Mira, yo empecé a pensar en este tema hace un tiempo, cuando caí en los trabajos del sociólogo Pablo Aabarces, investigador del CONISET, que dedicó décadas a estudiar el fútbol argentino. [música] Alabarces tiene una frase que me voló la cabeza. Dice que el fútbol en Argentina funcionó históricamente [música] como una máquina cultural productora de nacionalidad, no un reflejo de la identidad argentina, [música] no un espejo de lo que somos, una máquina que la fabrica.
Y eso es completamente distinto. [música] Eso significa que sin fútbol el argentino de hoy sería literalmente otra persona. [música] Así que acompáñame porque esto se pone interesante. Para entender por qué el fútbol argentino es lo que es, tenemos que ir al principio. [música] Y el principio no empieza con Maradona ni con Messi.

Empieza con un señor escocés de Glasgow que llegó a Buenos Aires en 1882 con una misión muy distinta a la de inventar una religión popular. Alexander Watson Hotton era maestro. [música] Llegó para enseñar en un colegio inglés, el St. Andrew, pero tuvo diferencias con las autoridades y terminó fundando su propio colegio, el Buenos Aires English [música] High School, en 1884.
Y en ese colegio Watson Hotton hizo algo [música] que en ese momento parecía una rareza. Incorporó el fútbol como parte obligatoria [música] de la formación de los alumnos. Para él, el deporte era inseparable de la educación. Eso era lo que venía de la tradición escocesa y británica que él traía en la sangre.
El 21 de febrero de 1893, [música] Watson Hatton, junto a representantes de varios clubes formados por comunidades inmigrantes, [música] fundó la Argentine Association Football League, que es la organización precursora de lo que hoy conocemos como la AFA. [música] Era la primera asociación de fútbol formalmente organizada en Sudamérica.
Ahí arranca la historia institucional del fútbol argentino y durante esos primeros años el fútbol era básicamente un deporte de ingleses y escoceses, un deporte de elite, de gente que tenía plata, [música] educación importada, tiempo libre. Los porteños lo miraban como una rareza de los ingleses locos que corrían detrás de una pelota de cuero.
[música] Pero acá viene el primer gran giro de la historia y para entenderlo tenés que saber cómo era Argentina a [música] finales del siglo XIX y principios del XX porque en ese periodo Argentina recibió una de las soleadas migratorias más masivas de toda su historia. italianos, españoles, [música] polacos, judíos de Europa del Este, árabes de distintas regiones, [música] todo llegando en barco a Buenos Aires con lo opuesto, buscando una vida mejor.
[música] Entre 1869 y 1914, según [música] datos históricos documentados, la inmigración masiva duplicó la población de Buenos Aires y [música] multiplicó varias veces la del país en pocas décadas. Imagínate la situación. [música] Buenos Aires era una mezcla de idiomas, costumbres, religiones, historias distintas, una ciudad que estaba inventándose a sí misma en tiempo real.
Y en ese caos identitario, [música] ¿qué fue lo que unificó a todos esos grupos de personas que no tenían mucho en común? El fútbol. [música] Los hijos de esos inmigrantes, ya nacidos en Argentina, ya con acento porteño o rosarino o cordobés, empezaron a armar sus propios equipos, a imitar el juego que veían jugar a los ingleses.
Y ahí comenzó la explosión. [música] En la primera década del siglo XX, en todos los barrios de Buenos Aires y en ciudades [música] como Rosario empezaron a surgir cientos de clubes. Cada cuadra quería el suyo. Y acá está algo clave que mucha gente no [música] dimensiona. Esos clubes no eran solamente equipos de fútbol, eran instituciones sociales.
Eran el lugar donde el hijo del inmigrante italiano podía encontrarse con el hijo del inmigrante español y los dos eran simplemente los del barrio. [música] El club fue la primera institución que no hacía preguntas sobre de dónde venías, solo preguntaba de qué cuadra [música] eras. Hoy esa realidad todavía existe, transformada, pero viva.
Hay en Argentina casi 12,000 clubes registrados [música] en todo el país. 12,000. La mayoría son clubes chicos de [música] barrio con menos de 500 participantes que no solo tienen fútbol, sino natación, basket, gimnasia, actividades para adultos mayores, guarderías. son instituciones que contienen la vida social de sus comunidades.
Y en la ciudad de Buenos Aires, la concentración de esta pasión tiene una expresión que no existe en ningún lugar del mundo. Buenos Aires [música] es la ciudad con más estadios de fútbol del planeta. Tiene 18 estadios profesionales dentro de sus 203 km². Londres, que es ocho veces más grande en superficie, tiene 14.
Si además sumas todo el con urbano, el Gran Buenos Aires tiene más de 60 estadios. No hay ninguna otra ciudad en el mundo que siquiera se acerque a eso. 60 estadios en una sola región metropolitana. Eso no es casualidad. [música] Eso es el resultado de décadas de una cultura que construyó templos antes que autopistas.
Y hablando de templos, acá hay otro concepto que los sociólogos usan para explicar el fútbol argentino que vale la pena entender bien. Pablo Aabarces y su colega José Garriga Sucal desarrollaron durante años el análisis de lo que se llama la cultura del aguante. El aguante es una palabra argentina que no tiene traducción exacta.
Tiene que ver con resistir, con no rendirse, con estar cuando duele, no solo cuando es fácil. En el contexto del fútbol, tener aguante significa seguir a tu equipo cuando pierde, cuando jugas de visitante en una cancha hostil, cuando tu club está en problemas económicos. Y lo interesante sociológicamente es que el aguante se convirtió en un valor identitario que va mucho más allá del fútbol.
Investigadores de la Universidad de Buenos Aires señalan que el aguante construyó una ética popular ligada al barrio, a la masculinidad, a la pertenencia territorial. Ser del barrio y tener aguante por tu club se volvió una forma de definir quién sos. Una forma de identidad que no requería papeles ni plata, ni estudios, solo lealtad y presencia.
[música] Eso explica algo que a los extranjeros les resulta incomprensible. ¿Por qué un hinche argentino puede estar profundamente orgulloso de un club que hace años que no gana nada? Porque el orgullo no es solo por los resultados, es por la identidad que ese club representa. Es por el barrio, por el apellido del padre que te llevó la primera vez, por el olor de esa cancha específica.
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El fútbol argentino [música] opera en ese nivel profundo de la identidad que los psicólogos llaman identidad [música] de grupo primaria. Es tan constitutivo de quién sos como tu familia. Ahora bien, si el fútbol es una religión, [música] en algún momento tiene que aparecer el momento en que la institución es usada por el poder. Y acá tenemos que hablar de 1978.
El mundial de 1978 es probablemente el episodio más complejo y doloroso de la relación entre fútbol e identidad en Argentina. En ese año, Argentina era gobernada por una dictadura militar que ya llevaba 2 años de terrorismo de estado, de desapariciones, de violaciones masivas a los derechos humanos.
Y sin embargo, ese mismo gobierno organizó y ganó la Copa del Mundo. Investigaciones académicas de la CONISET y estudios publicados en revistas de ciencias sociales documentan cómo el régimen de Videla entendió el fútbol como una herramienta perfecta de legitimación. Desde el día en que tomó el poder, la dictadura dio máxima prioridad a la Organización del Mundial, entendiéndolo como una forma de proyectar una imagen de normalidad y orden hacia el mundo exterior y de generar un nosotros inclusivo hacia adentro que disolviera los conflictos y silenciara las voces
disidentes. Y funcionó. Las calles se llenaron de banderas. La gente festejó genuinamente, sin que eso signifique que apoyara la dictadura, sino que el fútbol activó un mecanismo emocional que la política no podía controlar ni apagar. El sociólogo Eduardo Archetti, uno de los grandes estudiosos del fútbol latinoamericano, analizó [música] cómo esa victoria futbolística fue usada para crear una narrativa de normalidad que contrastaba brutalmente con la realidad de los centros [música] clandestinos de detención.
Este episodio oscuro de nuestra historia es inseparable del análisis del fútbol argentino. [música] Nos muestra que esa religión popular puede ser usada, manipulada, [música] instrumentalizada y que la pasión genuina de la gente no tiene ideología propia. Puede [música] ser capturada por cualquier poder que sepa cómo usarla.
Pero la religión futbolística en Argentina tiene también su expresión más literal, más extrema y más fascinante. [música] Y esa expresión tiene nombre y fecha de nacimiento. La Iglesia Maradoniana. Fundada el 30 de octubre de [música] 1998 en Rosario, en el cumpleaños número 38 de Diego Armando Maradona. La fundaron tres fanáticos, [música] Héctor Campomar, Alejandro Verón y Hernán Ames.
Lo que empezó como un gesto de devoción extrema de [música] un puñado de personas se fue expandiendo hasta contar para mediados de la década del 2010 [música] con cientos de miles de miembros en todo el mundo, desde España e Italia hasta Japón y México. [música] La Iglesia tiene mandamientos, tiene bautismos, tiene rituales.
El bautismo consiste en marcar un gol con la pierna izquierda, [música] como hizo Maradona en el mundial de 1986. Y a Diego lo llaman D10, una fusión entre la palabra Dios [música] y el número 10 que él inmortalizó. A primera vista, esto puede parecer [música] una excentricidad, algo folclórico y gracioso, pero si lo miras desde la sociología, la Iglesia maradoniana es el síntoma más claro de algo muy profundo.
Maradona no era solo un jugador de fútbol para los [música] argentinos. Era la prueba de que el hijo de los más pobres podía llegar a ser el mejor del mundo. Era la encarnación del pibe de barrio [música] que le gana a los ricos, que humilla a los poderosos, que hace lo imposible con recursos mínimos. Maradona era la Argentina que quería creerse a sí misma.
[música] Y cuando alguien encarna eso de manera tan perfecta, tan emotiva, tan viseral, la línea entre ídolo [música] y Dios se vuelve muy fina. Y esto nos lleva a algo que el sociólogo alabares planteó con una claridad que da para pensar en su análisis, en los momentos de mayor crisis institucional [música] de Argentina, cuando la gente perdía la fe en el Estado, en los partidos políticos, [música] en la iglesia, en las instituciones tradicionales, el fútbol llenaba ese vacío.
La selección nacional funcionaba como el último espacio de identidad compartida que le quedaba a un país fragmentado. En la crisis de 2001, [música] cuando Argentina vivía uno de los colapsos económicos y sociales más graves de su historia, la selección seguía [música] siendo nuestra. No era de ningún gobierno, no era de ningún banco, [música] era de todos.
Y en esa propiedad colectiva, en ese que el fútbol construía cuando todo lo demás se derrumbaba, estaba la clave de por qué [música] la pasión se volvió tan intensa, tan viseral, tan parecida a la fe religiosa. [música] El fútbol argentino llena lo que en sociología se llama una necesidad de sentido.
Los seres humanos necesitamos pertenecer a algo más grande que nosotros mismos. [música] Necesitamos rituales colectivos, necesitamos mitos fundacionales, necesitamos héroes y villanos, necesitamos momentos de éxtasis compartido y de duelo [música] colectivo. Eso es exactamente lo que las religiones ofrecen. Y en Argentina el fútbol [música] lo ofrece de manera más accesible, más democrática y más emocionalmente directa que casi cualquier otra institución.
[música] Para ir a la cancha no necesitas creer en ningún dogma complejo, [música] solo necesitas saber de qué cuadra sos. Hay algo más que forma parte de esta ecuación y que tiene que ver con cómo está organizado el fútbol en Argentina comparado con otros países. En muchos países los clubes grandes son propiedad de empresas, [música] de fondos de inversión, de millonarios.
Los hinchas son consumidores, compran camisetas, [música] pagan suscripciones de streaming, ven el partido desde un sillón. En Argentina, [música] la enorme mayoría de los clubes son asociaciones civiles sin fines de lucro. Son de sus socios. Cualquier persona puede pagar una cuota mínima y ser parte del club en el sentido real de la palabra, [música] votar las autoridades, participar de las asambleas, influir en las decisiones.
[música] Eso crea un vínculo de pertenencia completamente distinto. Cuando tu club gana, no ganó la empresa de algún multimillonario. Ganaste vos. Cuando tu club pierde, [música] perdiste vos. La responsabilidad y el orgullo son literalmente tuyos. Esa estructura [música] jurídica, tan discutida y tan criticada cuando genera problemas de gestión [música] también es la que genera ese nivel de identificación emocional que no existe [música] en ninguna Liga del Mundo con clubes propiedad de corporaciones.
Y después está el idioma. [música] El fútbol le dio a Argentina un idioma propio, un lenguaje compartido que atraviesa clases sociales, regiones, generaciones. Un obrero de Corrientes y un médico [música] de Palermo pueden hablar de fútbol durante horas y entenderse perfectamente. Las palabras que el fútbol argentino [música] inventó o popularizó, el gambetear, el aguante, el pibe, el crack, el enganche, forman parte del español Rioplatense cotidiano y son marcadores de identidad que los argentinos reconocen al instante en
cualquier parte del mundo donde se encuentren. [música] Es el código secreto que te dice, somos del mismo lugar. Y hay algo en ese código que tiene que ver con una estética particular. Argentina no solo quiere ganar, Argentina quiere ganar con estilo. Hay una larga discusión académica sobre esto que estudió en profundidad el antropólogo Eduardo Arqueti, que analizó cómo a lo largo del siglo XX construyó el mito del fútbol criollo, la idea de que el jugador argentino no juega como el europeo, que es más disciplinado y físico, sino que
juega con viveza, con picardía, con la gambeta del pibe de barrio que engaña al rival sin necesitar fuerza. Ese mito del estilo argentino, del juego bonito en local, [música] se convirtió en parte de la identidad nacional. El argentino no juega al fútbol solamente para ganar, juega para expresar algo de quién es.
El gol no alcanza si fue aburrido. Cuando todo esto se pone junto, [música] cuando sumas los orígenes inmigrantes, la estructura de clubes como instituciones comunitarias, [música] el aguante como ética de barrio, el fútbol como sustituto de instituciones en crisis, la [música] estética como identidad, la propiedad colectiva de los clubes, los 60 estadios en una sola región metropolitana, [música] la iglesia maradoniana y los trabajos académicos que documentan todo esto.
[música] Lo que tenés no es simplemente una afición deportiva exagerada. Lo que tenés es una institución cultural de [música] una complejidad y una profundidad que no tiene parangón en el mundo. El periodista y ensayista uruguayo Eduardo Galeano, que escribió El fútbol [música] a sol y sombra, uno de los libros más lúcidos que se escribieron sobre este deporte en América Latina, decía que el fútbol era el único ritual de masas que le quedaba al mundo moderno, que era la última religión verdaderamente popular, la
única capaz de juntar a millones de personas en torno a un acto colectivo de emoción genuina. [música] Si eso es cierto en general, en Argentina es cierto al cuadrado, porque acá el fútbol no vino a llenar un espacio vacío, vino a construir identidad donde no había, a unir lo que la historia tenía separado, a darle a un país de inmigrantes un lenguaje común, un símbolo compartido, una forma de decir yo soy argentino, que no necesitara pasaporte ni documento.
Entonces, la próxima vez que alguien te pregunte por qué ese tipo de 50 años está llorando en la tribuna, ya sabes que responder. No está llorando por un partido de fútbol. Está llorando por su barrio, por su viejo que lo llevó la primera vez, por la identidad que ese club representa, por todas las veces que creyó en algo y ese algo le falló y por el momento extraordinario en que creer en algo valió la pena.

está llorando porque el fútbol en Argentina es la única institución que todavía puede hacer eso. Esto me deja con una pregunta para vos que me gustaría que me respondas en los comentarios. ¿Hay algún momento en que el fútbol te haya dado algo que ninguna otra institución te dio? ¿Una sensación de orgullo, de pertenencia, de que había algo que valía la pena? Contame en los comentarios.
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