UU. EJECUTÓ a asesin0 MexicoAmericano en Texas | Acribilló a una chica de 22 años
Antes de que los fármacos comenzaran a fluir, Lionel Rodríguez miró directamente a la familia de Tracy G a través del vidrio de la sala de ejecuciones y les dijo, “Tienen todo el derecho de odiarme.” Pasó 17 años en el corredor de la muerte pensando en qué y cómo decirle algo a la familia de su víctima.
decidió que no iba a hacerlo en una carta, que tenía que ser cara a cara, ojo a ojo, que era lo correcto. Y en el momento de su ejecución finalmente lo dijo. Esta es la historia de lo que hizo Lionel Rodríguez una noche de septiembre de 1990 en Houston, de cómo un joven de 19 años salió a la calle con un fusil robado y terminó matando a una mujer inocente.
Era miércoles 5 de septiembre de 1990, Houston, Texas. Una noche calurosa y ordinaria, como casi todas en ese verano en el sur del estado. Tracy G tenía 22 años. Trabajaba como gerente asistente en el Houston City Club, un complejo de canchas de tenis ubicado en el suroeste de la ciudad, cerca del bucle 610.
Era una mujer joven y trabajadora que vivía con sus padres en un barrio residencial tranquilo a pocos kilómetros del trabajo. La gente que la conocía la describía como alguien siempre dispuesta a ayudar. Alguien que no decía que no. Esa noche, Tracy estaba cubriendo el turno de su hermana mayor, que era la gerente del club, y no podía trabajar porque estaba embarazada.
Tracy había dicho que sí sin pensarlo dos veces. Y para empeorar las cosas, esa noche el sistema informático del club tuvo problemas que obligaron a Tracy a quedarse mucho más tarde de lo habitual. Cuando finalmente pudo salir, ya era noche cerrada. Subió a su auto, tomó la ruta de siempre hacia la casa de sus padres, donde vivía.
Estaba a menos de 10 minutos de llegar. Conocía cada calle de ese camino de memoria. En la intersección de North Bracewood y Rise Boulevard, el semáforo se puso en rojo. Tracy detuvo el auto, apoyó las manos en el volante, esperó. En el carril de al lado, a menos de 2 met, había otro vehículo. Dentro, dos jóvenes. Lionel González Rodríguez, tenía 19 años esa noche.
Estaba sentado en el asiento del acompañante del auto que manejaba su primo James González, de 18. Llevaban horas dando vueltas por Houston sin rumbo fijo, buscando a quién robar. La noche había comenzado con violencia mucho antes de llegar a esa intersección. Antes de salir de la casa, Rodríguez había tenido una pelea física con su madre y su hermana.
Una discusión que escaló hasta los golpes. Cuando terminó, Rodríguez no se quedó en la casa. Fue al cuarto de su padrastro, que era oficial de policía en Rosenberg, condado de Fort Bend. Le robó las armas que guardaba. un fusil muno calibre 30 y una escopeta de cañón largo. Las envolvió, las cargó en el auto de González sin decir mucho y los dos salieron a la calle.
El plan era robar a alguien. Rodríguez lo explicó con una claridad llamativa en su confesión posterior. Habían visto ese tipo de cosas en películas y querían recrearlas. No había más motivación que esa. Consideraron una gasolinera en algún punto de la noche. Manejaron hasta la estación, la evaluaron desde afuera y perdieron el valor porque había demasiados testigos.
siguieron circulando. Más adelante, en un barrio residencial del sur de Houston, Rodríguez sacó el fusil por la ventanilla y le disparó varias veces a otro conductor con quien había tenido un roce de tráfico menor. El conductor logró alejarse sin ser alcanzado. Desde una distancia segura detuvo el auto y anotó cuidadosamente el número de la placa del vehículo de Rodríguez.
Rodríguez no reaccionó. [música] Siguieron manejando. El tanque de gasolina marcaba reserva. Cuando llegaron a la intersección de North Brcewood y Rise Boulevard, Rodríguez miró hacia el carril de al lado. Ahí estaba el auto de Tracy G. Detenido en el semáforo. Una mujer joven sola mirando al frente.
La luz seguía en rojo. Tomó la decisión en pocos segundos. quería ese auto. González, sin decir nada, se recostó hacia el respaldo del asiento del conductor para dejarle espacio. Rodríguez levantó el fusil muno, lo apoyó cruzando el cuerpo de González, apuntó hacia el carril de al lado y disparó una sola vez a través de la ventanilla cerrada del auto de Tracy.
La bala atravesó el vidrio. Alcanzó a Tracy G en la 100 derecha. Murió en ese instante sin tiempo para reaccionar, sin tiempo para nada. Rodríguez bajó del auto, caminó hasta el vehículo de Tracy, [música] abrió la puerta del conductor, empujó el cuerpo de Tracy hacia afuera con las manos, lo dejó tirado en el pavimento de la intersección, se subió al volante del auto, puso primera y arrancó.
González lo siguió en el otro vehículo. Algunos metros detrás, Tracy Gee quedó tendida boca abajo en la calle. A pocos metros del semáforo, a pocas cuadras de la casa de sus padres, a menos de 10 minutos de haber llegado sana y salva, el oficial de policía, Teron Runels, patrullaba el área cuando notó que el auto de González circulaba sin luces traseras.
Lo detuvo a los pocos minutos. No sabía aún lo que había ocurrido en la intersección. Era un control de rutina. González bajó del auto y se acercó al oficial. Algo lo hizo cambiar de idea. A mitad de camino giró. corrió. Otro oficial lo alcanzó y lo detuvo. Cuando lo trajeron de regreso al vehículo, González habló antes de que nadie le preguntara nada.
“Yo no maté a esa chica”, [música] dijo. “Fue mi primo.” Ronalds inspeccionó el interior del auto. En el asiento trasero estaban el fusil, Muno y la escopeta. Había rastros visibles de pólvora en el interior del vehículo. Al mismo tiempo, los investigadores que estaban procesando el reporte del conductor al que Rodríguez le había disparado esa misma noche rastrearon la placa anotada.
El número llevaba al padrastro de Rodríguez, oficial de policía en Fort Band County. [música] Confirmaron que las armas habían sido robadas de su hogar esa misma noche. El círculo se cerró. 4 horas después de los disparos. Los investigadores encontraron a Rodríguez en el condado de Ford Bend conduciendo el auto de Tracy G.
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El interior del vehículo estaba completamente empapado en sangre. La ropa de Rodríguez estaba manchada. En su cabello había restos de hueso y materia cerebral de Tracy. Cuando los paramédicos habían llegado a la intersección y encontrado a Tracy en el pavimento, no supieron de inmediato qué le había pasado.
Su cabeza estaba tan deformada por el impacto del proyectil que los paramédicos creyeron en un primer momento que podría haber sido atropellada por un vehículo. Rodríguez confesó esa misma noche, sin negociación, sin coartada, sin ningún intento de minimizar su participación. describió la noche entera la pelea con su madre, el robo de las armas, el intento fallido en la gasolinera, los disparos al conductor desconocido y la muerte de Tracy G.
Dijo que había empujado su cuerpo fuera del auto. Dijo que se había asegurado de que estuviera muerta antes de irse. Dijo que había matado a Tracy Ye porque necesitaba el auto, porque el tanque estaba casi vacío. Lionel González Rodríguez había nacido el 1 de febrero de 1971 en Houston, Texas. El hogar en el que creció estuvo marcado desde el principio por la presencia de un padre alcohólico y violento.
La violencia doméstica era algo cotidiano en esa casa. Según lo que Rodríguez declaró en distintas instancias judiciales a lo largo de los años, la infancia que tuvo no dejó mucho espacio para nada que no fuera sobrevivir. Al siguiente día empezó a consumir drogas entre los 11 y los 12 años. Siempre pensé que eran cool”, le dijo a la AP en una entrevista concedida después de que su primera condena fuera anulada por razones técnicas.
“Así son los adolescentes, pero no lo son. El consumo lo acompañó durante toda su adolescencia y nunca lo soltó. [música] A los 18 años ya había sido condenado por robo con violencia y posesión de cocaína. La condena había sido de 7 años. cumplió 3 meses y medio. Ese dato necesita repetirse porque es central a todo lo que vino después.
3 meses y medio de una condena de 7 años. En ese momento en Texas el sistema penitenciario estaba completamente desbordado. El juez federal William Wayne Justice había impuesto una orden judicial que obligaba al Estado a mantener la población carcelaria por debajo de ciertos límites y para cumplir con esa orden, las prisiones soltaban presos antes de tiempo de manera sistemática.
Los convictos cumplían en promedio un mes por cada año de condena, en algunos casos menos. El sistema los escupía a la calle sin estructura de reinserción, sin seguimiento real, sin nada. Rodríguez salió en libertad condicional habiendo cumplido menos del 10% de su sentencia. No tenía empleo, no tenía plan concreto, no tenía nada que lo anclara a ningún lugar.
21 días después de salir mató a Tracy Ye. No había ninguna relación previa entre ellos. no se conocían de ninguna manera. Tracy estaba en esa intersección esa noche únicamente porque había cubierto el turno de su hermana y porque los problemas informáticos del club la habían retenido más tarde de lo habitual.
Dos circunstancias menores, sin ninguna importancia en sí mismas, que la pusieron en ese semáforo exacto a esa hora exacta. El primer juicio de Rodríguez se celebró en el tribunal del distrito del condado de Harris. El jurado lo declaró culpable de asesinato capital y recomendó la pena de muerte. El juez siguió la recomendación. En 1993, el Tribunal de Apelaciones Criminales de Texas anuló esa condena no por cuestiones de evidencia ni de culpabilidad, sino por un problema procedimental durante la selección del jurado. Las tarjetas de los jurados
habían sido mezcladas dos veces violando el procedimiento establecido, un tecnicismo administrativo que obligó a empezar de cero. El segundo juicio se celebró en 1994 nuevamente en el condado de Harris. La fiscalía encabezada por Chuck Rossental presentó la misma evidencia, la confesión completa de Rodríguez, la evidencia forense del auto y la ropa, el testimonio del conductor que sobrevivió a los disparos de esa misma noche y el análisis de pólvora del vehículo de González.
Esta vez también presentó a un testigo adicional que declaró que Rodríguez en otra ocasión lo había agredido físicamente y le había destrozado el auto con un bate de béisbol. El argumento era mostrar un patrón de violencia que iba mucho más allá de esa noche en particular. El abogado defensor JC Castillo presentó el historial de abuso en la infancia de Rodríguez, su consumo de drogas desde la preadolescencia, su edad al momento del crimen y la manera en que el Sistema de Libertad Condicional de Texas lo había puesto de vuelta en la calle sin ninguna
red de contención. Castillo fue honesto sobre las limitaciones de su defensa. La evidencia en su contra era aplastante. Reconoció años después, cuando llegaba el final del día, básicamente era, “Por favor, perdónele la vida, es muy joven y hay posibilidad de mejora.” No sirvió de nada.
El segundo jurado también lo condenó a muerte. James González, el primo que manejaba esa noche, que se recostó en el asiento para darle espacio a Rodríguez y que después confesó al primer oficial que lo detuvo, recibió una condena de 40 años de prisión. La suerte estaba echada. El asesinato de Tracy Ye golpeó a Houston de una manera que fue más allá del dolor de su familia.
La ciudad estaba en ese momento en el pico de una crisis de seguridad que llevaba años acumulándose. Las calles de los suburbios habían dejado de ser seguras. El sistema liberaba convictos violentos sin cumplir sus condenas y la gente lo sabía [música] y estaba furiosa. El caso de Tracy G concentró toda esa furia. Una mujer joven y trabajadora, asesinada en un semáforo a pocas cuadras de su casa por un hombre que llevaba tres semanas libre después de haber cumplido 3 meses y medio de 7 años de condena, que la eligió al azar porque necesitaba
gasolina. El fiscal Rosental lo resumió con una precisión brutal. teníamos su cerebro, huesos y sangre en el cabello y en todo el cuerpo de él, porque se sentó en el asiento donde la disparó. El caso se convirtió en argumento político en el debate sobre la reforma del sistema de libertad condicional en Texas.
En los años siguientes al crimen, el Estado comenzó a endurecer significativamente sus estándares de liberación anticipada. La era de los presos cumpliendo un mes por cada año de condena llegó a su fin. Eso no devolvió a Tracy hay algo que Rodríguez dijo en una entrevista concedida desde el corredor de la muerte una semana antes de su ejecución, que no formó parte de ningún alegato legal ni de ninguna audiencia judicial.
Lo dijo a un reportero que fue a verlo al Polunski Unit. No solo le traje tanto dolor y angustia a la familia Gui, dijo. También lo hice con mi propia familia. Destruí dos familias. De todo el dolor que causé, me avergüenzo. Y después agregó algo que sonó casi como una súplica. [música] No quiero que la gente me vea como un monstruo.
No me hagan ver peor de lo que ya soy. También contó que durante los 17 años en el corredor había pedido a su propia familia que contactara a la familia de Tracy G, que se acercaran a ellos, que reconocieran el dolor que él había causado, que su familia no tenía ninguna culpa de lo que él había hecho y que no quería que cargaran con eso sin haber dado ese paso.
Si la familia de Tracy respondió a ese contacto, no hay registro público de ello. Lo que sí hay registro es de lo que ocurrió el día de la ejecución. Las dos hermanas de Tracy G y sus tres cuñados llegaron a la Worlds Unit de Hunsville para ser testigos. Cinco personas de la familia presentes en la sala de testigos mirando a través del vidrio.
Cuando Rodríguez empezó a hablar, los miró directamente a ellos. Después de su segunda condena en 1994, Rodríguez fue trasladado al Polunski Unit en Livingston, Texas. Ahí es donde el estado aloja a sus condenados a muerte mientras esperan el final de su proceso legal. Celdas individuales de hormigón. Luz artificial permanente, 23 horas adentro cada día, sin contacto físico con otros reclusos, sin comidas compartidas, sin actividades grupales.
La única variación en la rutina es la hora de ejercicio diaria en un pequeño patio exterior, solo, sin nadie más alrededor. Rodríguez entró al corredor a los 23 años. Pasó 13 años en esas paredes. Declaró que esos 13 años lo cambiaron. que se volvió más espiritual, [música] que maduro, que dejó de ser el mismo joven de 19 años que había salido a la calle con un fusil a actuar fantasías sacadas de películas.
Si eso era cierto o no, si el cambio era genuino o era lo que cualquier hombre dice cuando quiere que el mundo lo vea de otra manera. Es algo que no se puede saber desde afuera. Lo que sí es verificable es que en el segundo juicio, 2 años y medio después del primero, la defensa llamó a testigos que declararon haber visto en Rodríguez señales reales de cambio.
El jurado los escuchó y decidió de todas formas que debía morir. Las apelaciones siguieron el camino de todos los casos de pena de muerte en Texas. En 2006, el quinto circuito de apelaciones federales rechazó su recurso de Abeas Corpus. En abril de 2007, la Corte Suprema de los Estados Unidos se negó a revisar el caso.
Las puertas se cerraron una por una hasta que no quedó ninguna abierta. En las semanas previas a la ejecución, Rodríguez declinó a hablar con los periodistas con una excepción. Habló con la AP una semana antes, dijo todo lo que quería decir y después esperó. El 20 de junio de 2007, a las 6:2 de la tarde, Lionel González Rodríguez fue atado a la camilla en la Walls Unit de Hunsville. Tenía 36 años.
La mitad de su vida la había pasado entre rejas. En la sala de testigos estaban las dos hermanas de Tracy Ye y sus tres cuñados. Rodríguez los encontró con la mirada desde la camilla a través del vidrio y habló directamente a ellos. Tienen todo el derecho de odiarme”, dijo.
“Tienen todo el derecho de querer ver esto.” A ustedes y a mi familia, ninguno merece ver esto. No pude hacerlo en una carta. Necesitaba hacerlo cara a cara, ojo a ojo. Nada de esto debería haber pasado. Tengo una buena familia, igual que ustedes son una buena familia. Espero que puedan aprender a perdonar la amargura que sienten por lo que hice.
Le pedí a mi familia que los contactara porque ellos no hicieron nada malo. Soy responsable. Soy responsable. Lo siento. Esto nunca debería haber ocurrido. Luego agradeció a su padre, a sus hermanos, a María, a su abuelo. Dijo que se volverían a ver. Murmuró una oración en voz baja. Les mandó un beso con la boca.
Cerró los ojos. A las 6:11 comenzaron a fluir los fármacos. La familia de Tracy no respondió. No dijeron nada mientras Rodríguez hablaba. No dijeron nada cuando terminó. No dijeron nada mientras los químicos surtían efecto. Simplemente se quedaron mirando lo fijo, sin moverse, sin ninguna expresión visible en los rostros.
A las 6:19 de la tarde del 20 de junio de 2007, Lionel González Rodríguez fue declarado muerto. Fue la 16a ejecución en Texas ese año. Tracy G tenía 22 años. Cubría el turno de su hermana embarazada porque era ese tipo de persona. Estaba a pocas cuadras de su casa cuando un joven que no la conocía de nada apuntó un fusil hacia su ventanilla y disparó. No llegó.
Lo que ocurrió en esa intersección de Houston no tiene ninguna explicación que lo haga comprensible. No hubo disputa, no hubo historia previa, no hubo ninguna razón más allá de un tanque de gasolina vacío. Un joven con un fusil que el sistema había dejado libre 21 días antes y una mujer que tuvo la mala fortuna de detenerse en el semáforo equivocado.
17 años después, ese joven miró a los ojos a la familia de la mujer que mató y les dijo que tenían todo el derecho de odiarlo, que no quiso hacerlo en una carta, que quería que fuera real. Cara a cara, ojo a ojo, la familia lo miró en silencio hasta el final. Si eso fue suficiente, si importó algo, si cambia algo que lo haya dicho mirándolos a la cara en esa sala atado a una camilla.
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