El 23 de marzo de 1994 quedó grabado a fuego en la memoria colectiva de México. Era un miércoles que prometía ser una jornada más de campaña electoral, pero terminó convirtiéndose en el epicentro de una tragedia que redefiniría la política y la sociedad mexicana. Luis Donaldo Colosio Murrieta, el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que caminaba con paso firme hacia la presidencia, caía herido de muerte en la colonia Lomas Taurinas, en Tijuana. A plena luz del día y frente a miles de personas, el país perdía no solo a un político, sino a un símbolo de cambio.
Colosio no era un candidato común. Aunque formado bajo el ala del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, el economista sonorense de 44 años comenzó a forjar una identidad propia que incomodaba a la vieja guardia. El contexto nacional era explosivo: el levantamiento del EZLN en Chiapas, la entra
da en vigor del TLCAN y una desigualdad galopante que el discurso oficial intentaba maquillar.
El punto de no retorno ocurrió semanas antes de su muerte, el 6 de marzo, en el Monumento a la Revolución. Allí, Colosio pronunció las palabras que muchos consideran su sentencia: “Yo veo un México con hambre y con sed de justicia”. Fue una ruptura simbólica con el salinismo. Ya no era el heredero dócil; era un hombre que reconocía los abusos de autoridad y la arrogancia de las oficinas gubernamentales. La tensión en la cúpula del poder era evidente: Salinas estaba furioso y los rumores sobre un posible reemplazo del candidato inundaban los pasillos de Los Pinos.
Lomas Taurinas: El Escenario del Caos
A pesar de las advertencias de los servicios de inteligencia, que consideraban a Lomas Taurinas un lugar de alto riesgo por su falta de infraestructura y seguridad, Colosio insistió en acudir. Quería estar cerca de la gente. El 23 de marzo, llegó a esta colonia de calles sin pavimentar y casas improvisadas.

El mitin fue un caos logístico. No había vallas, ni filtros de acceso, ni presencia de fuerzas federales suficientes. Más de 4,000 personas se agolpaban para tocar al candidato. Tras un breve discurso desde un templete de madera, Colosio bajó para mezclarse con la multitud mientras de fondo sonaba “La Culebra”. Fue en ese instante de vulnerabilidad total cuando un brazo se extendió entre la gente y un arma calibre .38 súper disparó a quemarropa. El primer impacto fue en la sien; el segundo, en el abdomen.
Un País en Shock y una Versión Oficial Cuestionada
La respuesta a la emergencia fue tan deficiente como la seguridad previa. No había ambulancias listas y Colosio tuvo que ser trasladado en una camioneta particular a la Clínica 29 del IMSS, un trayecto de 15 minutos que pareció eterno. A las pocas horas, el país recibió la noticia que nadie quería escuchar: Luis Donaldo Colosio había muerto.
En el lugar de los hechos fue detenido Mario Aburto Martínez, un joven obrero de 23 años. La narrativa oficial se construyó rápidamente: Aburto era un “asesino solitario” motivado por el odio al sistema. Sin embargo, la rapidez con la que se cerró el caso solo alimentó las sospechas. ¿Cómo pudo un solo hombre burlar toda la seguridad de un candidato presidencial? ¿Por qué los reportes médicos iniciales hablaban de trayectorias de bala que sugerían más de un tirador?
Las Sombras del Expediente
A lo largo de tres décadas, el caso Colosio ha acumulado más de 30,000 páginas de expedientes, tres fiscales distintos y teorías que van desde el complot de estado hasta la suplantación del asesino. Una de las hipótesis más perturbadoras es la del “doble de Mario Aburto”. Muchos aseguran que el hombre presentado en prisión no coincidía físicamente con el detenido en Lomas Taurinas, quien presentaba signos de tortura extrema.
En 2022, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) reavivó las llamas al reconocer oficialmente que hubo violaciones graves al debido proceso y tortura contra Aburto, solicitando la reapertura del caso. Esto refuerza la idea de que la verdad ha sido secuestrada por intereses políticos durante décadas.
El Legado de una Promesa Incumplida

Tras la muerte de Colosio, el sistema impuso a Ernesto Zedillo como candidato sustituto. Zedillo, un tecnócrata con un perfil mucho más bajo, terminó ganando la presidencia, pero el espíritu de la campaña de Colosio se había esfumado. El asesinato marcó el fin de una era de hegemonía incuestionable para el PRI y sembró la semilla de una desconfianza institucional que persiste hasta hoy.
Hoy, 31 años después, la figura de Colosio trasciende la política. Se ha convertido en un mito de lo que “pudo haber sido”. Su hijo, Luis Donaldo Colosio Riojas, ha mantenido una postura de respeto y búsqueda de paz, pero las cicatrices en el alma de México siguen abiertas.
El magnicidio de Lomas Taurinas no fue solo el asesinato de un hombre; fue el recordatorio brutal de que en el juego del poder, las voces que claman por justicia suelen ser las más peligrosas. México sigue esperando respuestas claras, mientras el eco de aquel discurso en el Monumento a la Revolución continúa resonando como una asignatura pendiente para toda la nación.