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La corbata de los demonios y el secarral de la Politécnica

Parte 1: La corbata de los demonios y el secarral de la Politécnica

Mira que yo no soy de los que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras el del camión te pita porque bloqueas la calle—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el bitcoin es el futuro mientras se le cae el alioli en la corbata y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero lo que ocurrió esta mañana en el auditorio de la Politécnica no fue una cuestión de resistencia física, sino de esas que te desajustan el motor del pecho sin avisar, como un coche que parece que va fino y de repente te suelta un humo negro en mitad de la Castellana.

Hoy me gradué.

Oficialmente soy ingeniero de automoción. Después de seis años peleándome con la termodinámica, el cálculo de estructuras y esas mañanas de café de máquina que sabe a plástico quemado y promesas incumplidas, por fin tenía el diploma en la mano. Madrid estaba en ese punto de junio donde el sol ya no avisa, sino que te pega directamente en la nuca con un mazo de calor seco que te deja el cerebro frito. A las nueve de la mañana, el termómetro de la calle Ponzano ya marcaba los veintiocho grados, y el asfalto empezaba a soltar ese olor a alquitrán caliente que te indica que lo de “refrescar” es un concepto que no volverás a ver hasta octubre.

La mañana empezó con el drama de la corbata. Estaba yo frente al espejo del pasillo, ese que está un poco torcido porque la pared es de las de antes, peleándome con un nudo Windsor que parecía tener voluntad propia.

—¡Vaya tela con la corbata, que parece que la ha diseñado un enemigo de la humanidad! —gritaba yo, mientras mi madre, Carmen, entraba con un trapo en la mano y esa cara de “ay, que el niño se me hace mayor”.

—Javi, nene, deja de jurar en arameo, que pareces un demonio —me soltó mi madre, quitándome las manos de un manotazo y ajustándome el nudo con esa agilidad que solo tienen las madres españolas, que te aprietan el gaznate lo justo para que vayas guapo pero no tanto como para que te desmayes en la iglesia o en el auditorio.

—Es que pica, mamá. Y con este calor, voy a llegar a la facultad hecho un Cristo. ¿Tú sabes lo que es el poliéster de la toga a treinta grados? Es un experimento de tortura china.

—Tú vas hecho un pincel y punto —sentenció ella—. Tu padre estaría orgulloso de verte así, que parece que vas a heredar la SEAT.

Me miré en el espejo. Ingeniero. Se dice pronto. Me venían a la cabeza las noches de biblioteca en Ciudad Universitaria, las raciones de bravas compartidas para celebrar un aprobado raspado y las veces que estuve a punto de mandarlo todo a paseo porque la mecánica de fluidos me parecía una broma pesada de algún científico con mucho tiempo libre. Salimos de casa con el tiempo justo. El metro iba a reventar, como siempre. Madrid es esa ciudad donde el día más importante de tu vida coincide con una huelga de transportes o con que a alguien se le ocurra cortar la calle principal para poner una tubería.

Al llegar al campus de la Politécnica, la estampa era de película de Berlanga. Cientos de chavales con el birrete torcido, sudando la gota gorda, y familias enteras que se habían traído hasta al canario. El auditorio era una pecera de nervios, sudor y togas de poliéster barato que picaban hasta en el alma. Si el infierno existe, estoy seguro de que tiene el mismo sistema de ventilación que la escuela de ingenieros un jueves de graduación a las once de la mañana.

Estaba yo en la tercera fila, intentando por decimocuarta vez ajustarme el birrete. Es una prenda que, por alguna razón de diseño industrial que todavía no alcanzo a comprender después de seis años de carrera, nunca se queda recta en una cabeza humana. A mi lado estaba Dani, mi compañero de fatigas, el que aprobó Estructuras II por un milagro de la Virgen de la Paloma y tres novenas que le rezó su abuela. Dani ahora mismo estaba más pendiente de que no se le corriera el fijador del pelo que de la solemnidad del acto.

—Javi, tío, deja de tocarte el cartón de la cabeza —me susurró Dani, dándome un codazo que casi me manda a la fila de los de aeronáutica—. Pareces un teletubbi con ansiedad. Relájate, que ya está todo el pescado vendido. Mira a las gradas, que parece que han soltado a toda la población de la Comunidad de Madrid ahí arriba. Es el desembarco de Normandía pero con gente vestida de domingo.

Tenía razón. El ambiente era de fiesta nacional. Una marea de abuelos con el pañuelo de tela en la mano, hermanos pequeños aburridos jugando con la Nintendo y padres que sacaban pecho con una fuerza que amenaba con reventar los botones de sus camisas de marca compradas en las rebajas de enero. El orgullo flotaba en el aire con una densidad que casi se podía masticar. Era ese orgullo de clase trabajadora, el de los padres que han doblado el lomo en el taller, en la obra o en la oficina para que “el niño” no tenga que mancharse las manos de grasa. O al menos, no de la misma forma que ellos.

Yo sonreía a medias, aplaudiendo cuando nombraban a algún compañero, pero mi mirada se escapaba, como un imán traicionero, hacia un punto concreto de la primera fila de familiares.


Parte 2: El auditorio de la tortura y la silla azul del olvido

La ceremonia de graduación es un invento curioso. Es una mezcla entre un desfile militar, una gala de los Oscar y un examen de próstata para los que están sentados en las butacas de madera. El decano, un señor con más canas que neuronas activas a esas horas, soltaba un discurso eterno sobre el “mañana”, el “liderazgo en la industria 4.0” y el “brillante futuro de la ingeniería española en el marco europeo”. Yo solo podía pensar en que el aire acondicionado del auditorio debía de ser un proyecto de fin de carrera de algún alumno que nos odiaba profundamente y que había decidido que el aire debía salir a la temperatura de una sauna finlandesa.

Todos trajeron a sus padres.

Era imposible no fijarse. Vi al padre de Lucía, un hombre que parecía un armario de tres cuerpos y que seguramente se dedicaba a la construcción, llorando como un niño pequeño cuando su hija recogió el tubo de cartón. Era un llanto silencioso, de esos que te hacen vibrar los hombros. Vi a la madre de Sergio, haciéndole señas con una cámara réflex que pesaba más que ella, gritando “¡mira aquí, Sergio!”, mientras el pobre chaval intentaba no tropezarse con la toga. Cada vez que un nombre resonaba por los altavoces —con esa distorsión que te hace dudar de si han dicho tu nombre o el del vecino—, una pequeña explosión de júbilo estallaba en algún rincón de las gradas.

Eran familias que se habían levantado a las seis de la mañana en Alcorcón, en Móstoles o en Vallecas para llegar a tiempo. Familias que sentían parte de ese título tanto o más que el propio graduado, porque ellas habían puesto los cimientos de la estructura mientras nosotros nos limitábamos a hacer los cálculos sobre el papel.

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