Mientras otros se preocupaban por la fama, los contratos, el marketing, él solo quería la pelota y si no la tenía, la pedía siempre en silencio, como un rey que espera que el trono venga hacia él. Y ahí es donde empieza esta historia, una historia que no se trata de correr, sino de pausas, de control, de decisiones y de magia.
Una historia que solo tiene sentido cuando miras más allá de lo que ven tus ojos. Román Riquelme nació en San Fernando, en el corazón de Argentina. Creció en el barrio humilde de Don Torcuato, entre calles de tierra y vecinos que compartían todo. Allí, entre hermanos, primos y amigos, la pelota se convirtió en su mejor compañera.

Y aunque todo era simple a su alrededor, había algo en él que no era normal. Jugaba diferente, jugaba lento, pero nadie le quitaba la pelota. Y no era porque gambeteara rápido, era porque veía el juego, porque veía el juego como nadie más. De adolescente lo llamaron para las juveniles de argentinos juniors y hasta ahí, donde el nivel ya era alto, parecía desinteresado, pero bastaba que tocara la pelota para que todos se giraran.
Hacía pases que nadie veía. giraba el cuerpo en un segundo y dejaba rivales en el suelo. Era como si jugara ajedrez mientras los demás jugaban piedra, papel o tijera. No tardó en llegar boca y ahí todo cambió o mejor dicho, todo empezó. El debut de Riquel me convoca no vino con aplausos ni portadas. Fue como él, discreto.
Pero bastaron unos pocos partidos para que la bombonera entendiera. Ese número 10 no era común. No necesitaba fuerza ni velocidad, solo un toque. Un solo toque para bajar la pelota como si acariciara a un hijo. Un solo toque para meter un pase de 30 m con precisión quirúrgica. un solo toque para cambiar la historia de un partido y cuanto más pasaba el tiempo, más llegaban las críticas, porque era fácil criticar a alguien que no transpiraba como los demás, que parecía caminar por la cancha, que casi no barría ni protestaba.
Pero lo que nadie entendía era que Rielme no corría porque no lo necesitaba. Él hacía que el partido girara a su alrededor como un director de orquesta, como un pintor que no explica su obra. Él hacía magia y no pedía permiso. Y ahí te preguntas, si era tan bueno, ¿por qué lo criticaban tanto? Y aquí es donde la historia se pone realmente buena.
Pero antes, suscríbete al canal porque lo que estás a punto de escuchar es una de las carreras más fascinantes e injustas en la historia del fútbol. La verdad es que Riquelme era un problema. Sí, un problema, pero no para los rivales. Un problema para los que no entendían el fútbol, para los que pensaban que el fútbol era solo correr, chocar, gritar.
En Boca se volvió ídolo rápido, pero no un ídolo cualquiera, fue un símbolo. Era como si Boca, después de tanto tiempo tuviera un 10 que no imitaba a nadie, un 10 que creaba. Con él, Boca ganó el apertura, el clausura, la Libertadores y tocó la cima del mundo. El año 2000 inmortalizó a Román. Ese año Boca enfrentó al mejor equipo del mundo, el Real Madrid de Figo, Roberto Carlos, Raúl Casillas.
¿Y qué hizo él? Desarmó al equipo español con toques simples, con dominio absoluto del medio campo, compases que parecían dirigidos por GPS. Fue una clase magistral y ahí Europa despertó. Pero mientras muchos sudamericanos se iban a los 18 o 19 años, Riquelme se quedó a pesar de las ofertas, a pesar de los scouts, porque él quería ganar la Libertadores y la ganó.
Después vino el Barcelona, pero no era el Barça de Guardiola. Era un club perdido, lleno de egos, lleno de decisiones raras. El técnico Bangal, frío, táctico, rígido, el opuesto total de Riquelme. ¿Y qué le dijo Bangal al llegar? Te trajo el presidente, no yo. No cuento contigo. Sí, antes de empezar ya lo habían descartado. Aún así, lo intentó.
Jugó fuera de posición. Lo pusieron por la banda, lo sacrificaron, pero Rielme necesitaba la pelota. Necesitaba estar en el centro del juego y en ese Barcelona no había identidad, no duró mucho. Y quizás ese fue su mayor desencanto, no Europa en sí, sino el sueño que le negaron. Porque cuando a un artista le quitas el espacio, no solo lo frenas, lo destruyes.
Pero el fútbol a veces se redime. Apareció el Villarreal, un equipo chico buscando un milagro y el milagro tenía nombre. Riquel me llegó y como siempre empezó lento. La prensa dijo, “Demasiado lento, no defiende.” Pero poco a poco el Villarreal se convirtió en un equipo temido porque Riquel me empezó a dominar la liga no con explosión, sino como un cirujano tranquilo, preciso.
En tres temporadas llevó al Villarreal a una semifinal de Champions League. Sí, Villarreal, entre los cuatro mejores de Europa, pero en el punto más alto vino uno de los momentos más duros de su vida. Un penal contra el Arsenal. Minutos finales. El gol que podía llevar al Villarreal a la final. Patea. Leman. Ataja.
Silencio. Rquel me baja la cabeza y por primera vez parecía que hasta un genio podía sentir lo cruel que es este deporte. Después de eso, todo cambió. Volvió a Boca. Volvió a ser rey. Ganó otra Libertadores. Dio pases que ni las cámaras podían seguir. Enseñó a toda una generación a jugar sin correr, pero seguían diciendo, “Es lento, es complicado, es rebelde.
” Con Argentina, otra historia incompleta. Jugó grandes partidos, especialmente en 2006. Muchos creen que ese equipo con Messi, Tevez, Ayala y con Román como cerebro fue el mejor desde Maradona. Pero en el partido decisivo contra Alemania, el técnico lo sacó y Argentina perdió. La gente culpó al técnico, la prensa lo culpó a él y el peso de esa injusticia él lo cargó en silencio.
Eso es lo que fue Riquelme. No solo un genio. Un genio con cicatrices. Cicatrices que no se ven en las estadísticas, pero que marcaron cada paso, o mejor dicho cada caminata suya en la cancha. Pero espera, todavía no escuchaste lo más importante porque la respuesta a la frase me dijeron que Riquel me jugaba caminando, solo viene al final y aquí está.
Era verdad, Riquelme no corría como los demás, caminaba. ¿Y sabes por qué? Porque él ya había llegado a donde los demás aún estaban intentando ir. Mientras todos corrían buscando el espacio, él ya sabía dónde se iba a abrir mientras los defensores corrían como locos detrás del balón, él ya había visto el pase.
3 segundos antes, Riquel me jugaba caminando porque su mente corría más rápido que las piernas de todos. Esa es la verdad. Era un genio de otro tiempo, un jugador fuera de lugar en un mundo lleno de máquinas de alto rendimiento, pero aún así fue el maestro, el cerebro. Y si no lo viste, es porque tú también estabas corriendo demasiado rápido para anotarlo.
