La historia de la televisión mexicana tiene un nombre que durante décadas fue sinónimo de destino: Raúl Velasco. Sin embargo, detrás de la cortina de aplausos y la música festiva de cada domingo, se escondía una maquinaria de poder que no conocía límites. El veintiséis de noviembre de dos mil seis, en una residencia silenciosa de Acapulco, Velasco falleció a los setenta y tres años. No hubo cámaras enfocando su último suspiro, ni el clamor del público que tanto dominó. Su muerte marcó el fin de una era, pero también el inicio de un proceso de desentierro de verdades incómodas que el sistema de Televisa intentó proteger por mucho tiempo.
Para entender la magnitud de su influencia, hay que comprender que Siempre en Domingo no era simplemente un programa de variedades. Durante casi treinta años, este espacio funcionó como una aduana emocional y profesional. Entrar en ese escenario significaba existir para millones de personas; quedar fuera, o peor aún, ser rechazado por Velasco, equivalía a la desaparición profesional inmediata. El talento era, en muchas ocasiones, un factor secundario. El verdadero pasaporte era la docilidad. Velasco aprendió desde joven en su natal Celaya que quien no tiene poder debe aprender cómo se fabrica la obedienci
a, y esa lección la aplicó con rigor quirúrgico en la industria del espectáculo.
El ascenso de Velasco no fue producto del carisma tradicional. Su formación como contador en el Banco Nacional de México le otorgó una mentalidad analítica para medir riesgos y, sobre todo, para clasificar personas. Al llegar a la televisión, bajo el cobijo de figuras como Emilio Azcárraga Milmo, Velasco entendió que el éxito no ocurría en el escenario, sino que se firmaba en las oficinas. Así, se convirtió en el guardián de una puerta que solo se abría para aquellos que aceptaban sus reglas, su humor y, frecuentemente, sus humillaciones. Detrás de la fachada de un hombre de familia serio y disciplinado, crecía una obsesión por imponer jerarquías y convertir el foro en un tribunal público.
Las historias de lo que ocurría en los camerinos y las antesalas de Televisa han circulado durante años como rumores persistentes. Se hablaba de un catálogo secreto de favores, de una red donde mujeres jóvenes eran tratadas como mercancía para complacer a ejecutivos y patrocinadores. Aunque la empresa lo negó sistemáticamente, el nombre de Velasco aparece de forma recurrente en los testimonios fragmentados como el hombre que sostenía la llave de ese mecanismo. Entregarse no siempre significaba un acto físico; a menudo era entregar la dignidad, permitir que el conductor opinara sobre el peso o la apariencia de una cantante en televisión nacional como si fuera un juez de ganado.
Uno de los episodios más recordados y crueles ocurrió el diecisiete de enero de mil novecientos ochenta y dos. Un joven cantante llamado Fernando Villares, conocido como El Zorro, se presentó con la ilusión de quien busca una oportunidad de oro. Velasco no esperó a que el público decidiera. En plena transmisión, bajó la palanca de su carrera con una sentencia brutal: dijo que no lo sentía auténtico y que no le veía futuro. Esa ejecución simbólica frente a millones de espectadores fue un mensaje para toda la industria. Era Velasco enseñando lo que sucedía cuando alguien no lograba agradarle. El teléfono del artista dejó de sonar y las puertas se cerraron de golpe. El daño estaba hecho y el sistema había aprendido la lección de disciplina.
Incluso figuras que alcanzaron el estrellato máximo no estuvieron exentas de su desprecio. Thalía, en sus inicios como solista, fue etiquetada por Velasco con la palabra corrientota. Una sola expresión que buscaba marcar una jerarquía de clase y recordar quién tenía el derecho de otorgar o quitar la etiqueta de dignidad. Joan Sebastian también vivió el rechazo en sus inicios cuando Velasco le negó el espacio que necesitaba para respirar profesionalmente. Años después, ya convertido en el Rey del Jaripeo, Joan Sebastian tuvo el valor de enfrentarlo en su propio foro, obligando al conductor a pedir disculpas. Ese momento fue una grieta evidente en un poder que comenzaba a sentirse prestado.

La lista de víctimas del sistema de Siempre en Domingo es extensa y variada. Desde Cepillín, vetado tras una disputa que nunca se aclaró del todo, hasta Lupe Esparza, quien recibió comparaciones degradantes, o Lucha Villa, presionada constantemente por su imagen física. Cada humillación pública funcionaba como un látigo suave que no dejaba marcas visibles pero que dominaba a cientos de otros artistas que miraban desde sus casas. Se construyó una cultura donde la violencia psicológica se disfrazaba de entretenimiento dominical y la audiencia aprendía a reírse de la reducción del otro.
Sin embargo, los imperios que se sostienen sobre el miedo tienen una debilidad inherente: dependen de la invulnerabilidad del líder. A mediados de los años noventa, el México que obedecía ciegamente empezó a cambiar. Nuevas generaciones y géneros musicales como el rock en español dejaron de pedir permiso para existir. En mil novecientos noventa y siete, el cuerpo de Velasco también comenzó a fallar. La hepatitis C y la cirrosis lo pusieron en una situación de vulnerabilidad que nunca había experimentado. Por primera vez en décadas, ya no era indispensable para Televisa. En abril de mil novecientos noventa y ocho, el programa fue cancelado sin una despedida épica, dejando al hombre que decidió destinos fuera de su propio trono.
Los últimos años de Raúl Velasco fueron un ejercicio de irrelevancia progresiva. Las llamadas de los artistas que antes bajaban la cabeza cesaron. Las demandas laborales y los conflictos legales empezaron a goteo constante, recordándole que el poder, cuando se pierde, se convierte en un lastre. En su retiro en Acapulco, el gran juez de la industria tuvo que enfrentar el silencio administrativo. El hombre que usó el silencio como arma contra tantos otros, terminó rodeado por él. No hubo un gran juicio público, pero el tiempo se encargó de reescribir su historia como la de un hombre cuyo método autoritario ya no encajaba con los nuevos tiempos.
El legado de Velasco sigue provocando una profunda incomodidad. Aunque para muchos Siempre en Domingo sea un recuerdo nostálgico de reuniones familiares, para la industria del espectáculo es el símbolo de una época de padrinazgos tóxicos y abusos normalizados. El precio aterrador que pagó Velasco no fue solo la enfermedad, sino la pérdida total del control sobre su propia narrativa. Hoy, su nombre es una referencia inevitable cuando se habla de los excesos de la televisión y de cómo un sistema puede quebrar vidas enteras bajo la luz de los reflectores. La pregunta que queda flotando es cuánto de ese sistema de obediencia y miedo sigue operando hoy bajo otros nombres y en otros escenarios, esperando a ser nombrado para finalmente desaparecer.