La llamada duró 43 segundos. Un comandante de la policía federal le decía a su operador de radio que moviera dos patrullas del sector oriente hacia un retén en la autopista México Puebla, porque había un reporte de un vehículo sospechoso. 43 segundos de instrucción operativa rutinaria, la ubicación del retén, el número de las patrullas, la frecuencia de radio que debían usar, el nombre del comandante, todo.
Y esos 43 segundos fueron escuchados, grabados y transcritos en tiempo real. por un operador del cártel Jalisco Nueva Generación, que estaba sentado en un departamento del tercer piso de un edificio de oficinas en la colonia Doctores de la Ciudad de México, con audífonos puestos frente a tres monitores, con un café frío en el escritorio y un cuaderno donde anotaba cada palabra que el comandante decía.
El operador terminó de transcribir, levantó su radio y transmitió la información a una célula del CJNG que en ese momento estaba moviendo un cargamento de droga por la autopista México Puebla. La célula recibió la información, cambió de ruta, evitó el retén cargamento sin contratiempo. Todo en menos de 3 minutos.
pero no en la realidad. El cuarto y quinto piso estaban vacíos, lo que le daba al CJNG un woofer de aislamiento. Nadie arriba que pudiera escuchar ruidos o notar actividad y nadie abajo que sospechara, porque un piso de oficinas con gente trabajando frente a computadoras a cualquier hora se ve como cualquier empresa de tecnología con turnos nocturnos.
Los negocios de los pisos inferiores no tenían idea de lo que pasaba arriba. La oficina de contadores del primer piso abría a las 9 de la mañana y cerraba a las 6 de la tarde. Los contadores subían al edificio, saludaban al conserge, tomaban el elevador al primer piso y trabajaban sus 8 horas sin saber que dos pisos arriba, el CJNG interceptaba las comunicaciones del ejército mexicano.
El despacho de abogados del segundo piso tenía un letrero en la puerta que decía justicia con resultados. La ironía de que debajo de un centro de espionaje del narcotráfico hubiera un despacho de abogados que prometía justicia es casi insoportable. El conserje del edificio, un hombre de 63 años que llevaba 11 años trabajando ahí, declaró que los del tercer piso eran muy tranquilos.
Pagaban puntual, no hacían ruido, no dejaban basura en el pasillo. De vez en cuando le pedían que les subiera agua o café de la tienda de la esquina. Pensé que eran programadores o algo así”, dijo. “De esos chavos que trabajan con computadoras y que no hablan con nadie. programadores. El conserje pensó que eran programadores y en cierto sentido lo eran, solo que lo que programaban no eran aplicaciones de celular, sino la destrucción de la seguridad pública del país.
El conserje también mencionó algo que visto en retrospectiva era una pista evidente, el consumo eléctrico. El recibo de luz del tercer piso era altísimo, dijo. Yo pensaba que tenían muchas computadoras prendidas, pero era raro porque ninguna otra oficina del edificio gastaba ni la mitad.
Servidores, receptores de radio, IMS y catchers, monitores, aire acondicionado para enfriar el cuarto de servidores. Todo eso consume electricidad, mucha electricidad. Y el conserje lo notó, pero no le dio importancia, porque en México un recibo de luz alto se atribuye a 1000 cosas antes que a una central de espionaje del narcotráfico. Ahora vamos a lo que había dentro del tercer piso, porque la descripción del equipo que encontraron los gafes parece sacada de una película de espionaje, solo que es real y estaba operando a 20 minutos del zócalo. El piso estaba
dividido en cuatro áreas. La primera área era la sala de interceptación de radio, una habitación de unos 40 m² con 12 estaciones de trabajo, cada una con un receptor de radio de banda ancha, un escáner digital, audífonos profesionales y una computadora con software de grabación y análisis de audio. Cada estación monitoreaba frecuencias específicas: policía federal, policía de la Ciudad de México, Guardia Nacional, Ejército, Marina, Fiscalía, Protección Civil.
y los servicios de emergencia del 911. 12 estaciones, 12 personas con audífonos escuchando simultáneamente 12 frecuencias diferentes de las fuerzas de seguridad de México, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, cada comunicación escuchada, cada instrucción transmitida, cada movimiento de patrullas ordenado por radio captado en tiempo real por los oídos del CJNG.
Los receptores de radio que usaban eran equipo profesional de grado policial, no radios de aficionado, receptores de banda ancha capaces de barrer miles de frecuencias por segundo, de sintonizar señales digitales y analógicas, de desencriptar comunicaciones que usan protocolos de cfrado básicos, equipo que en el mercado legítimo se vende a agencias de seguridad y a empresas de telecomunicaciones, equipo que el CJNG compró probablemente a través de empresas fachadas.
con la misma facilidad con la que compra acero para blindaje o motores para drones. La segunda área era la sala de interceptación telefónica, más pequeña que la de radio, unos 25 m², con seis estaciones equipadas con hardware y software de interceptación de llamadas de telefonía celular. Los peritos que revisaron el equipo identificaron dispositivos conocidos como IMS catchers, también llamados Sting Race en inglés.
Aparatos que simulan ser antenas de telefonía celular y que engañan a los teléfonos cercanos para que se conecten a ellos en lugar de a las antenas legítimas de las compañías telefónicas. Una vez que el teléfono se conecta al IMS catcher, el operador puede interceptar las llamadas, los mensajes de texto y los datos de navegación del usuario sin que este se dé cuenta.
Los EMSI Catchers son equipo de vigilancia de grado militar. Su venta está restringida en la mayoría de los países a agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad. Que el CJNG tenga seis de ellos operando desde un edificio de oficinas en la Ciudad de México indica una de dos cosas. o los compró en el mercado negro internacional de equipo de vigilancia o los obtuvo a través de contactos dentro de las propias agencias de seguridad mexicanas que los usan legalmente.
Ambas posibilidades son escalofriantes. Con lossite catchers, el CJNG podía interceptar las llamadas de teléfonos celulares específicos, los de los comandantes de policía, los de los fiscales, los de los jueces, los de los políticos, los de cualquier persona cuyo número estuviera en la lista de objetivos del cártel.
no necesitaban estar cerca del objetivo. Los Sims y catchers de grado profesional pueden interceptar señales a distancias de varios cientos de metros y en una zona urbana densa como la colonia Doctores, eso abarca miles de teléfonos. Y aquí hay un dato técnico que me parece importante para entender la peligrosidad de estos dispositivos.
Un IMS catcher no solo intercepta las llamadas de los teléfonos que busca, intercepta las de todos los teléfonos que se conectan a él. Es una red de arrastre. Si tu teléfono está dentro del radio de alcance del dispositivo y tu teléfono decide conectarse a la antena falsa en lugar de a la antena legítima, que es algo que tú no controlas porque tu teléfono lo hace automáticamente, tus llamadas son interceptadas.
No importa si eres un objetivo del CJNG o si eres un estudiante que llama a su novia. El dispositivo captura todo. Los peritos estimaron que durante los 18 meses de operación, los seis y catchers de la central pudieron haber interceptado comunicaciones de decenas de miles de teléfonos en la zona de la colonia Doctores y sus alrededores.
Decenas de miles de personas cuyas llamadas, mensajes y datos fueron capturados por el CJNG sin su conocimiento ni su consentimiento. la violación masiva de la privacidad de las comunicaciones de miles de ciudadanos comunes que no tenían nada que ver con el narcotráfico y que simplemente tuvieron la mala suerte de vivir, trabajar o transitar por la zona donde operaban los dispositivos.
Y la pregunta que me hago es, ¿esta era la única central? Los investigadores creen que probablemente no. Si el CJNG invirtió en una central de inteligencia electrónica en la Ciudad de México, probablemente tiene centrales similares en otras ciudades estratégicas, Guadalajara, Monterrey, quizás Tijuana o Cancún, ciudades donde las comunicaciones de seguridad son densas y donde la información interceptada tiene alto valor operativo.
Si esas centrales existen, están operando ahora mismo, escuchando, grabando, transmitiendo y nadie sabe dónde están. La tercera área era el centro de análisis, una habitación con ocho estaciones de trabajo donde los analistas del CJNG procesaban la información captada por las salas de interceptación. Aquí no se escuchaba, aquí se interpretaba.
Los analistas recibían las transcripciones de las interceptaciones de radio y las grabaciones de las llamadas telefónicas y las cruzaban con bases de datos internas del CJNG para extraer inteligencia accionable, ubicaciones de retenes, rutas de patrullaje, horarios de cambio de turno, nombres de comandantes, identificación de informantes y lo que los analistas llamaban patrones de operación, que eran los hábitos predecibles de las fuerzas de seguridad que El CNG explotaba para evadir la vigilancia. Las computadoras
del Centro de Análisis tenían bases de datos que los analistas de inteligencia de la Sedena describieron como extraordinariamente detalladas bases de datos con los nombres, rangos, números de teléfono, frecuencias de radio asignadas y domicilios de cientos de miembros de las fuerzas de seguridad que operan en la zona metropolitana.
Fotografías de vigilancia de policías, militares, fiscales, diagramas de las estructuras de mando de las diferentes corporaciones de seguridad, calendarios con los horarios de los operativos que el CJNG había logrado anticipar gracias a la interceptación de comunicaciones. Es contrainteligencia. Es exactamente lo que hace un servicio de inteligencia estatal cuando espía a un enemigo.
Interceptar sus comunicaciones, identificar su personal, mapear su estructura, predecir sus movimientos. Solo que aquí el servicio de inteligencia es un cártel de narcotráfico y el enemigo son las fuerzas armadas y policiales del país. Y la pregunta que nadie quiere hacerse, pero que todos deberían estar haciéndose es, ¿cuántos operativos fracasaron porque el COTNG los escuchó antes de que se ejecutaran? piénsalo.
18 meses de interceptación continua de las comunicaciones de las fuerzas de seguridad de la zona metropolitana y del país entero. 18 meses durante los cuales cada operativo planificado por radio fue potencialmente comprometido. Cada retén montado fue potencialmente anticipado. Cada convoy de droga que debería haber sido interceptado, quizás no fue interceptado porque el CJNG sabía exactamente dónde estaban los soldados esperándolo.
Los analistas de la Sedena están haciendo un ejercicio que llaman auditoría de daño. Revisar los operativos fallidos de los últimos 18 meses para determinar cuáles pudieron haber sido comprometidos por la interceptación de comunicaciones. Operativos donde los objetivos escaparon inexplicablemente. minutos antes de la llegada de las fuerzas de seguridad.
Retenes donde los vehículos sospechosos cambiaron de ruta justo a tiempo. Casas de seguridad que fueron vaciadas horas antes del cateo. Cada uno de esos fracasos tiene ahora una explicación posible. El CJNG escuchó la orden y alertó a sus operadores. Si la auditoría confirma que un porcentaje significativo de los operativos fallidos de los últimos 18 meses fueron comprometidos por la central de la doctores, las implicaciones para la estrategia de seguridad de México son devastadoras.
Significa que la inversión de tiempo, recursos y riesgo humano en esos operativos se perdió porque la información fluyó del micrófono del ejército a los oídos del CJNG. más rápido de lo que los soldados podían moverse, significa que soldados arriesgaron su vida en operativos que el enemigo ya sabía que iban a ocurrir y significa que la confianza en los canales de comunicación actuales tiene que ser reconstruida desde cero.
La cuarta área era el cuarto de servidores y comunicaciones, un espacio refrigerado con aire acondicionado donde estaban los servidores que almacenaban las grabaciones, los routers que gestionaban la red interna y las antenas que conectaban la central con otras células del CJNG en diferentes estados. Desde este cuarto, la inteligencia recopilada en la Ciudad de México se transmitía en tiempo real a los mandos del CJNG en Jalisco y de ahí se distribuía a las células operativas que la necesitaban para evadir la vigilancia en sus
respectivas zonas de operación. Es una red de inteligencia de alcance nacional operando desde un tercer piso en la colonia Doctores. La información captada en la Ciudad de México protegía a los operadores del CJNG en Jalisco, en Guanajuato, en Michoacán, en Sinaloa. Un convoy que se movía por una carretera de Durango podía recibir aviso en tiempo real de que el ejército estaba montando un retén en esa carretera porque un analista en la Ciudad de México escuchó la orden por radio 20 minutos antes.
20 minutos de ventaja, suficiente para cambiar de ruta, suficiente para salvar el cargamento, suficiente para evadir una detención que habría costado vidas y millones. Ahora hablemos de los 82 detenidos, porque el perfil de las personas que operaban esta central es radicalmente diferente al de los sicarios armados que hemos visto en otros casos.
De los 82, 47 eran operadores de interceptación y análisis, personas que no portaban armas, que no tenían entrenamiento de combate, que no habían participado en enfrentamientos, que se sentaban frente a una computadora con audífonos y escuchaban, analistas, técnicos, el equivalente en narco de los empleados de una agencia de inteligencia.
Muchos de ellos tenían formación en áreas de tecnología, ingenieros en telecomunicaciones, técnicos en sistemas computacionales, especialistas en redes, programadores. Uno había trabajado como técnico de telecomunicaciones en una empresa de telefonía celular y conocía íntimamente el funcionamiento de las redes de comunicación.
Otro había sido empleado de una empresa de seguridad privada que vendía equipo de monitoreo de comunicaciones. Otro era un ingeniero electrónico egresado del IPN que había sido reclutado directamente de la universidad con una oferta de empleo que decía empresa de consultoría en seguridad de la información. El reclutamiento de los analistas seguía un patrón que a estas alturas resulta familiar.
Ofertas de empleo legítimas en apariencia, sueldos entre tres y cinco veces superiores al mercado, entrevistas en oficinas que parecían reales, contratos de confidencialidad que parecían normales y una revelación gradual de la verdadera naturaleza del trabajo que para cuando el reclutado la comprendía ya estaba demasiado adentro para salir.
Un analista de 26 años describió su proceso de reclutamiento con un detalle que resulta casi cómico si no fuera trágico, respondió a un anuncio de empleo en una bolsa de trabajo en línea. Empresa líder en inteligencia de negocios busca analista de datos con experiencia en procesamiento de señales. Fue a una entrevista en una oficina de la colonia Roma Norte.
Lo entrevistó un tipo de traje que le habló de inteligencia competitiva y de análisis de mercado en tiempo real. Le ofrecieron 35,000 pesos al mes, le hicieron firmar un contrato de confidencialidad y lo mandaron a la colonia Doctores, donde le dieron audífonos, lo sentaron frente a un receptor de radio y le dijeron que su trabajo era escuchar frecuencias de policía y transcribir lo que escuchara.
“El primer día pensé que era algún tipo de servicio de seguridad privada”, declaró. Al tercer día ya sabía que era narco, pero ya había firmado el contrato, ya conocía la dirección, ya conocía las caras de los otros y me dijeron que el contrato de confidencialidad era de por vida, que si hablaba la confidencialidad se aplicaba de otra manera.
La confidencialidad se aplicaba de otra manera. El eufemismo del CJNG para la amenaza de muerte más sutil que existe. No te dicen te vamos a matar. Ah, te dicen la confidencialidad se aplica de otra manera y tú entiendes y te quedas y te pones los audífonos y empiezas a escuchar. Quiero describir un turno nocturno en la central porque la cotidianidad del espionaje tiene un sabor surreal que creo que vale la pena transmitir.
Son las 2 de la mañana, 12 personas con audífonos sentadas en sus estaciones de la sala de interceptación de radio. Las luces son tenues, los monitores brillan. El único sonido ambiental es el zumbido del aire acondicionado y el tecleo ocasional de alguien transcribiendo lo que escucha. Cada operador está sintonizado en una frecuencia diferente.
Uno escucha la policía del sector centro, otro la Guardia Nacional en la autopista México Cuernavaca, otro el ejército en la zona oriente. Otro la Fiscalía. Otro el 911. De vez en cuando, un operador levanta la mano. El coordinador de turno se acerca. El operador le muestra su transcripción. Están montando un retén en periférico sur a la altura de San Jerónimo.
Tres patrullas a partir de las 3 de la mañana. El coordinador toma nota, se sienta en su estación y transmite la información a la célula del CJNG que opera en esa zona. Eviten periférico sur entre San Jerónimo y Insurgentes a partir de las 3. Retén de tres patrullas y la célula cambia de ruta y la droga llega a su destino y el retén de periférico sur pasa la noche sin detener a nadie relevante.
Y los policías que montaron el retén noche tranquila, sin saber que el CJNG sabía exactamente dónde estaban y les sacó la vuelta. Eso pasaba todas las noches, cada noche durante 18 meses. Es una hemorragia de información que erosionó la capacidad operativa de las fuerzas de seguridad de la zona metropolitana sin que nadie se diera cuenta.
Operativos que fracasaban, retenes que no detenían a nadie, persecuciones que se perdían porque el fugitivo siempre iba un paso adelante. Todo explicable por mala suerte o por fuga de información atribuida vagamente a corrupción interna. Y sí, había corrupción interna, pero no la buscaban. La corrupción no estaba en un policía que avisaba por teléfono.
Estaba en un tercer piso de la colonia Doctores, donde 47 personas con audífonos escuchaban cada palabra que las fuerzas de seguridad transmitían. 18 de los 82 eran personal de seguridad que custodiaba el edificio y el piso de la central, armados con pistolas que guardaban en el piso, con chalecos tácticos escondidos en un closet y con un sistema de cámaras que cubría los accesos del edificio, las escaleras y el pasillo del tercer piso.
Si alguien subía al tercer piso sin autorización, los guardias lo interceptaban antes de que llegara a la puerta de la central. Nueve eran personal de apoyo, cocineros que preparaban comida para los que hacían turnos nocturnos, personal de limpieza, un técnico de mantenimiento que reparaba el equipo cuando fallaba y un par de personas que hacían compras de suministros. Y ocho eran mandos.
El jefe de la central, un hombre de 45 años con experiencia previa en telecomunicaciones gubernamentales y siete coordinadores que dirigían las diferentes áreas de interceptación y análisis. El jefe de la central era, según los investigadores, uno de los activos de inteligencia más valiosos del CJ en todo el país.
Su captura es considerada un golpe significativo a la capacidad de contrainteligencia del cártel. Quiero hablar del jefe de la central porque su historia personal es una de las más reveladoras que he encontrado en todos los casos que hemos cubierto. Antes de trabajar para el CJNG, este hombre trabajó durante 14 años en una institución de seguridad del gobierno federal.
No voy a decir cuál por razones de la investigación en curso, pero era una institución que maneja información clasificada, que opera sistemas de comunicación encriptados y que tiene acceso a las frecuencias y protocolos de comunicación de todas las fuerzas de seguridad del país. Durante esos 14 años, este hombre aprendió cómo funcionan los sistemas de comunicación del Estado mexicano, qué frecuencias usa cada corporación, qué protocolos de encriptación aplican.
¿Qué vulnerabilidades tienen? ¿Cómo se cambian las frecuencias? ¿Cómo se actualizan los códigos? ¿Cómo se interceptan las señales? Todo. Aprendió todo lo que necesitaba saber para después montar una central de espionaje que explotara. exactamente esas vulnerabilidades. Renunció a su empleo gubernamental hace 4 años, según su versión, por motivos personales.
Según los investigadores, fue reclutado por el CXING mientras aún trabajaba en el gobierno y su renuncia fue el paso previo a asumir la dirección de la central de la doctores. Es decir, el 67ng infiltró una institución de seguridad del gobierno federal, reclutó a uno de sus técnicos más capacitados y lo puso a dirigir una operación de espionaje contra las mismas instituciones donde había trabajado.
Es la traición más profunda que puede sufrir un sistema de seguridad. Un hombre que conocía los secretos de comunicación del estado los vendió al enemigo. Y con esos secretos, el CJNG construyó una central de interceptación que operó durante 18 meses escuchando cada palabra que las fuerzas de seguridad transmitían por radio y teléfono.
Quiero ahora hablar de la información que encontraron en las computadoras y los servidores de la central, porque la magnitud de lo que el CJNG había recopilado es aterradora. Los servidores contenían grabaciones de miles de horas de comunicaciones interceptadas, miles. Los analistas de La Sedena que están procesando esa información estiman que la central llevaba operando al menos 18 meses y que en ese tiempo había captado y almacenado un volumen de inteligencia que tardarán meses en analizar completamente.
Las grabaciones incluían comunicaciones de radio de la Policía Federal, de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, de la Guardia Nacional, de unidades del ejército que operan en la zona metropolitana y de los servicios de emergencia del 911. Cada grabación estaba etiquetada con la fecha, la hora, la frecuencia interceptada y un resumen del contenido que el analista de turno había escrito.

Pero lo más preocupante no eran las grabaciones de radio, eran las interceptaciones telefónicas. Los archivos de los IMS y catchers contenían grabaciones de llamadas telefónicas de personas específicas que el CJ tenía como objetivos de inteligencia. Los investigadores encontraron grabaciones de llamadas de al menos 15 funcionarios de seguridad pública de diferentes niveles, desde mandos medios de la policía hasta personas con cargos en la estructura federal de seguridad, llamadas profesionales donde discutían operativos
en curso, llamadas personales donde hablaban con sus familias, llamadas privadas que nadie debería haber escuchado. El CJNG escuchaba las llamadas personales de los funcionarios de seguridad. Sabía cuando un comandante hablaba con su esposa. Sabía cuando un fiscal llamaba a su doctor. Sabía cuando un oficial le decía a su hijo que no iba a llegar a cenar porque tenía un operativo.
Esa información personal no tiene valor operativo directo, pero tiene un valor enorme como herramienta de presión. Déjame explicarte cómo funciona esa presión porque me parece que es uno de los aspectos más perversos de toda la operación. El CJNG construye expedientes sobre cada persona que espía.
Construye un expediente que incluye su información profesional y su información personal, dónde trabaja, qué rango tiene, cuáles son sus operaciones en curso, pero también, ¿dónde vive? ¿Con quién vive? ¿Cómo se llaman sus hijos, a qué escuela van? ¿Qué carro maneja su esposa? ¿A qué hora sale su madre al mercado? ¿Todo obtenido de las llamadas interceptadas? ¿Todo archivado? ¿Todo disponible para ser usado? Si el CJNG decide que necesita presionar a esa persona.
Imagina que eres un fiscal que lleva un caso contra el CJNG. Un día recibes una llamada de un número desconocido. La voz te dice, “Sabemos que tu hija va a la escuela tal, que tu esposa maneja un carro tal de color tal y que ayer le dijiste a tu mamá que ibas a ir a verla el domingo.
No te amenazan directamente, no necesitan hacerlo. La demostración de que saben todo sobre tu vida personal es la amenaza. Y la fuente de ese conocimiento son las llamadas que interceptaron desde un tercer piso en la colonia Doctores, mientras tú hablabas con tu familia pensando que nadie escuchaba. Varios de los funcionarios cuyos teléfonos fueron interceptados han recibido ese tipo de llamadas en el pasado.
Llamadas donde el interlocutor demuestra un conocimiento de su vida privada que solo se explica por la interceptación de sus comunicaciones. Esos funcionarios atribuían las llamadas a filtraciones internas o a informantes dentro de la institución. Ahora saben que la fuente era más sofisticada. Era una central de espionaje electrónico que grababa sus llamadas las 24 horas del día.
Si sabes que el comandante tiene una hija que va a tal escuela, si sabes que el fiscal tiene una cita médica el martes, si sabes que el oficial vive en tal colonia con tal dirección, tienes el material para amenazar, extorsionar o coaccionar a esa persona si algún día lo necesitas. Es vigilancia total. El tipo de vigilancia que los gobiernos autoritarios ejercen sobre sus opositores.
El tipo de vigilancia que los servicios de inteligencia más poderosos del mundo usan contra amenazas a la seguridad nacional. Solo que aquí el que vigila es un cártel de drogas y los vigilados son los que se supone deberían vigilar al cártel. La inversión de los roles es completa. Las fuerzas de seguridad intentan espiar al CJNG.
El CJNG espía a las fuerzas de seguridad. Pero el CJNG lo hace mejor, tiene mejor equipo, tiene personal más capacitado, tiene más disciplina operativa y tiene la ventaja de que nadie lo vigila mientras él vigila a todos. Quiero ahora hablar de cómo los gafes descubrieron la central, porque la historia del descubrimiento tiene una ironía que merece ser contada.
La central fue descubierta porque cometió el error que todo espía teme, hacer demasiado ruido, no ruido acústico, ruido electromagnético. Los técnicos de telecomunicaciones de una compañía de telefonía celular que opera en la Ciudad de México detectaron una anomalía en su red en la zona de la colonia Doctores.
Los teléfonos de usuarios legítimos en un radio de varias cuadras alrededor del edificio donde operaba la central presentaban desconexiones frecuentes, llamadas cortadas y caídas de velocidad de datos. Los técnicos investigaron y determinaron que había un dispositivo no autorizado que estaba interfiriendo con las antenas legítimas de la compañía.
Un dispositivo que se hacía pasar por antena y que secuestraba las conexiones de los teléfonos cercanos. era el IMS catcher del CJNG. El dispositivo que interceptaba las llamadas generaba interferencia en la red legítima de telefonía y esa interferencia fue detectada por los ingenieros de la compañía. La compañía telefónica reportó la anomalía a las autoridades de telecomunicaciones.
Las autoridades de telecomunicaciones triangularon la fuente de la interferencia y la ubicaron en el edificio de la colonia Doctores. El dato se compartió con la inteligencia militar y la inteligencia militar al cruzar la ubicación con información que ya tenía sobre actividades del CJNG en la Ciudad de México, determinó que el edificio merecía una investigación más profunda.
Se desplegó vigilancia, se confirmó la actividad sospechosa en el tercer piso y se ejecutó el operativo. El CJNG cayó por una falla técnica. El dispositivo que usaba para espiar a otros generó una huella electromagnética que lo delató. El espía fue espiado por su propia herramienta.
Es la ironía más perfecta de este caso. El cártel que interceptaba comunicaciones ajenas fue descubierto porque sus propios equipos de interceptación emitían señales que no debían emitir. Y aquí hay una lección para las autoridades que me parece crucial. Si una compañía de telefonía puede detectar un IMS catcher por la interferencia que genera, ese mecanismo de detección debería ser sistematizado.
Las compañías de telefonía deberían tener la obligación de reportar automáticamente cualquier anomalía de red que sea consistente con la presencia de dispositivos de interceptación no autorizados y las autoridades deberían tener protocolos para investigar esos reportes con la velocidad que la amenaza requiere.
Porque cada día que un IMS catcher del CJNG opera sin ser detectado, es un día de llamadas interceptadas, de operativos comprometidos, de funcionarios espiados y de vidas potencialmente en riesgo. Quiero ahora hablar de las implicaciones de este caso para la seguridad de las comunicaciones de las fuerzas armadas y policiales de México, porque lo que la central de la doctores demuestra es que las comunicaciones de las fuerzas de seguridad mexicanas están comprometidas todas.
Las de radio y las de teléfono, las encriptadas y las no encriptadas, las que se supone son seguras y las que no. Si el CJNG puede interceptar las comunicaciones de radio del Ejército, de la Marina, de la Guardia Nacional y de la Policía. Eso significa que cada operativo que se planifica por radio es potencialmente conocido por el cártel antes de que se ejecute.
Cada retén que se monta es anticipado, cada convoy que se mueve es rastreado, cada orden que se transmite es escuchada. Las fuerzas de seguridad mexicanas necesitan una actualización urgente de sus sistemas de comunicación. Necesitan migrar a protocolos de encriptación que los receptores comerciales no puedan descifrar.
Necesitan cambiar de frecuencias de manera regular e impredecible. Necesitan usar canales de comunicación alternativos para las operaciones más sensibles y necesitan asumir como doctrina operativa que cualquier comunicación transmitida por radio o por teléfono puede ser interceptada por el enemigo. Esa paranoia operativa, la suposición de que el enemigo está escuchando siempre, es estándar en los ejércitos que operan en zonas de conflicto.
Los soldados en Irak y Afganistán asumían que sus comunicaciones eran interceptadas y actuaban en consecuencia. Usaban códigos, cambiaban de frecuencia, limitaban la información transmitida por radio a lo mínimo necesario. Las fuerzas de seguridad mexicanas necesitan adoptar esa mentalidad porque el CTNG tiene las orejas pegadas a cada frecuencia, a cada antena, a cada señal que viaja por el aire.
A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La pregunta que te dejo es personal y directa. ¿Confías en que tus llamadas son privadas? ¿Confías en que cuando llamas a tu doctor, a tu abogado, a tu esposa, nadie más está escuchando? ¿Confías en que la red de telefonía celular a la que se conecta tu teléfono es la real y no una antena falsa montada por un cártel? Probablemente nunca te lo habías preguntado.
Probablemente asumías que tus llamadas eran tuyas, que la privacidad de tus comunicaciones era un derecho protegido, que nadie tenía la capacidad ni el interés de escuchar lo que dices por teléfono. El CJNG tenía la capacidad y si tenía el interés de escuchar a un comandante de policía, también puede tener el interés de escuchar a un empresario que les debe dinero, a un periodista que los investiga, a un político que no coopera o a cualquier persona que considere un objetivo.
Los Simsy Catchers no discriminan. Interceptan todo lo que esté en su radio de alcance. Y si tu teléfono estaba dentro de ese radio, tus llamadas fueron escuchadas por el CJNG. No para asustarte, para que sepas. Para que entiendas que la privacidad de las comunicaciones en México es una ilusión que el narcotráfico puede romper con un dispositivo que cabe en una mochila.
Y para que exijas que las autoridades, las compañías telefónicas y los reguladores hagan algo al respecto. Porque tu privacidad no debería depender de que un cártel decida o no escucharte. Tu privacidad debería ser un derecho protegido por la tecnología, por la ley y por las instituciones que pagamos con nuestros impuestos para que nos protejan.
Dale like, suscríbete, activa la campanita. Los servidores de la central de la doctores contienen miles de horas de grabaciones que los analistas de la Sedena están procesando. Cuando termine ese análisis vamos a saber exactamente qué escuchó el CJNG, a quiénes espió y qué operativos fueron comprometidos por la interceptación.
Y esa información va a sacudir a las fuerzas de seguridad de México hasta los cimientos. Nos vemos mañana. Cuídate y la próxima vez que hagas una llamada, acuérdate de que en un tercer piso de la colonia Doctores, alguien con audífonos y un café frío escuchaba todo lo que decías. Ya no está. Los gafes lo sacaron de ahí a las 4 de la mañana con las manos esposadas y los audífonos en el suelo.
Pero antes de que lo sacaran, estuvo ahí durante 18 meses escuchando, transcribiendo, transmitiendo y nadie lo sabía, nadie. hasta que una antena falsa hizo demasiado ruido y un ingeniero de una compañía de teléfonos pensó, “Esto no está bien.” Ese ingeniero, sentado en una oficina de una compañía de telecomunicaciones, mirando gráficas de rendimiento de red en su pantalla, detectó lo que las fuerzas de seguridad más poderosas de México no habían detectado en 18 meses, que alguien los estaba espiando.
un ingeniero civil con su café caliente, con su gráfica de rendimiento, con la profesionalidad de hacer bien su trabajo, aunque su trabajo sea revisar fluctuaciones de señal en una red de telefonía celular. Un profesional que hizo lo que los millones de pesos en presupuesto de seguridad no pudieron hacer, detectar al espía.
La diferencia entre que el CJNG siga espiando a las fuerzas de seguridad y que deje de hacerlo fue un ingeniero que notó una anomalía en una gráfica, un punto fuera de la curva, un dato que no cuadraba y que decidió investigar en lugar de ignorar. En este México, los héroes no llevan capa ni uniforme, a veces llevan audífonos y a veces miran gráficas.
Y cuando ven algo que no cuadra, levantan la mano. Y eso a veces es suficiente para tumbar una central de espionaje del narcotráfico que operaba a 20 minutos del Palacio Nacional. Nos vemos mañana. M.