jorge Juan. Madrid estaba preciosa, con esa luz de noche de verano que invita a la aventura. Pero para Mateo, la ciudad se sentía más pequeña que nunca. Sacó su móvil y vio que tenía una notificación de Instagram. Con una esperanza patética, pensó que quizá era un mensaje de Clara o de Elena pidiéndole perdón.
Pero no. Era una notificación de Vinted. Elena acababa de subir una foto del bolso de Loewe con el siguiente pie de foto: “Vendo bolso de marca. Poco uso. Regalo de un error inmobiliario. El dinero va destinado a una causa benéfica: mi salud mental en Benidorm. #Libertad #AdiósCapullo”.
Mateo guardó el móvil en el bolsillo y empezó a caminar hacia Colón. El nudo de la corbata le apretaba tanto que sentía que no podía respirar. Se la desabrochó y la tiró en una papelera de diseño de esas que hay por el barrio.
La cena de aniversario había terminado. El matrimonio de diez años se había disuelto en una espuma de clorofila y tres meses de mentiras habían cristalizado en un viaje a Benidorm para dos mujeres que, irónicamente, ahora tenían más en común entre ellas que con él.
Mateo se detuvo frente a un escaparate y vio su reflejo de nuevo. Ya no era un triunfador de la Castellana. Solo era un hombre solo, en una calle cara, dándose cuenta de que la “Esencia del Vacío” no era el nombre de un restaurante, sino el resumen perfecto de su propia vida.
¿Irse también puede ser una forma de amor propio? Mateo no tenía la respuesta, pero Clara y Elena, mientras pedían la segunda ronda de gin-tonics en Malasaña, sabían perfectamente que la respuesta era un “sí” rotundo, sonoro y con sabor a libertad.
La noche madrileña siguió su curso, ajena a los dramas privados, cubriendo con su manto de neón las historias de los que se quedan, de los que se van y de los que, por fin, aprenden a cenar solos sin necesidad de oro de 24 quilates.
FIN.