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NOTICIAS URGENTES DEL CONGRESO DE EE.UU.

 El show del Shatdown, que ya es el más largo en la historia de esa nación obsesionada con los récords, ha pasado de ser una anécdota de fin de año a una auténtica crisis de gobernabilidad. Pero tranquilos, compatriotas, que si algo sabe hacer el vecino es montar un buen espectáculo mientras millones de sus empleados federales no cobran.

 La victoria de Trump, esa que juraba había sido un jaque mate a la oposición, se ha convertido en una soga de la que el partido demócrata, liderado por figuras con nombres exóticos como Hakim Jeffris, está tirando con singular desdén. La clave de la trampa, la salud y el bienestar social, esos conceptos que en el país de la libertad son tratados como privilegios y no como derechos humanos.

El gran error del patrón fue confiarse, creer que con el control de las dos cámaras podría gobernar a golpe de tweet y decreto sin resistencia. Qué ingenuidad. olvidó que en política, como en el póker, el que se confía termina desplumado. Y ahora con el gobierno federal paralizado, con el Obamaer como el campo de batalla predilecto, la Casa Blanca está recibiendo una cucharada de su propia medicina, una dosis de caos y una pisca de realidad, cortesía de la gente que Trump creía tener bajo control. Que se prpere el patrón, porque

esta noticia no es un simple handicap, es el presagio de un final que, para deleite de las audiencias al sur del Río Bravo podría ser tan catastrófico como hilarante. Este es el relato de como la arrogancia se topa con la resistencia y de como el imperio se ahoga en un vaso de agua por un asunto que para cualquier país civilizado debería ser de simple humanidad.

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 La transcripción de la noticia es clara. El hombre se ha confiado demasiado. Y cómo no, si la historia de ese país es la historia de la gente que se confía hasta que la realidad les da un sape memorable. El patrón, dueño de casinos y resorts de golf, asumió que tener la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y en el Senado le otorgaba una licencia para gobernar sin oposición, cual emperador romano con acceso a Twitter.

 pensó que podría pasar por encima de la mitad del país que lo aborrece, como si fueran un gren mal cuidado. Pero, oh, sorpresa, el partido demócrata, ese al que tildan de manso o progresista tibio, les tenía reservada una sorpresa digna de un thriller político de bajo presupuesto, una trampa hurdida con la paciencia de un cazador de coyotes.

 El Senado, en un arrebato de sentido común o de pánico prenavideño, votó a favor de reabrir el gobierno federal. Los republicanos alborosados ya cantaban victoria, creyendo que el show había terminado y que podían regresar a sus negocios. Pero no, la ley, como el mezcal, tiene que pasar por otro proceso y este se llama la Cámara de Representantes, donde los demócratas, liderados por el congresista Jim Jeffris, se han atrincherado como guerrilleros en la sierra.

 El humor ácido aquí es evidente. ¿Cómo es posible que el partido más poderoso del mundo se enrede en su propia burocracia, dejando a millones de sus ciudadanos sin sueldo por una ley de reapertura que no tiene dientes? El fracaso del gran negociador no es solo no haber anticipado este movimiento, sino haber subestimado la capacidad de sus adversarios de usar las propias reglas del juego gringo en su contra.

 La trampa demócrata es de una belleza maquiabélica. Permitir que los republicanos ganen la batalla del Senado para luego enterrarles la estaca en la Cámara Baja, usando el arma más poderosa de todas, la salud del pueblo. El Stown, que ya lleva 41 días y ha roto todos los récords de la nación que presume de eficiencia, no es un accidente.

 Es la puesta en escena del divorcio político. La agenda de Trump y los republicanos, esa que consiste en recortar impuestos a los más ricos y pulverizar los beneficios sociales, es la pólvora. Y el detonador, por supuesto, es la inminente expiración de los subsidios del Obamaquer o, como le decimos acá, la salud social que les da urticaria a los millonarios.

 La doble moral de los republicanos es para enmarcarla. Mientras le meten miles de millones a los bolsillos de sus donantes corporativos, le arrebatan la cobertura médica y los cupones de alimentos a los más necesitados. Los demócratas, que han descubierto el placer de la venganza fría, han dicho, “No vamos a ceder ni un solo milímetro.

” Y con razón, ¿qué mejor manera de demostrar que la administración de Trump es un desastre que obligándola a tropezar con la miseria de su propia gente? El mensaje de Jeffris es lapidario. O regresan los derechos sociales o el gobierno se queda cerrado. Es un ultimátum que desnuda la verdadera prioridad de Washington, el pleito interno, mucho antes que el bienestar de sus propios ciudadanos.

Vaya ejemplo de potencia mundial. Acá en México ya hubiéramos levantado barricadas por menos. Y así es como entra a escena nuestro antihéroe de la semana, el congresista Jaquim Jeffris, un neoyorquino que desde su trinchera de minoría en la Cámara de Representantes se ha convertido en el portavoz de la dignidad o al menos de la terquedad del partido demócrata.

 La noticia lo pinta como el líder de la batalla, el máximo representante que ahora tiene la batuta y el liderazgo en este sangriento impaz. La descripción es digna de un cómic, un hombre que le planta cara al presidente de los Estados Unidos con un par de declaraciones que son dinamita pura. El tono nacionalista mexicano solo puede reírse de la hipocresía, un político que exhibe la frivolidad de su presidente ante el mundo.

 Jeffris, con la serenidad de quien sabe que tiene la sartén por el mango, suelta la frase que es el equivalente a un pellizco de monja al patrón. Donald Trump necesita dejar el campo de golf y volver a la mesa de negociaciones con nosotros. Y luego el remate, el golpe bajo que le duele al narcisista. Ha pasado más tiempo jugando al golf en las últimas semanas que hablando con los demócratas.

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