as el abandono de su padre cuando tenía solo dos años, Pacino encontró en su madre, Rose Gerardi, el único faro de esperanza. Fue ella quien lo introdujo en el mundo del cine, llevándolo a las salas oscuras para escapar de la cruda realidad exterior. Sin embargo, la tragedia lo golpeó temprano: a los 21 años, Rose falleció, dejando a Al en un estado de desolación absoluta que lo llevó a vagar por Nueva York, durmiendo en sofás de amigos y recurriendo al alcohol para adormecer el vacío .

Este pasado de privaciones no fue un impedimento, sino el combustible que Pacino inyectó en cada uno de sus papeles. Bajo la tutela de Lee Strasberg en el Actors Studio, aprendió a convertir sus heridas en arte, una técnica que le permitiría, años después, cautivar al mundo entero.
El Padrino y el peso de la fama
La oportunidad que cambió la historia del cine llegó con El Padrino (1972). A pesar de la feroz oposición de los estudios Paramount, que lo consideraban demasiado bajo y poco glamuroso, Francis Ford Coppola luchó por él. El éxito fue instantáneo, pero para Pacino, la fama se convirtió en una jaula. Un hombre privado y casi tímido se vio de repente bajo el escrutinio constante de los paparazzi, lo que intensificó su soledad y su lucha contra el alcoholismo. “La fama puede hacer que una persona sea conocida por millones, pero realmente entendida por nadie”, reflexionó el actor años después .
Su carrera continuó con éxitos icónicos como Scarface (1983), donde volcó toda su ira contenida en el personaje de Tony Montana. Sin embargo, Hollywood le dio la espalda tras el fracaso de Revolution en 1985, lo que lo alejó de la gran pantalla por cuatro años, refugiándose nuevamente en el teatro para reconstruirse como artista .
Traiciones financieras y el milagro de la paternidad tardía
Incluso en la cima, Pacino no estuvo exento de golpes. Tras ganar finalmente el Óscar por Scent of a Woman en 1992, sufrió una de las mayores traiciones de su vida: su contador malversó millones de dólares, dejándolo en una situación financiera precaria que lo obligó a aceptar una carga de trabajo extenuante para recuperar su estabilidad .

Pero si algo ha definido la etapa reciente de Pacino es la paternidad. A los 83 años, el actor sorprendió al mundo al recibir a su cuarto hijo, Roman. Este evento, lejos de ser un simple titular de prensa, ha sido para él un profundo recordatorio de la vida. “Ver crecer a una nueva vida te hace sentir el valor de cada momento”, confiesa, entendiendo que el tiempo ya no es infinito y que su mayor legado son los ojos de sus hijos .
El encuentro con el vacío: “No tuve pulso”
Quizás el episodio más estremecedor de sus últimos años fue su batalla contra el COVID-19. A sus 80 años, Pacino experimentó lo que describe como una desconexión total. Durante unos minutos, los médicos no detectaron pulso. “No había luz brillante, solo un vacío repentino”, relata sobre ese instante en el que la leyenda estuvo a punto de apagarse definitivamente .
Sobrevivir a ese encuentro con la muerte ha dotado a Pacino de una gratitud renovada. A los 85 años, el niño del Bronx que una vez no supo si tendría para comer, hoy mira hacia atrás con la satisfacción de quien no solo ha sobrevivido a la industria más feroz del mundo, sino a su propia historia personal. Al Pacino no será recordado solo por sus personajes inmortales, sino por ser el hombre que, tras caer mil veces, siempre eligió el arte y la vida para levantarse una vez más .