Posted in

Un HUÉRFANO vendía periódicos para sobrevivir— Cantinflas descubrió el motivo real y LO CAMBIÓ TODO

 Tampoco era de esos niños que llaman la atención por su gracia o por su simpatía fácil. Era flaco como un junco, moreno de sol y de polvo, con el pelo cortado de forma dispareja, seguramente por su propia mano y los ojos hundidos de quien duerme poco y piensa demasiado. Vestía un pantalón de manta remendado en las rodillas, una camisa gris que alguna vez fue blanca y unos huches que dejaban ver los dedos de sus pies llenos de tierra.

 Pero lo que más llamaba la atención de Tomás cuando alguien se tomaba la molestia de mirarlo de verdad no era su ropa raída ni su delgadeza extrema, era su mirada. Esa mirada que tenían los niños de la calle en aquellos años, alerta, desconfiada, pero también inmensamente triste, como si supieran cosas que ningún niño debería saber. Y Tomás sabía.

 Vaya que sabía. Cada mañana, antes de que el sol asomara sobre los edificios coloniales del centro, Tomás caminaba desde la vecindad de Tepito hasta la rotativa del periódico Excelsior, en la calle de Bucarelli. Ahí, junto con otros 30 o 40 niños vendedores, esperaba su turno para recibir los periódicos del día. 50 ejemplares.

Ese era su lote. 50 periódicos que debía vender a 10 centavos cada uno. De esos 10 centavos, cinco eran para el periódico, los otros cinco para él. 2 pes 50 al día. Si vendía todo, 17 pes con 50 a la semana, 70 pesos al mes. Esa era la aritmética de su vida. Pero Tomás no se quedaba con esos 70 pesos, ni siquiera se quedaba con la mitad.

 Cada peso que ganaba, cada centavo que conseguía, iba directo a un sobre de papel manila que guardaba escondido en un agujero de la pared de su cuarto, un cuarto que compartía con su madre y sus dos hermanas menores en una vecindad sin agua corriente, sin luz eléctrica, sin esperanza visible. Y ese sobre, ese sobre que crecía lento como el dolor y constante como la angustia tenía un destino muy claro, un destino que Tomás no le había contado a nadie, porque contarlo significaba admitirlo.

 Y admitirlo significaba enfrentarse a una verdad demasiado pesada para un niño de 11 años. Porque Tomás no vendía periódicos para comer, vendía periódicos para pagar una deuda que podía costarle la vida a su madre. La Ciudad de México de 1947 era un monstruo hermoso y cruel. Por un lado, brillaba con los ecos de la modernidad.

 trambías eléctricos, automóviles Ford y Chevrolet, edificios artan hacia el cielo, cines que proyectaban las películas de Pedro Infante y Jorge Negrete, teatros donde Cantinflas llenaba tres funciones por noche. Era la ciudad del presidente Miguel Alemán, que prometía industrialización, progreso, futuro. Pero por el otro lado, el lado que las postales no mostraban, el lado que los noticieros omitían, estaba el méxico de las vecindades sin drenaje, de las familias enteras viviendo en cuartos de 3 por 3 m, de los niños descalzos que nunca habían pisado

una escuela, de las madres lavanderas que se rompían las manos en los lavaderos públicos por pes al día. Ese era el méxico de Tomás. Su padre había muerto 2 años atrás, en 1945 de tuberculosis. Se fue consumiendo poco a poco, tociendo sangre en un petate en el suelo, pidiendo perdón por no poder trabajar, por no poder proveer, por dejarlos solos.

 Cuando murió, Tomás tenía 9 años y ya sabía que la vida no era justa. Ya sabía que las promesas de los políticos no llegaban a Tepito. Ya sabía que en este mundo los pobres mueren rápido y en silencio. Su madre, Guadalupe Aguirre era una mujer de 32 años que parecía de 50. Trabajaba lavando ropa ajena en el lavadero de la vecindad de 5 de la mañana a 8 de la noche, 7 días a la semana.

 Sus manos eran dos trozos de cuero agrietado, su espalda una geografía de dolor, pero nunca se quejaba, nunca lloraba delante de sus hijos, porque sabía que si ella se derrumbaba todos se derrumbaban. Las hermanas de Tomás Lupita, de 7 años y Rosita, de cinco, eran dos niñas flacas y serias que ayudaban como podían. Recogían cartones para vender, cuidaban a los bebés de otras vecinas a cambio de tortillas, barrían el patio común de la vecindad, pero eran niñas.

 Y las niñas en ese México valían menos que nada, así que el peso real de la familia cayó sobre Tomás y Tomás lo aceptó sin decir palabra porque eso es lo que hacían los hijos mayores en las familias pobres de aquellos años. Se volvían adultos antes de tiempo, se tragaban su infancia y aprendían a sobrevivir. Pero la supervivencia en Tepito en 1947 no era solo cuestión de trabajar duro, era cuestión de no meterse con la gente equivocada, de pagar a tiempo, de no deber nada a nadie.

 Y la madre de Tomás debía debía 150 pesos a un hombre llamado don Emigdio Salazar, que controlaba el préstamo de dinero en la vecindad. Don Emigdio no era un prestamista formal, no tenía oficina ni papeles, pero tenía algo mucho más efectivo. Tenía miedo sembrado en el corazón de todos los vecinos porque don Emigdio no perdonaba deudas y cuando alguien no le pagaba, don Emigdio no iba a las autoridades.

Emigdio tenía sus propios métodos, métodos que incluían palizas, incendios accidentales, desapariciones. Guadalupe había pedido prestados esos 150 pesos 6 meses atrás, cuando Lupita enfermó de fiebre tifoidea y necesitaba medicinas urgentes. Don Emigdio le había prestado el dinero al 30% de interés mensual.

 Pagas cuando puedas, Lupita”, le había dicho con una sonrisa de tiburón. No hay prisa. Pero sí había prisa, porque a los 6 meses esos 150 pesos se habían convertido en 270. Y don Emigdio había comenzado a mandar recados, primero amables, luego firmes, finalmente amenazantes. El último recado había llegado hacía tr días. O pagas antes del día 20 o tu hijo mayor empieza a trabajar para mí.

 Y créeme, Guadalupe, no te va a gustar el tipo de trabajo que le voy a dar. Tomás había escuchado esa conversación desde el otro lado de la cortina raída que separaba su cuarto del pasillo. Había visto a su madre llorar en silencio con las manos sobre la boca para no hacer ruido. Y en ese momento Tomás tomó una decisión.

 Él iba a conseguir esos 270 pesos. No importaba cómo, no importaba cuánto tardara, no importaba lo que tuviera que sacrificar, porque Tomás sabía exactamente qué tipo de trabajo le esperaba si don Emig Dios se lo llevaba. Sabía que significaba convertirse en mandadero de criminales, en cómplice de robos, en un niño sin futuro atado a un hombre sin alma.

 Y Tomás prefería morir de hambre en la calle antes que convertirse en eso. Así que cada madrugada, mientras su madre dormía unas pocas horas de sueño agotado, Tomás salía a vender periódicos y cada peso que ganaba lo guardaba en ese sobre escondido. Y cada noche, cuando todos dormían, sacaba el sobre y contaba el dinero a la luz de una vela.

    Eso era todo lo que había logrado reunir en 3 meses de trabajo incansable. Le faltaban 217 pesos y solo le quedaban 7 días. Y entonces, en el día más oscuro, cuando todo parecía perdido, el destino puso en su camino a un hombre con bigote pintado y zapatos gastados. Un hombre que caminaba por la ciudad sin que nadie lo reconociera realmente.

 Un hombre llamado Mario Moreno. Mario Moreno había amanecido inquieto esa mañana del 14 de marzo de 1947. No era algo nuevo. Mario amanecía inquieto casi todos los días porque Mario era un hombre que vivía en constante conflicto interno entre dos mundos. El mundo del éxito arrollador de Cantinflas, el personaje que lo había convertido en el actor cómico más famoso de América Latina y el mundo real de México.

Read More